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UN ROBO SOBRE SEGURO (Junio de 1852)

  • Escrito por Redacción

cronicas-1

Un nuevo relato se abre ante nosotros, un nuevo servicio prestado por aquellos primeros guardias civiles, en esta ocasión en pleno verano de 1852, y demuestra el tesón, la abnegación que desde los primeros días vienen demostrando los guardias civiles para luchar contra la delincuencia. Como siempre os lo presentamos como lo hemos encontrado, sin las correcciones actuales, para no desmerecer ni al narrador, ni a la época.

UN ROBO SOBRE SEGURO (Junio de 1852)

I.

Nada hay respetable ni sagrado para el hombre criminal.

Acostumbrado siempre á ser juguete de los mas perversos instintos, no hay nada que le contenga en el camino del crimen.

No parece sino que la fatalidad le impulsa; pero si inquirís las causas de este fenómeno, al momento descubrireis que las principales son la falta de direccion en la infancia y de instruccion en la pubertad.

Quien carece de creencias y de ilustracion, no puede apreciar debidamente los hechos, y no hay nada que le inspire temor, ni las penas de la otra vida, ni los castigos de esta.

Ya en otra ocasion hemos manifestado los perniciosos efectos que produce la ignorancia, y que esta es el manantial perenne de todas las malas pasiones.

El hombre honrado, el que ha recibido educacion de sus padres y con ella creencias y buenas costumbres le vereis perecer de hambre y de miseria antes de cometer el mas insignificante hurto ó robo, antes de manchar su conciencia con cualquiera accion punible.

He aquí la razon por que hay muchos pobres que conservan limpia su honradez al través de las vicisitudes mas terribles; mientras que vemos entrar en las cárceles á personas que no careciendo de bienes, se lanzan al robo y al pillaje.

¡Cuántas veces no se han descubierto compañías de ladrones, entre cuyos socios figuraban en primera línea personas que estaban bien consideradas en la sociedad; personas que nadie se hubiera atrevido á sospechar de ellas!

Pero tales ejemplos, direis prueban que no es ya solo la ignorancia lo que produce los criminales. Ciertamente que no, si es que tomamos esa palabra en su acepcion mas vulgar, pero en cambio os diremos que otra clase de ignorancia llamada escepticismo, y otras ignorancias tambien que sirven de alimento á pasiones bastardas, son las que colocan al hombre en el sendero del mal.

Dado el primer paso en él, no hay mas que rodar hasta el abismo.

Innumerables ejemplos hay en estas Crónicas, y vamos á referir otro, no para justificar nuestras aseveraciones, sino para presentaros de relieve el importante servicio que prestó á la sociedad el cabo 2.° de la Guardia Civil, Joaquín Carril.

II.

En los dias 1.°, 2 y 4 de Junio del año de 1852, robaron las alhajas de oro y plata, vasos sagrados y otros efectos de las iglesias parroquiales de la de Santa María de Leston, de la de San Juan de Carballo, villa y cabeza de partido de su nombre y de la de San Ginés de Entrecruces, todas pertenecientes á la provincia de la Coruña.

Apenas circuló la nueva, el cabo Carril adoptó cuantas disposiciones creyó oportunas para capturar á los autores del sacrilegio.

En vano hizo pesquisas é indagaciones por todos los pueblos, aldeas y caseríos de la comarca: en vano se puso de acuerdo con algunas autoridades municipales para conseguir su objeto; los delincuentes ni parecían, ni aun había sospechas de quienes pudieran ser.

Fatigado Carril, pero sin que por esto desistiera de su propósito, meditó un nuevo plan de inquisicion, para inspirar confianza á los ladrones y á sus encubridores, de que había cesado contra ellos la persecucion activa.

Sospechaba que tendrían protectores, y acaso acertó en sus pronósticos, por lo que ocurrió despues.

En tales pesquisas se habían pasado algunos dias, y el 13 de Junio se dirigió Carril muy pensativo al palacio de la Condesa Gimonde, situado áuna legua de Carballo, donde se celebraba una romería.

