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DIEGO ALHAMA. (1854-1855)

  • Escrito por Redacción

400334 orig

Las CRÓNICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, publicadas en Madrid, el año 1865, escritas por D. Elisardo Ulloa Várela, son un compendio de relatos y hechos verídicos, en los que se nos muestra de forma muy clara los primeros años de nuestra Guardia Civil, nunca fáciles y siempre llenos e peligros, nosotros únicamente llevamos hasta vosotros, queridos lectores y seguidores, queridos amigos, estos relatos, y lo hacemos respetando el original, por eso os lo presentamos sin correcciones, tal y como se escribió en los primeros años del Cuerpo.                

DIEGO ALHAMA. (1854-1855)

No sabemos si decir que el hombre es espejo de la naturaleza en que nace, ó si la educacion le pliega é identifica á ella.

Verá quien inspeccione algo esta cuestion, que generalmente los paises montuosos y quebrados dan hombres de carácter rudo y avieso; los habitantes de paises llanos suelen ser mas pacíficos y piadosos; los de los áridos y estériles, ofrecen un carácter enérgico é inquebrantable y los de los paises floridos y risueños presentan caracteres mas sensibles y poéticos.

Pero sea esto mas ó menos fundado, porque la educacion y los sucesos desgraciados ó felices cambian macho los corazones, es lo cierto que 6ay paises donde la criminalidad ofrece á la estadistica cifras mayores que las de muchos otros.

Pueblecillos hay donde la vida de bandidaje es ya un vicio que se trasmite en algunas familias de padres á hijos por muchas generaciones.

Al decirlo así, nada particularizamos, á nadie intentamos injuriar; ni lo dicho prejuzga nada acerca del relato que sigue.

Corrían los años de 1854 y 1855, cuando un bandido llamado Diego Alhama natural de la villa de Aguilar formó una partida de hombres desalmados como él y escogidos por sus antecedentes mas criminales.

Al elegir Alhama los hombres de mas delitos, obraba con mucho tino; pues no solo aquellos tenían mas probada experiencia en el robo sino que tambien recayendo sobre ellos algunas sentencias defenderían su impunidad con mayor fiereza porque temerían mas el castigo.

Esta partida no tardó en llevar á cabo algunos delitos y tuvo en continua alarma á todos los honrados y tranquilos moradores de la provincia de Córdoba.

Un rico labrador de Aguilar fué su primera víctima.

Le siguió un jóven de la villa de Espejo.

A este, un niño de Lucena y otros varios.

Y por último, D. Cayetano Negro y Alcalde, vecino y rico propietario de Osuna, en la provincia de Sevilla.

Todos estos desaparecieron, como por arte mágica de los pueblos en que moraban y los bandidos de Diego Alhama exigieron por sus rescates grandes cantidades.

De suponer es la sobreseitacion y temor que en los ánimos de las personas que tenían algo que perder produjeron estos sucesos. Cundió la alarma que era ciertamente muy motivada y la Guardia Civil empezó á inquirir el paradero de aquella gavilla formada por los mas experimentados ladrones.

Tardó, sin embargo, en saberlo porque á su mismo lado se luchaba por extraviar las incesantes pesquisas de los individuos del Cuerpo.

Los malhechores contaban con gran proteccion en el país, tanto de los muchos parientes que tenían en los varios pueblos del mismo, como de otras personas débiles y de poco espíritu, que temerosos de la venganza de los bandidos, accedian á las sugestiones de estos auxiliándolos.

Sabido esto, la Diputacion provincial de Córdoba, guiada por inmejorable deseo, formó una partida de gente armada para que combinándose con la Guardia Civil apoyase los trabajos de esta.

En tal estado se hallaban las cosas el 22 de Junio de 1855, dia en que un gitano presentándose ante el Alcalde de Montilla, le dijo:

—Señor alcalde: la gavilla de Diego Alhama acaba de robarme un caballo en la Campiñuela.

