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NO HAY DEUDA QUE NO SE PAGUE.

  • Escrito por Redacción

cronicas-9 copia

NO HAY DEUDA QUE NO SE PAGUE. (Tortosa, 1857)

I.

Quien obra mal no espere bien, dice un antiguo refran castellano, y que ciertamente trabaja mucho en la vida del hombre.

Quien ha cometido un delito no puede dormir tranquilamente en su lecho, y aunque haya algunos que tengan la buena suerte de burlar la justicia humana, sin embargo, jamás podrán librarse de un juez mucho mas recto y severo, que va siempre con el delincuente y que pesa una por una todas sus acciones.

Este juez es la conciencia.

Este juez no reconoce dignidades ni categorías.

Para este juez no bastan recomendaciones ni ofertas á las cuales se doblegan muchas veces los débiles.

A este juez no le fascinan los halagos, ni se le engaña con pruebas falsas.

No faltará acaso quien dudando de esta verdad, pretenda argüimos con la invisibilidad del castigo; pero es porque no se han hecho cargo de que la pena es propia del juez invisible que la impone, de la conciencia.

Pero no es tanto como muchos se figuran, porque no se toman la molestia de reflexionar un instante.

Y sino, contestadnos.

¿Por qué huye de los hombres el criminal?

Porque su conciencia le dice que ha fal tado á sus deberes; que ha causado daño álas personas, y la sociedad por medio de los encargados de vigilar por el orden y bienestar de los asociados, le persiguen para castigarle con la pena á que se haya hecho acreedor por su mala conducta.

Esta es la regla general, es decir, lo que sucede comunmente.

Vamos ahora á las excepciones.

Algunos dicen: hay hombres que han cometido delitos y hasta crímenes, que se pasean impunemente entre las gentes honradas, y aun lo que es mas, se les tributan homenages y consideraciones por los ciudadanos que ocupan elevadas posiciones, sin que la justicia humana pueda castigarles.

Tienen razon y es justa su queja al parecer; pero no lo es en su esencia.

Aprecian los hechos por falsas esterioridades, que les conducen de error en error hasta el absurdo.

No profundizan jamás en las cuestiones que mas ventajas podrían reportarles, y de aquí que muchas veces caigan en la sima del mal, por imitar á aquello de que mas debieran huir.

Nada importa que vean á un hombre pasear en lujosos trenes, y sonreir ante la multitud que pasa á su lado, y que le tiWa por sus detestables acciones, porque la tranquilidad que se refleja en su semblante puede ser aparente, y fingida la sonrisa que asoma á sus labios.

¿Han estado alguna vez con ese hombre en su solitario gabinete, y le han oido por ventura en esos momentos en que el individuo se muestra tal como es en sí y descubre todos los sentimientos que agitan su corazon?

¿Han velado á la cabecera de su lecho, y han sido testigos acaso de la intranquilidad de su sueño, de lae pesadillas que le atormentan ó del desvelo que le mortifica?

Ved aquí porque no todos disfrutan de la dicha y de la tranquilidad que aparentan.

Muchas veces habreis oido decir que hay hombree que se sobreponen á todas sus penas y á todos sus remordimientos, y que en los instantes mas críticos de su mísera existencia, se presentan ante el público con una sonrisa de alegría; pues deducid de aquí la consecuencia.

Esos hombres que así sonríen en medio -de una opulencia qne han labrado inicuamente á costa del sudor y de la sangre de infinitas familias, cambiarían su estado de miseria moral en medio de tantas riquezas, por la tranquilidad de conciencia del pobre labrador, en medio de sus apuros pecuniarios.

Ya vereis como no siempre se disfruta en la aparente tranquilidad los frutos de un crimen ó de un delito.

II.

Vivia en Tortosa, ciudad bastante populosa de la provincia de Tarragona, un caballero muy bien acomodado, el que tenia á su servicio á un joven que se llamaba Mauricio Santa Cana.

