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EL CORONEL ESCOBAR

  • Escrito por Redacción


coronel escobar

El coronel Escobar, jefe del tercio urbano de la Guardia Civil destacada en Barcelona, era un hombre de una sola pieza, paradigma de guardia civil a la antigua usanza, de una honradez sin fisuras y de una disciplina sin reservas, tan exigente con los demás como consigo mismo. Y todavía algo más, no sólo se declaraba católico como tantos otros militares sino que era hombre de misa y comunión diaria, tenia incluso hermanos religiosos y religiosas.

Y era en nombre de su sentido de la disciplina y del juramento de fidelidad al Gobierno constituido que, igual como su superior el general Aranguren, jefe de la Guardia Civil en Cataluña, el coronel se había mantenido a las órdenes del Gobierno legítimo, representado en su caso por la Generalitat. De manera que aquella mañana sus hombres siguieron avanzando por la Vía Layetana hasta llegar a la plaza Cataluña, donde los militares sublevados en vista de la resistencia que encontraban se habían hecho fuertes en el hotel Colón.

Había ordenado a su batallón de guardias civiles vestirse con el uniforme de gala del Cuerpo, a sabiendas de que dicha vestimenta resultaba la más elegante y respetada indumentaria militar existente.

El coronel ordenó a sus hombres entrar en el hotel pero, fiel a su estilo, fue el primero en entrar y así gestionó la entrega de los que allí estaban. Y una vez resuelta la situación siguió subiendo por el paseo de Gràcia hasta la iglesia de los Carmelitas, en la Diagonal, donde también se habían encerrado los escuadrones de Caballería salidos del cuartel de Lepanto, militares afines al sublevado Franco.

Pero allí la cosa era más complicada. Los encerrados continuaban disparando y alrededor de la iglesia se congregaban cada vez más civiles, anarquistas que estrenaban las armas que acababan de conseguir con el asalto al cuartel de Atarazanas y dispuestos a llevar adelante la revolución. La resistencia duró un par de días y también en este caso fue el coronel Escobar quien gestionó la rendición.

Pero aquí los que iban saliendo, oficiales sublevados y religiosos residentes en el convento, a pesar de las promesas de Escobar, fueron literalmente machacados.

Es fácil imaginar su decepción y su amargura y no digamos cuando en los días siguientes ardieron todas las iglesias de Barcelona y empezó la caza de los supuestos desafectos empezando por los religiosos. Pero a sus ojos el Gobierno continuaba siendo el Gobierno legítimo y su obligación era mantenerse a sus órdenes luchando contra los sublevados para intentar después restablecer el orden frente a los irresponsables.

De modo que, haciendo de tripas corazón, meses después estaba con fuerzas de la Guardia Civil en el frente de Aragón, al lado de las columnas anarquistas, y allí fue herido en un brazo y estaba convencido de perderlo cuando después de operarle el doctor Trueta se recuperó plenamente. Y entonces ocurrió algo increíble. Pidió a sus superiores permiso para ir a Lourdes a dar gracias a la Virgen. Era difícil negar algo a quien había tenido una intervención tan decisiva a favor de la República, pero el propio Azaña, que fue quien en último término autorizó su viaje, dudaba que regresase. Pero el hecho es que regresó y que inmediatamente el Gobierno le encargó una misión harto delicada.

En Barcelona habían estallado los llamados hechos de mayo, que enfrentaron a la Generalitat y los anarquistas, y el Gobierno español había decidido recuperar el orden público. Él debía trasladarse inmediatamente a Barcelona para tratar de imponer el orden.

Efectivamente, se trasladó a Barcelona y en cuanto llegó empezó a actuar y pocas horas después unos disparos de ametralladora le dejaron gravemente herido. Lógicamente debía haber quedado parapléjico, porque los proyectiles afectaron varias vértebras, pero acabó recuperándose aunque le quedaron fuertes dolores que ya nunca le abandonaron.

Antes había logrado salvar las vidas de todas las monjas de conventos de Barcelona que iban a ser quemados y arrasados por la horda anarquista. Nadie, ni Companys, se habían atrevido a parar a los anarquistas y Escobar lo hizo.

Unos meses después, convaleciente y cercano a los sesenta años, se reincorporó al servicio activo y, promovido a general, asumió el mando del Ejército de Extremadura. Y en este puesto dirigió la última ofensiva que llevó a cabo el Ejército de la República.

Al acabar la guerra, los dirigentes militares y políticos que se encontraban en Catalunya pudieron trasladarse a Francia, pero la zona central era una ratonera de la que sólo se podía salir por aire y, efectivamente, así salieron los principales dirigentes políticos y militares con excepción del general Escobar, que decidió asumir sus responsabilidades al creer que había actuado en todo momento dentro de la legalidad y de acuerdo a su gran sentido del honor, no era hombre para abandonar su puesto, de manera que cuando cesó la contienda él hizo formar sus unidades y se entregó al vencedor al frente de ellas.

De la misma forma en que había renunciado a huir declinó la oferta que le hizo el general Yagüe de facilitarle el paso a Portugal y con soldados que habían estado a sus órdenes fue llevado a Madrid y luego a Barcelona, al castillo de Montjuïc, para ser juzgado por un consejo de guerra.

En el lado nacional abundaban los que no podían perdonar a Escobar que se hubiese puesto mantenido en su puesto y frente de los sublevados. Creían, probablemente con razón, que si la Guardia Civil de Barcelona se hubiese puesto al lado de los sublevados éstos habrían triunfado en Barcelona con lo que tomar Madrid habría sido un juego de pocas cartas.

Aunque había también quien, como el cardenal Segura, hicieron todo lo posible por salvar su vida. Unas gestiones que Escobar rechazaba, porque lo que él quería es que se le juzgase, convencido como estaba de que su razonamiento era impecable: se había mantenido fiel al Gobierno legítimo y no podía admitir que se le acusase de desleal y de traidor.

La mañana de su ejecución pidió que la misa se adelantase lo más posible para que él tuviese tiempo para dar gracias después de la comunión.

El general Escobar (genio y figura hasta la sepultura) al ocupar su puesto frente al piquete dijo al oficial que lo mandaba: “Usted dará las órdenes preventivas y dispararán cuando yo bese el crucifijo que llevo en la mano”, lo que puede parecer una ñoñería piadosa, pero que para él tenía un significado muy preciso.


Un militar puede morir fusilado de formas muy diversas. No es lo mismo que el enemigo, reconociendo su valor, le permita morir siendo él mismo quien dé la orden de disparar. Él iba a morir vestido de paisano pero había logrado variar el significado del acto, el oficial iba a dar órdenes al piquete hasta llegar al “apunten”, pero la decisiva, el “disparen”, la daría él besando el crucifijo.

Así moriría como deseaba morir, como un jefe mandando a sus hombres.

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