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HEROISMO Y ABNEGACION. (19 de Octubre de 1851)

  • Escrito por Redacción

cronicas-7

"Pocas líneas necesitaremos para narrar uno de esos hechos, que llenan de satisfaccion al que los consuma y de admiracion á quien los conoce." CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL-(19-10-1851)

HEROISMO Y ABNEGACION. (19 de Octubre de 1851)

I.

Así como las naciones tienen su historia tambien la tiene el individuo, y en ella se consignan los hechos heroicos de los pueblos y tambien las de sus mas preclaros varones. Sin embargo, hechos hay que aun cuando heroicos, como no afectan á la mayor parte de la sociedad, constituyen otra historia que bien pudiéramos llamarla individual de los pueblos.

Consignar en ella sus hechos mas dignos y generosos, apuntarlos para que su recuerdo viva y se perpetúe, es la mision mas grata que puede caber al historiador,, y el premio mas digno que puede conferirse al que con su virtud ó su valor, su generosidad ó su arrojo se ha hecho acreedor á tan honrosa memoria.

Pocas líneas necesitaremos para narrar uno de esos hechos, que llenan de satisfaccion al que los consuma y de admiracion á quien los conoce.

Su indisputable mérito hace inútiles las galas con que pudiera adornarle la poesía.

Nada hay en efecto que supere al secreto y dulce sentimiento que abrigamos al conocer ó presenciar una accion generosa; parece que nuestros propios impulsos se identifican con los del ser que admiramos ó compadecemos, y por nuestra misma satisfaccion ó sentimiento, juzgamos la alegría ó el pesar del que es objeto de nuestra contemplacion.

II.

El puesto de la Guardia Civil del pueblo de Robla en la provincia de Leon, está situado en el punto llamado venta de la Tuerta.

Dos Guardias salían de aquella pequeña casa al anochecer del dia 19 de Octubre de 1851, á donde fueron á preguntar á sus compañeros si ocurría novedad en su término, ó si habia algun preso que conducir.

Estos Guardias eran los segundos Cárlos Ordoño y Mateo Fernandez (1).

Nada habia acontecido, y por lo tanto echaron á andar en direccion á las ventas tituladas de Carbajal, en cuyo punto acostumbraban á hacer parada.

La noche era oscura, y un viento húmedo y frio soplaba fuertemente.

Los dos Guardias se arroparon con sus capotas y aceleraron el paso, deseosos de llegar á la casa que habia de proporcionarles un abrigo contra la intemperie.

Pero bien fuese por la oscuridad ó bien porque las ventas de Carbajal estuvieran aun á larga distancia, es lo cierto que al no divisarlas los Guardias, les parecia que habían mudado de sitio. Tal deseo tenían de llegar á sus puertas, deseo nada extraño atendido lo lluvioso y frio de la noche.

Fernandez, menos impaciente que su compañero, se detuvo un instante como reflexionando si habrían equivocado el camino, cuyos temores comunicó á Ordoño.

—No tengas cuidado Mateo, respondió éste. Conozco perfectamente el terreno. Estamos en línea recta á las Ventas y estoy seguro que no nos faltan doscientos pasos para llegar.

—Pues entonces adelante, dijo Fernandez, echando á andar de nuevo.

—No, aguarda; respondió Ordoño deteniéndole del brazo.

—¿A que nos hemos perdido? dijo Mateo volviendo á su primera idea.

—No, no es eso; es que me parece... ¿no oyes?

Mateo escuchó con atencion.

—No oigo nada.

—Pues yo sí, dijo Ordoño con el aplomo del que no se equivoca; preciso es que tengas malos los oidos ó que te hayas vuelto sordo.

—¿Pero tú oyes algo que te alarme?

—Sí, sí; repuso Ordoño mas convencido que nunca. Oigo unas campanas que hacen la señal de fuego; pero ni sé dónde, ni desde aquí lo podemos averiguar. Ven, ven dijo á su compañero eehando á andar en direccion contraria á la que entonces llevaban.

—Me parece que té equivocas, replicó Mateo en la la creencia que su compañero era juguete de una ilusion acústica.

—Bueno, bueno, ahora lo veremos. Ordoño aceleró el paso.

Mateo en su incredulidad le seguía de mala gana, esperando que su compañero no tardaria en arrepentirse de su error.

Pero cual no fué su sorpresa, cuando al llegar á una pequeña altura, desde la cual á ser de dia hubieran divisado el pueblo de Bustillo, distinguieron á lo lejos una roja columna de humo ó mas bien las oscilaciones de las llamas que alumbraban como un relámpago y de vez en cuando los tejados de las casas de la aldea.

—¿Ves ahora? dijo Ordoño, señalando con la mano el punto luminoso que se dibujaba en el horizonte.

—Sí, contestó Fernandez, hay fuego en Bustillo.

—No hay tiempo que perder. Corramos, Mateo, corramos, tal vez aun no sea tarde.

—¿Y el rio?

—¿Qué?

