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EL ASEDIO AL SANTUARIO DE LA VIRGEN DE LA CABEZA

  • Escrito por Redacción

Santuario

EL ASEDIO AL SANTUARIO DE LA VIRGEN DE LA CABEZA

Por Antonio Extremera Oliván

Introducción

Fracasado el Alzamiento Nacional en la provincia de Jaén, se trasladaron cientos de familiares de la Guardia Civil al Santuario de la Virgen de la Cabeza de Andújar (Jaén), a mediados de agosto de 1936. Su propósito era esperar el final de la contienda o la liberación prometida por los guardias civiles de la Comandancia que habían sido destinados al frente republicano y que, sistemáticamente, se fueron pasando al bando nacional.

Conforme se desvanecía la esperanza de la ansiada liberación, aumentaba el interés del ejército del Frente Popular por la posición, debido a su intención de explotar su conquista con fines propagandísticos. La defensa del Santuario duró más de ocho meses bajo las órdenes del capitán Cortés, cayendo finalmente el 1 de mayo de 1937 después de numerosos combates y acciones heroicas del personal civil y militar asediado.

Inicio del Asedio

En vísperas de la guerra civil, Jaén contaba con una población en torno a 600.000 habitantes, siendo una provincia eminentemente agrícola. La estructura de la propiedad hacía de ella uno de los ejemplos más destacados de la secular crisis del campo español. La opulencia de los ricos hacendados contrastaba con la miseria y hambre de los jornaleros que sólo podían disfrutar del trabajo temporal que daba el campo y del que apenas podían sobrevivir.

El descontento de la clase obrera se reflejaba en una nutrida afiliación sindical, teniendo su reflejo en la militancia en los partidos de izquierda. Ésta acogió de buen grado la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, al pensar que había llegado el momento de la esperada revolución que pusiera fin a la república democrática. De este modo, el clima social se fue radicalizando a lo largo y ancho de la provincia durante la primavera del 36: Alcaudete, Mancha Real, Huesa, Arjonilla, entre otras muchas poblaciones, vieron cómo aumentaban los asaltos a los cortijos, la quema de cosechas y los asesinatos. Esta violencia fue creciendo conforme avanzaba el año, llegando hasta su punto más álgido en la primera quincena del mes de julio.

Por otra parte, la guarnición militar con la que contaba la provincia se basaba esencialmente en la Guardia Civil y el Cuerpo de Seguridad y Asalto, ya que los demás efectivos eran prácticamente testimoniales. La Guardia de Asalto, presente en la capital de la provincia desde el 3 de enero de 1933, estaba constituida por una Compañía formada por 80 hombres bajo el mando del capitán José García Sánchez y que habían sido dirigidos hasta meses antes de la contienda por el capitán de la Guardia Civil José Rodríguez de Cueto, siendo en su mayoría partidarios de secundar la revuelta militar. Por su parte, la Comandancia de la Guardia Civil de Jaén, perteneciente al 18 Tercio de Córdoba, estaba compuesta por 650 hombres distribuidos por los 98 puestos con los que contaba en la provincia y que estaban agrupados en seis compañías (Jaén, Linares, Úbeda, Andújar, Martos y Villacarrillo). Al mando de la Comandancia jiennense se encontraba el teniente coronel Pablo Iglesias Martínez, auxiliado por los comandantes Eduardo Nofuentes e Ismael Navarro. Estos jefes tenían en Jaén un destino reciente, pues buena parte de los mandos militares habían sido trasladados tras las elecciones de febrero de 1936, por lo que desconocían la sensibilidad y pensamientos de los hombres que estaban bajo sus órdenes.

La indecisión de los jefes que dirigían la Comandancia frenó el deseo de la mayor parte de los oficiales y tropa de añadir la provincia a las fuerzas sublevadas. El contacto que los militares rebeldes tenían en Jaén era el capitán de Infantería Eduardo Gallo, adscrito a la caja de reclutamiento y que había comprometido en los días previos al Alzamiento cerca de medio millar de efectivos civiles. Éste contaba con la declaración del Estado de Guerra por parte de la Guardia Civil y la entrega de armas a los paisanos hacia las tres de la tarde del día 18. Pero los titubeos de los mandos de la Benemérita hicieron retrasar la decisión. La última reunión, mantenida en la Comandancia en las últimas horas del mismo día 18, terminó con la clara oposición a la sublevación del teniente coronel Revuelta, gobernador militar de la provincia, y la pasividad del también teniente coronel de la Guardia Civil, Pablo Iglesias. Entretanto, los civiles reclutados esperaban formando pequeños y disimulados grupos el cohete que serviría de contraseña para unirse al Alzamiento militar. En lugar de éste, recibieron la orden de volver a sus casas ante la falta de acuerdo. La sublevación en Jaén había fracasado.

