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UN LANCE CRÍTICO (1861)

  • Escrito por Redacción

guardia-rescate-aguas

Han sido y siguen siendo muchos los actos de arrojo, de abnegacion, de heroismo y de caridad, que han protagonizado nuestros guardias civiles, que son capaces de arriesgar su vida para defender la de otros, que no necesitan de elogios y de alabanzas, y que no dejan lugar a la duda sobre su trabajo, ahora y siempre.

UN LANCE CRÍTICO (1861)

I.

No todos los hechos heroicos son ricos de episodios ni abundantes en agradables detalles, los hay escasos en incidentes dramáticos, aunque no por eso se amengüe la importancia y la trascendencia de la accion principal.

Por otra parte hay actos de arrojo, de abnegacion y de caridad, que demasiado elocuentes en sí, no necesitan de elogios y de alabanzas, que siempre serian pálidas al lado del esplendente brillo que arrojan la virtud y el heroismo que los sintetizan. La enunciacion de ciertas verdades no deja lugar á la duda, así como la narracion de ciertos hechos no necesita comentarios.

En el primer caso la conviccion es firme, en el segundo la admiracion es grande.

Hacemos esta salvedad, porque en breves líneas vamos á narrar un hecho que desprovisto de detalles circunstanciados, no por eso deja de revelar su gravedad inmensa y el valor y la abnegacion que necesita el hombre para llevarlos á cabo.

El recuerdo de una accion generosa no se borra jamas.

El tiempo que todo lo destruye; que desmorona poco á poco el gigantesco castillo cuya masa de granito parece indestructible, no puede borrar el modesto pero brillante rastro que dejan en tras de sí las nobles acciones.

II.

El invierno del año 1861, lluvioso y crudo en casi toda España, lo habia sido mas especialmente en la provincia de Córdoba.

Las continuas lluvias habian puesto intransitables los caminos, y aumentado considerablemente el caudal de los rios.

El dia 6 de Enero del mismo año se dirigian dos Guardias civiles por el camino que conduce desde Villanueva del Rey á Belmez.

Dos hombres atados caminaban silenciosos delante de ellos.

La marcha era penosa y lenta.

El agua caía á torrentes y aquellos cuatro hombres hundían sus piés en el lodo, que á veces les llegaba hasta la rodilla.

El rio Guadiato sacaba de madre su turbia corriente que venían á aumentar con su perpetuo tributo los arroyos de San Pedro y Albardado, cuyas aguas bajaban en rápido curso á vaciarse en el Guadiato por su margen izquierda.

Los Guardias tenían que atravesarlo para llegar á Belmez, á donde conducian á los dos presos, autores presuntos de un robo verificado en la noche anterior.

La empresa era tan difícil corno peligrosa y sobre todo se hacia doblemente grave, porque se exponía en ello la vida de dos hombres tal vez inocentes.

En tal estado los Guardias vacilaban y dudaban si deberían retroceder á Villanueva del Rey, ó aventurarse á pasar el rio.

Llegaron por fin al sitio que llaman Madre Vieja, situado al pié de su misma márgen, y ya principiaban á mirar cual seria el punto mas vadeable cuando escucharon voces de ¡socorro, socorro, que me ahogo!

A los pocos pasos divisaron entre las aguas la cabeza de un hombre que á punto de sumergirse por completo pédia por señas auxilio, porque la voz se habia ahogado en su garganta, y tal vez iba á espirar en ella para siembre, si el valor y arrojo de los Guardias Francisco Moriera Camporro y Juan Moreno Torres no le arrancaba de las garras de la muerte.

No habia un instante que perder.

Unos minutos mas y aquel infeliz habría dejado de existir.

III.

Hay momentos de verdadera lucha moralr lucha que no por ser muda deja de ser terrible y fatigosa, y que -hace grandes estragos en el espíritu como la material y física los causa en nuestro organismo.

Esa lucha secreta y misteriosa del alma, es la incertidumbre.

Nada mas penoso que la situacion en que se coloca al hombre en ciertos instantes de la vida; nada mas angustioso que esa vida momentánea pero terrible.

En ella se encontraban los Guardias Moreno y Moriera. Su primer impulso fué arrojarse al agua para salvar á aquel infortunado.

El primer movimiento de su corazon fué el sentimiento de la caridad, pero ¿cómo atender al mismo tiempo á los dos presos que custodiaban? ¿Era materialmente posible salvar con una mano al que se ahogaba, y detener con la otra á los que como presuntos delincuentes tenían el deber imprescindible de custodiar?

