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UNA CONSPIRACION FRUSTRADA (27 de Septiembre de 1859)

  • Escrito por Redacción

bandolero-venta-almendralejo

Un nuevo capitulo de CRNICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, lo que significa un nuevo capitulo en la Historia de nuestra Guardia Civil en sus primeros tiempos, en esta ocasión corría el año 1959, cuando ocurrió lo que a continuación se cuenta:

UNA CONSPIRACION FRUSTRADA (27 de Septiembre de 1859)

I.

El espíritu de asociación es sin duda inherente al hombre, cuya inteligencia le aconseja la unión con sus semejantes.

Los vínculos de la familia y de la amistad que son de fijo los más bellos y agradables de la vida, solo nacen en los corazones puros y en las conciencias tranquilas, y aunque en los criminales aparentemente se manifiestan, en el fondo ni existen ni se estrechan.

Su amistad es la connivencia precursora del delito y esa misma intimidad es pasajera, y muere cuando concluye el objeto de sus odiosos proyectos.

La amistad tiene una confianza noble y distinguida como su condición esencial; los lazos del vicio y del crimen son ruines y miserables como el mismo padre que los engendra, y de ellos solo se desprenden punibles atentados, que rara vez la justicia humana o la de Dios deja impunes.

Un nuevo ejemplo de tan terribles escarmientos, una prueba más de esta verdad, podemos añadir a las muchas que la experiencia ha suministrado.

Examinemos de cerca el cuadro, y apreciaremos mejor sus detalles.

II.

A corta distancia de la villa de Almendralejo, y lindando con la calzada que dirige de Madrid a Sevilla, y que atraviesa el primero de estos tres pueblos, se veía una casa pequeña y de un solo piso, que a juzgar por su aspecto exterior y por la clase de gente que concurría a ella, no daba lugar a duda de que era una especie de venta ó mesón.

Sobre la puerta, y para que a nadie pudiese ocultársele que allí se vendía vino, estaba colgado, según costumbre de los pueblos, un gran ramo de oliva.

Era la noche del 27 de Setiembre de 1859, apacible y serena como la más hermosa del estío. Entremos en la venta; penetremos en un cuarto que es una de sus mejores habitaciones, á pesar de los vapores del vino y del humo denso de los cigarros que corrompen ó descomponen la atmósfera de aquella.

A la luz de un candil colgado en el cerco de una ventana, tres hombres sentados alrededor de una mesa, bebían y fumaban, aunque sin dejar por eso de conferenciar.

Jóvenes los tres, resueltos, impetuosos, con ese sello sombrío e inexplicable que se retrata en los semblantes de todos los delincuentes, tenían aun en su tranquila actitud cierto aire amenazador y agresivo.

—Manchado tiene razón, decía uno de ellos; es mucho mejor que despachemos primero lo del cura y después concluiremos los otros negocios. ¿No te parece lo mismo Pascual? dijo, dirigiéndose al que tenia á su derecha.

—Hay de todo, Mateo, respondió este. ¿Y si el cura estuviese prevenido?

—¡Bah! respondió el primero, ese peligro siempre le hay. Sea el cura, el marqués o D. Felipe, cualquiera de ellos puede tener sospechas, y ya veis que un golpe en falso...

—Sí, es verdad, respondió Pascual; pero sabes como yo que los curas tienen buen olfato. Es gente que caza bien y que corre mucho.

—Vaya no te apures por eso, Pascual, dijo Manchado; tú tienes, no sé por qué prevención con los curas, y nada nos conviene tanto a nosotros como gente inofensiva.

—Sí, fíate; ¿si creerás, repuso Pascual, que se va a estar con los brazos cruzados cuando le limpiemos el arca?

—Pues precisamente, contestó Mateo, eso era lo que le tenía más cuenta a él y a nosotros, porque si chista... mira.

Y el bandido sacó de entre su chaqueta una navaja de espantosas dimensiones, que colocó muy satisfecho sobre la mesa.

