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LA CAPTURA. (1859)

  • Escrito por Redacción

EJERCITO ESPA OL 18990047

Un nuevo relato de LAS CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, en este caso corría el año 1859, nuestros compañeros hacen su trabajo, con dedicación, sacrificio y esfuezo, y ya son admirados y queridos por el pueblo, nosotros os lo traemos para vuestro disfrute, sabiendo que es historia de los primeros años de la Guardia Civil, sin correcciones, tal y como nos llega.

LA CAPTURA. (1859)

I.

La apacible tranquilidad de un pueblo.

La paz querida de la familia y del hogar doméstico.

La serenidad de los ánimos y la evidencia consoladora de la seguridad individual, suelen turbarse no pocas veces á la sola sospecha de la proximidad de un bandido.

Cuando su nombre, funestamente célebre como hijo del crimen, se principia á murmurar por los honrados vecinos de un pueblo reducido, el temor sustituye á la grata conviccion de no ser inquietado en su morada, el sobresalto cunde, la alarma crece y el reposo disminuye.

Ya nadie cree segura su existencia ni su fortuna.

No hay individuo á quien no sobrecoja el mismo sentimiento, y á cada paso creen ver al vigilante criminal que parece deslizarse por entre las sombras de sus mismos delitos y envolverse en ellas, para ocultarse á las miradas de la justicia humana.

Muchos no le han visto y sin embargo todos se lo pintan ó retratan, y le temen.

Este es un estado insostenible, violento y alarmante.

Esta es una inquietud continua, una zozobra perpétua, un desvelo peremne.

Los pueblos en este caso encuentran un recurso fraternal, fuerte y poderoso en la benemérita Guardia Civil.

Tendiéndoles su poderosa mano, prestando su apoyo, les comunica valor y tranquilidad y les hace rescatar el sueño que les arrebatara la presencia de un malvado que vaga por en medio de sus campos, ó entre los matorrales de sus montes.

II.

El año de 1859 se cometió un horroroso crimen en el pueblo de San Pedro de Soandres, ayuntamiento de Larache, partido de Carballo, y que dista tres leguas de la Coruña, capital de la provincia del mismo nombre.

El autor era un jóven llamado Meigide, vecino del mismo pueblo.

Arrastrado por la funesta pasion de los celos, un vértigo se apoderó de aquel corazon, que se dejó dominar de sus furiosos y vengativos impulsos, y asesinó traidoramente á su convecino Tomé Iglesias.

El asesino huyó buscando en la evasion la impunidad de su delito.

Tres años acosado y perseguido por las fuerzas de la Guardia Civil, pudo evadir hábilmente sus continuas pesquisas, sin que la vindicta pública quedara satisfecha.

Sin embargo, la justicia ultrajada reclamaba el justo desagravio y el fallo inexorable de esta, condenaron al Meigide en rebeldia, á la pena de muerte en garrote.

Está sentencia debió -exacerbar mas y mas los crueles instintos de aquel hombre.

Desde entonces se lanzó en el espantoso camino de todos los crímenes, y ya no tuvo freno aquel corazon depravado.

Sus robos eran continuos y sus excesos y delitos contra los inermes vecinos de las aldeas ó concejos se multiplicaban dolorosamente.

Infeliz del aldeano que se atreviera á dar la menor noticia de sus frecuentes visitas domiciliarias á las autoridades ó Guardia Civil.

Infeliz del que sabiendo que la Guardia le buscaba no le diese el oportuno aviso para salvarse.

A la amenaza seguía el hecho, y la casa del honrado y laborioso labrador ardia en union con los pajares y cámaras donde tal vez encerraba el fruto de sus sudores, la subsistencia de sus hijos y el producto del trabajo, ó las economías de muchos años de privaciones ó fatigas.

El mismo camino á la capital habia servido tambien de teatro á sus latrocinios y atropellos. Los habitantes de las cercanías, no se atrevían á pasarlo, temiendo encontrarse con el vandálico huesped que las tenia asoladas.