Confiado en la honradez y buenas prendas que adornaban á su criado, y que no habia desmentido nunca hasta entonces, aunque no le daba conocimiento de sus negocios ni de sus intereses, tampoco se ocultaba ni se privaba de hablar de aquellos á su presencia.

Conocedor Mauricio de la fortuna de su amo, debió corresponder á su confianza con pruebas de mayor esmero, y de una fidelidad mas acrisolada; pero las cualidades que le distinguieran, no debian estar muy arraigadas en su alma, cuando un soplo de la ambicion bastó para destruirlas en un momento.

Desapareció aquella honradez tan apreciable del corazon de Mauricio, y empezó á alimentar la idea de un lisonjero porvenir cimentado en un delito.

Pensó en robar á su confiado amo, y desde aquel instante empezó á meditar un plan, que no solo correspondiese á los resultados que se prometía su codicia, sino que tambien le pusiera á cubierto de los tribunales.

Mauricio sabia que el hecho que meditaba era reprobado, y sin embargo, no se hizo una sola reflexion para desistir de tan criminal empresa.

Ingrato con quien le daba el pan, no pensó ya mas que en captarse la mas completa confianza de aquel, para que el golpe fuera mas seguro.

Se arrastraba á sus plantas como la serpiente, para enroscarse á su garganta en la primera ocasion.

Y así sucedió.

Supo un dia Mauricio por su amo, que se encerraban en sus gabetas algunos miles de duros.

Como aquel habia tenido el suficiente tiempo para meditar el proyecto y proveerse de los útiles necesarios, fuéle muy fácil realizar sus deseos, sin que su delito dejara mas rastros que la falta de los intereses del sitio donde su dueño los guardaba.

El caballero, seguro de la fidelidad de su criado, no habia imaginado siquiera, que este intentara robarle, asi es que no se cuidaba mas que de sus asuntos exteriores.

Llegó, pues, el momento en que Mauricio creyó oportuno dar el polpe.

Provisto de todo lo necesario, y sin que hubiese nadie que pudiera estorbarle, entróse en el despacho de su amo; abrió las gabetas de su escritorio, y encontró por fin el anhelado tesoro que buscaba.

Ante la vista del oro, su imaginacion se exaltó; sus ojos brillaron con un fulgor siniestro; la codicia se retrató en su semblante, que palideció de emocion, y sus manos temblorosas se posaron al fin, sobre el fascinador y apetecido metal.

Aun cuando Mauricio tenia completa seguridad de que nadie lo sorprendería en aquel acto, sin embargo, se estremecia al menor ruido, y una violenta agitacion se habia apoderado de todos sus miembros.

Estaba seguro, y sin embargo, temblaba como un azogado, y mejor dicho, como un criminal que se ve perseguido por la justicia de los hombres.

Mauricio no comprendió entonces, ó no quiso comprenderlo, que aquel temor que embargaba sus facultades y sus movimientos, era una inspiracion, un grito de su conciencia que le advertía su mal proceder.

Mauricio no comprendió que aquella cosa invisible que le inspiraba aquel temor que le gritaba, aladron» con una voz sorda, que nadie mas que él podia oir, era su conciencia, aquella conciencia, juez del hombre, que le acompaña á todas partes ; que aprecia sus acciones, y que en vano intentará huir de ella, porque le será imposible.

Mauricio no comprendió entonces que aquella misma conciencia que empezaba por darle un aviso, cuando se encontraba solo y cuando nadie podia oponerse á la satisfaccion de sus deseos, habia de ser su acusador y su martirio constante en lo futuro.

Decidióse, en fin, el ingrato criado á robar á su amo; la codicia triunfó de la honra dez, y contó hasta cuatro mil duros.

Me basta esto, dijo para sí.

Cerró las gabetas y colocó el dinero robado en lugar seguro.

Lo que pasó despues de esta escena lo ignoramos.

Por los antecedentes que tenemos á la vista, Mauricio debió huir de la casa de su amo.

Así que se supo el hecho, se habló mucho por las gentes de la poblacion.

