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LA DILIGENCIA (29 de abril de 1850)

  • Escrito por Redacción

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"No hay nadie que haya olvidado aun, que al emprender un viaje, era preciso prepararse y despedirse de las familias y amigos en debida y rigurosa forma, en la incertidumbre de recorrer el trayecto y de llegar al término del viaje, sin caer en manos de los malhechores que inundaban los caminos. Tal era la inseguridad que reinaba en el país". Pero precisamente para dar seguridad, para remediar desmanes como los aquí narrados, había nacido ya la Guardia Civil. Los sucesos que a continuación se narran ocurren el 29 de abril del año de 1850.

LA DILIGENCIA.

I.

Cuando el progreso tiende sus benéficas alas sobre una nacion, no florece tal ó cual industria, no prospera tal ó cual idea solamente, sino que todo en ella recibe igual impulso.

A medida que los pueblos se ilustran, los intereses materiales se desarrollan, las costumbres se modifican notablemente y se perfeccionan las instituciones.

Pocos años hace, apenas podia el ciudadano transitar por las calles de los pueblos, en el momento que la noche cubria la tierra con su estrellado manto, sin verse expuesto al puñal del asesino ó á la rapacidad del ratero.

Pocos años hace no habia nadie que emprendiese un viaje á la corte, ó á las grandes ciudades de nuestra España, sin que las familias y amigos de los viajeros no hicieran resonar en sus oidos una voz de alerta.

Todos recuerdan que Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia y otras poblaciones se consideraban como los centros de los expertos rateros, donde se organizaban los grandes robos, y donde se escamoteaba al infeliz provinciano cuanto habia traido para emplearlo en sus negocios.

No hay nadie que haya olvidado aun, que al emprender un viaje, era preciso prepararse y despedirse de las familias y amigos en debida y rigurosa forma, en la incertidumbre de recorrer el trayecto y de llegar al término del viaje, sin caer en manos de los malhechores que inundaban los caminos.

Tal era la inseguridad que reinaba en el país.

En vano se esforzaban los alcaldes, los jueces y los tribunales para cortar de raíz tan grandes males; sus esfuerzos eran impotentes y se estrellaban contra la astucia de los criminales, que con facilidad burlaban la poca vigilancia que sobre ellos podian ejercer.

Pero este estado de cosas se hacia ya incompatible con el progreso de nuestra nacion.

Y llegó un dia en que se pensó en el remedio, y se creó una de las instituciones mas benéficas, una de esas instituciones que forman época en los pueblos civilizados: La Guardia Civil.

II.

¿Quereis saber los servicios que prestan los individuos de esa Guardia Civil, que se halla esparcida por los campos y por los pueblos de España?

Pues preguntadlo al viajero que camina en todas direcciones seguro y confiado de que nadie atentará contra sus intereses.

Preguntadlo á los vecinos de las aldeas, villas y ciudades que reposan tranquilos, sin temer que penetre en su casa el ladron asesino para robarle su patrimonio.

Escuchad al náufrago que debe su vida al arrojo de un Guardia.

Al que arrastrado por la corriente de un rio, encuentra un brazo poderoso en el Guardia que le arrebata de entre las garras de la muerte.

Al infeliz que en medio de las llamas pide socorro, ó que casi asfisiado lanza un ¡ay! lastimero, ó que contempla lleno de pavor y de espanto, el elemento destructor que devora de momento á momento todo el producto del sudor de su frente, los ahorros de toda una vida laboriosa, que constituía el patrimonio de sus hijos, y que se encuentra sano, y salvo y libres sus bienes, merced al valor de unos Guardias civiles.

Al huérfano, que perdido en un campo; llora sin consuelo; y á sus padres que gimen por su pérdida, y que la activa solicitud de un Guardia enjuga su llanto, y devuelve la tranquilidad á la angustiada familia.

Al desgraciado, en fin, que enfermo y sin recursos, encuentra un socorro en el Guardia que parte con él el pan de su familia.

