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LA PRESA DEL MOLINO. (ABRIL DE 1863)

  • Escrito por Redacción

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Se siguen sucediendo los hechos y servicios heróicos de los miembros de la Guardia Civil en los primeros años de andadura del Benemérito Instituto, en esta ocasión el relato de los hechos sucede en el mes de abril de 1863, y en él se vuelve a poner de manifiesto la grandeza de un Cuerpo, en el que sus individuos no titubean cuando se trata de salvar la vida de un semejante, aún a riesgo de la suya propia.

Presentamos el escrito, como en ocasiones anteriores sin corregir, tal y como se publicó en CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL en el año 1865.

LA PRESA DEL MOLINO. (ABRIL DE 1863)

¿Quién podría contar el número de desastres que en un solo dia tienen lugar en el mundo?

Cada hora, cada minuto que pasa lleva consigo mas desgracias que las que la inteligencia humana puede contar. Solo Dios, que es infinito, mide lo que no tiene fin.

Las desgracias, los desastres, los crímenes, sucédense unos á otros sin interrupcion y forman una eslabonada cadena de dolores que empieza en los hombres y concluye en Dios.

Al par de ella marchan las virtudes y las dichas, por, que en muchos casos estas se realzan al lado de las desgracias.

El hecho que vamos á narrar es un desastre y á su lado figura dignamente el hecho humanitario á que dió motivo; porque si no hubiera desgracias no habría dichas, si no hubiera desvalidos no habría caridad.

Aconteció en Vergara; pueblo célebre en la historia de España desde que en aquellos campos se dieron el abrazo de paz los dos partidos que con tanta ira y encarnizamiento habian combatido durante siete años.

Corría el mes de Abril del año 1863, y en la hora, de dos de la tarde de uno de sus dias dos individuos de la Guardia Civil salían de Yergara paseando por el barrio de San Antonio.

Eran: el uno, el Sargento 2.° José Alonso que á la sazon desempeñaba las funciones de jefe accidental de la linea; y el otro el Guardia 2.° (hoy de 1.a) Antonio Vivero Lopez.

El barrio de San Antonio está situado á la salida de Vergara para Madrid y á orillas del rio Deva cuyo rápido curso burlan en algunos puntos los molinos y las fábricas de hierro.

Seguían los Guardias Civiles su tranquilo paseo, cuando vino á llamar poderosamente su atencion un gran alboroto de gentes que llorando, pidiendo socorro y dando lastimeros gritos se agrupaba sobre la presa del molino mas próximo.

Corren los Guardias Civiles hácia este y ven que tal alarma era motivada por la desgracia de un niño de dos años que habia caido al cauce del molino y que envuelto por espumosas ondas se hundia y volvía á parecer presentándose cada vez mas inerte y cadavérico.

Muchas gentes se lamentaban de la desgracia y la veian; pero la corriente era honda y muy rápida y correría peligro de muerte quien se lanzase á la presa.

Esta consideracion que indudablemente tenia todos los asomos de probabilidad detenia á los espectadores pero entre estos estaban ya dos Guardias Civiles y la consideracion mudaba de aspecto.

No se crea que pretendemos rebajar á unos para ensalzar por este medio á otros; hemos dicho varias veces que escribimos las historias como pasaron y á la fé y veracidad de nuestros apuntes nos atenemos.

El Guardia Vivero, conociendo seguidamente que el buen éxito del servicio que la suerte le deparaba dependia casi de la premura con que se obrase en él, no se detuvo á despojarse de sus ropas: tal como estaba, se arrojó denodadamente á la presa, y al verle caer en el agua un grito unánime salió de todos los pechos.

Vivero nada hácia el fondo del cáuce, busca entre el cieno y encuentra al niño.

Sube con él á flor de agua, y con tanta rapidez, que hemos tardado nosotros mas en decirlo.

Pero sin embargo de esto, el peligro aumentó entonces para el infortunado niño y su arriesgado salvador.

Este no podia nadar, porque imposibilitado de hacerlo con el brazo que sostenía á la criatura, al mover el otro solo conseguía extraviarse.

El Guardia se hundió con el niño, volvió á parecer haciendo esfuerzos desesperados y ya su semblante comenzo á teñirse con el color de la muerte tan característico en los ahogados.