Preciso era acabar de una vez con este ángel esterminador, que unas veces con el puñal, y otras con el fuego dejaba en pos de sí un rastro de desolacion, de lágrimas y de luto.

Era preciso esterminar de una vez aquella fiera.

Era un deber, hasta de humanidad, libertar á los pueblos de aquel azote terrible.

¿A quién estará reservado el llevar á cabo tan feliz proyecto? Para honra de la instiucion y para la satisfaccion de algunos de sus individuos, estaba reservado á la Guardia Civil.

III.

El primero de agosto de 1851 fué destinado por sus dignos jefes, al puesto de Carballo, el cabo segundo Joaquín Carril, (1) del cual se hizo cargo el mismo dia.

Sabedor por ciertos documentos de los malhechores y criminales que vagaban en su distrito, no pudo monos de llamarle la atencion el José Meigide, que habia burlado durante tanto tiempo las incesantes pesquisas de sus compañeros de armas.

Resuelto á llevar á cabo una empresa tan hábil como diíicil, pensó en los medios de realizar su pensamiento de manera que tuviese un éxito mas inmediato y feliz.

El cabo Carril comprendió que no es siempre la fuerza la que vence.

Sabia que la prudencia, la discrecion, la sagacidad y el tacto son muchas veces armas mas poderosas: así es que no se dejó llevar de un deseo inmoderado, porque esto precisamente destruía sus planes fundados en una oportuna y sagaz indiferencia que disfrazaba sus proyectos.

Con este fin, y para no dar lugar á inspirar nuevas sospechas al siempre vigilante y vigilado criminal, prohibió a sus compañeros hacer ninguna clase de preguntas ó indagaciones acerca del paradero de Meigide.

Carril, lejos de desperdiciar el tiempo en esta aparente actitud pasiva, no descansaba un momento por dar cima á su propósito.

Pasaron los meses de Agosto y Setiembre que á Carril parecieron siglos; pero siempre prudente, siempre cauto, no creia todavía llegada la hora de realizar sus esperanzas.

Llevó su precaucion hasta el punto de prohibir á sos compañeros que fuesen al pueblo de Soandres.

Mientras tanto se granjeaba las simpatías de uno de los vecinos, quo algun dia lo habia sido tambien de Meigide.

Aun á costa de sus ahorros Carril procuraba estrechar mas y mas los lazos do- aquella amistad, de la que él esperaba con fundamento resultados satisfactorios. Su paciencia y habilidad le hicieron por fin dueño de la voluntad de aquel hombre.

Veia próxima la realizacion de sus planes, y sin duda alguna no se engañaba. El dia 8 de Octubre Carril fué á verse con su amigo de Soandres.

—Amigo mio, dijo éste, voy á cumplir mi palabra. Habia ofrecido dar á usted una noticia.

—¿Cuál es? esclamó Carril, no pudiendo contener su natural impaciencia.

—Mañana puede usted cazar á ese diablo de Meigide, replicó el de Soandres con esa indiferencia propia del campesino.

—¿Cómo? preguntó Carril.

—De una manera muy sencilla, respondió su confidente. Mañana viene á ver á su madre y se hospedará en su casa : nosotros podemos reunimos á la izquierda de la carretera, y cuando creamos que está dentro, usted y sus compañeros tomarán la determinacion que mas les cuadre. Yo he cumplido mi compromiso, y de ahí no paso.

—Pero de fijo viene mañana, preguntó Carril.

—No tengo la menor duda; mañana viene por la noche y va en casa de su madre, usted lo verá.

—Corriente, respondió el cabo, ¿á que hora nos reunimos?

—A las diez de la noche.

—¿En dónde?

—Ya lo he dicho; á la izquierda de la carretera, saliendo del pueblo.

—Pues entonces hasta mañana, dijo Carril tendiendo amistosamente la mano á su interlocutor.