Ved aquí los hechos que por regla general, constituyen la historia de ese benemérito cuerpo, y decid si no merece que le tributemos justas y merecidas alabanzas.

Ved tambien confirmado cuanto manifestamos al principio de este capítulo, y decidnos si la Guardia Civil no es una institucion hija del progreso y de la cultura de nuestros tiempos.

Ya habeis visto muchos de los servicios prestados por los que sirven en él; ahora vamos á narraros otro no menos importante.

III.

A la caida de la tarde del dia 29 de abril del año de 1850, dos Guardias salían del puesto de Tárrega, en la provincia de Lérida, y emprendieron su marcha por la carretera que vá desde aquella villa á la venta de la Arengada.

Como de costumbre, iban armados, lo que indicaba que habian salido del puesto para prestar algun servicio, ó vigilar la carretera. Efectivamente, con este objeto abandonaron 1 cuartel, para pasar la noche recorriendo el trayecto que hemos indicado.

Sabiendo el teniente D. Manuel Bellido del Pino (1), jefe del puesto de Tárrega, que habia algunos malhechores que invadian la carretera con el objeto de robar á los transeuntes y á fas diligencias, encomendó el cuidado de vigilar la parte del camino que hemos indicado al cabo Tadeo Bravo y Luengo, y al Guardia de 1.a clase Bautista Llorens.

Ya era bien entrada la noche, y una hermosa luna iluminaba la, tierra, de modo que se distinguían perfectamente los objetos á largas distancias.

Cuatro horas hacia ya que paseaban los Guardias la carretera, y habiendo llegado al punto que llaman de Corvella, se sentaron á descansar, por ser un sitio bastante elevado y el mas apropósito por consiguiente, para vigilar el camino, y especialmente los puntos sospechosos ó escondidos, de donde en otras ocasiones habian salido los malhechores, para sorprender á los viajeros.

Poco mas de media hora hacia que los Guardias Bravo y Llorens se encontraban allí, cuando oyeron el ruido de un carruaje, y vieron que era una diligencia.

No habian pasado 20 minutos cuando el coche número 25 de la compañía de Diligencias Generales de España llegó á Corvella, y los Guardias al verle se acercaron á él y preguntaron al mayoral si habia alguna novedad, á lo que aquel contestó negativamente.

El coche siguió su ruta, y los dos Guardias se volvieron á su asiento, pero con la vista fija en el gran trozo de camino que aquel tenia que recorrer hasta pasar de la venta de la Arengada.

No habría andado la diligencia unos seiscientos pasos, cuando de repente cesó el ruido, como si aquella hubiese parado de andar. Como efecto, así era.

Los Guardias lo notaron en seguida; aplicaron el oido con cuidado, y advirtieron que el silencio era sepulcral, por lo que pensaron que la causa de aquella detencion, no procedia de alguna rotura, porque ni el mayoral ni el zagal, ni el postillon, gritaban como acostumbran á hacerlo en tales ocasiones.

Aquella detencion, pues, debia motivarla algun extraño accidente, y en esta creencia los Guardias, partieron corriendo al lugar del siniestro.

Ya verán nuestros lectores cómo no se habian equivocado.

Veamos qué sucedia entre tanto á los viajeros.

IV.

Habianse entregado tranquilamente al sueño los viajeros, escepto alguno que otro, que ansioso de contemplar la naturaleza, asomaba el rostro por la ventanilla del carruaje.

No bien llegaron al sitio que hemos indicado, cuando tres hombres gritaron con voz de trueno «alto el coche», é instantáneamente se arrojaron sobre el mayoral y zagal, á los que tiraron á tierra desde el pescante.

Un grito de terror se éscuchó entonces en todos los senos del carruaje.

Asustáronse los que velaban y quedaron sobrecogidos al despertar los que dormían; pero la turbacion y el espanto se pintaba en todos los semblantes.

El hecho no era para menos.