Ante la presión de los gobernantes, el teniente coronel Iglesias dio orden para entregar las armas de los cuarteles a la muchedumbre, siendo desobedecida por algunos puestos, por lo que el diputado socialista Alejandro Peris no dudó en animar a la población a que asaltaran los cuartelillos que se negaran a la entrega. Esta orden ocasionó enfrentamientos en diferentes puntos de la provincia entre la población y la Guardia Civil. Con el fin de evitarlos, se ordenó la concentración de los guardias en la capital. Este repliegue ya se había realizado en la Compañía de Andújar, dirigida por el capitán Antonio Reparaz, y en Úbeda, donde se sumaron los guardias civiles de la tercera Compañía que tenía su cabecera en Linares, evitando los posibles enfrentamientos con la radicalizada población. Esta concentración de las fuerzas del orden dejó a numerosos pueblos de la provincia y sus habitantes a la merced de grupos incontrolados, produciéndose en ellos un auténtico exterminio de los adversarios políticos al verse libres del control de los que tenían la obligación de velar por el orden público.

Pero la concentración de guardias en determinadas ciudades de la provincia fue vista con temor por las autoridades del Frente Popular, dado que podrían servir de catalizador de los que aún confiaban en una sublevación por parte de la Benemérita. Con el paso por la provincia de la columna del general Miaja a finales del mes de julio, comenzó el envío de guardias a los frentes gubernamentales. Así se encuadraron, no sin ciertas tensiones, 80 guardias de los concentrados en Úbeda y 90 más de Andújar con sus respectivos capitanes. En esta ciudad, se puso como condición trasladar a sus familiares, junto a un pequeño grupo de guardias al mando del teniente Ruano, al palacio de Lugar Nuevo. Una vez disueltas las concentraciones en estas ciudades, le tocaba el turno a la capital. A mediados de agosto se enviaron 50 guardias de Jaén al sector de Campillo de Arenas, y días después 150 más, al mando del teniente coronel Iglesias, junto a 500 milicianos, para reforzar el frente de Alcalá la Real. El paso de los primeros a la zona nacional, hizo que el teniente coronel fuera sustituido por el comandante Navarro con el fin de evitar la evasión de los guardias. Pero el plan para pasarse ya estaba ultimado por el capitán Amezcua, llevándolo días después junto a dos oficiales y 132 guardias. El paso de estas unidades aumentó la desconfianza y hostilidad sobre la tropa concentrada que aún quedaba en Jaén y que, junto al millar de presos políticos que abarrotaban tanto la cárcel provincial como la catedral, serían fuerza más que suficiente para hacerse con el control de la ciudad. Para evitar este problema, se enviaron buena parte de los presos a “cárceles más seguras”, en lo que más tarde se llamó “el tren de la muerte”, ya que fueron fusilados en la estación del Tío Raimundo en Madrid. Para las familias de los guardias se propusieron diferentes lugares de la zona republicana, no siendo admitidos por los interesados que pidieron, en cambio, su traslado al Santuario de la Virgen de la Cabeza, cercano a Lugar Nuevo y con capacidad de albergar a toda la población civil gracias a la veintena de casas de cofradías y otras edificaciones que existían en su entorno. De este modo, en la mañana del 18 de agosto salían de la estación de Jaén rumbo a la de Andújar los trenes que transportaban los efectivos.

La ruptura de relaciones

Mientras tanto, los guardias civiles de la columna Miaja retrasaron su ya planeado paso a la zona de Córdoba, hasta que sus compañeros del Santuario se abastecieran de los alimentos necesarios para resistir las pocas semanas que, según sus cálculos, duraría el avance de las tropas nacionales desde Córdoba y su consecuente liberación. El capitán Reparaz, en continuo contacto con el capitán Cortés, cruzó el frente el día 25 de agosto, llevando consigo más de 200 guardias civiles. Entre los guardias que no habían participado en los planes de Reparaz, se encontraban 50 procedentes de Linares que fueron desarmados y enviados en dos camiones primero a Jaén para después dirigirse al Santuario. Ya desde el principio de su estancia en el Santuario, el capitán Cortés había ideado junto al capitán Reparaz, un sistema ante una posible defensa. Ésta consistía en una organización a través de cinco sectores que rodeaban todo el cerro, concediendo especial atención a la zona norte por ser la menos abrupta.

