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PLAYA DE CHIPIONA - 15 de Noviembre de 1858

  • Escrito por Redacción

NAUFRAGIO-EN-ROTA

Un nuevo relato sacado de CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, para tu disfrute lector, y nuevamente actos de heroismos en las primeras acciones de la Guardia Civil, gracias a sucesos y a actos heroicos como el que hoy relatamos y los que antes y después han protagonizado nuestros guardias civiles, recibieron el sobrenombre de "BENEMÉRITOS".

PLAYA DE CHIPIONA - 15 de Noviembre de 1858

I.

Los puertos de mar son con frecuencia teatro de siniestros y desastres, desastres tanto mas horribles y espantosos, cuanto que en muchas ocasiones se ve el hombre en la imposibilidad, no solo de preveerlos, sino lo que es mas doloroso y triste, de remediarlos.

¡Cuántas veces no contemplamos desde la removida arena de la playa, hundirse en los insondables abismos de una mar embravecida, el rico cargamento del atrevido buque, que hace esfuerzos desesperados, luchando con las ondas para ganar el anhelado puerto de salvacion!

¡Cuántas veces no vemos al triste náufrago, estender con ansiedad sus brazos á la querida playa, y desaparecer para siempre arrastrado por la espumante ola que lo sepulta en el abismo!

¡Terrible cuadro!

Escoged las tintas mas negras y sombrías de la paleta del pintor; los conceptos mas espresivos, en lo terrible de la poesía, y no podreis pintar ese cuadro; no podreis describir con todos sus vivos colores el buque que se sumerge poco á poco á las violentas sacudidas del furioso vendaval; el hombre que lleno de vida y esperanzas se ve sorprendido y arrojado en un peligro inminente en los mismos instantes, en que respirando alegría su corazon, pensaba en el inmenso placer de abrazar á su familia querida.

No hay pincel que pinte la oscuridad del cielo, el fulgor de los relámpagos y de las centellas, el silbido del huracan, el bramido de las olas, y crugir del maderámen del desmantelado buque.

No hay pluma que describa las ilusiones encantadoras del enamorado amante; las esperanzas risueñas y deliciosas del padre que cuenta los momentos de estrechar contra su corazon a sus queridos hijos.

El naufragio es un conjunto de todo lo que hay de mas terrible conocido de la humanidad.

Aun presenciando ese horror sublime, no llega á comprenderlo el hombre bastantemente.

Ya veis, pues, lo que teneis delante de vuestros ojos.

Un naufragio.

Hombres y riquezas van á tragar las olas.

Los hombres, cuyas vidas peligran, tienden desde una débil tabla sus brazos suplicantes y con angustia inesplicable á sus hermanos, que los miran desde la playa.

¿No habrá ninguno tan valeroso que se arroje con denuedo, afrontando el peligro, á salvar las vidas de los infelices náufragos?

¿Quién lo duda?

Todos los dias estais oyendo ponderar la abnegacion de unos cuantos marinos, que lanzándose al mar en una débil barquilla, en medio de una deshecha borrasca, arrebatan á las olas su ya casi segura presa.

Pero hoy vamos á narraros un drama en el que toman parte, no ya aquellos que con su esperiencia y habilidad, salvan los peligros y vencen las dificultades, sino otros hombres que solo cuentan con una abnegacion y un valor dificil de describir.

Es verdad que esa es la mision de la Guardia Civil pero los individuos que á ella pertenecen, se han escedido muchas veces en beneficio de la humanidad en el cumplimiento de aquella, con aplauso de los hombres.

II.

En la provincia de Cádiz y á cinco leguas de la capital se halla situada la pequeña villa de Chipiona, en la costa del Océano junto á la punta que lleva su nombre, á la misma desembocadura del rio Guadalquivir en el mar.

Era la noche del 15 de Noviembre de 1858.

El viento de Levante soplaba con fuerza y el mar levantaba con amenazadora furia sus embravecidas olas, que venían á estrellarse con estrépito contra las rocas.

Ni un grito, ni una voz interrumpia su espantoso rugido, y nadie creería que en aquellos instantes hubiera séres que se atreviesen á desafiarlo.

Dieron las dos de la madrugada en el reloj del pueblo.

De pronto una lancha se acercó á la orilla y dos hombres saltaron precipitadamente sabre la arena, y se internaron en el pueblo, que velado por una densa oscuridad presentaba un aspecto lúgubre y sombrío.

Un cuarto de hora despues, volvían acompañados de siete hombres, que apenas se distinguían, y que penosamente avanzaban hácia la playa.

Aquellos hombres eran los Guardias primeros Custodio Campos Bello, y Carlos Rodriguez Martin y los segundos Tomás Pascual Díaz, José Azol Moreno, Francisco Humanes Amador y Manuel Santana Zapata (todos licenciados del Cuerpo en la actualidad) y á cuya cabeza venia el sargento segundo Juan Chamizo y Nieto. (1)

¿Cuál era el suceso importante, gravísimo, que reclamaba la presencia de estos Guardias?

