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EL HUNDIMIENTO (1.° de Febrero de 1858)

  • Escrito por Redacción

cronicas-5

Os presentamos un nuevo episódio en la historia de la Guardia Civil, os recuerdo que son todos reales, y como muchos otros habría permanecido en el anonimato, tan sólo aquellos que han tenido la suerte de poder ser auxiliados por los guardias civiles de cualquier época y esos mismos guardias civiles los conocen, pero de vez en cuando alguien hace que nos llegue uno de estos actos heróicos, que engrandecen y han engrandecido a la Guardia Civil, este ocurrió el 1.° de Febrero de 1858.

EL HUNDIMIENTO.

I.

Aun cuando nuestro objeto debiera solo limitarse á la narracion de los hechos heroicos y caritativos, que constituyen la aureola de gloria de esa Institucion que conocemos con el nombre de Guardia Civil, sin embargo, la historia de esos sucesos seria incompleta si no determináramos las causas que han dado origen á ellos, para que puedan servir de leccion en el porvenir.

El hundimiento de una casa es el hecho que nos ocupa. A la simple enunciacion, ¿qué importancia puede tener para la sociedad? ¿Qué importa á esta que bajo sus ruinas perezcan uno ó todos los individuos de una familia? ¿Puede traer ese suceso un conflicto universal?

Así hemos oido razonar muchas veces á hombres que se tenían por muy ilustrados, y por eso hemos sentado las anteriores premisas, por si hay alguno de entre nuestros lectores, que se interrogue de la misma manera.

Es cierto que no afecta á la sociedad en general la muerte de una sola familia; pero tambien no lo es menos que aquella no puede mirar con indiferencia la pérdida del mas insignificante de todos sus miembros, porque desde este momento, se decretaba la disolucion social, y el reinado del fuerte sobre el débil.

Desde ese momento el individuo se separaría del individuo y ni habría leyes protectoras de la propiedad, ni de la seguridad personal.

Desde ese momento la humanidad entera se convertiría en un Caos. Ved la razon por que la sociedad no puede mirar con indiferencia el mas pequeño detalle que afecte á cualquiera de los individuos de que se compone, y por eso vereis en todas partes leyes y reglamentos, autoridades y agentes que vigilan por el bienestar de los ciudadanos.

Los pueblos tienen sus corporaciones municipales, que deben ser los centinelas constantes, y los decididos defensores de sus intereses.
Encomendada á aquellas una autoridad paternal sobre el municipio, no puede sin faltar á sus mas sagradas obligaciones, descuidar la policia rústica y urbana en todos sus ramos.

¿Qué responsabilidad no contraería un ayuntamiento que por falta de vigilancia, sobreviniese una enfermedad que diezmase sus administrados? ¿Que por falta de vigilancia tambien, se convirtieran en montones de ruinas manzanas de casas sepultando en sus escombros á numerosas familias?

¡Cuántas reflexiones pudiéramos hacer sobre esto! Pero lo dicho basta á nuestro propósito: sin embargo, debemos llamar la atencion sobre esos descuidos, que siempre son trascendentales, y desearíamos que en adelante no hubiera.

II.

El pequeño pueblo de Quintana del Puente está situado á cinco leguas de Palencia.

Las pocas casas de que se compone, son por lo general, pequeñas, viejas y de mala construcion, y precisamente esta desfavorable circusntancia se agrava mas y mas por el completo descuido en que se encuentra la policia urbana á juzgar por sus efectos.

La solidez, firmeza y salubridad de las viviendas son quizás la garantía mas poderosa de la tranquilidad de las familias, que pasan su vida dentro de ellas.

No se concibe en efecto, que bajo un techo desmantelado, y surcado de profundas grietas, pueda concillarse un sueño tranquilo que de un instante á otro pudiera convertirse en eterno por el desplome de una viga que carcomida por los años, es una amenaza constante del que se cobija bajo de ella.

Sin embargo, muchas veces la ignorancia, muchos tambien el alarde de una impasibilidad imcomprensible, y algunos la necesidad y la miseria, son causas de que haya nuevas víctimas que lamentar, y nuevas pérdidas, que sentir.

III.

Seis personas componían la familia que habitaba en una de las casas del mencionado pueblo de Quintana del Puente.

Serian como las ocho de la noche del dia 1.° de Febrero de 1858 y estas seis personas, sentadas al rededor de una pobre mesa de pino cenaban con la satisfaccion que pueden hacerlo los que han cumplido con sus deberes y han estado trabajando por espacio de todo un dia.

Nada parecía turbar la franca y cordial alegría de aquella familia, que muy lejos de sospechar la próxima catástrofe de que iba á ser víctima, se disponía á recogerse satisfecha y gozosa de su apacible tranquilidad.