A partir del paso de las tropas de Reparaz a Córdoba, la situación de la población residente en el Santuario se fue complicando por días. Las autoridades de la provincia desconfiaban de la ambigua actitud mostrada por la Guardia Civil, y que, a pesar de las buenas disposiciones que manifestaban, no dejaba lugar a dudas con el paso de más de 400 efectivos de Jaén a la zona nacional. De este modo, el día 9 de septiembre llegó a Andújar Lino Tejada como delegado especial del gobernador civil para conocer exactamente el grado de lealtad de los refugiados en la sierra y disolver el campamento. La actitud intransigente de ambas partes tensó aún más las relaciones, lo que se puso de manifiesto en la escueta carta que el comandante Nofuentes le envió al delegado el 12 de septiembre en la que le decía “tengo demasiados años y categoría para aceptar consejos de usted que para mí nada es ni representa, omitiendo por tanto toda explicación”.

Comenzó así el lanzamiento de octavillas sobre las posiciones con el objeto de minar la moral de los residentes y provocar una reacción de la tropa contra sus jefes. Las proclamas lograron su objetivo al sembrar dudas en buena parte de los refugiados, decidiendo el comandante Nofuentes convocar a los hombres residentes en el Santuario para consultarles sobre la actitud que debían adoptar. En la asamblea, el grupo de paisanos que allí había, crearon un ambiente de entusiasmo hacia la causa nacional, mientras que los guardias quedaron silenciosos en su mayoría. La reunión volvió a celebrarse el día 14 de septiembre. En esta ocasión sólo fueron convocados los guardias civiles. La actitud de permanecer en el lugar no encontró eco entre la mayor parte de los guardias que optaron por la evacuación del reducto. En ese momento, el capitán Cortés daba todo por perdido, mientras en la explanada del cerro se organizaba el traslado del personal del campamento. Con la partida del primer convoy, el capitán vio cómo unas mujeres que estaban en una fuente, eran forzadas a subir a los camiones. Esto hizo que se abalanzara calzada abajo junto a un reducido grupo de seguidores con el fin de paralizar las expediciones. Provistos de sus pistolas reglamentarias, detuvieron a los guardias de Asalto que allí se encontraban. Asimismo, fue detenido a su vuelta el comandante Nofuentes que había partido con el delegado gubernativo para concretar los detalles de la evacuación. A pesar de la actitud del capitán Cortés, continuaron los intentos de disolver el campamento de forma pacífica mediante el lanzamiento de nuevas octavillas con un lenguaje cada vez más agresivo, siendo acompañadas en esta ocasión de bombas de pequeña potencia con intención disuasoria. A esta campaña, se unió el envío de parlamentarios para convencer a los jefes más destacados para que depusieran su actitud.

Entretanto, dentro del campamento se vivían horas de tensión y enfrentamiento. La actitud tomada por el capitán no convencía a un número elevado de guardias. Los que pudieron franquear los puestos de vigilancia establecidos en torno al cerro, desertaron del campamento, contabilizándose el 15 de septiembre 35 guardias civiles evadidos. Esto hacía crecer en el capitán las dudas sobre la lealtad de sus hombres, por lo que dio orden de disparar a todo el que se alejara del perímetro establecido.

La desconfianza entre los jefes y la tropa se extendía también a Lugar Nuevo. De este modo, quiero referirme en este punto a las difíciles relaciones que existieron a lo largo del asedio entre el capitán Cortés y el teniente Ruano que dirigía el destacamento de Lugar Nuevo. Este último, fue destituido a mediados de septiembre y sustituido en su cargo por un brigada. Este dato, hasta ahora desconocido, se desprende del testimonio de Juan Beltrán, tío del teniente, cuando fue a entrevistarse con su sobrino el 17 de septiembre con el fin de hacerle deponer su actitud, lo cual no pudo realizar por hallarse detenido. Este hecho fue confirmado nuevamente por el propio capitán Cortés en el encuentro que mantuvo dos días después con el sargento de la Guardia Civil José Garrido, enviado de las fuerzas republicanas, al contar entre los detenidos al teniente. Este hecho, nos deja ver las relaciones que existieron entre el capitán Cortés y el teniente Ruano a lo largo del asedio. El teniente Ruano estaba en este año de 1936 recién ingresado en el cuerpo de la Guardia Civil y por tanto no existía una relación anterior entre los dos oficiales. Lo primero que nos hace pensar el conocimiento de su detención es que Ruano no aceptó la dirección marcada por el capitán Cortés, pretendiendo continuar como supremo jefe de la posición que el capitán Reparaz le había confiado en Lugar Nuevo, por lo que Cortés lo destituyó por insubordinación. Según el testimonio de los que lo conocieron, Ruano tenía un carácter altanero. De este modo, cuando el Comandante Nofuentes hizo un relato manuscrito sobre el asedio con el fin de ser admitido en la Guardia Nacional Republicana, describe el momento en que se encontró con los oficiales sublevados ya detenidos momentos antes de su evacuación. Respecto al teniente Ruano afirma que “cambió su altivez y orgullo ante mi persona, que llegó naturalmente al desprecio, por pasar delante de mí con la vista baja y la cara llena de vergüenza”. La hipótesis de no subordinarse a la dirección marcada por el capitán en el cerro igualmente toma forma con el repliegue sobre el Santuario realizado en la madrugada del día 12 de abril de 1937 sin previo aviso al capitán Cortés. Los primeros en llegar al Santuario de las más de 200 personas con las que contaba la expedición, lo hicieron hacia las cinco y media de la mañana. El capitán Cortés, que se encontraba en esos momentos en el cementerio dando sepultura a los caídos en la jornada anterior, se quedó estupefacto. Al día siguiente envió un parte a Córdoba comunicando la odisea. El día 14 de abril volvió a referirse a la evacuación en otro parte que nunca llegó a su destino. La paloma que lo llevaba cayó fulminada por los disparos de un miliciano y el mensaje fue entregado al teniente coronel Cordón, jefe militar del Ejército republicano establecido en el Santuario. En el mensaje se mostraba la pesadumbre del capitán por el abandono de Lugar Nuevo, pues empeoraba notablemente la situación de los refugiados en el Santuario. En el comunicado, afirmaba Cortés que “si bien existe una desmoralización en las fuerzas (de Lugar Nuevo), no es a éstas ni a las clases a las que considero responsables del trascendental paso que han dado, sino sólo exclusivamente a la falta de energía del oficial que debió oponerse a ello a toda costa”. El mensaje continúa afirmando que “teniendo en cuenta situación campamento, he dispuesto que las fuerzas y clases empiecen a prestar servicios mezcladas entre las que aquí hay que están animadas de mejor espíritu y al oficial le he dejado sin mando con el fin de que se desimpresione, haciéndose al ambiente de la disciplina”.

