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VALOR DE MUJER (Noviembre de 1856)

  • Escrito por Redacción

gc-antiguos

Una nueva entrega de las ya conocidas por todos nosotros "CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL", y nuevamente os las presentamos tal y como nos llegan, era el lenguaje escrito de la época y no debemos cambiar ni un punto ni una coma, disfrutad en este día tan especial de este extraordinario relato.

VALOR DE MUJER.

Existe y aun muy arraigado por desgracia entre cierta clase del pueblo, un vicio que ha sido siempre causa de un sinnúmero de crímenes y perturbaciones sociales.

—La taberna.

En esos establecimientos á donde acuden muchos para perder la razon, única cosa que eleva al hombre sobre los demas seres, casi no pasa dia en que no suceda una desgracia, ya en ellos mismos, ya resultado mas ó menos remoto de ellos.

Todas las gentes de mal vivir acuden á esas escuelas del vicio y del crimen; en ellas suelen concertarse los crímenes y bajo la aciaga influencia de los vapores del vino, el hombre pierde todo respeto á las mas sagrada» leyes sociales y siente que en su alma fermentan todas las malas pasiones.

Cuando algunos amigos acuden á una taberna para festejar cualquier suceso alegre, casi puede asegurarse que no saldrán de allí sin que la sangre de alguno se haya derramado.

¡Cuántos hombres han empezado por la taberna su camino cuyo fin ha sido el patíbulo!

Y si se tiene en cuenta que existen muchos, muchísimos hombres que agenos á toda buena educacion moral, no tienen escrúpulo en ser asesinos, envidian la celebridad de los grandes criminales y dan una puñalada como se beben un vaso de agua; si se tiene en cuenta que esto3 son los que mas frecuentemente acuden á esas que hemos llamado escuelas del vicio, mas se conocerá la perniciosa influencia que la taberna ejerce en las costumbres de ciertas clases populares.

Nunca olvidaremos una escena que hemos presenciado no hace muchos dias pasando por una calle algo apartada.

El frio de la noche era helado y avanzada la hora; una mujer joven daba cien vueltas delante de la puerta de una taberna, y al aire el pecho, alimentaba á un niño de cortas semanas.

De vez en cuando miraba por los cristales al interior de la taberna en la que tres hombres bebian tranquilamente sentados.

La mujer, no pudiendo contener las impresiones que agitaban su cariño de madre, iba y venia hablando consigo misma y en voz bastante inteligible; porque es deseo de los desgraciados hacer conocer á todos las desgracias que sufren.

Decia entre otras cosas con acento marcadamente asturiano:

—Si entro, me pegará.... ¡Creerá mientras bebe que su mujer y sus hijos no tienen frio! despues vendrá borracho á casa y su mujer y sus hijos sufrirán algunos golpes.... ¡que vida, Dios mio!

Y continuaba dando vueltas y meciendo en sus brazos á su hijo.

Estas escenas, que aunque cortas dicen y dan mucho en que pensar, se ven todos los dias en esta populosa villa y corte de las Españas.

Hoy sin embargo, en las grandes ciudades van desapareciendo las tabernas; no así aun en los pequeños pueblos donde difícilmente pueden ser sustituidas por otros establecimientos menos viciados y mas en armonía con los adelantos y tendencias del gran siglo en que vivimos.

El dia en que la taberna desaparezca de todas partes, la estadistica tendrá un número de crímenes considerablemente menor al que hoy tiene; porque habrá desaparecido una de las causas mas poderosas y continuas de cien desastres y desgracias, de cien crímenes y vicios, de cien escándalos y trastornos en las familias y de los justos é inflexibles, pero dolorosos castigos de las leyes penales.

Decimos esto apropósito de la siguiente conversacion que en la tarde del 18 de Noviembre de 1856, hubiera oido todo el que entrase en una taberna del pueblo de La Cenia. (1)

Había allí algunos hombres y varios entre ellos de bastantes malos antecedentes que echándose entre pecho y espalda sendos jarros de vino hablaban en confusion de cuanto venia á sus extraviadas mentes.

