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EL BARRANCO DE CASTREJANA - (24 de Noviembre de 1859.)

  • Escrito por Redacción

cuerda-presos

EL BARRANCO DE CASTREJANA - (24 de Noviembre de 1859.)

Nada nos entristece mas, conociendo cuanto trabaja el Guardia Civil por dar feliz cima á sus deberes, que ver como á veces, por unas u otras circunstancias, se hacen inútiles é infructuosos sus trabajos.

Capturado un criminal y puesto bajo el fallo de las leyes, si por imprevisión ó descuido se fuga, los nuevos peligros y fatigas de la segunda captura, debían merecer mayor consideración y por ella gran vigilancia en los empleados de las cárceles.

No así por el descuido de una persona inhábil han de exponerse á peligros imprevistos las vidas de los valientes y honrados; vidas que deben considerarse como muy útiles y evitar por consiguiente los azares á que la poca previsión de un alcaide puede exponerlas injustificadamente y por un descuido muy posible.

Mucho trabaja ya la Guardia Civil por domar á los criminales y conducirlos á las cárceles; y si no se tiene más vigilancia en evitar las nuevas evasiones de los delincuentes oiremos siempre con igual sentimiento de dolor las arduas fatigas y riesgos de muerte de las segundas capturas que se hubieran podido evitar redoblando la vigilancia.

Decimos esto, con la sinceridad con que se dicen las verdades, y porque conviene por entero al relato que va á ocuparnos.

Mas pudiera decirse, pero lo dicho cumple lo bastante á nuestro objeto.

Cortas han sido las frases; sin embargo, mucha confianza tenemos en que no serán enteramente infructuosas.

La cárcel de Amurrio es ó era en 1859, la primera casa del pueblo, entrando por la carretera de Vitoria, al Sur.

Estaba situada en terreno un tanto levantado; pero aunque su exterior indicaba condiciones de solidez, no tenía el edificio ninguna de las recomendadas en los que se destinan á tan importante objeto.

De casa particular que había sido se la habilitó para cárcel, pero á pesar de algunos reparos y reformas, no alcanzó ni con mucho á las circunstancias de seguridad que son de imprescindible necesidad en las cárceles.

Conocido esto no debía dudarse de que una evasión era fácil y no debemos sorprendernos nosotros de que se hubiese verificado.

Más de ocho presos por diversos delitos se evadieron de la citada cárcel en el día con cuya fecha encabezamos esta Crónica.

Eran estos: Pedro López, de 35 años de edad; Cornelio Zornoza, de 41; Francisco Baranda, de 39; José Legarza, de 37; Martin Azcarraga, de 30; Francisco Zabala, de 39; Francisco Sañudo, de 37; y algún otro cuyo nombre no conocemos de un modo seguro.

Todos ellos estaban en la edad viril; en la edad de la reflexión y la fuerza.

Cuando se guardan hombres así, nunca están demás las precauciones, y mayor motivo había para tenerlas en un edificio que no podía dudarse ofrecía por sí muy malas condiciones.

Como era de esperar, los ladrones se fugaron; y para ello proveyéronse de herramientas, que solo se comprende debieron haber entrado en la cárcel por falta de la debida vigilancia.

Escalaron la cárcel; rompieron los tabiques y paredes maestras y salieron al campo sin darse mucha prisa por ocultar sus huellas.

Pronto se supo el suceso y el Sr. Gobernador Civil de la provincia de Álava pasó requisitoria á todos los puestos de la Guardia Civil, tanto de la provincia como de las inmediatas; requisitoria que llegó muy pronto á manos de algunos individuos del 12.° tercio (hoy 13.°) destacados en la provincia de Vizcaya y puesto de la capital.

Estos individuos eran el cabo 1° Jacobo Rabuñal Silveira, comandante del puesto y los Guardias segundos Manuel Figuera García, Francisco Martínez Sarria, Domingo Domínguez González, Antonio Sánchez Calvela, Manuel Torres López y Pedro Díaz Fernández.

Leída la requisitoria, el cabo Rabuñal reúne á sus Guardias y se pone inmediatamente en camino.

El barranco llamado de Castrejana es muy escabroso, está en las inmediaciones de Bilbao y aparece formado por la unión de las bases de dos altos montes.

Grandes rocas son allí abundantes, y ellas unidas á las malezas contribuyen á dar á aquel sitio un aspecto imponente durante la noche, sirviendo al propio tiempo como de guarida la más segura para aquellos que por los azares de su vida tienen algo que ocultar.

En aquel solitario paraje fue donde la Guardia Civil se encontró con los presos fugados de la cárcel de Amurrio.

Estas se hallaban en un pequeño altillo cuando les sorprendieron los Guardias.

Al verles, se arrojaron rápidamente al barranco y parapetándose en las enormes rocas se dispusieron á defenderse.

El cabo Rabuñal, sin perder la calma y teniendo la convicción de que aquellos ocho hombres caerían en su poder, dispone que dos Guardias acometan por el costado izquierdo, otros dos por el centro y él con la pareja restante por el flanco derecho.

Los fugados no quisieron ver más para huir á toda carrera; sin embargo, disparan sobre los Guardias algunos pistoletazos y tiene lugar una pequeña escaramuza; pero viéndose completamente arrollados se lanzan definitivamente en precipitada huida.

Van tras ellos los Guardias; hácense algunos disparos y el cabo Rabuñal hiere gravemente en el muslo derecho al que se llamaba Martin Azcarraga.

Capturan á este, vendan prontamente con un pañuelo su herida y es trasportado en brazos de un Guardia á una casa algo lejana donde se le suministraron los primeros y más urgentes auxilios.

El comentario que hiciéramos á este incidente de la lucha es bien fácil de adivinar.

Herir á un hombre como criminal; vendarle después la herida como desvalido que necesita auxilio; y esto en un mismo tiempo y por una misma mano, son hechos que dicen bastante claro si el Guardia ha comprendido ó no su elevada misión.

Siguen infatigables las huellas de los fugitivos y á los pocos momentos quedan todos en poder de la Guardia Civil.

Son llevados á la casa donde estaba el herido y este al ver llegar á sus compañeros de prisión les dirige la palabra del modo siguiente:

—«Compañeros: estoy herido gravemente y acaso hubiera muerto ya si los mismos que me han herido no me hubiesen salvado después.

»El comportamiento de estos señores, me ha conmovido profundamente.

»Si la honra una vez perdida pudiera recobrarse, yo viviría desde hoy honradamente, porque hoy he conocido y admirado lo que vale la Guardia Civil.

»Nos persiguen porque son honrados y valientes... y nosotros debíamos haber sufrido con paciencia nuestro merecido castigo.»

Los otros fugados oyeron estas palabras con visible emoción, y después de colocado cuidadosamente el herido en un carro fueron todos conducidos á Bilbao, cuya cárcel ofrecía mayores seguridades, calmándose prontamente la alarma causada en todo el país por la fuga de los presos de la cárcel de Amurrio con la captura de todos ellos, llevada á cabo con tanto acierto por el cabo Rabuñal y sus decididos Guardias en el Barranco De Castrejana.

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