Quien haya sufrido una sorpresa de ese género, es el que puede apreciar perfectamente todo el terror que infunde, los perniciosos efectos que puede causar en el individuo, y mucho mas cuando está tranquilo y no abriga el mas leve temor ni desconfianza alguna.

Es un momento de terrible espanto, ver acercarse á la portezuela de un coche un hombre de malas trazas, armado de trabuco en mano, abrirla bruscamente y gritar con voz estentórea: «A fuera.»

Esa voz escita la indignacion y la ira mas reconcentrada en el corazon del hombre animoso, que siente verse cogido como el leon en la trampa, mientras que su vibracion hiela la sangre en las venas del débil y de la tímida mujer.

No bien hubo pronunciado uno de los foragidos la frase de «á fuera,» todos los viajeros bajaron de sus asientos y se pusieron á disposicion de los malhechores.

Todos estaban mudos de temor, y especialmente tres señoras, una de ellas en extremo hermosa, y que apenas oontaba veinte años, esperaban las órdenes de los foragidos. Estos les pidieron el dinero que llevaban, y uno de ellos reparando en la jóven la cogió de la mano, la arrastró hácia á sí, y con cínica impudencia y á pesar de los esfuerzos de aquella, profanó con su callosa mano el seno de la doncella.

La infeliz dominada por el mas profundo terror y temiendo ser víctima de los instintos brutales del bandido, apenas tenia aliento para exalar un gemido de indignacion.

Entre tanto los otros registraban á los demas viajeros, y recogian cuanto llevaban.

Los dos Guardias que ya vimos partieron á la carrera con el fin de prestar auxilio á la diligencia caso necesario, en pocos minutos llegaron á un sitio desde donde pudieron ver con la mayor claridad que la causa de la detencion de la diligencia era un robo.

Ante semejante espectáculo, los Guardias detuviéronse un momento para combinar el plan de ataque, pues seguir la carretera sin ser vistos de los ladrones era de todo punto imposible.

Determinaron dividirse y marchar uno por un lado y otro por el lado opuesto de la carretera, con el fin de sorprender á los loragidos: empresa difícil tambien por ser el terreno bastante llano, y no existir por aquellos sitios un solo arbusto donde ocultarse.

Ya estaban los Guardias á unos quince pasos del coche cuando divisándoles los ladrones, abandonaron su presa y echaron á correr.

Bravo disparó su fusil, pero no dió fuego; mas para que los ladrones no se apercibiesen gritó:

—Fuego y á ellos...

Aquí empieza una segunda parte del drama que no ofrece menos interés, y que á no ser por el valor de aquellos dos Guardias, acaso hubieran sufrido los viajeros otra segunda sorpresa, de mas graves resultados que la primera.

V.

Al grito dado por Bravo de «fuego y á ellos,» contestóle con un trabucazo uno de los bandidos que estaba á la distancia de unos ocho pasos de aquel, mientras que los otros cuatro huian perseguidos por el Guardia Llorens.

Afortunadamente las balas no hirieron al Guardia Bravo que se precipitó tras el bandido como un furioso leon.

Largo trecho corrió aquel tras de este sin darle alcance ni poderle herir con la punta de la bayoneta.

Verdad es que el bandido habia arrojado el trabuco y podia correr con mas libertad que el Guardia Bravo; pero advirtiendo este que de prolongarse mucho aquella situacion, concluiria por escapársele, hizo un esfuerzo supremo y le tiró un bayonetazo. Al impulso del movimiento faltóle punto de apoyo bastante fuerte para sostenerse y cayó sobre los terrones, arrojando á larga distancia el fusil.

El Guardia hirió por fin al bandido, pero fué una herida tan leve que no le impidió continuar su desesperada carrera.

Levantóse inmediatamente Bravo y emprendió de nuevo tras de su presa sin cuidarse de coger el fusil.

Momentos despues le dio por fin alcance viéndose precisado á sostener con él una lucha terrible.

Guardia y bandido cayeron dos veces en tierra.

