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EGOISMO Y CARIDAD.

  • Escrito por Redacción

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"En medio del espíritu egoísta que domina en este siglo, aun existen y en gran número, almas caritativas que se quitan el pan de la boca para remediar una desgracia". Así comienza este nuevo relato y es algo que en la Guardia Civil  viene haciendo a lo largo de su existencia como Institución, es el la caridad, el sacrificio, es la falta de egoismo para darlo todo, en este caso nuestros guardias dieron lo poco que tenían, pero en ocasiones fue la propia vida lo que ofrecieron, todo hace que sean beneméritos, que sean queridos, antes y ahora. 

EGOISMO Y CARIDAD.

I.

En medio del espíritu egoísta que domina en este siglo, aun existen y en gran número, almas caritativas que se quitan el pan de la boca para remediar una desgracia.

Parece mentira que haya en este siglo una clase de hombres que se apelliden filósofos y que se llamen positivistas, empeñados en probar que los bienes materiales son la causa del bien, y que ninguna participacion concedan al espíritu en la magna obra de la felicidad humana.

Es demasiado absurda su doctrina para que la profese ningún hombre que sienta latir su corazon al soplo de las afecciones tiernas y generosas.

Para pertenecer á esta secta de miserables, es preciso considerar el egoísmo como norma de todas las acciones.

Es preciso prescindir de todo amor á la familia, y de toda inclinacion á la amistad.

En el instante que el hombre abrace esa teoría, debe considerar el dinero y los demas bienes materiales, como la causa eficiente de su felicidad, y prescindir por completo de los seres que le rodean, ó al menos valerse de los que le son necesarios, como unos meros instrumentos que paga, para que contribuyan á su bienestar, con unos servicios que han vendido por cierto precio.

El egoista no debe servir de apoyo á un pobre anciano, ni consagrarse á su consuelo, porque ese tiempo es perdido para su goce material.

El egoista no puede encontrar goces en las dulces caricias de una espasa casta, porque esas horas, llenas de encanto para las almas sensibles, enervarían la actividad de su codicia, y le harian perder acaso un infame negocio que le produjera una gran ganancia, ó le robarían el tiempo que necesita para concurrir á una inmunda orgía de negociantas prostitutas.

El egoista considera los hijos como una verdadera calamidad, porque exijen cuidados y gastos que en su concepto no se compensan, ui con tiernas caricias ni coa gracias infantiles.

El egoista, en fin, no puede dar abrigo á la amistad, porque esta exije servicios ó sacrificios, y el que tiene fijos sus ojos en la materia, no comprende todo el placer que reditúan los favores que se dispensan al amigo.

El egoista no conoce mas satisfaccion y goces que el alza ó la subida del tanto por ciento.

¿Qué le importa al defensor de ese positivismo material las tiernas caricias y los cuidados cariñosos, las dulees conexiones de la amistad, y los eternos placeres que proporcionan las buenas obras, si tiene dinero para comprar la ficcion y la hipocresía con todos sus halagos engañosos?

¿Qué importa al positivista que no circunden su lecho de dolor, padres, esposas, hijos, hermanos, parientes ni amigos, si con su dinero se rodea de unos sirvientes en cuyos semblantes se halla retratada la indiferencia ó la codicia?

¿Qué importan al positivista las lágrimas de ternura que pudieran derramar sobre su tumba todos esos seres generosos al elevar al cielo una oracion por su eterno descanso, si sus miserables restos yacen depositados en un lujoso panteon, símbolo de un necio orgullo, y que no excita en el corazon humano mas que una mirada de curiosidad ó de desprecio?

Ved el fin á donde nos conducen esas doctrinas del materialismo inmundo que corroe algunos corazones.

No hubiéramos querido seguir al egoísta desde su cuna á su tumba, pero el hecho que vamos á narrar excita poderosamente las fibras de nuestro corazon y poco, muy poco, hemos dicho, en atencion á lo mucho, muchísimo que se puede decir de la preferencia que dan éstos á la materia sobre el espíritu.

Hubiéramos podido probaren un paralelo cuan grandes y eternos son los goces del alma, y cuán efímeros y pasajeros son los de la materia. Como que aquellos nacen de las virtudes y de las pasiones nobles y generosas, que elevan nuestra alma al cielo, mientras que estos crecen á la sombra del egoismo, de la codicia y de los placeres materiales mas inmundos, que nos conducen al escepticismo, al aislamiento y á la muerte.

Sabed que, asi como la materia tiene su moneda corriente de cambio, así tambien el espíritu tiene la suya propia; la primera se refunde toda en el oro; la segunda son las buenas acciones. De la combinacion armónica de las dos, nace la mayor y mas perfecta felicidad que puede alcanzar el hombre en esta vida; pero en caso de eleccion, optad por la segunda, y al menos gozareis del bienestar que proporciona al individuo una conciencia tranquila.

II.

Si viérais alguna vez á una mujer que acababa de dar á luz al hijo de sus entrañas, ¿no la miraríais con consideracion?

Si observais además que aquella infeliz carecia de un lecho donde reclinarse, teniendo que soportar su grave enfermedad sobre una miserable estera, ¿no sentiría vuestra alma una profunda tristeza por la desgraciada suerte de aquella infeliz?

Y si supiérais, en fin, que carecia de lo mas indispensable para su preciso sustento y el de su hijo, ¿no os acordaríais instantáneamente de vuestra madre, y partiríais con ella el pedazo de pan que os tocaba en aquel dia?

¿Quién podrá contemplar tan triste escena, sin que nazcan inmediatamente en su corazon los sentimientos mas delicados, tiernos y caritativos?

Imposible parece, y sin embargo, esos hombres existen, por desgracia, entre nosotros, y existirán entre las futuras generaciones.

