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UN INCENDIO - 23 de Junio de 1858

  • Escrito por Redacción

rescate-incendio

Un domingo más ha llegado, el primero de un nuevo año, y con él un nuevo hecho glorioso de nuestros primeros guardias civiles, porque para ellos, antes y ahora no existen domingos, no existen fiestas, siguen velando por todos nosotros y lo hacen desde su fundación, como muestra este nuevo relato de CRÓNICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL.

UN INCENDIO - 23 de Junio de 1858

I.

Hay conflictos que infunden una verdadera consternacion en una familia, que siembran el pavor, la desolacion y la muerte.

Uno de estos es el incendio.

En tales casos la alarma cunde, nace la confusion mas espantosa, y los peligros se multiplican.

El débil huye, el cobarde tiembla, el malvado se aprovecha de tan aflictiva situacion, y cada cual se conduce segxin el sentimiento que le domina, pero casi todos se olvidan en aquellos supremos instantes de la salvacion de la hacienda y aun de la vida de una familia.

Por el contrario, el hombre generoso, valiente é intrépido se crece ante el peligro, adquiere una fuerza sobrenatural, prodigiosa, incomprensible.

No hay obstáculo que no salve; dificultad que no venza; peligro que contenga sus generosos impulsos.

Allí donde el hombre vende mas cara su vida en favor de la humanidad, allí es donde acude con mas presteza, el valeroso y caritativo; allí es donde demuestra todo el inmenso poder de esa inteligencia que emana de la divinidad; allí es donde, en fin, recoge el verdadero laurel de entre los peligros que amenazan su vida, y cuyo sacrificio no paga el mundo con la gratitud que debiera, pero que Dios recompensa con su bendicion santa.

Vamos á narrar uno de esos actos de heroismo que hacen por sí solos la apología de un hombre, que le cubren de gloria, y que le hacen ser objeto de admiracion, de respeto y de gratitud.

II.

El dia 23 de Junio de 1858, ardia una casa en una de las calles de la villa de Medina de Pomar. La familia se habia salvado milagrosamente, y el edificio se convirtió en breves instantes en una inmensa hoguera, que amenazaba con sus llamas devorar á los contiguos.

Las maderas crugian; las tejas saltaban calcinadas, y negros paredones caian al suelo con un terrible estrépito, cubriéndolo de chispas y de fragmentos encendidos.

Negras y espesas columnas de humo subian en espirales y se perdian en la atmósfera, que cada vez se hacia mas rara y sofocante-, dificultando de momento en momento los esfuerzos de los que trataban de dominar el incendio.

Los vecinos del pueblo miraban sobrecogidos aquel triste espectáculo, y los obreros abandonaban con desaliento las herramientas. Las llamas entre tanto, crecian y circundabanel edificio. En sus ruinas iba áquedar sepultado el patrimonio, y con él el bienestar.

Media hora despues nada hubiera quedado de aquella casa mas que escombros y cenizas.

El fuego se propagaba con una lijereza espantosa.

El pueblo en masa contemplaba aquel terrible cuadro, lleno de zozobra y sin tomar una resolucion que la necesidad hacia urgente é imprescindible.

En este instante llega un hombre, se abre paso por entre medio de los grupos, avanza hácia el sitio del siniestro, se apodera de la escala que un obrero tiene en la mano, y dice dirigiéndose á los demás.

—¡Cobardes; ¿qué haceis ahí?

El pueblo mira con asombro á este hombre, que despreciando el peligro, se lanza á arrostrarlo por entre las llamas con inaudito valor.

¿Quién es? ¿Cómo se llama? Es el Guardia civil Pedro Rincon Herraez, que providencialmente viene á salvar el patrimonio de una familia, que lo consideraba perdido.

III.

Gracias á la escala, y mas que á la escala, á la intrepidez, Rincon penetra casi milagrosamente por una ventana, y arroja por ella todas las cosas de valor que encontraba á su paso.

El humo era tan denso que la respiracion se hacia imposible, y el noble Guardia asomó la cabeza por la ventana buscando otra atmósfera que respirar.

Por dos veces tuvo el pueblo ocasion de admirar casi entre las llamas á aquel hombre extraordinario que tan pronto en un sitio como en otro, se presentaba á sus ojos como un ser invulnerable.

Cuando Rincon nada encontró que salvar, se arrojó por otra ventana al suelo. La multitud le vió caer, y dió un grito de asombro y de dolor creyendo que el Guardia habría sido víctima de su arrojo; mas pronto se le vió otra vez aparecer como un fantasma sobre el tejado, dirigiendo los trabajos y echando agua él mismo.

La admiracion del pueblo llegó á su colmo. Gritos de entusiasmo resonaron por todas partes, y cuando el incendio dominado permitió bajar á Rincon, los abrazos y los plácemes se sucedian, y la gratitud y la admiracion se retrataba en todos los semblantes.

Rincon recibia aquellas muestras de distincion y de aprecio con la reserva de un hombre que solo creia haber cumplido con un deber, por mas que allá en su alma sintiera todo el placer que siente el que ejecuta una buena accion; sin embargo, los vecinos, conociendo su modestia, hicieron resonar mas de una vez en sus oidos, tan heroico hecho, diciendo para mayor satisfaccion suya, que nunca olvidaría este suceso el pueblo de Medina de Pomar.

La autoridad judicial del partido se apresuró á darle las gracias, y el Excmo. Sr. duque de Ahumada, Director á la sazon del cuerpo de la Guardia Civil, le concedió por este servicio el ascenso á Guardia de 1.a clase, por nombramiento de 29 de Julio de 1858.

Recompensa justa y merecida á la que el valiente Pedro Rincon se habia hecho muy acreedor.

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