¿Cuál la desgracia que reclamaba su auxilio, ó cuál el conflicto que trataba de conjurar?

Ya teneis ante vuestros ojos el cuadro terrible del naufragio.

III.

Todo aquel dia habia reinado un fuerte temporal y los buques, sin poder aproximarse al puerto, esperaban á algunas millas de la playa el instante oportuno de ponerse á su salvador abrigo.

El capitan de una goleta francesa creyó llegado el momento apetecido y viendo que el peligro crecia de minuto en minuto, dió sus órdenes; la tripulacion se colocó en sus puestos, se tomaron las precauciones que el arte y la prudencia aconsejaban y el buque principió á virar á la izquierda, para encaminarse en derechura al puerto.

La marcha era penosa, la noche oscura y el peligro grande.

No habían pasado diez minutos, cuando un grito, de pavor resonó á bordo; la goleta sufrió un terrible sacudimiento, quedó inmovil de repente, crugieron sus maderas con estrépito.

El buque habia encallado en la ensenada de la Peña del Santo y la tripulacion se precipitaba desolada sobre el puente de la embarcacion.

—¡A las lanchas, á las lanchas!

Este fué el grito de los atribulados navegantes, en cuyos corazones reinaba la angustia y el pavor.

Pero la única lancha que remolcaba la goleta no podia conducir á todos los pasajeros, siendo por otra parte el único medio que tenia el capitan en aquellos instantes para pedir auxilio.

El capitan llamó al piloto y le dió secretamente una orden.

Dos minutos despues, dos marineros saltaban sobre la lancha, al mismo tiempo que hombres y mujeres en revuelta confusion se agolpaban al filarete para tirar del cable y aproximar aquella lancha en la cual cifraban su salvacion.

Un nuevo grito de espanto y de dolor resonó en el puente del buque.

El cable estaba cortado y la lancha habia desaparecido.

—La lancha! la lancha! exclamaron rodeando tumultuosamente al capitan.

—Han ido en ella á pedir auxilio—respondió este con acento sereno é impertubable ante el peligro.

Los dos hombres que vimos entrar en Chipiona, eran los dos marineros que venían á pedir auxilio, y que se presentaron despues en la playa acompañados de los Guardias.

No habia tiempo que perder.

Se aprestaron dos barcas de pescadores, se dió aviso para que salieran las de sanidad y refugio, y los mismos Guardias dieron el valeroso ejemplo de saltar los primeros sobre la lancha de la goleta francesa, que se lanzó á las olas en direccion á la ensenada de la Peña del Santo.

IV.

Los instantes eran supremos.

Los Guardias con un valor y una actividad incansable, y á costa de poderosos esfuerzos llegan por fin al sitio del siniestro á tiempo aun de poder salvar la vida á aquellos infortunados navegantes.

La tripulacion agolpada sobre el puente, aterrada y temblando, con el dolor en el alma y la angustia en el corazon, tendió sus brazos suplicantes á los valientes Guardias que ayudados de los marinos, trasladaban de la goleta á las lanchas á los desventurados náufragos.

Las órdenes del sargento Chamizo eran ejecutadas con toda precision y exactitud.

Las lanchas parte llenas de pasageros en cuyos corazones renace la esperanza de respirar libres del peligro sobre las arenas de la bienhechora playa.

En los infelices que quedan aun sobre la cubierta del buque náufrago crece el espanto y el terror.

La goleta hacia mucha agua y las bombas trabajando sin descanso, no bastaban á vaciar el casco del buque que iba sumergiéndose lentamente

Los efectos mas preciosos, la fortuna entera de alguna de aquellas aterradas familias iba á desaparecer para siempre: mas ¿qué importaban los bienes si salvaban la vida?

Pero los Guardias lo habían previsto todo.

Despues de poner á los tripulantes en tierra volvieron á la goleta y aun pudieron recoger la parte mas rica del cargamento, que fué entregada al instante á sus respectivos dueños, los que miraban entre agradecidos y asombrados á aquellos Guardias y marinos infatigables que no solo les habian salvado sus vidas sino tambien sus fortunas.

Toda la tripulacion agradecida les tendia sus brazos y les daba las gracias con las vivas señales de un profundo agradecimiento.

Los Guardias rendidos, de fatiga, apenas podian sostenerse sobre sus piés, y los náufragos les invitaban al descanso.

Pero desgraciadamente otro siniestro no menos terrible reclamaba su auxilio.

Aquella era una noche de zozobra y de angustia para muchos seres, y por lo tanto no podia serlo de reposo para los Guardias.

Otro buque holandés había naufragado junto al convento de Nuestra Señora de Regla.

El aviso llegaba en el momento en que los Guardias habian cumplido tan heroicamente con su mision, y el sargento Chamizo no vaciló un momento en correr á prestarlo.

