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EL TORRENTE (12 de Junio de 1856)

  • Escrito por Redacción

pirineos 029

Un nuevo relato de las CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, nos llega hasta nuestro Diario Digital, nuevamente os lo presentamos sin correcciones, tal y como se escribió, y tal como nos llegó.

EL TORRENTE.

Si la Guardia Civil no tuviera en su abono mas que la historia de sus memorables hechos, esta sola bastaba para engrandecerla ante los ojos del país; esta sola bastaba para justificar que es una de las instituciones mas necesarias é importantes, y que contribuye eficazmente al bien estar y á la moralizacion de los pueblos.

Despojaos de toda pasion, de todo sentimiento que pueda entusiasmar vuestra alma y mirad con los ojos de una razon fria y hasta suspicaz ese moderno ejército de la civilizacion; esos soldados de la seguridad del honrado ciudadano, ese constante auxiliar de todo desgraciado, y decidnos, si habrá nadie que anhele su desaparicion de la escena de la sociedad española. No; seguros estamos, que haya uno solo que abrige tal deseo, si alimenta pensamientos honrados en su corazon; los únicos que pueden querer esto, son, ó los criminales, ó los que pretenden entrar por el sendero del mal. Aun cuando no es del todo punto exacta, permidtime que haga esta comparacion. Decid á un labrador que mate, que estermine las cigüeñas y otras aves que limpian los campos de los insectos que destruyen los sembrados y os contestará con indignacion, que no: pues de la misma manera destruid la Institucion de la Guardia Civil y pronto vereis poblados, como antes, vuestros montes, y vuestras ¡valles de bandidos y de malhechores.

Pero no son estos los solos servicios que presta á la humanidad tan benéfica institucion, son todos aquellos que puede prestar el hombre, prescindiendo hasta de su misma vida, para salvar la agena. ¡Tanta es la virtud, la abnegacion, la caridad y el valor de que deben estar dotados cuantos quieran pertenecer á ese ilustre cuerpo! Ya conoceis muchos de los servicios que ha prestado, traducidos en heroicos hechos, pues es aun muy corto el catálogo y tenemos que añadir otros muchos de no menor importancia. Sigamos, pues, la marcha en el largo camino de esta historia, pero antes de entrar en la narracion del suceso que nos ocupa, permitid que digamos: «Allí donde quiera que veais un Guardia Civil, sabed que en él encontrará un apoyo cualquier ser que se halle en peligro ó en desgracia.»

II.

Estamos en Tremp, villa de la provincia de Lérida, cuyo origen se remonta á los primeros tiempos de la dominacion romana, y que fué poblacion muy considerable en otra época, aun cuando hoy no cuente nada más que unos quinientos á seiscientos vecinos.

Era el dia 12 de Junio de 1856.

La tarde serena y apacible convidaba al hombre á recorrer la agradable campiña, para respirar las frescas brisas que agitan los sembrados y las hojas de los árboles al descender el sol á su ocaso.

Un Guardia Civil, acompañado de algunos amigos, se dirigía con lento paso, conversando alegremente con ellos, hacia el barranco de San Jaime, que dista unos 300 á 400 metros de la villa.

Nada anunciaba en aquellos instantes que dentro de pocos minutos un cambio repentino en la naturaleza, dejaria Iñudo de consternacion y de espanto á todo el vecindario; pondria en peligro la vida de algunos seres, y destruiría en un momento las feraces cosechas, en las que fundaban sus esperanzas muchas familias laboriosas.

Simil temible y verdadero de la vida humana.

¡Cuántas veces la desgracia ó el dolor no viene á sorprender al hombre cuando se halla sumido en el goce de un placer que le embriaga, ó cuando disfruta apaciblemente de una felicidad suprema en brazos de una familia querida!

El Guardia Civil y sus amigos contemplaban la inmensidad del espacio.

Acaso pensaban al ver el puro azul del cielo o el ideal de esa dicha, que solo existe en la gloria.

Acaso cruzaban por su mente las ideas de una felicidad, que solo vemos, allá en nuestros sueños; pero una pequeña nube que apareció en el occidente, como si fuera un tristísimo y amargo recuerdo, les sacó de su éxtasis, porque desplegándose como un negro manto, les robó los rayos del sol; cubrió despues como un tupido velo la bóveda celeste, y convirtió en fin la serena y alegre tarde, en noche lóbrega y sombría.

Un instante despues la nube producia sus horrorosos efectos:

¡La tempestad!

III.

¿Quién de entre vosotros, decidme, no se ha estremecido ante el sublime espectáculo, que ofrece la naturaleza al espantoso brillo del relámpago y al terrible fragor del trueno, por mas que abrigueis un alma grande y valerosa, que admire en estas convulsiones la portentosa obra de Dios?

Ruge el huracan; brilla el relámpago; retumba el trueno y el agua cae á torrentes.

Melchor Rodriguez Sanchez, que asi se llamaba el Guardia Civil, y sus amigos se vuelven presurosos ála villa; pues recordando perfectamente el primero sus deberes y las leyes de la institucion á que pertenecia, pensaba y con razon, que sus servicios, y los de sos compañeros serian necesarios en aquel conflicto.