Poco tiempo despues apenas se recordaba en Tortosa el nombre del malhechor.

¿Quedará impune este delito?

No; y ya sabreis cuál fué el fin del delincuente.

III.

Era el año de 1857.

Acercábase el tiempo que determina la ley para la eleccion de concejales.

Los vecinos de la villa de San Quintín de Mediona, pueblo perteneciente á la provincia de Barcelona, se reunieron segun costumbre, para acordar el nombre de las personas que habian de elegir para que formasen el ayuntamiento.

En el instante que se pronunciaron algunos nombres resonó el de Mauricio Santa Cana, hombre honrado y laborioso que poseia una fortuna decente.

Hacia ya muy cerca de doce ó trece años que se domiciliara en el pueblo, y su conducta exterior no habia desmentido la buena opinion que de él formaran sus convecinos.

Tenia ambicion como los demas individuos, pero sabia reprimir los deseos, y evitaba malquistarse con sus convecinos.

Celebróse, por fin, la eleccion, y Santa Cana fué elegido concejal, y nombrado despues teniente alcalde por el Gobernador civil de la provincia.

Mauricio Santa Cana estaba, pues, al abrigo de toda sospecha.

Nada, al parecer, debia infundirle temor.

Ya habrán comprendido nuestros lectores que el Mauricio Santa Cana, teniente de alcalde de la villa de San Quintín de Mediona, era el mismo Mauricio Santa Cana criado de aquel caballero de Tortosa á quien robó los cuatro mil duros.

Ved en que manos estaba la autoridad protectora de los intereses del municipio.

Es cierto que Santa Cana había sido un ladron que pudiéramos llamar juicioso, y que con el dinero robado logró hacer uua regular fortuna, pero esta fortuna estaba fundada en un delito, y no era legitima.

No era un criminal terrible ni odioso, pero al fin era delincuente y su conducta no admitía disculpa de ningun género.

Su conciencia debió castigarle severamente, pero aun quedaba la justicia de los hombres, que tenia que satisfacer á la vindicta pública.

Y tambien esta quedó satisfecha.

Los juicios de Dios son inescrutables.

IV.

Habiendo sido nombrado jefe del puesto de la GuarDia Civil de Villafranca del Panadés el cabo 2.° de la misma llamon Lopez Fernandez, su primer cuidado fué el de estudiar las costumbres de los pueblos de su demarcacion y conocer la historia de sus habitantes.

Con este motivo, quiso enterarse tambien de los documentos que existían en el pequeño archivo del puesto, y aunque muchas veces lo habia intentado, las perentorias ocupaciones del servicio se lo impidieron siempre.

Llegó por fin el dia en que con algun descanso pudo satisfacer sus deseos y registrando la correspondencia se encontró Fernandez con un oficio del juez de 1.a instancia de Tortosa fechado en el año de 1848 y en el cuál se reclamaba la captura de Mauricio Santa Cana, como autor de robo á un vecino de aquella ciudad.

El cabo Fernandez recordó en aquel instante, que en su dermarcacion y en el pueblo de San Quintín de Mediona existia un sugeto que llevaba el mismo nombre; sin embargo, prenderle sin asegurarse antes de que era el mismo, hubiera sido la mayor de todas las imprudencias; mas aun, hubiera sido una falta gravísima, irreparable; porque afectaba a la honra y á la tranquilidad de un ciudadano y acaso de toda una familia, y esa honra y esa tranquilidad una vez menoscabada no se reponen tan facilmente.

Comprendiendo esto Fernandez sus primeros pasos se dirigieron á identificar la persona del acusado, de una manera sigilosa.

Preguntó á las gentes del pueblo, y todos estuvieron acordes en ciertos informes.

Todos manifestaron que Santa Cana hacia trece ó catorce años que se estableció en aquella villa, que habia observado una conducta irreprensible, y por cuya razon lo tenían por un hombre honrado.