Ya sabeis cuales son sus ideas. Pero los que no pensais como ellos, venid y contemplad el cuadro que se ofrece á vuestros ojos.

III.

Estamos á la puerta de una miserable choza; entrad en ella, levantad ese pedazo de sucia y carcomida estera y ved lo que oculta.

No retrocedais ante un espectáculo tan conmovedor, sin haber depositado el óbolo fraternal de la caridad humana.

Habeis visto una mujer desdichada, que pálida y llorosa estrecha contra su seno y cubre con sus harapos al hijo que acaba de dar á luz.

Esa mujer no teniendo hogar ni lecho acogióse á esa choza seguida de su pobre madre que lloraba como aquella su completo desamparo.

Sufrió los dolores de aquel lance crítico, con la resignacion y el valor que le inspiraba el amor maternal, pero así que vió nacer á la vida al hijo de sus entrañas, gruesas y ardientes lágrimas surcaron por sus megillas.

No habia llorado por ella, pero lloraba por su hijo.

—¿Con qué abrigaré á mi hijo? decia la infeliz á su contristada madre, que muda de dolor no podia articular ni una sola palabra.

—Desfallecida y exánime ¿cómo podré alimentar á este ángel de Dios, si la caridad cristiana no acude, madre mia, en nuestra ayuda? exclamaba con sentido acento aquella infeliz, mientras que su madre ahogaba en lo mas hondo de su seno un suspiro de amargura.

—Pobre hijo mio, repetia sin cesar aquella mujer, y lloraba, y la madre de esta lloraba tambien con ella.

El cuadro era desgarrador, y la escena no podia prolongarse por mucho tiempo, sin que costase la vida á dos, por lo menos, de aquellos tres seres humanos.

Haciendo entonces un esfuerzo Manuela Sanchez, que así se llamaba la que acababa de ser abuela, abandonó la choza y penetró por las calles de la ciudad de Cazorla, que es donde ocurrió este hecho, en los primeros dias del mes de Enero de 1854.

IV.

Hacia un frio intenso.

Una mujer bastante entrada en años, de rostro demacrado y en el que se veia retratada la imagen horrible de la miseria, marchaba con toda la agilidad que la permitían sus desfallecidos miembros por las calles de Cazorla.

Esta anciana no era otra que la Manuela Sanchez.

De vez en cuando un movimiento convulsivo contraía su rostro, y sus labios murmuraban algunas frases que terminaban en un profundo suspiro.

Preguntó á la primera persona que halló en su camino por la casa del alcalde, y no bien oyó las señas, hizo un esfuerzo y aceleró el paso.

Llegóse á las puertas de la morada de la primera autoridad del municipio, y despues de reflexionar breves instantes, entró con decision en ella.

Frente ya de aquel, explicóle la terrible situacion de su hija, de la criatura que acababa de dar á luz y le suplicó su amparo.

El alcalde no hizo sin duda caso del ruego de aquella infeliz, que salió llorando de la casa, cruzando las manos y elevando al cielo su vista, como en ademan de pedir lo que los hombres la negaban.

Detúvose un instante y un rayo de luz brilló en sus ojos.

Una esperanza habia cruzado por su mente.

Vió venir un hombre y le salió al encuentro.

—¿En qué calle vive el señor cura párroco? le preguntó la anciana con viveza.

El hombre le dió las señas, y aquella partió aceleradamente.

Una triste sonrisa asomó á sus labios lívidos. Entró en la casa del señor cura y le manifestó el tristísimo estado de su hija y del recien nacido. ¿Qué pasó en aquella conferencia? Lo ignoramos.

La anciana salió de aquella casa aun mas llena de dolor que de la del alcalde.

Acercóse entonces á una pared, recostóse sobre ella, cruzó sus brazos, dirigió al cielo sus ojos de una manera indescriptible, inclinó despues la cabeza sobre su pecho, y dos lágrimas de sangre y de fuego se deslizaron de sus ojos y abrasaron sus mejillas.

Situacion horrible y que nadie puede comprender lo bastante para pintarla con todos sus negros colores.

En aquel momento sintió la infeliz anciana cuantas angustias puede sufrir un ser humano en el mnndo.

Acaso resonaba en su oido la voz desfallecida de su desgraciada hija, que repetia: ¡Pobre hijo mio, la miseria nos mata!

Solícito y caritativo, no se olvidó tampoco del recien nacido y en aquella misma tarde, lo llevó á la iglesia, siendo su esposa y él los padrinos del nuevo cristiano y á cuya ceremonia asistieron los Guardias del puesto.

El cabo Lozano á pesar de sus pocas facultades costeó los gastos del bautizo; y el cura parroco cobró sus derechos...

Los demas Guardias contribuyeron tambien con su óbolo al cuidado de aquellos tres seres infelices, los que libres ya de la miseria y en estado de poder ganarse la vida, se despidieron de su angel salvador, y de sus demas compañeros, colmándoles de gracias, é implorando sobre ellos las bendiciones del cielo.

Ya lo veis: el egoista desoyó la voz de la desgracia, y guardó el oro miserable en su gabeta.

El cabo 1.° Lozano, partió el pan de su familia con aquellas desventuradas criaturas, á las que salvó la vida.

El egoista podrá algun dia tener un profundo remordimiento, porque es posible que su conciencia le acrimine.

El generoso cabo Lozano siempre recordará con una dulce satisfaccion su buena y caritativa obra, y acaso una lágrima de placer y de ternura se desprenda de sus ojos al leer esta mal trazada crónica, donde nosotros con la imparcialidad del narrador, le tributamos por ella los elogios mas espresivos y sinceros.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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