Pero volviendo a nuestro relato y disipada toda duda de la actitud rebelde de los campamentos serranos, el delegado gubernativo Lino Tejada consideró concluida y fracasada la misión que se le había encomendado, cesando en su delegación el 25 de septiembre de 1936. Antes de hacerlo, quiso hacer un último intento con el lanzamiento de más de 400 bombas, cada vez de mayor potencia, en los últimos días como responsable. Ahora se hará cargo de la dirección de las operaciones el comandante general de la columna de Andalucía, Hernández Sarabia. Así quedaba oficialmente declarada en rebeldía la población del Santuario y Lugar Nuevo. Una población que se componía en el Santuario de 233 combatientes y 639 mujeres, niños y ancianos; en el palacio de Lugar Nuevo había 85 hombres aptos para el combate y 231 de personal no combatiente. En total existían entre los dos campamentos 318 defensores y una población residente de 870.

El desarrollo del asedio

No es objeto de este trabajo el exponer la marcha pormenorizada del campamento en los 7 meses siguientes a los hechos narrados, por lo que expondré el devenir de los factores más destacados del sitio, prestándole especial atención a las últimas y decisivas jornadas. Sería aventurado y siempre impreciso dar una cifra exacta de los combatientes republicanos que en este momento estaban apostados en el cerro. Pero para hacernos una idea de la situación en el momento de declararse en rebeldía la Guardia Civil de la provincia, podemos afirmar que las fuerzas sitiadoras, bajo las órdenes del capitán de la Compañía de Asalto de Jaén, Agustín Cantón, contaban en este momento inicial con 1.500 personas aproximadamente. En su mayoría eran milicianos, por lo que su efectividad en el campo de batalla era mucho menor que la de los 350 combatientes sitiados. Estas cifras hay que tomarlas con cautela al no existir un registro oficial de fuerzas y porque éstas fueron cambiando a lo largo del asedio. De este modo, respecto a los sitiados, hubo deserciones desde los inicios de las hostilidades. El día 15 de septiembre, al día siguiente del golpe de mano dado por Cortes, eran ya 35 los guardias que habían logrado evadirse delSantuario. Este número decreció durante el desarrollo del asedio, aunque no dejaron de existir casos aislados, aumentando nuevamente en el mes de abril con el recrudecimiento de las acciones bélicas.