Ya por tercera vez consigue Bravo asirlo por el cuello y lo derriba. Le pone una rodilla sobre el pecho y en esta actitud pide su fusil á uno de los viajeros que le seguía con el objeto de cooperar á la captura del bandido.

Llega el viajero con el arma y al tender Bravo los brazos para tomarla, el bandido se desprende de su competidor, se levanta con agilidad y le dispara un pistoletazo, que tan solo le quema y atraviesa el pantalon.

Bravo le arremete con la bayoneta causándole una profunda herida, y despues le da un fuerte culatazo en la cabeza, con lo que terminó tan desesperada lucha, cayendo en tierra el malhechor que se declaró vencido.

VI.

Los viajeros que aun no se habían repuesto de la sorpresa, miraban con medrosa ansiedad el resultado del combate sin atreverse á dar un solo paso.

Cuando vieron el triunfo del Guardia Bravo un grito de alegría y de satisfaccion lanzaron al viento todos aquellos oprimidos corazones, como si se hubieran quitado de encima el peso mortal que les oprimía.

Condujeron al bandido á donde estaba el coche, y habiéndole preguntado el valiente Guardia Bravo por su nombre, supo con asombro que se llamaba Antonio Ramon, conocido por Coll de Bot, que era natural de Vilagrasa y que estaba casado con una hija del alcalde de dicha villa.

Habiéndole registrado despues los bolsillos se le encontraron seis napoleones, que era lo único que habia tenido tiempo de robar, y cuyas monedas fueron devueltas á sus dueños.

Coll de Bot era un hombre muy temido en Vilagrasa, por las atrocidades, que segun de público se decia, cometió durante los siete años de la guerra civil, siendo asistente de un coronel carlista.

Si Bravo hubiera escuchado el grito de indignacion de los viajeros, habria dado muerte al bandido en aquellos momentos; pero valeroso al par que caritativo y sobre todo fiel al cumplimiento de sus deberes, lejos de eso, procuró curarle del mejor modo posible las heridas para conducirle al pueblo mas inmediato.

Al saber esta resolucion los viajeros, suplicaron al Guardia Bravo, especialmente las dos señoras y la jóven, que les acompañara hasta Cervera.

En esto llega el Guardia Llorens que cansado de perseguir á los otros cuatro bandidos no pudo darles alcance, y los perdió al fin de vista en un encinar que hay cerca del camino de Altet.

Las señoras reiteraron una y otra vez sus ruegos á los dos Guardias para que las acompañasen, y estos no pudieren menos de acceder á ellos, viendo que conseguían ademas de prestarlas este servicio, el de la mayor seguridad y la mas pronta y cómoda conduccion del preso.

Antes de ocupar los viajeros sus asientos en el coche, un comerciante de Logroño, que llevaba consigo ocho mil duros á Barcelona, para emplearlos en géneros, y cuya importante suma hubiera caido en poder de los ladrones, si los dos Guardias no vinieran en auxilio de la diligencia, se empeñó en que estos aceptaran una no pequeña cantidad, en prueba de su gratitud; pero todos sus ruegos y los que tambien les hicieron los demas viajeros, se estrellaron ante el inflexible desprendimiento y abnegacion de Bravo y de Llorens.

Partió, pues, la diligencia y llegó sin novedad á Cervera, donde los viajeros contaron el hecho heroico de los Guardias, y donde estos hicieron entrega del terrible Coll de Bot, al comandante del canton.

La despedida de Guardias y viajeros no pudo ser mas tierna y expresiva.

Aquellos dos hombres, con su heroísmo, habian salvado a las diez y ocho personas que conducía la diligencia de la pérdida de su patrimonio, del honor y hasta de la vida.

Al dia siguiente, infatigables en el cumplimiento de su deber, emprendieron la persecucion de los otros cuatro bandidos y á los tres dias habian conseguido su captura.

Las autoridades al ver tanto valor y celo no pudieron menos de tributar las gracias á los Guardias Bravo y Llorens por el importantísimo servicio que habian prestado.

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