Dejó á los Guardias Campos Bello y Rodriguez Martin custodiando los efectos de la primera embarcacion, y marchó donde le llamaba su deber.

V.

El buque holandés habia tenido la misma infausta suerte que la goleta francesa.

Un banco de arena, que á no cubrirlo las aguas del mar, lo hubiera ocultado con sus sombras la lóbrega oscuridad de aquella noche terrible habia sido tambien la causa del nuevo naufragio.

Pero el espectáculo que presentaba al llegar á bordo los Guardias, no era tan desgarrador como el que hacia poco acababan de presenciar.

Un momento antes de su llegada, la tripulacion se habia salvado milagrosamente, pero quedaban en el buque cuantiosos intereses que salvar, que abandonados por los atribulados pasageros, hubieran desaparecido muy luego, y para siempre sin el eficaz auxilio de los Guardias.

Ellos presenciaron y dirigieron la operacion del trasbordo; tarea pesada y peligrosa, pero indispensable.

La noche seguia oscura, lóbrega y tempestuosa. El buque encallado gemia á cada golpe de las olas, como si toda su armaduja estuviera á punto de estallar y el agua saltaba sobre el puente de la embarcacion, donde los Guardias ayudaban á trasladar los pesados fardos que el buque trasportaba.

A las seis de la mañana estaba salvada la parte mas preciosa del cargamento.

Chamizo y sus compañeros, empapados en agua sus vestidos, llenos, fatigados y muertos de cansancio, no querían abandonar el buque hasta que terminara la maniobra, que gracias á su celo, á su actividad y á su auxilio se habia llevado á efecto con tan brillantes resultados.

Pero las desgracias ó contratiempos marítimos de aquella noche de triste; recuerdo, eran infinitos, y Chamizo escuchó con dolor la fatal noticia de un tercer naufragio ocurrido en la Cuba de Chipiona.

¿Cómo extender á todas partes sus brazos?

¿Cómo prestar su auxilio simultáneamente en tres diferentes sitios.

En tan apurado trance Chamizo no dió muestras de apocamiento; por el contrario como el experto general que suple el gran número de soldados con la sabiduría y acierto de sus disposiciones reparte el escaso número de los que puede disponer, y mandó á los Guardias Diaz y Azol Moreno, que se quedasen vigilando hasta la última maniobra el buque holandés, y partió acompañado de Amador y Santana.

Aquellos hombres se dividian materialmente, pero al mismo tiempo se multiplicaban por los eficaces y prontos socorros que prestaban.

VI.

Este tercer naufragio habia tenido consecuencias mas funestas que los dos anteriores.

La tripulacion, ciega de espanto y de horror, obedeciendo á un sentimiento imprudente y á la vana esperanza de una salvacion imaginaria, precipitóse sobre las lanchas, que incapaces por desgracia de contener tan gran número de personas, los mismos que en tropel descendian á ellos las vuelcan, y la mayor parte de aquellos infelices van á encontrar su sepulcro en medio de las olas.

Las olas despedian algunos cadaveres, que eran piadosamente recogidos por ellos.

Oiase el gemido lastimero del que daba su último adios al mundo, y las aguas recogían el último ¡ay! del que se despedia para siempre de la vida.

La salvacion de estos desdichados era imposible.

Temerario habría sido aquel que dejándose llevar cte un sentimiento sublime, se hubiera arrojado al mar para arrancarle á sus ondas al que iban á sepultar en sus abismos.

Chamizo, sus compañeros y los hombres de mar así lo comprendieron, y escuchaban con horror aquellos ayes desgarradores que atravesaban sus corazones.

Aquellos gritos se apagaron para siempre.

El cargamento del buque no podia salvarse en el momento porque faltaban lanchas y brazos que pudieran trasportarlo á la playa.

Amaneció por fin el dia 16, y ya entonces se aumentaron los recursos de salvamento, si bien eran tardios y no podia remediarse con ello todo el siniestro.

Entonces se pudieron ver con claridad los tres buques inmóviles sobre las aguas.

Sus respectivos cargamentos iban depositándose en la playa, donde los siete Guardias ejercian el celo mas exquisito por su conservacion.

Las olas despedian algunos cadáveres que eran piadosamente recogidos por ellos.

¡Triste pero cristiana mision!

Los vecinos de los pueblos inmediatos acudian á Chipiona, á presenciar tan doloroso espectáculo.

Ocho dias consecutivos invirtieron los Guardias en este importante servicio, durante los cuales tuvieron que sufrir la inclemencia de la estacion.

En este tiempo, é impulsado por la necesidad, Chamizo ofició al puesto de la Guardia de Rota para que le enviaran nuevas fuerzas, con el fin de custodiar mas eficazmente los innumerables efectos que estaban sobre la playa.

El comandante de Marina del Canton le habia encargado su guarda, y tanto él como sus compañeros cumplieron con sus deberes con una honradez digna de los mayores elogios.

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