No habia trascurrido media hora, cuando un impetuoso torrente de agua se precipitaba en espantoso oleage por el barranco de San Jaime, derribando las paredes de los huertos, y arrastrando las grandes, peñas que se oponían á su paso.

Un momento después las aguas de aquel torrente, no solo vinieron aumentar las del rio Noguera-Pallaresa, donde desemboca el barranco sino que haciendo salir de madre la corriente del rio, inundaron la campiña, con virtiéndola en un revuelto y agitado lago.

Apresuraba el paso el Guardia Rodriguez para llegar al cuartel, cuando á muy corta distancia cae un rayo y mata un macho que arrastran las aguasVe confusamente un grupo de hombres, y venciendo cuantos obstáculos se oponen á su penosa marcha, llega al sitio, donde encuentra a varios oficiales de la Milicia Nacional y algunos paisanos que desalentados y temerosos, hablaban de la tempestad y de sus efectos.

—¿Qué pasa señores? preguntó el Guardia Rodriguez á los del corro.

—Que no recordamos haber visto tormenta tan horrible desde que existimos, replicaron algunos paisanos.

—Si Dios no tiene piedad de nosotros, vamos á perecer, dijeron otros on acento que relevaba un verdadero temor.

Mire usted, Guardia—dice á Rodríguez un oficial de la Milicia— á un anciano medio imposibilitado, que venia de su campo montado en un borrico, le ha sorprendido el torrente del barranco entre este y el rio, dejandole completamente aislado, y sin esperanza de salvacion.

Al oir esto el Guardia ordena á un paisano que vaya inmediatamente á comunicar el suceso al jefe del puesto de aquella villa, que era el sargento 2.° Don Tadeo Bravo Luengo (1), y con firme y decidido acento dice á los demas:

—Seguidme; vamos á salvarle, si es tiempo aun.

Los paisanos, al oir esto, se estremecieron. Un frio glacial circuló por las venas de los roas tímidos, y los mas osados no se atrevieron á pronunciar una sola palabra.

El peligro se hacia mas inminente.

La tempestad arreciaba y la oscuridad era mas intensa.

-Señores, volvió á repetir el Guardia Rodriguez; un hombre anciano; un hermano nuestro va á perecer víctima de la inundacion, si no volamos en su socorro.

—Es imposible salvarle, gritaron unos cuantos paisanos, que llenos de espanto, abandonaron el corro y se volvieron al pueblo.

—¿Y quién es el temerario que se espone á vadear el torrente, sin perecer arrastrado por sus olas? dijeron otros.

—¿Quién? repuso Rodriguez lleno de ardimiento, por lo mismo que era mayor el peligro; yo: el que quiera que me siga.

Y echó andar con toda la precipitacion que le permitia la oscuridad y las dificultades que ofrecia á su paso el terreno.

Este acto de valor y de abnegacion escitó la admiracion de los del grupo. Entonces uno de ellos llamado Don Antonio Llinas (2) teniente de la Milicia Nacional, dijo al Guardia:

—A donde quiera que usted vaya, voy tambien yo. En marcha.

—Y yo tambien, gritó el paisano Antonio Solá.

—Y nosotros, dijeron los demas concurrentes, y todos emprendieron el sendero del molino.

El Guardia avanzaba seguido de Llinas y de Solá, pues los otros á medida que crecian las dificultades, iban quedando rezagados en tan escabroso camino.

¿Conseguirá el Guardia Rodriguez y sus dos émulos el generoso propósito de accion tan heroica?

IV.

Dejemos avanzar á estos tres héroes, luchando y venciendo dificultades.

Mientras que todo esto ocurría, el paisano habia comunicado al sargento D. Tadeo Bravo el aviso del Guardia Rodriguez.

Inmediatamente dió orden á los Guardias que le siguieran, y todos juntos emprendieron el camino á donde les llamaba la caridad, la abnegacion y su deber.

Provistos de cuerdas y de otros útiles de salvamento, trepaban por los matorrales, y afrontaban con ánimo resuelto el fulgor de los relámpagos, el fragor del trueno y las gruesas gotas del alubion que azotaba sus rostros, y que hacian mas penosa su marcha.

Detras de ellos iban la autoridad municipal y muchos Nacionales y vecinos con faroles y hachones.

Dejémosles caminar hacia el lugar del suceso, para ocuparnos de los que ya tocaban el fin de su jornada.

V.

Rodriguez y sus dos compañeros llegaron por fin al molino.

Desde allí y á la luz de los relámpagos divisaron al pobre y afligido anciano, trémulo de pavor, subido sobre un monton de piedras, que la furiosa avenida del torrente amenazaba arrastrar de una sola oleada. El infeliz tenia asido con su mano derecha el ronzal del paciente asno, al que logró salvar en los primeros momentos, colocándole al abrigo de una pared, que de un instante á otro iba á destruir el ímpetu de las aguas.