Entraron á poco en aquella estancia dos personas mas de distintos sexos, despues de atar los ronzales de dos mulas á un clavo colocado en la pared esterior de la casa.

—¡Hola!—dijo el tabernero—aquí tenemos á Miguel Ginés, el de Valderrobles. ¿Qué tal; se ha hecho negocio hoy?

—Poca cosa.

—Vaya, que tienes una hermana trabajadora—continuó el dueño de la taberna señalando á la compañera de Ginés.

—Es mucha verdad lo que dices; mi hermana sabe ganar de comer mejor que yo.

—Tú querrás la bala-rasa de costumbre, eh?

—Sí, dame aguardiente; he vendido esta mañana las dos cargas de trigo y seis arrobas de miel que traia, con que así echa racion doble para mí y para mi hermana.

—Así llegareis mas pronto á Valderrobles—añadió el tabernero echando la bebida que le habian pedido los hermanos—y no sentireis tanto el frio.

Mientras estos vaciaban las copas, tres de los presentes les miraban con marcada atencion; en un principio, entretenidos en su juego de cartas no habian hecho mucho caso de la llegada de los hermanos á quienes conocian. Pero al oir decir á Miguel Ginés que habia vendido el trigo y la miel, escucharon con mas atencion las palabras del tabernero y las contestaciones de los hermanos de los que, suspendiendo el juego, no apartaban la vista.

Estos tres hombres se llamaban Domingo Balada, Domingo Querat y Antonio Cabanes; los tres eran vecinos de La Cenia.

—¿Has oido?—dijo Querat á Balada—Ginés ha hecho buena venta esta mañana y debe llevar consigo el dinero.

—¿Quieres que juguemos al juego de quitárselo?—preguntó Cabanes.

—Tocayo—contestó Balada á Querat—espera que veamos si lleva mucho ó poco, porque no valdrá la pena si es muy corta la cantidad.

—¡Pena! ¿qué pena es esa? yo conozco un lugar del camino en el que fácilmente sorprendemos á Ginés: sin el menor trabajo le copamos el dinero y nos volvemos á continuar la partida, porque quiero revancha.

—La tendrás, pero mucha prudencia. En este momento Miguel Ginés sacó de su faja un bolsillo y echando algunas monedas en la estensa palma de su mano rebuscó y contó las mas apropósito para pagar al tabernero el gasto hecho.

—Compadre—dijo Balada al oido de Querat—me parece que oigo sonar mucho dinero; mira tú....

—Lleva plata y oro. Pero todo ello no es mucha cantidad.

—No importa—repuso Cabanes.

—Algo es algo—añadió Balada con tono sentencioso— necesito dinero para continuar mañana la partida, porque me habeis dejado sin un cuarto.

—Lo tendrás.

—Lo tendremos, porque se harán tres partes.

—¿Estais decididos?—preguntó Querat.

—Sí que lo estamos—contestó Cabanes.

—Por mi parte, no hay mas que hablar.

—Míralos, ya salen y desatan las mulas.

—Irán hácia el camino de Valderrobles.

—Pues bien, creo que debemos correr y esperarlos en el camino de la Pabla, y en el sitio llamado Martinete.

—Hablas como un libro.

—Yo voy á mi casa á buscar un puñal.

—Tomaré yo al paso una pistola de arzon.

—Y yo una buena navaja que tengo reservada para estos casos. (1)

—Nos reuniremos en el Martinete.

—Salgamos pues; y echemos antes el último trago para tomar fuerzas.

Se levantan, beben y salen de la taberna separándose en diversas direcciones.

No hubo entre ellos uno que recomendara el secreto; porque demasiado sabian que era innecesaria entre ellos esta recomendacion.

Serian proximamente las dos de la tarde, cuando Miguel Ginés y su hermana, saliendo de La Cenia, tomaban el camino de su pueblo.

Montados en las mulas y preservados algo por gruesas ropas del frío del dia, caminaban tranquilos sin sospechar la traidora emboscada que se le3 tendia.