—No te canses, Pascual, dijo Manchado. Mateo y yo pensamos mejor que tú. Lo del cura es lo primero, por muchas razones. Ya sabes que su casa está en una situación que nos ofrece más ventajas para escurrirnos y tomar las de villa-Diego en caso necesario; porque según se dice, y tú lo has oído como nosotros, tiene un capitalito que de seguro en tus bolsillos te hará más gracia que en los suyos, y por último, porque tiene una hermanita de veinte años, que es una perla... ¡Digo! y que es una moza... ¡Hola, hola! exclamó mirando fijamente á su interlocutor, ¡y cómo te animas, Pascualillo!

—Toma, es natural, contestó Pascual, la muchacha sí que me gusta, ¿y mi parte de lo otro...?

—Te se dará, no tengas miedo. Lo de la chica no es más que un gaje del oficio.

—Venga esa mano, compañero, dijo Pascual, al ver desvanecidos todos los temores que abrigaba sobre el asunto.

—Ahí está, contestó Manchado extendiendo la suya encallecida y hercúlea.

—Solo una cosa nos falta. Convenir en la hora. ¿No os parece?

—Me parece conveniente que dejemos cenar al cura con su pachorra acostumbrada, y así puede que no nos reciba de mal humor.

—Yo creo que de ocho á nueve de la noche es buena hora.

—Los vecinos del pueblo están en su mayor parte acostados, y como la gente nos estorba, esperaremos á que se duerma para que no nos incomode nadie.

—El pájaro me parece que no se escapa. En este momento un ruido casi imperceptible se oyó junto á la puerta, y los tres criminales guardaron el más profundo silencio.

Mateo se levantó temiendo que hubiesen podido escuchar.

—¿Quién anda ahí? preguntó con voz ronca. Nadie respondió.

Entonces se aproximó a la puerta y la abrió de un puntapié.

El posadero que dormía sentado en un poyo de piedra del portal abrió los ojos como asustado.

—¿Qué se ofrece? le preguntó bostezando.

—Nada, respondió Mateo, venía a ver qué noche hace, porque vamos á marchar, y por si acaso llovía esperar un rato.

—No llueve, contestó el posadero, la noche está muy hermosa.

Pascual y Manchado salían ya del portal, cuando Mateo entraba a decirles que era hora de separarse, para no infundir sospechas.

—¿Qué se debe camarada?

—Cinco reales, contestó el posadero.

—Ahí están, replicó Manchado, tirándolos en un banco.

—Buenas noches, tío Tomás.

—Felices, respondió el ventero. Los tres hombres salieron de la venta, y echaron a andar en dirección a Almendralejo.

A pocos pasos de sus primeras casas Pascual se paró.

—Una cosa falta, dijo deteniendo á sus compañeros. Preciso es que nos reunamos en un sitio solitario antes de dar el golpe de mañana.

—A espaldas de la iglesia, dijo Manchado, no pasa un alma después del anochecer. A las ocho nos reunimos y desde allí veremos si hay alguna medida que tomar. ¿No os parece?

—Corriente, contestaron los otros dos.

—Pues entonces hasta mañana á estas horas; no debemos entrar juntos en el pueblo; siempre es bueno andar prevenidos. No sea que tire el diablo de la manta y...

Los tres hombres se separaron, y cada uno tomó diferente dirección.

El posadero que había salido a la puerta como para espiar sus pasos, cuando los perdió de vista, la cerró con precaución y seguridad, cogió el candil y principió á subir los estrechos y pendientes escalones que conducían á su pobre camarote.

—¡Ah! bribones, murmuraba; no os saldréis con vuestro plan.

¡Pobre señor cura! ¡Pobre señor cura! Y el buen hombre santiguándose se metió en la cama, asustado de conocer el proyecto de sus tres huéspedes.

III.

El honrado ventero no pudo conciliar el sueño en toda la noche.

Su conciencia se revelaba contra el odioso proyecto que había sorprendido a aquellos tres hombres, cuya conversación escuchó toda, gracias a un impulso de curiosidad que le hizo aplicar el oído a la cerradura de la puerta.

En vano procuraba dormir.