Ante la vista de tan imponente espectáculo, Rodriguez se vuelve á sus compañeros, y señalando á la víctima, les. dice conmovido, pero con resolucion:

—Amigos; mirad al desdichado Ignacio Saurina—este era el nombre del anciano—tal vez en esta hora está encomendando su alma á Dios; corramos á salvarle exclamó Rodriguez con voz de trueno, que aun es tiempo.

—Adelante, repitieron el teniente Llinas y el paisano Solá, alentados con el ejemplo heroico del Guardia.

—Adelante; dijeron tambien Simon Castells sargento de la Milicia Nacional y varios milicianos que seguían á alguna distancia á aquellos tres valientes.

En este momento el Guardia Rodriguez y sus dos compañeros se lanzan en aquel mar de agua, sin mas luz que la claridad de los relámpagos, y sin mas norte que una hilera de árboles.

A pesar de todos los esfuerzos imaginables, se ven precisados á marchar lentamente; pero llegan á una hondonada, donde les cubre el agua hasta el pecho, y ya sin árboles donde asirse, para no ser arrastrados por la corriente, se les hace poco menos que intransitable el paso.

Ante este nuevo peligro retroceden Castells y los Nacionales que les acompañaban.

Tambien Llinas y Solá sienten desfallecer sus fuerzas.

El mismo Guardia Rodríguez duda y vacila unos cuantos segundos; pero al fulgor del relámpago, divisa las piedras de una pared oasi cubierta por el agua, y haciendo un esfuerzo supremo para ganar aquella, dice á sus ya medio acobardados compañeros:

—Démonos las manos; hagamos un esfuerzo desesperado para llegar á esa pared inmediata y estamos en salvo.

Llinas y Solá obedecen las órdenes del Guardia Rodriguez, que al fin consigue su objeto, y asiéndose de piedra en piedra de aquel débil muro, consiguen llegar, no sin haber vendido muy cara su existencia, al pié del monton de piedras, donde lleno de pavor, esperaba la muerte al débil y casi imposibilitado anciano.

VI.

Apenas habían cruzado aquellos tres héroes el paso mas difícil y peligroso del barranco, cuando las aguas que crecían por momentos, le hicieron de todo punto inaccesible.

Ya no era, pues, el anciano quien estaba espuesto á una muerte segura, sino tambien los tres que habían intentado salvarle.

En este instante llega á la parte opuesta el sargento Bravo con los Guardias civiles, el alcalde, algunos Nacionales y varios vecinos, llevando faroles y hachones encendidos.

El sargento Bravo, que no ha desmentido nunca su apellido, y menos en aquella ocasion, intenta atravesar el lago de cerca de doscientos metros, que le separaba del Guardia Rodriguez, sus dos compañeros y el anciano; pero bien pronto se vió cubierto de agua hasta los hombros, atascado en el fango, sin poder dar un paso adelante y de donde no hubiera podido salir, si los Guardias arrojándole una cuerda, á la que aquel se asió, no le hubiesen remolcado hasta la orilla donde se encontraban.

Despues de este acto de arrojo, nadie se atrevió á pronunciar una sola palabra.

Todos sentían en el fondo de su alma una congoja terrible en aquellos momentos, al considerar la suerte desgraciada que esperaba al infeliz anciano y á los tres héroes que habian intentado salvarle.

Todos con las miradas fijas en el sitio donde se revolvían los cuatro hombres a quienes juzgaban en los últimos instantes de su existencia, pretendian ver sus movimientos é indagar de segundo en segundo su agustioso y agonizante estado.

La ansiedad no podia ser mas grande, ni la situacion mas terrible.

VII.

Entretanto Rodríguez y sus compañeros maniobraban valerosamente.

Asi que llegaron al montón de piedras, refugio del anciano, cogieron á este y lo sentaron sobre la pared próxima, que parecia bastante fuerte para resistir un cuarto de hora.

Cuidaron tambien de poner al abrigo de la misma al pobre animal, y hecho esto, adoptaron otras disposiciones para el caso previsto de que cediera la pared al fuerte impulso de las aguas y de las peñas que con estrépito arrastraban.

Pero nada mas fué necesario.

Cesó la lluvia y empezó á correrse la negra nube.

La fuerza del torrente no era ya tan grande y las aguas de aquel inmenso lago comenearon á bajar.

El infeliz anciano y sus salvadores habian escapado de una muerte casi segura.

Rodriguez y sus dos compañeros cogen en hombros al anciano y al asno del ronzal; atraviesan de nuevo el lago y lo conducen á su casa entre los gritos de entusiasmo y las bendiciones de todos los que habian sido testigos de una accion tan heroica.

Los autores de tan buena obra, Rodriguez y Llinas, fueron condecorados con la cruz de 3.a clase de la nueva orden civil de Beneficencia, y los demas recibieron las gracias de la reina.

Pero ademas alcanzaron otro mayor premio; el placer que proporciona siempre una buena accion, que es mas duradero que todos los placeres y conmemoraciones que puedan conceder al hombre los aplausos de la sociedad y los premios materiales.

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