Gozosa aquella autoridad por tener al fin indicios seguros del camino que llevaba la partida que se perseguía, hizo varias preguntas al gitano que dijo llamarse Ramon Bacas y logró do él preciosas aclaraciones.

Fundado en ellas pasó el Alcalde aviso inmediatamente al teniente de la Guardia Civil D. Antonio Iboleon (1) que mandaba entonces la línea de Montilla y ambos decidieron que los ocho Guardias con que este contaba se dividiesen en dos partidas á las que se unieron algunos individuos de la Milicia Nacional.

Ambos grupos se separaron dando principio de nuevo á sus pesquisas por los lugares vecinos mas sospechosos.

Acomete al bandido, y lo atraviesa instantáneamente con su espada.

Y merced á las acertadas disposiciones del citado jefe, la persecucion iba á dar los mas felices resultados.

Bien pronto se adquirieron exactas noticias de que los ladrones andaban por aquellas cercanias.

Llegando uno de los grupos al cortijo llamado de La Piedra, en la jurisdicion de Aguilar sorprendió á los foragidos que huyeron á todo escape, pero dejando afortunadamente en el cortijo á D. Cayetano Negro que hacia siete dias llevaban en su compañía, usando con él de la mas desapiadada conducta y exigiendo gruesas sumas por su rescate.

Los ladrones iban montados en buenos caballos pero pronto sus perseguidores les dieron alcance.

Uno de los bandidos, llamado Antonio Molina viéndose perseguido muy de cerca por el valiente nacional Don Eduardo Baena y el intrépido Guardia Víctor Puebla, salta del caballo y se parapeta tras un arbol.

—Me matareis—les dice—pero tendré el consuelo de morir matando.

Dispara entonces el bandido su terrible arma; la bala da en la frente del caballo del nacional y uno y otro caen rodando por un barranco.

Entonces el Guardia Puebla, acomete al bandido y lo atraviesa instantáneamente con su espada.

El cadáver del bandido Molina fué conducido á Monturque y entregado al Alcalde de dicho pueblo para darle sepultura cristiana.

D. Cayetano Negro fué restituido al seno de su familia despues de mil demostraciones de sincero agradecimiento hácia los que con tanta bizarría le habian salvado de una angustiosa cautividad ó acaso de una muerte cierta.

Al siguiente dia el Sr. Iboleon dispuso una batida por los campos cercanos, pues presentía un encuentro con lo restante de la gavilla.

Todo salió como se esperaba; hubo noticias de que se dirigia á Puente Genil un hombre sospechoso montado en un caballo tordo y tomando las mas acertadas medidas tardó poco en capturársele en una posada de aquella villa, resultando ser otro de los bandidos y llamarse Juan Narvona.

A los pocos dias subia al cadalso en Córdoba.

Igual fin cupo á otro llamado el Peluquero y capturado posteriormente por un sargento de la Guardia Civil.

El jefe de la gavilla el célebre Diego Alhama fué muerto al capturarle en las mismas calles de Aguilar.

Despues de esto se tuvo conocimiento de un detalle cuyo recuerdo puede ser de alguna utilidad en casos semejantes.

El gitano Bacas, que segun sabemos, delató á los bandidos ante el alcalde de Montilla, habia mentido al asegurar que le habia sido robado por ellos un caballo.

Nada mas inexacto. Los foragidos se lo compraron. Pero temiendo Bacas que se le creyese sospechoso de dar proteccion á la gavilla, la delató como hemos visto, despues de cobrar el dinero que los bandidos le entregaron por su venta.

La importancia de estas capturas se revela en la simple lectura del sucinto relato que las hemos dedicado.

Todos, todos los vecinos de aquella campiña se entregaron á repetidas demostraciones de júbilo, no sabiendo con que palabras ensalzar el buen servicio que la Guardia Civil habia prestado á la sociedad librándola de los crueles desmanes de una asociacion criminal formada por los hombres mas desalmados de aquellas comarcas.

CRÓNICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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