Sus ojos se cerraban, pero su imaginación despierta y preocupada le presentaba el cuadro del crimen con todos sus horrorosos detalles, y ya creía ver a los tres bandidos acosando al cura, amenazándole y hundiendo en su pecho el puñal asesino.

Amaneció por fin el día siguiente. El buen ventero fatigado por el insomnio de la noche pasada, había tenido sobrado tiempo en su desvelo para adoptar un plan, así es que en cuanto el sol empezó a bañar con sus rayos los feraces y dilatados campos de Almendralejo, abandonó el lecho y se dirigió á la casa-cuartel de la Guardia Civil.

No bien estuvo a las puertas de aquella, se detuvo y dio tres golpes con el aldabón.

—¿Quién es? preguntó una voz cascada y chillona.

—Soy yo, tía Pepa; abra usted, que soy Tomás. La puerta se abrió y una mujer anciana y de rostro demacrado se presentó en el umbral.

—¡Señor Tomás! ¿Cómo usted por aquí tan temprano?

—Un asunto de importancia, tía Pepa, o mejor dicho un asunto de conciencia, respondió el ventero.

—¡Jesús! de conciencia exclamó la vieja, casi asustada.

—Sí, de conciencia; pero no tengo que ventilarlo con usted, sino con mi paisano Fermín, que es al que vengo a buscar.

—¡Ah! pues ni él, ni los compañeros están, salieron a recorrer el término; pero yo creo que no tardarán, porque los pobres aun no habrán probado bocado desde...

—Bien, bien, la dijo interrumpiéndola el posadero: los esperaré, aunque tarden siete horas.

Por mí, tía Pepa, no deje V. de hacer los asuntos de la casa.

La tía Pepa, renunciando a la tentación de ser curiosa o pesada, se marchó a la cocina, y el tío Tomás, asombrado de tanta docilidad, se sentó en un taburete que había junto a la puerta, con la firme resolución de no levantarse de allí hasta la llegada de los Guardias.

No hacia un cuarto de hora que se encontraba en aquella muda actitud, cuando la puerta se abrió, y dos Guardias civiles entraron en la casita.

—Buenos días, paisano, dijo al ver al ventero, el más alto de aquellos, dando la mano al señor Tomás: ¿cómo por aquí?

El ventero se acercó al Guardia y le refirió sucintamente cuanto había escuchado.

—Las va a pagar todas juntas, dijo separándose ya de él. Ha hecho muchas, y...

—Pues ya sabes, añadió el tío Tomás; de ocho a nueve se va a dar el asalto. Vive alerta; yo me voy, que tengo mi puesto solo, y a estas horas siempre hay gente.

—Anda con Dios, paisano, y muchas gracias por el aviso, contestó el Guardia, pero ya estaba prevenido, acaba de darme el mismo aviso el señor alcalde.

IV.

Aquel mismo día por la tarde, tres Guardias civiles, apostados detrás de un viejo y ruinoso paredón, esperaban impacientes un momento oportuno para salir de aquella especie de escondite.

Estos tres hombres eran los Guardias Fermín Ascunce, Francisco Pineda y Antolín Acosta García.

Apenas la noche empezó á cubrir la tierra con su negro y estrellado manto, y cuando casi podían distinguirse los objetos, los tres Guardias se dirigieron, aunque rodeando, por los sitios menos concurridos, a casa del presbítero D. Alonso Oliva, víctima presunta y objeto de los planes del Manchado y sus compañeros.

Ascunce era hombre experimentado en esta clase de percances, y creyendo, con razón, que los ladrones vigilarían la casa algunas horas antes que la convenida para realizar su proyecto, no quiso entrar por la puerta de la casa, y tuvo, para llegar a ella con sus compañeros, que saltar los corrales de las contiguas.

La operación era incómoda y fatigosa, pero al fin llegaron a la casa de D. Alonso; éste les guió a su habitación, suplicándoles que evitasen, a ser posible, el derramamiento de sangre, aun cuando fuera la de sus presuntos asesinos.

Dos guardias municipales ocupaban por orden del alcalde, un cuartito que junto a la puerta de entrada había.