Quizás de noche no hubieran andado aquellos caminos con tanta seguridad; pero la luz del dia infunde siempre valor, y nadie, mientras ella alumbra, suele temer que le roben en los caminos.

Sin embargo, criminales hay audaces que no la creen un estorbo para sus planes y otros hay que profesan la opinion de que durante el dia se efectuan ciertas sorpresas mejor que de noche.

En aquel caso, los criminales no tenían tiempo que elegir; sabían que Ginés se dirigia á su pueblo sin detenerse en el camino y era forzoso realizar á la luz del dia la sorpresa que habían proyectado.

Seguros estamos de que esto no admirará á nadie. ¿Cuántas veces á las doce de la mañana y en las calles mas transitadas de las ciudades, se han cometido delitos y perpetrado crímenes?

El desgraciado Miguel Ginés dijo á su hermana:

—Buena venta hemos hecho hoy; si la suerte sigue favoreciéndonos así, pronto podré darte un buen dote para tu boda.

—No quiero yo—contestó la hermosa jóven de veintidos años—que venga nadie á enamorarme por mi dinero; tengamos poco ó mucho, cállalo hasta el momento de las bendiciones.

—Ya sabes, mujer, que hago siempre todo lo que me aconsejas. Eres buena para tu hermano, honrada y trabajadora, y nadie te tendrá mas cariño que yo.

—Porque sé que me quieres, me separaría con disgusto de tí el dia en que me casara, y á veces casi hago juramento de no casarme.

—¡Bah! ¿Ha de ser tan mal-alma el mozo que llegue á ser tu marido que no me quiera en vuestra compañía?

—No me casaré yo con quien pretenda eso, Miguel; ya lo sabes antes de ahora.

Tan fraternal conversacion que hemos relatado para dar á conocer los caractéres de los dos hermanos, fué de pronto interrumpida por la aparicion de tres hombres que se acercaron á Miguel con ademanes hostiles.

Eran Balada, Querat y Cabanes; y el sitio en que se hallaban el de Martinete. Los tres ladrones no se habían cuidado de disfrazar ú ocultar sus rostros; hasta tal punto llegaba su cinismo criminal.

—¿Qué quereis?—preguntó Ginés alarmado.

—Poca cosa: todo el dinero que llevas—respondió brutalmente Balada.

Inmutóse al oir esta contestacion el rostro de Ginés y la ira centelleó en los ojos de su hermana.

—¡Pero amigos—dijo aquel—solo llevamos algunos reales que nos son muy necesarios!

—Pocas palabras, Ginés, ó te cuesta la vida el tardar en obedecernos. Ya ves que los que en este sitio y á la luz del dia, piden dineró, están resueltos á todo.

Ginés miró á su hermana y esta le miró á él mordiéndose los labios.

—Pero.... tan corta cantidad....

—Pues figúrate que haces una limosna y Dios te lo pagará; porque francamente, estoy mas pobre que un mendigo.

—¿Y si gritamos?—dijo la hermana no pudiendo contener ya su indignacion.

—Cállate tú—la contestó bruscamente Balada las mujeres no deben meterse en los negocios de los hombres.

—Si gritaras—replicó Querat sacando su pistola causarías la muerte de tu hermano y la tuya.

—Ginés, baja tú de la muía y entrega el dinero á estos señores—dijo la asustada jóven.

—Eso iba á hacer.

Y ambos se decidieron á dejarse robar; la hermana por la vida de su hermano, este por la de aquella.

—Eso es lo que se llama hablar en razon—dijo Cabanes asi se entienden los hombres.

Tomó Balada el dinero, lo contó con alguna precipitacion y dijo á sus compañeros:

—No ha guardado nada, debe estar todo aquí.

—Ea, seguid vuestro camino y hasta mas ver. Por hoy salis bien librados.

Guardó Balada el dinero y los hermanos no repuestos aun de la emocion, aguijaron sus mulas.

No se habrían separado unos de otros cuarenta pasos, cuando Balada dijo á sus amigos:

—¡Diablo! si les dejamos marchar con vida, nos delatarán y yo no tengo gana de andar fugado por esos cerros.