¡Ay! y cuán pronto un terrible acontecimiento la dejaría muda de espanto y convertido en llanto y luto aquel placentero bienestar.

A las cinco de la mañana, cuando aun la oscuridad de la noche no se habia disipado por completo; cuando mas profundo era el sueño de aquellos seres, la casa que los guardaba pareció estremecerse como por un movimiento convulsivo Solo el hijo mayor de la familia, fué el único que lo sintió.

Se levanta; corre á la alcoba de sus padres, vuela á la de sus hermanas, grita, pide socorro, pero ¡ay! en vano.

El techo se desprende con estrépito, y entre un torbellino de polvo, envuelve al infeliz que habia previsto la desgracia, y como si por esto quisiera castigarles un destino cruel, le precipita entre los escombros. Aquella voz que gritaba «fuera» á sus amados padres, á sus queridos hermanos cesó de oirse, y solo se escuchó despues un prolongado y doloroso gemido, que ahogaron el rechinar de las maderas y el ruido que hacian los escombros al caer en tierra.

Los gritos, los ayes, los lamentos desgarran el corazon; las paredes se hunden, el tejado se desploma, y aquellos infelices sofocados, casi aflxiados por el polvo, sin fuerzas para abrirse paso, estienden á derecha é izquierda sus brazos que impotentes para sostener los paredones que se derrumban, se doblan desfallecidos y exánimes.

Apartemos los ojos un momento de ese cuadro desgarrador, que contrista el alma, y fijárnoslos en dos hombres que saltan y se precipitan sobre los escombros.

¿Quién son esos dos seres valientes y humanitarios?

¿Quién les ha avisado? ¿Cómo se presentan en tan oportunos instantes, cuando aun los vecinos mas próximos del lugar de la catástrofe, no han tenido tiempo para salir de su asombro?

No lo sabemos, pero conocemos sus nombres.

Son el cabo 1.° de la Guardia Civil Severiano Lerones y Martin (1) y el Guardia 1.° Fermin Martin Villar (2).

IV.

Aquellos dos hombres intrépidos saltaron sobre el monton de ruinas, de entre las cuales salían los alaridos lastimeros de los que sentian escaparse su existencia bajo el enorme peso de las piedras hacinadas sobre sus magullados miembros.

Martin Villar, fogoso, lleno de vida, rápido como el pensamiento, principia á separar escombros cuyo inmenso peso no hubiera podido levantar, otro que no resistiera como él los nobles impulsos de una piedad tan cristiana como heroica.

Aun á riesgo de su misma vida, y guiándose del lastimero gemido del moribundo, penetra en lo interior, de la que poco antes era casa; desprecia el peligro con que le amenazan los maderos próximos á venirse abajo, y el resto de las paredes que se inclinaban sobre su cabeza, como si amagasen aniquilársela con su caida.

Con las manos ya destrozadas, rendido de fatiga, y flaqueando sus rodillas, parece que desistira de su noble empeño. Pero no ¿qué le importa? Aun puede hacer un esfuerzo mas y sobreponerse á la debilidad humana.

Ya ha salvado á tres seres, ya los vé respirar en una atmósfera mas pura, y todavía busca anhelante á los otros infelices, que entre los ladrillos y las piedras estan próximos á perecer.

¡Ah! que bello está el hombre en esos momentos supremos!

Ved á Martin Villar, cubierto de yeso y de polvo, hecho girones su uniforme, despellejadas las manos, y ved en su rostro retratada la satisfaccion inmensa de su conciencia.

El ha salvado á la desdichada familia de una muerte tan horrorosa como segura; pero ¡ay! todo su valor, toda su abnegacion no ha podido libertar de ella á uno de los que encontraron su tumba entre los escombros.

El primero que habia caido envuelto en las ruinas era tambien el primero y el único que sucumbía encima de los escombros.

V.

Eran á la sazon las seis de la mañana.

Los vecinos de Quintana del Puente, agolpados al rededor del sitio de la desgracia, miraban con dolor aquel triste espectáculo, y con asombro y gratitud á los dos Guardias, y en especial á Martin Villar.

Hay ciertas acciones que no necesitan encomiarse. Todos los elogios parecen escasos; todas las alabanzas pequeñas.

El ilustrado criterio de nuestros lectores podrá juzgar de la importancia de la conducta de estos beneméritos Guardias en aquellos terribles momentos.
Una familia les debia su salvacion.

¿Qué mas elogio á los ojos de la humanidad?

El señor Director general del Cuerpo, el gobernador de la provincia, las autoridades locales, el pueblo entero de Quintana del Puente les daban las gracias mas sinceras en prueba de su reconocimiento.

El recuerdo de esta accion no se borrará nunca de la memoria de aquellos honrados vecinos, ni de la conciencia satisfecha de aquellos Guardias que prestaron á su presencia servicio tan eminente.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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