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EL SACRILEGIO.

  • Escrito por Redacción

monasterio

Las CRÓNICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, como bien sabes querido lector, nos vienen sirviendo de referencia para conocer los servicios de aquellos primeros guardias que comenzaron a vigilar y limpiar de malechores los campos y los caminos de España, para conocer como poco a poco fueron ganandose la confianza de la población, en esta ocasión os traemos otro de aquellos servicios, EL SACRILEGIO, y una vez más sin correcciones para no desvirtuar el relato.

EL SACRILEGIO.

I.

La mano del criminal todo lo tala, todo lo destruye, todo lo invade, todo lo atropella.

Nada se libra de sus infames escesos.

Desgraciado el corazon donde él ha pensado hundir su puñal.

Desgraciado el que és objeto de sus abominables cálculos.

Tarde ó temprano la lealtad del pecho mas generoso; el valor del ánimo mas intrépido, sucumben bajo las emboscadas de un miserable bandido. Para tan depravados seres, nada hay respetable; nada hay santo.

El hogar doméstico y las vias públicas son con frecuencia teatro de sus bárbaros escesos; y ofrecen á menudo abundante pasto á sus instintos de rapiña.

Cautelosamente como el tigre que acecha y camina para sorprender su presa; del mismo modo se aproximaba aquel hombre al convento de la Concepcion de Pedroche.

Con paso dificilmente perceptible avanzaba hácia la muralla que da á la parte de Norte-Oeste.

Una vez al pié de ella intentó colocar su escala. La oscuridad era mas intensa cada vez; el viento soplaba con violencia y la veleta del campanario del convento producia al dar vuelta sobre su eje un estridente chirrido.

La escala se fijó por fin; el bandido puso el pié en el primer peldaño y principió á subir; pero al llegar á la mitad de aquella la falta de apoyo la hizo resentirse y dar en tierra.

El criminal vaciló tambien por un momento, pero ágil como una ardilla se agarró con las manos á los cortantes pedernales y buscó con las uñas los albeolos de aquella piedra, para sostenerse en la punta de sus dedos.

Línea á línea, pulgada á pulgada fué penosamente subiendo hasta tocar el lomo de la muralla. Una vez allí, el criminal se colocó á caballo sobre ella y respiró con satisfaccion. Pero todavía le faltaba bajar por el lado opuesto y cuyo descenso era tan penoso como la subida.

Mas la perseverancia del bandido no desmaya ante éste obstáculo, antes por el contrario, cree su energía en vista de los nuevos que se le presentan que vencer, ante la idea de un triunfo seguro.

Aquel hombre despues de mil fatigas, de mil angustias, holló con sus plantas el suelo del monasterio.

Un momento mas tarde aquella comunidad que dormía tranquila, despues de haber elevado sus preces á Dios, se levanta consternada y llena de pavor y se ve en la precision de entregar todas sus pobres alhajas y sus modestas prendas á aquel hombre que como el genio del mal, terrible, amenazador y sombrío amontonaba á su lado el único y reducido patrimonio de aquellas indefensas mujeres, que todo lo sacrificaban á la conservacion de sus vidas.

Nada escapó á la rapacidad del bandido; ropas, libros, ornamentos del culto, alhajas de sus imagenes, todo desapareció.

El criminal huyó, y aquellas religiosas infelices quedaron mudas de asombro y de espanto.

Arrodilladas y con las lágrimas en los ojos, transidas de dolor y de pena, apenas podian sus labios murmurar una oracion, y sin embargo, su corazon oraba ardientemente, y en el silencio de su alma pedian á Dios un consuelo para tan terrible infortunio.

¡Espectáculo magnífico que solo la sublimidad del cristianismo puede ofrecer al mundo!

II.

Al siguiente dia de este inicuo atentado, 9 de Octubre, el alférez de la Guardia Civil Don Antonio Rodríguez Vega, jefe de la línea del partido judicial de Pozo-Blanco, al cual pertenece la reducida villa de Pedroche, tuvo conocimiento del hecho.

Este digno militar concibió desde aquel momento la idea de devolver la perdida calma á las pobres religiosas villanamente saqueadas en la noche anterior.

Se trasladó al momento con varios individuos de la fuerza que mandaba al sitio de la ocurrencia, acompañado del juzgado de primera instancia del partido.