No dijo mas Balada y los otros tampoco. Corren hácia los hermanos, los alcanzan, y en menos tiempo del que tardamos en escribirlo, Querat dispara sobre el desgraciado Ginés su pistola y le hace falta la pólvora; Balada saca su puñal y acercándose á Ginés y su mula, agarra á aquel con la mano izquierda y con la derecha le clava seis veces el puñal en el vientre..

Cae Ginés al suelo y desmontando rápidamente su hermana, se arroja sobre Balada, le arranca el puñal manchado hasta el pomo con la sangre de su infeliz hermano y agitándolo con ademan terrible, grita:

—¡Marchaos á La Cenia sino quereis que os pase cosa peor!

Y diciendo esto acometió al asesino.

Este y sus compañeros temblaron ante el valor y resolucion que mostraba aquella mujer agitando el ensangrentado puñal.

Pero hubo mas; la esforzada jóven tiró el puñal á los pies de Balada exclamando:

—¡Dejad con vida á mi hermano! ¡marchaos, que yo no os delataré!

Recogió su arma Balada y los tres criminales se dieron á la fuga por tortuosos senderos.

La jóven se acerca entonces á su hermano y conoce que este respira aun; aunque rajada la piel, sus intestinos palpitaban sobre la arena del camino.

Habla al desgraciado Ginés y este mueve los ojos pero sin poder responderla.

Gruesas lágrimas se desprenden entonces de los ojos de aquella animosa mujer. Coje con sus manos los intestinos de su moribundo hermano, los sujeta al cuerpo con la faja que aquel llevaba en la cintura, levanta su pesado cuerpo casi inerte, le coloca sobre una de las mulas y montando ella en la misma, ata á esta el ronzal de la otra y comienza á caminar hácia la Pobla de Benifasar.

Todo esto en un camino de tránsito público, todo esto á la clara luz del dia.

¡Oh! hay mucha vileza en los hombres. Los mismos filósofos que dicen que el mundo está corrompido, no saben bien cuantos delitos se cometen en una hora en sola una nacion, y cuanta fuerza tienen los malos instintos en el corazon de los hombres, y cuantos de estos son criminales bien á pesar de la educacion religiosa tan difundida hoy.

La religion católica que por medio de sus pastores lleva á las almas las benéficas máximas de paz de Jesucristo, hará un dia que tanta vileza y tanto crimen cesen de manchar la historia de las sociedades civilizadas.

¿Quién podrá referir con bien cortada pluma el sufrimiento de la desconsolada hermana de Miguel Ginés, durante el camino?

Conocia que la vida de su hermano se acababa por momentos y ni una persona que pudiese prestar un socorro cruzaba el camino que era de amargura y horrible dolor para la buena aldeana.

—¡Miguel! ¡Miguel!—decia anegada en llanto. Pero no alcanzaba respuesta.

El cuerpo de Ginés resbalaba á veces del lomo de la cabalgadura; su animosa hermana le volvía á subir y sujetaba al mismo tiempo que animaba el paso de la mula.

La garganta de Miguel se movia como si aquellos músculos se anudaran y dejaba de vez en cuando escapar un grito ronco y agonizante que laceraba el alma de aquella mujer.

Miguel arrojaba sangre y progresivamente en mayor cantidad.

La cara, las manos y los vestidos de su hermana estaban ensangretados.

Un reguero de sangre corría por el vientre de la mula y caia gota á gota en la tierra.

Llegan por fin al molino del convento de Benifasar; y cuando habia seguridades de tener algun auxilio, Ginés arroja su último aliento en los brazos de su hermana.

De los dolores de ambos hermanos nada diremos, por que son de aquellos que se adivinan aunque no pueden expresarse con pobres palabras.

Solo si volveremos á recordar lo dicho al comienzo de este relato y á señalar, con una nueva prueba, como causa de estrechísimas desgracias y crímenes:

—La taberna.