¿Era fácil conciliar en aquel momento la caridad con el cumplimieuto de una obligacion sagrada? Preciso es confesar que la situacion era compleja y difícil de resolver en un solo minuto. En este momento supremo Mortera dirigió una mirada en torno suyo, como el hombre que ávido y exhausto al mismo tiempo de recursos, parece buscarlos en todo lo que le rodea.

Una robusta encina extendia á poca distancia sus fuertes y desnudas ramas. Aquel árbol era la salvacion de un moribundo.

—Atemos los presos al árbol, dijo Mortera.

—Corriente, contestó Moreno, empujando á los presos eni cuyos ojos brillaba la esperanza de la fuga, al mismo tiempo quizás que se apagaba en los del que desesperaba ya de su salvacion.

Moriera sacó cuerda, y con ayuda de Moreno, aseguró á la encina á los dos presos.

Un momento despues Mortera se lanzó al agua y empezó á luchar con la corriente para arrebatarle una víctima.

IV.

Un gemido sofocado por el murmullo de las ondas, llegó á sus oidos como la última despedida del moribundo.

Moriera, envuelto por las aguas, cayó á fondo en medio de un remolino turbio y denso que le arrastraba á su pesar: alargó sus brazos y solo estrechó en ellos á la corriente cada vez mas rápida y amenazadora.

Por dos veces las aguas lo elevaron á su superficie, y otras tantas dirigió sus ávidas miradas en busca del hombre á quien quería salvar; pero nada vió.

Su ansiedad crecia como la corriente del rio con cuyas ondas luchaba.

Hizo un supremo y vigoroso esfuerzo, y atravesó á la otra orilla.

Sus fuerzas parecian próximas á abandonarle, y ya tocaba con mano desfallecida la tierra húmeda y deleznable de la márgen opuesta.

Moreno aparecia entonces hácia aquel sitio y en tierra, lleno de lodo llevando del ronzal dos caballerías cargadas. Miró por todos lados y no descubrió á su compañero.

—Mortera, Mortera, ¿dónde estás?

—Aquí, aquí, respondió la voz casi apagada del Guardia.

—¿Dónde, dónde? preguntó Moreno. En aquel instante una sacudida del agua descubrió la cabeza de Mortera.

Moreno se acercó entonces á la orilla y extendió sus brazos.

Dos manos se asieron de las suyas; pero la resistencia era tan grande que sintió irse ios pies sobre el resbaladizo lodo.

Rápido como el relámpago, asió fuertemente con la mano izquierda la cola de una dé las mulas que llevaba del ronzal, y extendió entonces el brazo derecho doblemente vigoroso ya con el apoyo que el contrario tenia.

Hizo un esfuerzo supremo; y sacó dos hombres casi abrazados uno al otro que se dejaron caer desfallecidos sobre la tierra.

El uno era el Guardia Francisco Mortera, el otro era D. Francisco Erias, comisionista de una casa de comercio de Málaga que se dirigia á Belmez con dos caballerías cargadas de género, y que Moreno habia tambien salvado milagrosamente, con esposicion de su vida.

Los presos que seguían atados miraban con asombro á aquellos dos hombres cuya abnegacion y valor no podían apreciar.

V.

La gloria y la recompensa siguen siempre á la virtud, y esta accion generosa no podía menos de tener su premio.

Enterado el Director del Cuerpo de la Guardia Civil del comportamiento de los dos Guardias, Francisco Mortera Camporro y Juan Moreno Torres, se dignó concederles la cruz de María Isabel Luisa, que hoy ostentan en su pecho con justísima satisfaccion.

D. Francisco Frías, lleno de gratitud y de reconocimiento, quiso tambien por su parte demostrar á los Guardias lo agradecido que estaba, y les ofreció algunas onzas de oro, pero no pudo lograr que las tomasen por mas ruegos que les hizo.

Volvió á insistir en su propósito antes de despedirse de sus salvadores; pero estos le contestaron por último que les estaba prohibido por el reglamento.

Esta última razon convenció al comerciante, y se despidió de ellos colmándolos de alabanzas y bendiciones puesto que les debia su vida y su fortuna.

Nosotros, meros narradores del hecho, no añadiremos una palabra de elogio á este episodio, porque él en sí los tiene mas elocuentes que cuantos pudiéramos nosotros tributar á una accion tan digna y valerosa.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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