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EL GITANO. (12 de Mayo de 1853).

  • Escrito por Redacción

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Corre el año 1853, la Guardia Civil lleva recorriendo caminos, investigando, deteniendo delicuentes tan solo nueve años, pero su fama ya les ha sobrepasado, la caracteristica silueta de sus hombres se hace imprescindible en el panorama español, ya todos conocen del sacrificio, del tesón de aquellos hombres a los que son pocos los que engañan, muchos delincuentes los que ya les temen y muchisimas personas de bien los que agradecen, aplauden y apoyan todos y cada uno de sus servicios, de sus intervenciones, os dejamos esta semana este nuevo relato de CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, nuevamente tal y como nos ha llegado, sin correciones, esperamos que disfruteis una vez mas de este relato.

EL GITANO. (12 de Mayo de 1853).                                                                   

Al ir formando este libro hemos conocido que ademas de sus fines indicados podia tener otro de igual ó mayor importancia.

Podia tenerle y le tiene indudablemente, si bien solo para aquellos de nuestros lectores que pertenezcan al Cuerpo.

Estos, al paso que admiran en esta obra las glorias y ejemplos de la Institucion, encuentran prudentes lecciones de casos prácticos que podrán valer tanto como una segunda esperiencia en determinadas ocasiones.

El recuerdo de las circunstancias de un servicio humanitario ó de captura puede ser muy útil para facilitar otros análogos y al conocer los Guardias aquellos pormenores se hacen con un caudal de provechosísima esperiencia.

Y decimos esto aqui, porque una particularidad del hecho que vamos á narrar merece, como otras muchas, estar muy en la memoria de los individuos del Cuerpo, y porque podrá serles útil en servicios semejantes á este.

Comenzó este en 8 de Mayo del año de 1853; año célebre en los fastos de la Institucion por los muchos servicios prestados en él.

Promediaba el dia y en el llamado Arrabal de los Gitanos, en la villa de Valls, (1) se notaba la animacion de costumbre.

Los hombres de la raza que daba nombre á aquel sitio conversaban divididos en grupos y mezclados entre las caballerías que eran por lo general el motivo de sus conversaciones.

Acerquémonos á uno de los grupos formado por tres personas: dos son ya muy entradas en años; la tercera es un jóven que ningun mal instinto revela en su fisonomía.

—Pero—decia este que se llamaba Mateo Jimenez, dirigiéndose á uno de los viejos—¿cree usted, compadre, que yo voy á darle por su bebe-vientos la cantidad que me pide?

—Hijo—le contestaba el viejo Francisco Carbonell—el jaco vale mucho mas.

—Ni la mitad siquiera.

—¿Si creerá este hijo de su padre que robo caballos para vendérselos á bajo precio?

—¡Ea! no seria el primero, abuelo.

—Medio año hace que lo traigo conmigo; parece un rayo del cielo cuando corre míralo allí.

El anciano señalaba un escuálido y hambriento rocinante que no atreviéndose sin duda á sostener mucho tiempo el equilibrio se habia tendido y descansaba tranquilamente.

—¡Míralo!—decia el gitano viejo encorvándose y poniendo sus manos sobre las rodillas—¡míralo! está durmiendo y los nervios le estan haciendo cosquillas para que salga á la carrera.

Mira, mira como salta dentro de la piel.... es su instinto. ¡Digo si es brioso este animal! ¡no lo ha montado mejor el rey de Francia!

—Abuelo, vamos claros—dijo el jóven—á mí no me diga usted lo que son las bestias. Ese arenque se muere de viejo y usted le ha cosido una cola de otro caballo, porque ya no la tenia.

—¡Mateo!—exclamó el anciano.—Levante usted el jaco y veremos. Carbonell levantó su bebe-vientos con mucho cuidado como si temiera que al menor esfuerzo cada parte del jaco cayese por su lado y despues de darle algunos cariñosos golpecitos en las huesosas ancas, lo mostró á Jimenez con el orgullo propio de un gitano chalan en estos casos.

Jimenez pasó la mano contra-pelo por el que cubria el nacimiento de la cola y á poca distancia de este distinguió las puntadas con que Carbonell habia cosido, en su ciencia de gitano, una cola de otro caballo á la poca que le quedaba á bebe-vientos.

—¡Por la ventura de mi madrecita, abuelo, que ya sabia yo que usted falsificaba caballos!

—Ten la lengua, Mateo.... ¡y respeta mis canas!

—Vamos—añadió otro viejo gitano buscando una conciliacion—ya sabeis las faltas del caballo; arreglaos en el precio y....

—¡Calla y es tuerto tambien! repuso el jóven.

—No, compadre; solo es vizco—dijo el mediador.