Vagaba Carril por entre la concurrencia, fijando su mirada escrutadora en todos cuantos podian infundirle sospechas por sus hechos y costumbres, pero se abismaba en sus dudas, y no conseguía descubrir el mas mínimo é insignificante detalle.

Cabizbajo y distraido, siguiendo la costumbre, mas bien que la inspiracion, entróse en el palacio de la Condesa.

Salió á recibirle el mayordomo, y al verle tan triste y meditabundo le preguntó.

—¿Que tiene V., cabo Carril?

—Nada; le replicó con amabilidad el cabo, saliendo de su estado de abstracion.

—Pudiera ser, dijo el mayordomo, haciendo un gesto de marcada incredulidad.

—Es muy poca cosa.

—Pues ya hay algo; repuso el mayordomo sonriendo.

—Contaré á V. lo que me tiene tan preocupado; y entonces tomando asiento el uno junto al otro, el cabo Carril refirió al mayordomo todo cuanto ocurría.

Al escuchar este la relacion, dijo á Carril que habia llegado á su noticia que hacia muy pocos dias se vendió un anillo de oro en una aldea inmediata, y que la tal venta era sospechosa.

Carril no quiso saber mas.

Un rayo de luz habia iluminado su mente, y ya creia tener en su mano el ovillo de aquella enredada madeja.

Se despidió del mayordomo y marchó á la casa-cuartel pensando en el plan que debia poner en juego al dia siguiente.

III.

Preocupado Carril con el dato que le diera el mayordomo, no durmió aquella noche y asi que amaneció el dia siguiente, lanzose del lecho y marchó al pueblo que el mayordomo le habia indicado.

Antes de dirigirse al comprador del anillo, y para desorientar á todos sobre el objeto que le llevaba á aquella aldea, dió algunos pasos, como si fuera con distinta mision.

El cabo Carril conocía perfectamente el carácter de los habitantes de aquellas villas y caseríos, y sabia que la menor imprudencia podría hacer que su proyecto fracasara.

Despues de estos y otros rodeos, se presentó á la persona que habia comprado la alhaja y con mucho tino y sagacidad pudo arrancarle la confesion del hecho.

Entonces supo quien habia sido el vendedor y los medios de que se habia valido para vender el anillo.

Carril habia dado ya con el rastro, y no podia descansar un instante, hasta no descubrir y apoderarse de los autores del sacrilegio.

IV.

Volvióse nuevamente el cabo á la casa-cuartel, y sin descansar un minuto, llamó al Guardia 1.° Manuel Rivera (1) y le dijo que le siguiera.

Inmediatamente tomaron el camino de San Ginés de Entrecruces y á poca distancia del pueblo se encontraron con uno de sus vecinos.

Carril le preguntó si habia visto á Diego Seoane y si sabia donde se%ncontraba en aquellos momentos.

El vecino le contestó que si no se equivocaba le pareeia haberle visto a su paso en un prado, muy próximo de allí.

Despidiéronse Carril y el Guardia del paisano y emprendieron la marcha en direccion al sitio indicado por aquel.

El paisano no se habia equivocado.

Diego Seoane quedó mudo de sorpresa al presentársele los Guardias, y el cabo Carril, como medida preventiva, le registró todos los bolsillos para ver si le encontraba algun objeto que pudiera confirmar sus sospechas.

No se engañaba.

Hallóle en uno de aquellos, como un palmo de encaje üno, y entonces preguntó á Scoane para qué lo quería, cuando de nada podia servirle.

—Sí, señor, le replicó el interpelado aparentando tranquilidad; lo quiero para hacer yesca.

—¿Y en dónde le has cogido?

—Lo compré en una feria por dos cuartos, contestó el Seoane con una pasmosa sangre fria.

—Pues bien, dijo el cabo Carril, hasta que se averigüe que lo que me dices es cierto, vente arrestado con nosotros.

Seoane no murmuró ni una sola palabra.

