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La Guardia Civil en Huesca

  • Escrito por Redacción

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Pensamos que la palabra salteador, venía de salto, por aparecer, el atracador, de forma súbita frente al incauto viandante. Pero no, su etimología latina está en “saltus”: bosque por ser este el sitio donde operaban con mayor impunidad. Hemos visto documentación altoaragonesa donde el rey -en el siglo XVIII- ordena la tala de árboles junto a los caminos, para dificultar la labor de los bandidos.

El invento de la propiedad trajo consigo el de los ladrones. Sobre todo en las épocas de abusos a los jornaleros que muchas veces veían mejor vida en echarse al monte, aunque fuera más corta, que en trabajar de sol a sol por un mísero salario.

Para tratar de salvaguardar a los viajeros y a las mercancías trasladadas por los caminos, hubo presidios o castilletes donde las guarniciones, tras recorrer un trecho, se iban relevando. Debajo de la ermita de San Caprasio (Alcubierre) -camino de Zaragoza, está el presidio de La Torraza: un torreón con cierto empaque. Recordamos también el de Gallinero por Marracos y los que había también en villas y ciudades donde acantonaban guarniciones.

Migueletes, miñones y la Santa Hermandad, que llevaban unos manguitos verdes como distintivo y que, según el dicho popular, nunca estaban cuando se les necesitaba: “A buenas horas mangas verdes”, tuvieron la misión de perseguir bandoleros, desertores y delincuentes en general que encontraban en el monte lugar seguro para evadir la justicia y para cometer fechorías.

Creado en 1833 el cuerpo de Salvaguardias Reales, con la misión de vigilar los intereses de la Corona en el ámbito estatal: salinas, minas y otros aprovechamientos, pronto se ve insuficiente ante lo que se avecina. Las Guerras Carlistas originarán una serie de banderías a veces militares y otras paramilitares que acaban en la delincuencia. Por otro lado aparecen los primeros movimientos revolucionarios, un aumento de población que no se corresponde con incrementos de recursos.

Se necesita una fuerza organizada militarmente y coordinada en todo el nuevo Estado español, que vele por la seguridad y mantenga a raya los movimientos revolucionarios y la creciente delincuencia. Será el Duque de Ahumada, el que ideará y pondrá en marcha la Guardia Civil en 1844.

Ese mismo año llegan a Huesca los primeros guardias civiles porcedentes de Longares (Zaragoza) y se instalan en el Mesón del Pacharero. El dato lo ofrece José Antonio Llanas quejándose de la falta de noticias que, sobre estos acontecimientos, dieron los historiadores decimonónicos preocupados de “machacar sobre Sertorio”. Y no le falta razón a quien fuera alcalde de la Ciudad. Con muchos menos recursos historió mejor Aynsa en el XVII que toda una larga lista de pretenciosos ensayistas de la nada.

Es posible, pero no seguro, que dicho mesón estuviera en la Plaza Latre, donde aún se recuerda la Casa de los Pacharos, en el actual alfar de Enrique Alagón donde hubo edificio con corrales y cocheras. La sede de la Benemérita va cambiando constantemente, primero al Coso Alto y luego a Lizana, aunque cabe pensar, dada la ausencia de testimonios, que ambas ubicaciones pudieron ser la misma, si la Casa Cuartel hizo esquina con dos entradas. En 1875 van a Quinto Sertorio, a una vivienda de los López que vivían en Angüés. No sabemos si tuvieron alguna salida a la Calle de Dormer, donde un portal aún conserva en su entrada la forja con el escudo del Cuerpo.

La llegada del tren y la mejora de las comunicaciones viarias con Zaragoza, hacen que la ciudad crezca hacia el Sur, donde se instalan los hoteles y garajes que entonces eran también talleres, centros de venta y alquiler de vehículos. Se ofrece, en ese momento a la Guardia Civil, el convento de los carmelitas descalzos, en la actual plaza de Concepción Arenal pero no sabemos si llegaron a ocuparlo, pues se necesitaba urgentemente una Prisión Provincial que acabó allí.

En 1917 están en la Calle Alcoraz de donde marcharán, cuando las circunstancias de espacio y estrategia lo requieran, a su actual ubicación al final de la Avenida Martínez de Velasco. En esta calle coincidieron con una tienda de ultramarinos que ofrecía a la entrada suculentas sardinas de cubo conocidas como “civiles”, mediante un cartel que rezaba: “A 50 CTS EL CIVIL”. Estimado como irreverente por el Instituto Armado, llamaron la atención al tendero quien se aprestó a poner otro reclamo: “A PESETA LA PAREJA”, que no necesita de más comentarios.

Por Pedro GONZÁLEZ y Manuel BENITO

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