—Que hay que atravesarle para llegar á Bustillo. Ayer y antes de ayer ha tenido avenida y ahora no se podrá vadear.

—Sí, Mateo, ya lo atravesaremos como Dios nos dé á entender. Tú eres valiente, y yo no'he de quedarme atrás.

De esta manera el discreto Guardia trataba de no dar pábulo á los temores de Mateo, que en realidad eran fundados, porque el peligro era seguramente tan cierto como inminente.

Sin embargo, Mateo no era hombre que retrocediese ante los obstáculos, y una vez deshechada una observacion suya, se abstenía de hacer otra y obedecia pasiva y valerosamente; así es que al llegar á la orilla del rio Bernesga, se paró como esperando orden ó pidiendo consejo á Ordoño.

El Bernesga crecido considerablemente con las recientes lluvias, se precipitaba con estrépito por un extenso cauce, como si fuera un torrente, lo que hubiera infundido pavor al que intentara vadearle á la luz del dia, de modo que era mucho mas imponente en una noche oscura y tenebrosa.

El sonilo metálico de la campana se oia allí con claridad y tambien se divisaba el resplandor de las llamas del incendio.

Ordoño aflojó la hebilla de su cinturon y se colgó á la espalda el fusil.

—Este es el camino, dijo señalando á Mateo el rio que resbalaba junto á sus piés.

—Pues si no hay otro, respondió este, preciso será salvarle. Pero yo apenas sé nadar, y no sé si llegaré á la orilla opuesta.

Ordoño reflexionó un momento.

—Yo te ayudaré y te aguardaré en el agua.

—Bueno, contestó Mateo, pero antes quiero despedirme de tí, porque eres un buen amigo y tal vez no volvamos á vernos.

Los dos Guardias se abrazaron tiernamente. Ordoño sin esperar un momento mas, se entró en el rio, y Mateo se precipitó tras él.

Accion sublime, porque el bravo Guardia creia ser gura su muerte.

La entrada de los dos fué casi simultánea, y Ordoño que no era hombre que abandonase á su compañero, apenas oyó la voz de Mateo cerca de sí, le cogió de la mano y empezó á remolcarle hasta la opuesta orilla.

Llegaron no sin grandes esfuerzos á tierra, y sin detenerse un instante marcharon en direccion al pueblo.

Un cuarto de hora despues entraban en Bustillo.

III.

En aquel momento el fuego mas intenso y amenazador que nunca, tomaba un incremento espantoso á impulso de un fuerte viento que lo avivaba.

Ordoño y Fernandez, llenos de lodo, destilando agua de sus vestidos y rendidos de fatiga, penetran entre la multitud que contemplaba impasible aquel triste espectáculo.

Fernandez coge una piqueta, Ordoño un hacha y aquellos hombres infatigables se precipitan en aquel volcan, como si quisieran luchar cuerpo ó cuerpo con el voraz elemento como habían luchado con el agua.

Al resplandor de las llamas se ve á Fernandez sobre el tejado, tirando á piquetazos la pared que comunicaba con la casa contigua, y tan pronto en un sitio, tan pronto en otro, consigue por lo menos aislar el fuego que amenazaba extenderse.

Ordoño en el piso bajo oye los alaridos de una persona que pide auxilio, atraviesa temerariamente por entre un volcan de llamas despedaza á hachazos una puerta que se opone á su paso, y á traves de un humo denso y sofocante, coge en sus brazos á un anciano que el peso de los años no le permitía luchar con el terrible elemento que casi le rodeaba.

Lleno de satisfaccion, radiante de júbilo y de triunfo, Ordoño logra atravesar, con el anciano en brazos, dos de las habitaciones que eran presa de las llamas, pero cuando solo faltaban cuatro pasos para librarle por completo, cuando ya distinguía el puerto, salvador en que iba á depositar al hombre por el cual habia expuesto su vida, la enorme viga que le sostenía se parte de pronto y los sepulta á entrambos en los escombros.

Ordoño cayó como cae el héroe, sin exalar ni un ¡ay! ni un grito; pero á su lado resonó uno terrible que salió de entre los que lo presenciaron.

Dos vecinos del pueblo, cuyo nombre sentimos ignorar, espectadores de la catástrofe, dejándose llevar de un impulso generoso, se arrojan sobre aquel monton de ruinas, en las cuales Ordoño y el anciano yacian tendidos. El primero exánime, el segundo sin vida.

Inútil fué todo el arrojo del valeroso Ordoño; todos sus esfuerzos fueron vanos, y la fatalidad no quiso que viera satisfechos sus generosos sentimientos.

Cuando recobró el sentido, miraba con profundo dolor el pálido cadáver del que creyó salvar.

Ordoño habia perdido toda su ropa en el fuego. Fernandez salió tan estropeado como su compañero:

Este servicio fué recompensado por sus jefes superiores, y los vecinos todos de Bustillo se disputaban el cuidado y socorro de aquellos dos valientes Guardias, que casi desnudos y cubiertos de quemaduras, habian dado á su presencia un ejemplo tan notable de valor, de abnegacion y de humanidad.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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