—¿Cómo tuerto ni vizco?—exclamó Carbonell—eso es que como le desperte de repente, tiene aun dormido ese ojo. Esto es natural; espera á que se despavile un poco y ya verás si tiene dos soles de verano en vez de dos ojos.

—¿Abuelo, quiere usted que pierda la paciencia?—dijo el jóven con aire amenazador.

—Yo si que voy á perderla por tratar con niños. ¿Qué entiendes tú de caballos?

Estas frases, y con el tono en que fueron pronunciadas son un insulto entre gitanos, los cuales cifran toda su ciencia en aquel tráfico.

Las escuchó Mateo Jimenez, y sin detenerse en otras consideraciones, sacó de la bolsa sus enormes tijeras de esquilador y jugándolas con tino especial, dió con ellas hasta seis puñaladas á Carbonell. Fué un momento. Este al caer en tierra, agonizaba ya. Mateo huyó rápidamente.

La alarma que aquel suceso promovió en el barrio fué inmediata y de grandes proporciones.

Todas las conversaciones fueron interrumpidas instantáneamente y las carreras y los gritos las reemplazaron. Carbonell murió.

Por todas partes corrieron varios grupos en persecucion del asesino pero sin resultado alguno. Habia desaparecido como por ensalmo y el viejo que habia presenciado el crimen solo pudo decir que le habia visto entrarse por las casas del arrabal.

La Guardia Civil tuvo inmediato conocimiento de lo sucedido.

Y al tenerlo, formado decidido empeño de capturar al Griminal, salió de Valls el cabo 2.° Manuel Bujella y Recio con los Guardias á sus órdenes Marcos Barroso Merino (hoy cabo 2.°) Juan Verdaguer y José Hidalgo.

Estos infatigables individuos recorrieron sin descanso durante cuatro dias los pueblos circunvecinos, los montes, las casas de campo, las cuevas, las chozas y las viviendas de los pastores. A pesar de sus activas diligencias no consiguieron los resultados apetecidos.

El celoso cabo sabia por otros ejemplos que los gitanos son gente que se mata por la menor palabra, pero que al mismo tiempo conservan entre sí tal union que difícilmente se hallará otra raza que mas se escude y proteja á costa de todos los sacrificios imaginables.

Conservan en sus costumbres restos de esa independencia salvaje tan opuesta á la civilizacion, tan imposible de ser vencida por el raciocinio y que les hace creerse atacados todos en cada uno de los individuos de esa raza errante, suspieaz, engañadora y sucia...

Conocedor el cabo de esta circunstancia, juzgó oportuno no perder mas tiempo en continuar sus pesquisas por tales sitios y convencido de que el gitano asesino debia hallarse oculto por los demás volvio á Valls con sus Guardias, dando principio inmediatamente á un escrupuloso registro en las casas del arrabal.

Entre estas se hallaba la del difunto Carbonell, habitada entonces por una hija suya.

Los Guardias entraron en ella y hablaron con la huérfana, la que se mostró llorosa y respirando odio hácia el asesino de su padre.

—Sí, señores Guardias—decia—esta es la casa de mI pobrecito padre; busquen ustedes á Mateo y no tengan compasion del asesino si le encuentran. Debe estar oculto en alguna de las casas de este barrio; tal vez en la de su primo. ¡Pobre padrecito mio! ¿qué va á ser ahora de tu hija, sin tu amparo?

Alguno de los Guardias no fué insensible á este dolor y otro exclamó:

—Nosotros la socorreremos á usted con lo que podamos...

—Pero sin embargo—repuso Bujella—hay necesidad de registrar tambien esta casa. Despues, haremos por usted todo lo posible.

—Registren ustedes todo... todo; ¿y cómo pueden creer que yo de amparo al asesino de mi pobre padre?

Efectivamente, esto parecia imposible, porque seria rara tanta maldad.

El cabo Bujella comenzó el registro, con alguna esperanza nacida de que conocia mucho á los gitanos.

Registran toda la casa pero, infructuosamente. Solo les faltaba registrar una cama.

Levantan el colchon y dentro del jergon que estaba debajo encuentran perfectamente cubierto con la paja á Mateo Jimenez, al asesino de Francisco Carbonell, padre de aquella jóven.

.     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .

Esta desventurada confesó despues su complicidad y el socorro que habia prestado al criminal Jimenez está hoy sufriendo la pena de cadena perpétua.

¿Quién habia de sospechar que en aquella casa estaría el asesino, encubierto por la misma hija del asesinado? Imposible hubiera parecido esta sospecha; pero la verdad que encerró, al par que honra al cabo Bujella es como hemos dicho, una leccion práctica que no debe darse al olvido en otra ocasion mas ó menos análoga á la presente.

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