También entre las filas republicanas se produjeron deserciones con la intención de unirse a la suerte de los sitiados. Así, el 13 de octubre se incorporaron al Santuario dos sargentos y tres guardias civiles, y el 23 dos guardias de Asalto, comunicando al capitán que había otros 20 compañeros en las líneas enemigas dispuestos a evadirse. Pero conforme pasaba el tiempo la situación de la población del Santuario se agravaba aún más, por lo que Cortés no estaba dispuesto a asumir más personas en el campamento. A partir de noviembre fueron rechazadas las propuestas de evasión del campo republicano. De este modo, el día 2 un cabo y un guardia de Asalto, pasaron a entrevistarse con Cortés y comunicarle que estaban esperando el momento oportuno para pasarse una parte de sus fuerzas al Santuario. Cuando volvieron a entrevistarse un mes más tarde en representación de 50 compañeros, Cortés les disuadió de hacerlo, proponiendo que dirigieran sus esfuerzos en tomar Jaén. Ese mismo día, Cortés acogió a un vecino de Fuencaliente (Ciudad Real) que huía de la persecución que padecía. El día 14, llegaron otros cuatro paisanos de dicha localidad que venían en representación de más de 300 personas de su comarca pidiendo asilo. Cortés no pudo concederles permiso para ingresar en el campamento por la precaria situación en la que vivían y que aún la agravarían más. Y es que desde el mes de septiembre, la situación de la población asediada empeoraba por momentos. El primer objetivo de las fuerzas republicanas fue romper toda comunicación con la zona nacional. Esta se realizaba mediante un receptor de radio debido a que la radio de la Comandancia fue entregada a finales de agosto a las fuerzas republicanas. El receptor se abastecía de electricidad mediante un generador que estaba situado en el lado noreste del templo y que fue uno de los primeros objetivos de las fuerzas leales. Incomunicados, la única esperanza que albergaban los sitiados era la llegada de los 400 guardias civiles de la comandancia de Jaén que habían logrado pasarse a la zona nacional y, que muchos de los cuales, tenían sus familias en el cerro. Pero los planes inmediatos del Ejército sublevado era la conquista de Madrid, lo que hubiera supuesto el final de la contienda. Esto hizo que se desplazara al centro de la península la mayor parte de las fuerzas y que los guardias de Jaén fueran dispersados en diversos frentes. El general Queipo de Llano quedó desprovisto de fuerza suficiente para acometer una rápida conquista del valle del Guadalquivir. Sus mermados efectivos sólo podían avanzar lentamente. A pesar de ello, logró importantes objetivos, como la conquista de Lopera y Porcuna dentro de la denominada “campaña de la aceituna”. La población de Porcuna, visible desde el Santuario, hizo posible la comunicación mediante heliógrafo. Para las comunicaciones secretas, el capitán Cortés utilizaba como método el envío de palomas mensajeras que llevaban sus encriptadas comunicaciones hasta Córdoba desde finales del mes de septiembre. Otro de los principales problemas de los asediados durante los meses que duró el mismo fue el aprovisionamiento de víveres. Estos debían de hacerse por vía aérea desde Córdoba y Sevilla, por lo que tenían que internarse en campo enemigo durante buena parte de su recorrido. Asimismo, el elevado número de personas a las que alimentar (más de 1.000) y lo agreste del terreno dificultaba sobremanera esta labor. En este sentido se ha de destacar la labor realizada por el capitán Carlos Haya. De los 157 servicios de aprovisionamiento realizados al Santuario, el capitán Haya realizó con su Douglas DC-2, 70 de estos auxilios. Gran renovador de la técnica aérea, supo idear sistemas para rentabilizar al máximo la eficacia de sus envíos mediante la utilización de dobles sacos, tubos metálicos e incluso la utilización de pavos para lo más delicado. Su heroísmo en el abastecimiento de los sitiados le valió la concesión de la Laureada de San Fernando, máxima distinción del Ejército español, en septiembre del 42. A pesar de la voluntad de auxiliar a la población asediada con alimentos y medicinas, el sistema era insuficiente para alimentar a un millar de personas. Según los cálculos que realizó el capitán Cortés, se necesitaría diariamente 750 kgr. de pan y 300 más de legumbres o patatas. Ante la imposibilidad de alimentar a toda la población vía aérea, individualmente completaban la escasa ración con animales y frutos silvestres. A medida que pasaron los días, estos alimentos fueron desapareciendo en las inmediaciones del cerro. La situación se complicó aún más con la llegada del invierno, por lo que muchos comenzaron a experimentar con hierbas desconocidas, lo que motivó el envenenamiento del guardia Miguel Chamorro y dos de sus hijas en febrero del 37. Igualmente hay que advertir que, conforme el invierno avanzaba, las enfermedades aumentaron considerablemente debido principalmente a las precarias condiciones en las que vivían y la falta de ropa de abrigo. La población del Santuario se había trasladado desde la capital en pleno mes de agosto con la confianza de que su estancia en el cerro sería corta, por lo que en el básico equipaje que pudieron transportar no había mucho sitio para ropa de abrigo. A esto hay que sumar la destrucción, total o parcial, de aquellas construcciones que los albergaron en el primer momento, debiéndose hacinar en las escasas edificaciones que mantenían su cubrición. Hay que hacer notar que el invierno del 36-37 fue bastante lluvioso, por lo que la falta de vivienda, se convirtió en otro de los graves problemas de los sitiados.