Durante el tiempo que tardaron en llegar á la aldea, Carril le hizo algunas preguntas, pero aquel negaba siempre el hecho, y este no pudo sacar nada en limpio.

Llegaron por fin, al lugar, y se dirigieron á la casa del preso, que registraron inútilmente, porque no hallaron ni rastro de los efectos robados. f

Siendo ya de noche, Carril quiso aprovechar el tiempo y volvió' á dirigirle algunas preguntas, pero todas se estrellaban contra las frias negativas del Seoane, que se obstinaba en aparecer inocente del hecho qne se le im

Pasóse la noche, y por la mañana temprano procedieron á un nuevo registro de la casa del reo.

Notaron entonces, que al entrar, en la cuadra, Seoane dirigió su vista á las paredes de aquella mas de una vez y con cierta ansiedad.

Creyendo que allí ocultaría alguno de los objetos robados, fué Carril reconociendo todos sus escondites, y cuando ya desesperaba de la empresa, tocando las paredes, notó que una de las piedras se movia.

Tiró de ella y se descubrió un profundo agujero.

Mete entonces el brazo y saca paños de manos y de altar, algunos de ellos manchados de cera.

Sin embargo, Seoane no se daba aun por confeso del delito.

Por fin, se sienta á la mesa el cabo Carril é invita al preso á comer, que lo acepta de muy buen grado.

Aprovechando esta ocasion, vuelve por última vez, á amonestarle y á dirigirle algunas preguntas, y entonces el delincuente declara su crimen, el sitio donde tenia escondidas las alhajas y el nombre de sus cómplices.

Asegurado Seoane, marcharon inmediatamente los dos Guardias al lugar donde estaban ocultas las alhajas, que rescataron casi por completo, y despues se dirigieron en persecucion de los otros dos delincuentes, que lograron capturar no sin gran trabajo.

Satisfechos de haber prestado tan buen servicio, dieron la vuelta hácia su casa-cuartel, y no bien amaneció el siguiente dia, partió el cabo Carril con los presos y cuerpo del delito á la Coruña.

Entregó unos y otros al Gobernador civil de aquella ciudad, el que le dió las gracias por el celo que habia desplegado en la averiguacion y captura de los autores de aquel sacrilegio.

Tambien condujo presos otros cuatro individuos de la curia de Carballo, que habian tenido participacion en el robo; pero estos dieron lugar, con su maligna intencion, á un procedimiento que hubiera podido comprometer la libertad y el buen nombre del que habia cumplido con sus mas sagrados deberes.

V.

Interesados los demas curiales de Carballo por sus compañeros, debieron sobornar ó amedrentar á Diego Seoane para que declarase que el cabo Carril le habia aconsejado que delatara, á los cuatro curiales presos, como partícipes en el robo de las iglesias.

Y Seoane lo hizo así.

Pocos dias despues los curiales de Carballo elevaban una queja contra el cabo Carril, imputándole nueve delitos.

Al saber esto el pundonoroso cabo de la Guardia, pidió que se le formara causa; la cual, vista que fué luego en consejo de guerra, dió por resultado la falsedad de cuantas imputaciones se habian fraguado contra el, en venganza de haber cumplido exacta y fielmente con sus deberes.

En vista del fallo del consejo, el Excmo. Sr. Inspector General del Cuerpo, acordó que se ascendiese al cabo Carril por aquel servicio, teniendo presente el turno de eleccion.

Semejante ejemplo puede servir de una leccion provechosa, no solo á los que por temor á los malvados, falten á sus deberes, sino tambien para los que arrostran sus iras en bien de la justicia y de la sociedad.

Desgraciadamente no es el caso anterior el primero que vemos en los fastos judiciales; hay otros en que los inocentes han sido perseguidos por algunos malvados, que prevalidos de sus destinos públicos y de su poder, lograron su impunidad por algun tiempo; pero al fin, casi todos ellos recibieron su merecido, y la inocencia salió triunfante.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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