—Hasta mañana repitió este levantándose de su asiento. Carril dió dos pasos hácia la puerta.

—¡Ah! se me olvidaba, dijo el de Soandres deteniéndole.

—¿Qué? preguntó Carril.

—Que Meigide tiene una perra.

Carril miró con asombro á su servicial amigo, sospechándose se burlaba.

—Y bien ¿eso que tiene de estraño?

—Tiene mucho respondió el honrado campesino. Esa perra no es como otra cualquiera; conoce á los Guardias, los olfatea, y se lo comunica á su amo por medio de un ahullido especial. Es una perra estraordinaria.

—¡Diantre, diantre! esclamó el cabo, ese es un enemigo inesperado. Lo tendré en cuenta.

—Con todo, no por eso dejaremos de estar en el sitio convenido, pero buena es esta advertencia, por lo que pueda ocurrir.

—Así lo creo, contestó Carril. Hasta mañana, amigo; tome usted esa peseta, para que refresque esta noche.

El campesino no se hizo rogar. Tomó la peseta que le alargaba el cabo, y le siguió con los ojos hasta que le perdió de vista.

IV.

Era la noche del 9 de Octubre de 1851.

La luna velada por ligeras nubecillas, iluminaba el espacio y la deliciosa campiña que tanto embellece las pequeñas aldeas de Galicia.

El pueblo de Soandres dormía tranquilo y sosegado.

Un silencio solemne reinaba en aquellos sitios, y solo el blando viento que soplaba le interrumpía con su agradable murmullo.

Solo cuatro hombres velaban en las inmediaciones de aquel pueblo, mientras sus habitantes descansaban de las fatigas del dia,

Aquellos cuatro hombres eran el cabo Carril acompañado de los Guardias segundos Mariano Pallas y Mariano Vergara, y el vecino de Soandres, que fiel á su palabra, habia acudido al sitio designado.

—Todavía no es tiempo decia este, aun no ha venido á su casa, es necesario tener paciencia. Ya no tardará.

—Esperaremos, dijo Carril, si viene solo, pronto nos hacemos dueños de él. Mientras tanto podremos ocupar los sitios mas importantes.

—Le digo á usted que no es tiempo. Si se toman esas medidas antes de que él esté dentro de la casa, es fácil que nosotros seamos los sorprendidos, dijo el de Soandres.

—Es verdad, replicó Vergara, todavía no podemos movernos. Eran las diez. Carril cruzó los brazos, sobre el cañon de su fusil, tomando la actitud del hombre resuelto á esperar. Pallas recostado sobre un árbol, dirigia sus miradas cautelosamente al rededor como si quisiera atravesar con ellas la oscuridad de la noche. Vergara apuraba tranquilamente el último tercio de su cigarro.

—Yo, dijo el de Soandres, voy á dar una vuelta, vendré pronto y tal vez con buenas noticias. Estoy cansado de estar aquí, y puede que descubra algo á mi paso. Los tres Guardias se quedaron solos. Eran las doce.

Hacia ya dos horas que aquel hombre se habia marchado y aun no habia vuelto. Carril principió á sospechar de esta tardanza.

Resuelto á salir de la duda apoyó el fusil sobre un árbol, y se quitó la cartera y la capota que le estorbaban.

Pallas y Vergara hicieron lo mismo.

En este momento Carril alargó la mano para tomar un fusil, mas un perro saltando por encima de las capotas tropezó en la culata y lo dejó caer en tierra.

Carril pronunció una esclamacion: aquel perro se le figuró ser el de Meigide que llevaba á su amo el aviso de estar alerta.

No habia tiempo que perder.

Los tres Guardias echaron á andar. A los pocos pasos divisaron al de Soandres que volvía.

—Ya está ahi, fueron sus primeras palabras.

—Lo sabíamos, contestó Carril.

—¿Cómo? preguntó el campesino.