Y es que la aviación y la artillería fueron los protagonistas de los hostigamientos durante todos estos meses. Ya vimos cómo el bombardeo de la posición comenzó desde el inicio del sitio. Si éstos tuvieron al principio la misión de lanzar comunicados a la población para que depusieran su actitud y se enfrentasen a sus jefes, con el lanzamiento de bombas disuasorias, pronto los vuelos se convirtieron en demostraciones de fuerza sobre la población. Ya he hecho mención a los bombardeos que mandó realizar Lino Tejada entre los días 16 y 24 de septiembre con el lanzamiento de más de 400 bombas, utilizando para ello aparatos procedentes de los aeródromos de Baeza, y sobre todo, de Andújar. Estos bombardeos, ocasionaron el primer muerto en combate, el brigada de Carabineros Juan Molina. Su cadáver fue enterrado con la solemnidad que los medios permitían bajo una bandera española bicolor en el improvisado cementerio, siendo el primero en ser inhumado en este lugar que acogería durante el asedio a todos los difuntos. Debido al tiempo y al desarrollo de la guerra, los bombardeos por aire nunca fueron regulares. Tras días de relativa calma, se iniciaban otros de continuo e intenso bombardeo aéreo, reforzado por la artillería. Desde el aire, ningún refugio era seguro para los centenares de personas que ocupaban el cerro. A pesar de la destrucción de inmuebles que realizaba la aviación, fue la artillería republicana la que ocasionaba el mayor hostigamiento de la posición. Las piezas de artillería destacadas en el cerro no siempre se mantuvieron constantes, trasladándose a otros frentes según las necesidades bélicas. El avance de las tropas nacionales del general Queipo de Llano, hizo interpretar a los mandos republicanos que su objetivo era liberar el Santuario, por lo que reforzaron la posición con importantes piezas de artillería. A finales de octubre se instalará una batería de 10’5 junto a la caseta de peones camineros que castigará durante el asedio el lateral norte de la iglesia hasta convertirla en escombros. Tras el fracaso del ataque del día 1 de noviembre, en el que llegaron a participar 9 aviones además de la fusilería y la artillería, se refuerza aún más esta última por el alto grado de rendimiento que se obtiene en la destrucción. El día 5 de noviembre se sitúan dos piezas más de 12’40 en la casa de Orti. A pesar de cumplir con su función, estas se ven insuficientes para una toma rápida de la posición, por lo que el día 9 de noviembre llegó una nueva batería de 7’5 para redoblar el castigo artillero. Un despliegue de medios desproporcionado frente a los sitiados que tan sólo contaban con fusiles. De los duros ataques de noviembre, las fuerzas republicanas sólo pudieron ocupar escasas avanzadillas, produciéndose, en las dos primeras semanas del mes más de una veintena de muertos entre los asediados. Pobres resultados para la demostración de fuerza realizada y la población que se trataba de reducir. Lo que sí puso de manifiesto fue que, para tomar la posición, era necesario neutralizar previamente el cerro que ocupaba la cuarta sección.

Pero las necesidades de otros frentes hicieron que se redujeran los dispositivos allí desplazados. De este modo, en enero del 37 la tropa republicana destacada en el Santuario se componía de 2 capitanes, 4 tenientes, 8 suboficiales, 185 milicianos y un capitán con 240 guardias de Asalto. Asimismo la artillería quedó reducida a una batería de 11,5.