La ansiedad de los vecinos que presenciaban aquel desgraciado suceso, llegó entonces á tal punto que la sangre se detuvo en todos los corazones.

Si una mirada interpuesta en el hacha del verdugo y el cuello del reo tuviera fuerza para detener aquella, las miradas de todos los presentes hubieran salvado en este caso á Vivero y el niño.

—¡Deja, deja al niño!—le decian todos—está ya muerto, sálvate tu!

Cien bocas repitieron de diverso modo este pensamiento; si Vivero lo hubiera realizado ninguno le hubiera inculpado; pero esto no era posible en él.

Su honor estaba empeñado en el suceso y arriesgar la vida por dejar aquel ileso, es cosa que hacen todos los individuos del Cuerpo.

La lucha con las olas á que Vivero se entregó fué cada vez mas desesperada y mortal.

Pero siempre el niño volvia á aparecer á flor de agua con el Guardia, nunca este pensó en separarse de aquel infeliz sér que quizás no era ya otra cosa que un cadaver.

El sargento Alonso no podia permanecer inactivo ante el inminente riesgo de su compañero.

Corre presuroso en busca de un palo largo, lo encuentra y se entra con él al rio.

Ya á la conveniente distancia lo estendió hacia Vivero que tuvo la buena suerte de cojerlo.

Estaban salvados.

Con este apoyo que le prestaba su hermano de armas, Vivero pudo ganar la orilla y depositar en ella al niño...

Llegó á poco, llamado precipitadamente, uno de los médicos de la villa, reconoció al niño y aseguró que ya era cadaver.

—Ha estado ocho minutos bajo el agua y todo demuestra bien claramente que usted no tiene hijo ya—decia el médico á la afligida madre del ahogado

Facil será suponeF el desconsuelo de esta ante tan terrible sentencia.

El facultativo entró en Vergara para estender el certificado de defuncion y los vecinos lucharon á porfia por consolar á la madre y evitar que se arrojara como quería sobre el cadáver de su hijo.

Vivero, que á pesar de hallarse totalmente mojado y tener muy quebrantada la salud no habia querido separarse del niño oyó con marcada atencion el fúnebre parecer del médico y despues de oirlo examinó con mucho detenimiento el cuerpo del niño.

—¡No, no!—dijo—no es un cadáver lo que yo he sacado de las aguas; he salvado una vida. ¡Este niño vive!

Al ver los presentes la seguridad con que el Guardia hacia estas afirmaciones, dieron por un momento cabida en sus ánimos á la sospecha de que el niño yivia, y dispuestos á secundar los proyectos de Vivero le rogaron que procurase conocer cuanto antes la verdad del caso, porque tanta vacilacion podia matar á la pobre madre, que luchaba entre ideas tan opuestas.

Muchos, sin embargo, creian que el médico como mas conocedor y práctico, habia dicho bien al asegurar la muerte del infante y era natural que asi lo creyeran.... Pero el Guardia, firme en eu idea, no entraba en este parecer.

Habia salvado al niño una vez y aun debia salvarle otra, bien á pesar de la general creencia.

Dieron pues al inerte cuerpo fuertes fricciones con aguardiente y no daba sin embargo señales de vida.

Entonces ocurrióle al Guardia una idea que merece, por lo que pueda valer, ser tomada en consideracion para idénticos casos. Valiéndose de una caña muy delgada introdujo aire por el recto del niño y hacerlo esto así y empezar este á arrojar la gran cantidad de agua que tenia, fué simultáneo.

Un momento despues, empezó á respirar y abrió los ojos.

¿Podrá espresarse la alegría del Guardia Vivero al ver realizadas sus sospechas y con vida al tierno infante que todos creian cadáver?

Y tan grande fué, si es posible, á la que sintió la madre al recibir en sus brazos el cuerpo de su hijo.

Lloraba, reia, se arrojaba á Vivero, á Alonso, y los abrazaba y besaba entre entrecortados sollozos de alegría.

Y bien merecian los dos Guardias estas demostraciones y las muchas oficiales á que despues dió márgen este servicio; porque era de mucha importancia y no menos trascendencia el hecho que desde entonces hace que se recuerde mucho en todo aquel país el nombre de Antonio Vivero Lopez, individuo de la Guardia Civil.

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