Tan buenos informes no hicieron desistir de sus indagaciones al cabo Fernandez, que fija su vista en Santacana, le creia el autor del robo de los cuatro mil duros.

La coincidencia del tiempo en que se perpetró el delito con la de la llegada del Mauricio Santa Cana á la villa d'.' San Quintín de Mediona, era un dato fatal, que comprometía al teniente de alcalde.

Pasáronse unos dias y el cabo Fernandez logró lo que anhelaba, sus indagaciones le dieron por resultado el identificar la persona del reo, en cuyo concepto se decidió á prenderle y presentarle al juzgado que lo reclamaba.

V.

Amaneció la mañana del 23 de Junio de 1858.

El cabo Fernandez llamó á los Guardias segundos Francisco Altarriba y Sebastian Cladera y les mandó que le acompañaran.

Partieron los tres en direccion al pueblo de San Quintín de Mediona y durante el camino les indicó el objeto de aquella espedicion.

Llegaron á la villa y su primer paso fué el de presentarse al alcalde 1.°, á quien el cabo Fernandez manifestó el objeto de su visita, y le enseñó la orden del Juez de 1.a instancia de Tortosa.

Quedó pasmado el pobre alcalde; pero no pudo resistirse á cumplir con el penoso deber de acompañar á los Guardias para que se apoderasen de su compañero.

Mudo y pasmado quedó Mauricio de Santa Cana al oir la intimacion del cabo Fernandez, y apenas pudo balbucear algunas palabras.

—¿Por qué motivo, dijo, vienen ustedes á prenderme?

—Por figurar usted como autor de un robo cometido en Tortosa en el año de 1843.

—Es falso que yo... Y no pudo articular mas palabras.

—Si es usted inocente ó culpable lo declarará el juzgado que reclama su captura.

—Es falso; volvió á repitir indignado el Mauricio; pero estoy dispuesto á comparecer Y una palidez mortal cubría su semblante, y gotas de un sudor frio corrían por su rostro.

—Pues sigános usted, dijo fríamente el cabo.

Viendo entonces Santa Cana, que no habia mas recurso que obedecer, puso en conocimiento de su familia tan lamentable suceso.

Un grito de dolor y de desesperacion resonó en todos los ámbitos de la casa. A la tranquilidad, sucedió el llanto y la pena en unos seres que estaban inocentes, y cuyo delito no era otro que el de haber unido su suerte á la de un hombre culpable de un delito que ignoraban. Pero ya no tenian otro remedio que resignarse y sufrir.

Despidióse Santa Cana de su desolada familia y partió con los Guardias en direcion de Tortosa.

Así que llegaron á la ciudad el cabo Fernandez entregó el preso al juez de 1.a instancia de la misma, el que no pudo menos de darle las gracias por el celo y la actividad que habia desplegado en el asunto.

Tambien en el instante que llegó á conocimiento de los jefes superiores del Cuerpo, dieron las gracias al cabo Lopez (1) por el feliz acierto con que habia. procedido en un asunto tan delicado como peligroso y difícil.

Quien de esa manera cumple con su deber, es digno ciertamente de los mayores elogios.

Mauricio Santa Cana quedó pues, en manos del Juzgado, pero ignoramos la sentencia que recaería en la causa. De todos modos, la espiacion habrá sido terrible.

Perder en un instante toda la fortuna que habia logrado reunir, y mas aun la nota de honrado que gozaba entre sus conciudadanos, es la peor pena que podria imponerse al hombre que se estimase en algo.

Mauricio Santa Cana se encontraba ya en esa situacion. Si ha logrado una sentencia absolutoria merced á su buena conducta posterior á la comision del delito, sin embargo esta no le indemniza ni puede indemnizarle de todo cuanto ha perdido.

Este cuadro ofrece una leccion muy elocuente para todos aquellos hombres que se dejan dominar por la codicia.

Sepan, pues, y de una vez y para siempre que nmvca quedan impunes los crímenes y sin un castigo físico ó moral las malas acciones.

CRÓNICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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