Hacia el combate final

El Santuario no poseía interés estratégico para ninguno de los bandos combatientes al estar aislado en Sierra Morena, a más de treinta kilómetros de Andújar, con la que lo unía una carretera sin asfaltar que terminaba en el cerro. Además se conocía la población allí residente, compuesta en su mayoría por personal civil, siendo el grupo de combatientes numéricamente escaso e insuficiente como protagonizar ningún hostigamiento a la ciudad de Andújar o cualquier otra posición republicana. Cabe pues preguntarse qué interés suscitaba este enclave para el bando republicano. Para entender el interés de unos y otros por hacerse con el Santuario hay que tener en cuenta que el desenlace obtenido en el Alcázar de Toledo y el uso propagandístico que de él hizo el Ejército sublevado fue motivo más que suficiente para tratar de contrarrestarlo con la toma definitiva de la posición del Santuario. A esto habría que añadir, la difusión que estaba tomando la odisea vivida entre aquellos riscos en la prensa nacional e internacional, por lo que la finalización del mismo podía ser explotada como propaganda. Desde este punto de vista, quiero llamar la atención sobre las palabras del historiador británico Hugh Thomas que afirmó que “más aún que las defensas del Alcázar y de Oviedo, que terminaron felizmente, (el asedio al Santuario) había ganado la admiración de los españoles de todos los bandos”. A esto habría que añadir que en este mes de marzo, el Ejército republicano había cosechado una importante victoria militar en Guadalajara frente a las tropas italianas que trataban de hacerse con la ciudad. Este hecho sirvió para insuflar ánimo a sus combatientes que hasta este momento de la guerra sólo habían visto retroceder sus posiciones. Dentro de este ambiente de optimismo, el Ejército republicano deseaba sumar esta nueva conquista que, más que por su valor estratégico, se convertiría en símbolo de la eficacia de la nueva organización militar que se había producido en los primeros meses del año con la creación primero de las Brigadas Mixtas y más tarde de las Divisiones, y con el nombramiento del coronel Gaspar Morales como jefe del Ejército de Andalucía. Será a partir del mes de marzo cuando comienza a estudiarse entre los mandos republicanos la idea de terminar definitivamente con el Santuario, reforzando aún más el cerco tanto con nuevas piezas de artillería como de personal combatiente, apuntándose por primera vez la idea de trasladar una unidad de tanques. El día 24 se le comunicó al teniente coronel Gazzolo que “el Ministro encarga con particular interés que se liquide el asunto de Santa María de la Cabeza”. Como primera medida se reforzará el uso del denominado “altavoz del frente” con el fin de desmoralizar a la castigada población asediada. Ante él hablarían a los sitiados corresponsales extranjeros, poetas, artistas, comisarios políticos, evadidos y presos pidiendo la rendición de la posición.

Una de las primeras consecuencias del funcionamiento del altavoz fue la deserción de cuatro guardias y un paisano de Lugar Nuevo con la intención de pasarse al bando nacional, aunque con tan mala fortuna que fueron apresados. Sus declaraciones mostraron al Ejército contrario la desmoralización que existía en el campamento del palacio. Conocido el desánimo de esta tropa, el capitán Cortés reforzó dicha posición con el envío de 14 guardias civiles del Santuario con el fin de elevar la moral de los combatientes. El envío de nuevos efectivos republicanos comenzó a sentirse desde los primeros días del mes de abril. Aumentando considerablemente hasta la definitiva toma de la posición el 1 de mayo. Es difícil calcular el número de milicianos destinados a la toma del Santuario en este último mes de enfrentamientos. Las cifras varían según las fuentes que se utilicen y que van desde los 6.000 hombres propuestos por Antonio Cordón, hasta los 12.000 que plantean algunos escritores de la postguerra. Buscando un equilibrio entre las mismas, la mayoría de los autores proponen entre 8.000 y 10.000 soldados, cifras más que desproporcionadas para la población asediada. Asimismo los sitiadores se reforzaron con una Compañía de tanques compuesta de 10 ó 12 carros y que fueron los protagonistas de la última jornada de asedio. Se trataba del carro de infantería T-26 B que tan buenos resultados había cosechado en las batallas de Seseña y Guadalajara. De fabricación rusa, el T-26 B contaba con un cañón de 37 mm., el más versátil de aquellos momentos, y una ametralladora coaxial. El día 17 de abril arreciaron los ataques, comenzando a bombardear de forma continua incluso por la noche. Ese día, se contaron 37 muertos entre los sitiados. Pero será dos días más tarde, el 19 de abril, cuando los tanques comiencen su actividad. El ataque de ese día se inició a las dos de la madrugada con fuego intenso. A las 7 de la mañana ya eran 16 las víctimas mortales entre los defensores. Con la primera luz del día los tanques comenzaron su marcha. Primero ocupan los muros de tres casas, para encaminar su rumbo hacia la calzada de ascenso. La intervención de la aviación nacional y el valor de los defensores, frustraron el despliegue de los carros, inutilizando dos de los seis que participaron en la operación. A pesar del optimismo que el enfrentamiento de esta jornada dio a ambos bandos, la situación de los defensores era insostenible. El aumento de los ataques y la reducción del cerco hacían inaguantable por muchos días aquella situación.

Así lo entendió el general Franco que a estas alturas de abril contactó con la Cruz Roja Internacional para que intercediera en la evacuación de las mujeres y los niños del Santuario, y garantizara sus vidas. Así se lo trasladó Queipo de Llano a Cortés. Ante los titubeos de éste, el general insiste y ordena el cumplimiento de la orden de evacuación, apuntando la idea de que una vez realizada, podrían aprovechar la oscuridad nocturna para intentar alcanzar las líneas nacionales. A las 9 de la noche, se anunció por el altavoz la llegada de los representantes de la Cruz Roja. Los mandos republicanos no dieron permiso para que fueran hasta el Santuario, por lo que pidieron por el altavoz que una delegación de sitiados se reunieran con ellos. Entre las condiciones pactadas se encontraba que los evacuados salieran hacia zona nacional en grupos de 40, no saliendo otro convoy hasta que el anterior hubiera llegado a su destino y comunicado por heliógrafo desde Porcuna.