Las indagaciones y diligencias practicadas no dieron ninguna luz; el resultado de estas primeras pesquisas fué nulo, por falta de indicios y no se encontraba mas huella del delito que las amargas lágrimas de aquellas religiosas que tal vez vislumbraban ya una espantosa miseria. Sin embargo, el alférez Señor Rodriguez Vega, tan conmovido por el espectáculo dela desdicha, como indignado por aquel acto de vandalismo feroz no desesperanzaba de llegar á apoderarse del criminal.

Dominado por este noble pensamiento, redoblaba sin cesar sus esfuerzos, y durante algunos dias su celo infatigable se hacia mas esquisito, mas vigilante y perpetuo.

Por fin fué detenido un sujeto llamado Y. N.

Las sospechas recaían sobre él y el Sr. Rodriguez Yega se encargó de interrogarle personalmente para salir de la duda.

El discreto oficial, lejos de amenazarlé, ni ejercer sobre él la menor coaccion física ni moral, obró con una prudencia y una maestría admirable. Preciso es tener mucho conocimiento del corazon humano, para arrancar á un ser un secreto que solo vergüenza, criminalidad y baldon puede proporcionarle la confesion de tan funestos estravíos.

El señor Rodríguez Vega dió una prueba de pericia poco comun.

Frente á frente del delincuente, sus oportunas reflexiones, iban poco á poco infiltrándose en el ánimo de este.

Presentó á sus ojos con elocuentes palabras el estado de miseria á que quedaban reducidas aquellas infelices mujeres, sin recursos, sin bienes y sin amparo.

Le advirtió que aquel era horrendo crimen, porque se habia cometido en la misma casa de Dios, y que ese Dios castigaría tarde ó temprano al delincuente si es que se escapaba de la justicia de los hombres; por último, le hizo observar que el crimen era doblemente repugnante cuanto mas débil é indefensa era la persona contra la cual se fraguaba y por consiguiente asaltar un convento de mujeres era no tan solo culpable, sino cobarde y mezquino.

Estas consideraciones hicieron profunda huella en aquel hombre.

El Sr. Rodriguez comprendió la lucha de su espíritu, y redobló sus persuasivos consejos.

El delincuente se sintió vencido por esa fuerza moral, irresistible é inesplicable pero poderosa y sublime, que llega á la conciencia para purificarla.

Confesó su delito y aun designó el lugar de su casa en que tenia enterradas todas las cosas robadas.

Solo el tacto y el buen criterio del alferez pudieron arrancar á aquel hombre una confesion del delito y de sus detalles.

III.

Al dia siguiente se verificó la devolucion de los objetos robados á la comunidad que los recibia con lágrimas de agradecimiento. El señor vicario y autoridad local presenciaron este acto que enterneció á todos los concurrentes.

La gratitud se pintaba en aquellos rostros, en que el pavor, y la desgracia habia en pocos dias grabado su funesta huella.

El Sr. Rodriguez Vega, fué objeto de las espresiones mas tiernas, de las felicitaciones mas sinceras y de las gracias mas puras.

Aquella comunidad agobiada todavía por el recuerdo del próximo atropello de que habia sido objeto pocas noches antes, apenas daba crédito á lo que sus ojos veian, y temerosa de verse nuevamente juguete de otro criminal mas feroz, querían abandonar su tranquilo refugio, para ir á buscar en otra parte la paz que en aquel creian perdida para siempre. Sin embargo, el señor arcipreste, unido al Señor Rodriguez Vega pudieron disuadirlas de su proyecto á las religiosas.

Este las aseguro, mas de una vez, que mientras la Guardia Civil subsistiese ni se repetirian tan vandálicos actos, ni quedarían impunes. Ante semejantes promesas de seguridad las religiosas consintieron seguir en su convento.

El Sr. Rodriguez Vega se retiró llevando en su conciencia la dulce satisfacion de haber hecho una buena obra.

La comunidad le colmó de bendiciones y todos, todos ponderaron su talento, su esperiencia, su actividad y su celo.

¡Envidiable satisfaccion! Hija de un sentimiento de humanidad, y consecuencia del cumplimiento honroso de un deber imprescindible.

El Sr. Rodriguez Vega, debió sentir un placer inefable en su corazon, y nosotros meros narradores de un hecho que tanto le honra, no podemos menor de alabar su conlucta.

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