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UNA ACCION GENEROSA-(27 de Noviembre de 1857)

  • Escrito por Redacción

inttuloguardiaci

La caridad, tan cacareada, tan voeada y a veces tan poco sincera, es en la Guardia Civil, desde su fundación, una constante en sus hombres, es algo que llevan en el corazón, y para demostrarlo os dejamos este nuevo relato, como los anteriores real, como los anteriores no haciendo de menos al autor, ni a la época en la que se escribió, sin correcciones, tal y como nos se narra en LAS CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL.

UNA ACCION GENEROSA-(27 de Noviembre de 1857)

I.

La caridad es el sentimiento mas bello del corazon humano; es la flor mas delicada del alma. Hija predilecta de nuestra religion, es tan dulce y tan sublime como su divina madre.

Esa caridad siempre modesta, sin lujo, sin ostentacion, sin aparato, impulsa á los seres generosos á visitar la infeliz bohardilla, donde quizás espire por falta de abrigo y de alimento una criatura humana.

Esa caridad es la que presta un consuelo á la pobre viuda que cargada de hijos no tenia pan con que alimentarlos.

Esa caridad es la que ofrece al desfallecido viajero el descanso que la inclemencia del cielo le niega; y esa caridad, es en fin, un sentimiento que Dios bendice desde lo alto de los cielos.

La institucion de la Guardia Civil tiene ricos florones de este género con que esclarecer las brillantes páginas de su historia. Pronta siempre á presentar su pecho á las balas de un criminal que emboscadamente la ataca; pronta á sacrificar su vida por la tranquilidad y reposo de la de los demas, abriga tambien en su pecho los mas bellos sentimientos de compasion y fraternidad.

¡Extraño contraste!

El hombre acostumbrado á las fatigas de un servicio penoso y rudo, parece que no debia acariciar en su corazon las afecciones mas tiernas y delicadas.

Parece que solo los sentimientos impetuosos debieran agitar su seno, y sin embargo ahora vamos á narrar un hecho que prueba que tambien nacen en él otros mas dulces y apacibles.

II.

A las ocho de la mañana del dia 27 de Noviembre de 1857, se oyó una detonacion cerca del puesto que la Guardia Civil ocupa en la villa de Medina de Pomar.

Tres Guardias segundos habia á la sazon en él; uno llamado Ildefonso Vallejo, otro que al siguiente año por un honroso hecho fué ascendido á primero, y que se llamaba Pedro Rincon Herraez y por ultimo Florentín Espósito que estaba enfermo en cama.

En el instante que oyeron el estampido los dos primeros salieron á la carretera con el fin de averiguar qué pasaba ó si era necesario su auxilio.

El camino estaba desierto; nada se veia, nada se escuchaba que pudiera servirlos de norte. Sin embargo era preciso averiguar el suceso.

Los Guardias echaron á andar á la ventura, sin saber si tomarian el camino contrario del que debian seguir, pero en la imposibilidad de visitar simultáneamente todos aquellos alrededores, eligieron el que les parecia mas oportuno.

Siguieron el camino recto; ya llevaban andado cerca de un kilómetro, y nada distinguían; reinaba el silencio mas profundo.

—Por estos sitios no debe haber ocurrido nada, dijo, un Guardia al otro.

—Así parece; le replicó el compañero. Sin embargo, hagamos alto y observemos.

Y los Guardias se detuvieron como para deliberar si deberían tomar otra resolucion.

Ya se disponían á volverse cuando oyeron el eco de un gemido casi imperceptible.

—¿Oyes? dijo un Guardia á su compañero.

—Sí; contestó el interrogado y añadió: sigamos por la carretera adelante y acaso descubramos la persona que ha exalado ese gemido.

—Debe haber ocurrido alguna cosa.

—Indudablemente.

En este instante volvieron á oir, pero de un modo claro y distinto un grito lastimero, como en demanda de socorro. Volvieron precipitadamente un recodo del camino y divisaron algo distantes todavía dos personas en el suelo que imploraban auxilio.

Los Guardias se acercaron corriendo y cuando llegaron al sitio, se ofreció á sus ojos un cuadro doloroso y desgarrador.