Como debia esperarse, tuvo pronto conocimiento de este suceso el alcalde de Benifasar quien lo puso en noticia del señor comandante general de Morella y juez de primera instancia del partido.

Y con tal prontitud se corrieron estos oficios que en la mañana del dia siguiente ya estaban en persecucion de los criminales y constituidos en La Cenia los individuos del puesto de Ulldecona Guardias 2.° Francisco Edo, Vicente Salonz, Pedro Gomez y Pascual Alcain, á las inmediatas órdenes de su comandante de puesto el celoso cabo 1.° Manuel Bujella y Recio (1)

Facilmente se comprende que el servicio que la GuarDia Civil estaba llamada á prestar era de grandisima importancia, atendida la criminalidad de los perseguidos.

Y si, merced á las acertadas gestiones é inteligentes pesquisas de aquellos individuos, los delincuentes eran capturados, la administracion de justicia y los intereses de la sociedad por ella representados, deberían un grande é importantísimo servicio á la Guardia Civil.

Y asi se lo debieron, porque en este caso no habia la Institucion de faltar á sus antecedentes gloriosos.

Un jefe muy distinguido nos dijo no ha muchos dias:

—Yo he prestado importantes servicios con doce hombres; con aquellos Guardias me hubiera atrevido á ir al fin del mundo.

Y así es la verdad.

Formadas las primeras actuaciones y constituidas en Benifasar las autoridades que debían entender en el asunto se depositó el éxito de la captura en los mencionados Guardias y se esperó con ansia por todos el resultado de aquella pesquisa importantísima para la justicia y para la tranquilidad entonces alarmada de aquellos pueblos.

Dos males debían evitarse aunque uno fuese el que á primera vista pareciera.

Si los trabajos de la Guardia Civil saliesen fallidos, la impunidad de los delincuentes sería el primer mal.

Y como estos huirían para evitar el castigo, era casi seguro que en su huida se verían precisados á agravar sus procesos cometiendo nuevos robos ó asesinatos.

Los individuos mencionados empezaron por conseguir de los naturales de La Cenia algunas noticias y sospechas; y tanta maña se dieron en ello que formando su lista de sospechosos, comenzaron á registrar algunas casas.

No hubo en todo ello efusion de sangre, pero ya hemos demostrado en otra Crónica que no por eso tienen menor valía algunos servicios en que solo la perspicacia y el talento consiguen enteramente el resultado apetecido.

Tanto fué esto así, que al cabo de pocas horas, el registro en las casas de Balada y Querat dió por resultado el hallazgo del puñal ensangrentado y de la pistola de arzon, y convictos y confesos los reos, fueron los tres puestos bajo el fallo de las leyes penales.

Balada murió en garrote vil en la plaza de Morella.

Querat está hoy sujeto por una cadena perpetua.

Y Cabanes concluye en un presidio de estinguir su condena de diez años y retencion en la parte que toca á aquellos.

De la hermana de Miguel Ginés nada hemos podido averiguar entre los documentos que hemos registrado.

Ellos nos dan por otra parte una prueba de que se creyó como nosotros creemos, de importancia grande este servicio de la Guardia Civil pues todas las autoridades civiles y militares de la provincia, la principal del cuerpo, y S. M. la Reina, dieron honrosas gracias por él al entonces cabo 1.° Manuel Bujella y Recio.

Sí; la Guardia Civil tiene glorias, pero muy bien ganadas.

No sin gran número de servicios de esta especie y otras se podia conseguir la fuerza moral y renombre de que hoy goza la Institucion en todas partes. Ayer ha llegado á nuestras manos un periódico de Gerona (de 8 de Marzo de 1865) y en él leemos con gran complacencia estas líneas.

«Hemos visto á una pareja de la benemérita Guardia Civil que el domingo por la tarde conducia lo menos una docena de presos, suponemos que estarían indocumentados, cuando no otra cosa peor; lo que prueba los relevantes servicios que el distinguido cuerpo de que nos ocupamos está prestando siempre, y por los cuales se hace cada dia mas digno del general aprecio.»

CRÓNICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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