—Porque un perro blanco, con manchas negras, ha pasado junto á nosotros, y corria á escape hácia el pueblo. Me he figurado que seria el de Meigide.

—El mismo, el mismo. Su amo acaba de entrar ahora en casa de su madre.

Los Guardias no deseaban oir otra cosa. . Carril distribuyó su pequeña fuerza con admirable prevencion. Pallas se colocó en una ventana, Vergara fué destinado á custodiar una puerta, y Carril se encargó de cortar la retirada por la parte posterior de la casa, que daba al campo.

Pasaron algunos minutos de un silencio sepulcral. Carril aplicó el oido al hueco de una cerradura de la puerta que custodiaba.

No bien habia tomado aquel tal actitud, cuando se oyó el penetrante aullido de un perro, que con un instinto admirable reconoció al Guardia, y hasta parecía que adivinaba su intencion.

En el momento en que el Guardia empujaba la puerta queriéndole abrir paso, aquella se abrió de par en par, y apareció sobre sus umbrales, un hombre pistola y daga en mano, en actitud amenazadora.

Carril, rápido como el relámpago, no le dió lugar á hacer el menor movimiento, y le derribó en tierra. Los que se encontraban dentro de la casa, al oir el ruido apagaron las luces y la mas profunda oscuridad ocultó á los combatientes por espacio de algunos minutos.

Carril sujetaba á su prisionero que en vano forcejeaba por escapar. En esta lucha observó que por la inmediata ventana un hombre quería descolgarse. Carril, sereno y con un valor á toda prueba le hizo retroceder, y á pesar de la lucha que sostenía con su primer enemigo cuerpo á cuerpo, aun tuvo bastante agilidad para apuntar con su fusil al que pensaba burlar su vigilancia, escapando á su persecucion.

Tambien Pallas y Vergara le detuvieron, y le hicieron retroceder desde sus respectivos sitios, pues la intencion de este hombre, hermano del criminal, no era otra que distraer á los Guardias, para que el prisionero se escapase.

Afortunadamente no pudo conseguir su objeto.

Carril llamó á sus compañeros, encendieron luces y aprehendieron cuatro hombres que se hallaban en la casa.

Al momento se dispuso que el pedáneo y celador del pueblo viniesen á reconocer á los prisioneros.

Carril les pregnntó cuál era el José; pero ninguno de ellos se atrevió á decir la verdad, y únicamente contestaron que hacia tres años que nada sabían de Meigide, ni habían vuelto á verle.

Los Guardias se miraron con asombro.

Carril buscó á la madre, y la hizo comparecer ante la presencia de su hijo, pero esta le negó.

Tambien el Meigide se negó á sí mismo.

Carril entonces mandó á llamar á su amigo de Soandres que tambien le habia servido para llevar á cabo su empresa. Este hombre se atrevió al fin á declarar que era Meigide, aunque lleno de temor y sobresalto.

Los guardias se pusieron en camino con sus presos. Habian libertado al pueblo de aquel azote.

Sus vecinos podian ya vivir tranquilos. El criminal dormiría ya en adelante en un estrecho calabozo.

V.

Al siguiente dia 10 de Octubre los beneméritos Guardias entregaban al Sr. Juez de primera instancia de Carballo al José Meigide. Fué sentenciado á cadena perpetua, porque uno de los testigos que declararon en la primera causa de su primer delito habia muerto.

Esta circunstancia le libertó de subir al patíbulo.

El hermano de Meigide tuvo aun esperanzas de libertar á su hermano, y quiso sobornar á Carril que recogió la cantidad que con este objeto se le ofreció, y se la entregó al Juez.

Este queriendo premiar la noble y pundonorosa conducta de Carril, puso en conocimiento del Exmo. señor duque de Ahumada tan notable captura, el cual dió las gracias á Carril, así como sus demas superiores, que le consideraban como á uno de los individuos mas prudentes y valerosos del Cuerpo.

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