III.

La escena era verdaderamente triste y desconsoladora.

Un hombre tendido en tierra desangrándose por momentos y desmayado por la fuerza del dolor y la pérdida de sangre, parecia no dar señales de vida.

A su lado estaba arrodillada una joven como de diez y seis años de edad, transida de dolor, vertiendo un mar de lágrimas, y procurando, aunque inútilmente, contener, con los girones que arrancaba de sus vestidos, la sangre que saltaba en gruesos borbotones de una herida que se causara en el pié aquel desgraciado.

Los Guardias Rincon y Vallejo ayudaron á la pobre jóven á llevar á cabo tan delicada y dificil operacion.

Uno de ellos fué por agua, rociaron la frente del herido y le colocaron sentado recostando las espaldas sobre una de las vertientes del camino.

Entonces aquel infeliz abrió lentamente los ojos velados hasta entonces como por el sueño de la muerte, y dirigió una mirada triste y dolorosa á una escopeta tirada en el suelo á un paso de él.

—Quién le ha causado esta herida buen amigo? preguntó Rincon.

—Ah! respondió el desdichado, nadie mas que mi amarga suerte, nadie mas que mi destino fatal.

Venia tranquilo y contento con mi hija, llevando esa escopeta colgada del hombro izquierdo y al llegar á esos matorrales quiso mi mala estrella que la correa se enganchase en uno de esos arbustos. Yo tiré, la hebilla se rompió y la escopeta cayó al suelo, hiriéndome en el pié.

Rincon miró con profunda compasion al infortunado viagero, que hizó un esfuerzo por levantarse, pero la herida era muy grave y el infeliz se dejó caer en tierra con desfallecimiento.

Cuatro robustos brazos se apresuraron á sostenerle, y tomando todas las precauciones que su delicado estado reclamaban, le cargaron sobre sus hombros como una masa inerte sin movimiento y sin vida, y tomaron el camino del puesto de la guardia. La joven seguia llorando á su padre y á los nobles Guardias que llenos de enternecimiento la miraban con cariñosa compasion.

IV.

Llegaron por fin á la casa-cuartel.

Rincon y Vallejo no se cuidaron de su cansancio.

Mientras que el uno corría á llamar al facultativo, otro buscaba un peon para que fuera á buscar á la botica mas próxima el medicamento que aquel propinase al enfermo.

Entretanto el Guardia Florentin Espósíto que estaba en cama se la cedia al herido y se levantaba para contribuir en lo posible á su cuidado.

¡Accion noble y digna del mayor aprecio!

Aquellos tres Guardias generosos, competían en abnegacion y en sentimientos caritativos en beneficio del desgraciado herido.

Este, por su parte, no sabia como demostrar el agradecimiento debido á tantas bondades y solicitud.

Era un tratante en telas natural de San Pedro del Romeral, pueblo de la provincia de Santander y se llamaba Lorenzo Escudero.

Aquel dia volvia de los Pinares de Soria, con direccion á su país donde pensaba pasar el invierno.

Caminaba acompañado de su hija alegre y satisfecho.

¡Quién habia de decirle que un suceso tan triste retardaría su regreso al seno de su familia!

Mas de doce dias estuvo siendo objeto, de los cuidados fraternales y cariñosos de los Guardias; que á porfía le dispensaban en las horas que les dejaba libres su penoso servicio.

La herida era de consideracion, pues el tiro le habia llevado todos los dedos del pié izquierdo, y se temia que sobreviniera la gangrena.

Por fin uno de los dias en que se sintió mas aliviado, se decidió á partir; los Guardias no lo creian prudente, pero él se obstinó, y aunque con trabajo se le pudo colocar en el colchon de un carro que habia de conducirle á su pueblo.

Al despedirse, alargaba con trémula y agradecida mano una gratificacion crecida á los que tantos cuidados le habian prestado.

Los Guardias la rechazaron con ese severo y delicado desprendimiento, á que les tiene tan acostumbrados su deber.

Tenían bastante con la satisfacion de su conciencia.

¡Hermoso premio!

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