Ascunce, Pineda y Acosta se instalaron en una habitación del centro de la casa, y con el oído atento, la mirada alerta y la carabina preparada, esperaban resueltos; el momento crítico que había de poner término a su violenta actitud.

No se hizo esperar mucho.

La puerta de la casa rechinó casi imperceptiblemente sobre sus goznes, y tres hombres enmascarados penetraron silenciosamente en ella, que cerraron y echaron la llave por dentro.

En seguida, puñal en mano, se precipitaron en la habitación.

Un chillido horrible y penetrante llegó a oídos de los Guardias como la primera señal de la lucha.

Una joven, vigorosamente oprimida por los brazos de un bandido, horrorizada y confundida, trataba, aunque inútilmente, huir del bandido.

La voz se ahogó en la garganta de la pobre joven, que luchaba por desasirse de aquellos lazos que oprimían su cintura como un círculo de hierro.

El criminal la sujetó con fuerza y la arrastró brutalmente por el suelo en pos de sí.

La infeliz aparentó ceder un momento, y levantándose acongojada, dio un paso hacia el malvado, que engañado por esta debilidad ficticia, cedió un instante, que fue suficiente para que la joven, haciendo un supremo esfuerzo, se desasiese de sus manos y corriese a donde estaban los Guardias que ya corrían a su defensa.

—Favor, favor, exclamó la desdichada poniéndose bajo el amparo de aquellos valientes.

El bandido, rugiendo de ira y de coraje, se precipitó sobre ella, pero en aquel instante Ascunce le daba la voz de alto.

El criminal nada escuchó, y solo contestó con un pistoletazo a quema ropa, que apenas dio tiempo a Ascunce a desviarse una línea de donde pasara la bala.

El asesino dejó escapar una asquerosa maldición, que terminó con un alarido.

Ascunce, rápido como el relámpago, había a su vez descargado su carabina sobre el bandido, que cayó muerto a sus pies, dirigiendo al cielo, al cerrar sus ojos para siempre, una mirada amenazadora y sombría como la última blasfemia.

Pascual había dejado de existir.

Entre tanto sus compañeros, que acosaban con no menos saña al Sr. Oliva, apenas oyeron los tiros, llenos de espanto y de terror, trataron de saltar las tapias de los corrales para sustraerse a sus activos perseguidores, pero ya no era tiempo.

Los tres Guardias a diez pasos de ellos apuntándoles con sus fusiles les intimaron la rendición; pero aquellos bandidos engañados con la falsa esperanza de una evasión ilusoria, se resistieron a entregarse; otra descarga resonó entonces y una nueva víctima cayó en tierra, vertiendo torrentes de sangre.

Manchado, más afortunado que sus dos compañeros, pudo salvar las tapias, y aunque los Guardias llenos de ardor corrieron en su busca, no pudieron encontrarle, y todas sus pesquisas y pasos por las cercanías fueron inútiles.

Cuando regresaron a la casa de D. Alfonso Oliva, la autoridad local se había constituido en ella y se hacía cargo de los dos cadáveres, igualmente que de dos pistolas de arzón y una navaja de grandes dimensiones que Ascunce había cogido a los ladrones.

Este hecho llenó de consternación a los vecinos del pueblo y de gratitud a D. Alfonso Oliva y a su joven hermana que no encontraba expresiones con que demostrar su agradecimiento al que por defenderla había expuesto tan valerosamente su vida.

Tan terrible escarmiento sirvió a los honrados moradores de Almendralejo de una garantía de tranquilidad para lo sucesivo, cuyo reposo se había alterado hacia algún tiempo por los rumores y sospechas de que una cuadrilla compuesta de nueve hombres, cuyas intenciones y planes se presumían, era una continua amenaza para el ciudadano pacífico y laborioso.

El señor gobernador de la provincia se apresuró a dar las gracias a Ascunce, y el Excmo. Sr. Director del Cuerpo, después de hacérselas también presentes, le propuso al gobierno para la recompensa que en su concepto mereciera el digno comportamiento del Guardia Fermín Ascunce y Ure cuyo valor y pericia le hacían acreedor al más honroso premio.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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