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VALOR Y ABNEGACION (4 de Junio de 1857)

  • Escrito por Redacción

salinas

En los episodios, todos reales, que os vamos presentando, cada domingo, cada semana, recogidos en las CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, todos acaecidos durante los primeros años de la Institucuón, no solo se narran los hechos heróicos mas importantes, los que dieron mas que hablar, también esos otros no tan conocidos, pero que también muestran el verdadero carácter del guardia civil, del de antes, del de ahora y del de siempre, el caso que a continuación presentamos este domingo es uno de ellos, que de no haber sido recogido en Las Cronicas Ilustradas de la Guardia Civil, se hubiese perdido. Espero que lo disfruteis.

VALOR Y ABNEGACION.

I.

Hay hechos, que aun cuando son verdaderamente notables y tienen la misma ó mayor importancia que otros, sin embargo, parecen mas insignificantes porque carecen de los detalles dramáticos que adornan ó desenvuelven la accion de aquellos.

El hecho que nos ocupa ahora es de esos que se describen de una sola plumada.

Salvar la vida de un hombre que está próximo á perecer arrastrado por la corriente de las aguas, no tiene mas que un episodio, y este lo hemos indicado ya.

¿Qué nos resta, pues, que decir?

¿Los nombres del náufrago y de su salvador?

¿No hay ningun accidente, ningun detalle que dé cierto interés dramático á la narracion de este suceso?

¿Nada puede ocurrirse al escritor acerca de la situacion del hombre que lucha con las angustiosas ánsias de la muerte, envuelto por las aguas, y la del hombre que presencia en tierra todos los movimientos de la víctima; que quiere salvarla excitado por un impulso de caridad, mientras que la prudencia le hace ver los peligros que ha de arrostrar para conseguir su benéfico objeto?

En esa lucha del sentimiento de la caridad con la idea de la propia conservacion, lucha instantánea y que se decide en un momento, ¿no encontraremos nada de lo terrible del drama, que interese á nuestros lectores?

¿Qué duda cabe?

Pues qué, ¿no se ha visto algunas veces trocarse la negra cabellera de una hermosa jóven ó de un hombre animoso, en blancas canas, en cuatro ó cinco horas de una noche, durante las cuales han apurado de un solo trago, la copa del pesar mas amargo y profundo?

Las sensaciones no pueden medirse por el tiempo, sino por la impresion que causan en nuestra alma.

Reanudemos, pues, el hilo de nuestra historia.

II.

El general D. Bartolomé Gayman habia estado unos dias en la línea de San Roque, revistando las fuerzas de la Guardia Civil, que se hallaban acantonadas en aquella plaza.

Terminada su comision, salió el dia 24 de Junio de 1857 de la ciudad indicada en direccion del pueblo de los Barrios, acompañado del teniente coronel comandante del cuerpo en la provincia, D. Pedro Anca y Manjon, de D. Vicente Izquierdo, secretario de S. E., del alferez jefe de dicha línea, D. Dionisio Menendez y Suarez que habia salido á despedir á su general, y de un cabo y dos guardias que acompañaban á éste durante la espedicion.

No habrían andado una legua, cuando llegaron á las orillas del rio Guadarranque, que á causa de la creciente de la marea, llevaba mas agua que de ordinario.

El bagajero que caminaba delante, y como á unos cien pasos, muy conocedor del vado, lo pasó sin riesgo alguno, á vista del general y su comitiva.

No bien llegaron al rio, el general espoleó su caballo y entró el primero en el agua, pero separándose un poco á la izquierda de la línea que determinaba el paso vadeable, perdió pié el caballo y empezó á nadar.

Sorprendido el general por este suceso, no tuvo tiempo para afianzarse bien, y cayó al agua.

Uu instante despues el caballo se salvaba nadando, mientras que el ginete, yéndose á fondo, esperaba una muerte segura.

Ante un espectáculo tan horroroso, la comitiva quedó sobrecogida de espanto, y lanzó un grito de admiracion.

El general Gayman iba á perecer irremisiblemente, si no se presentaba allí un hombre, que uniendo el valor á la destreza, se atreviese á dar la mano al hombre que luchaba en el fondo del rio, con las ánsias de la muerte.

Hubo un instante de terrible lucha entre los espectadores.

Todos hubieran querido arrojarse al agua para salvar á su general; pero no creyéndose con la agilidad necesaria, los que sabian nadar, ó ignorando otros el arte, ninguno se atrevía á lanzarse al rio en busca de la víctima.

¿Perecerá el general?

¿No habrá socorro humano posible?

No desespereis.

Su salvacion está escrita en el libro del destino.

III.

La angustia y la ansiedad de los circunstantes era indescriptible.

En este momento aparece el general á flor de agua, con todas las señales de las convulsiones que preceden á una muerte próxima.

Al verle, un nuevo y sordo grito exhala la comitiva.

Si hay alguno que quiera salvarle, no tiene que perder un minuto.

Así lo comprende el alferez D. Dionisio Menendez y sin cuidarse de sí mismo, se arroja al rio.

Un grito de admiracion resonó entonces, y un rayo de esperanza brilló en los ojos de los espectadores.

El alférez Menendez nada con presteza; llega á donde estaba su general; le tiende una mano, y el moribundo se ase á ella con una fuerza irresistible.

A tan brusco y forzudo empuje, general y alferez se sumergen un poco en el agua, y la comitiva se cubre instintivamente sus ojos para no presenciar la agonía de dos desgraciados.

Pero no, no perecerán.

Menendez hace un esfuerzo sobrehumano y consigue volver á la superficie, y remolcar á su general.

Sin embargo, tiene que emplear no solo su valor para salir de tan gravísimo apuro, sino tambien de su inteligencia y su destreza.

Las botas de montar le sirven de un obstáculo casi insuperable, porque le impiden el movimiento, pero aun así y todo triunfa de aquellos obstáculos, y logra por fin llegar con su náufrago á la orilla.

Todos los de la comitiva salen inmediatamente al encuentro: sacan á tierra al general Gayman, y salta tras él el bravo alferez Menendez, el que lejos de cuidar de sí mismo, se ocupa con los otros en prestar los oportunos auxilios al que acababa de salvar de una muerte segura.

IV.

Colocado el general á la sombra de un árbol y tendido sobre la yerba, volvió en sí al cabo de unos cuantos minutos.

Repuesto ya, y en actitud de mover sus miembros, le despojaron de sus vestidos y le pusieron otros, para preservarle de la humedad.

Pasada una hora ya se encontró con fuerzas para emprender el camino, y significó sus deseos á su comitiva.

Llamó entonces al Alférez Menendez, y estrechando su mano con efusion, dió con ardiente entusiasmo las gracias mas sinceras al que con un valor inaudito le habia salvado la vida con exposicion de la suya propia, y le colmó de elogios ante los que le acompañaban.

Dió la orden de montar á caballo y emprender de nuevo la interrumpida marcha; pero al ver que el Alférez seguía con el mismo traje, le mandó retirar á su puesto.

Obedeció el Alférez Menendez, y volvió atrás.

Para librarse de los ardores del sol de Junio y en un país como la Andalucia, espoleó su caballo; pero no pudo conseguir su objeto, y cuando llegó á su casa el vestido que llevaba se habia secado sobre su cuerpo.

Aquel baño y aquella insolacion le postraron en cama al dia siguiente, acometiéndole una fuerte calentura, la cual degeneró en reumatismo, que no le dejó levantar del lecho hasta primeros de Julio.

Hechos como este no necesitan mas comentarios.

El Alférez Menendez se dirá que cumplió con un deber; pero hay ocasiones en que la accion escede á lo que en cumplimiento de aquel se exige del hombre.

Cuando esto sucede, entonces el individuo goza de dos satisfacciones.

Una; la de haber cumplido con su deber.

Otra la de haber consumado una accion heróica, que recordará siempre con gozo su corazon, gritándole: «Está satisfecho de sí mismo.»

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