Estas condiciones no fueron aceptadas por el teniente coronel Cordón, exigiendo que los evacuados fueran llevados a zona republicana. El gobierno de Valencia fue aún más radical, pues el ministro Largo Caballero ordenó que no se admitiera ninguna evacuación si no iba precedida de la rendición incondicional de los combatientes, dejando expresada su intención de sancionar al coronel Morales si no cumplía la orden. El 25 de abril Cortés envió a dos parlamentarios a entrevistarse con los delegados de Cruz Roja. Al no aceptar las condiciones establecidas, quedaron rotas las negociaciones. Como último recurso, el general Franco contactó de nuevo con la Cruz Roja para evacuar a las mujeres y niños del Santuario. Estos permanecerían agrupados hasta que se concertara un canje de prisioneros con el gobierno de Valencia. Pero este último intento no llegó a realizarse, por lo que la población del Santuario se preparó para el ataque definitivo.

La toma definitiva

A las cuatro y media de la madrugada del 1 de mayo, se inició el fuego de artillería sobre la posición. Hacia las seis comenzaron a movilizarse los tanques. El plan, expuesto por el teniente coronel Cordón, consistía, según sus palabras, en “un ataque frontal realizado por la casi totalidad de las fuerzas y medios con que podamos contar, y un ataque auxiliar demostrativo para fijar alguna fuerza a los sitiados”. De este modo, parte de los efectivos se destinaron a atacar las secciones I, III y V con el fin de fijar los combatientes que había en ellas, mientras que los tanques avanzaron hasta la explanada donde se iniciaba la calzada para batir por la retaguardia la sección II y IV. La noticia de la caída de la sección IV tras un duro enfrentamiento llegó al capitán Cortés mientras, fusil en mano, defendía los muros del destruido Santuario. Él como nadie sabía que la pérdida de esta posición era la antesala de la caída de todo el campamento, por lo que a partir de conocer esta noticia, adoptó una actitud desafiante ante el peligro, exponiéndose sobremanera al fuego enemigo. Parecía con su comportamiento que había decidido morir entre aquellos riscos. Y así prácticamente sucedió. En las primeras horas de la tarde, fue alcanzado por la metralla de una granada de artillería que lo herirá gravemente en el vientre. No satisfecho con ello, pedirá agua insistentemente a sus acompañantes para acelerar su muerte mientras las tropas republicanas tomaban las posiciones del recinto.

Una vez concentrados en la lonja del Santuario los combatientes, se procedió a la evacuación de todo el personal: las mujeres y los niños se mandaron concentrar en la explanada al pie del cerro, mientras que los combatientes fueron conducidos a la casa de peones camineros. Mientras que esperaban la evacuación, el alférez Carbonell contó los hombres ilesos: 42 combatientes. A lo largo de la carretera se fueron situando las camillas de los heridos, para ser examinados por los médicos que establecían el orden de evacuación según su gravedad. En la primera ambulancia que se improvisó, se trasladó al capitán Cortés, dos milicianos y la hija del brigada Jiménez que llegó cadáver al hospital de sangre establecido en las Viñas de Peñallana. La ambulancia llegó a su destino hacia las 8 de la tarde, siendo interrogado el capitán y sometido durante la noche a una operación quirúrgica por el doctor Santos Laguna.

Al día siguiente, 2 de mayo, poco después del mediodía, moría el capitán como consecuencia de sus heridas. El resto de combatientes fueron conducidos al antiguo cuartel de la Guardia Civil en Andújar, hoy casa de la cultura, primero, para trasladarlos al día siguiente hasta el presidio de San Miguel de los Reyes en Valencia, donde permanecieron buena parte de ellos hasta su liberación por las fuerzas del general Aranda el 29 de marzo del 39. La población civil, fue llevada hasta el Viso del Marqués en donde quedó alojada en un primer momento en el palacio del marqués de Santa Cruz y, pocos días después, entre las familias de esta población, recibiendo un trato amable por parte del vecindario.

Con esto se pone fin al relato de los hechos llevados a cabo durante los cerca de los nueve meses que duró el asedio al Santuario. Acciones que ponen de relieve el sacrificio y heroísmo de sus protagonistas, mostrándonos a la par el dramatismo y la sinrazón del enfrentamiento entre hermanos que supuso la última Guerra Civil en España.

Por Antonio Extremera Oliván

EL ASEDIO AL SANTUARIO DE LA VIRGEN DE LA CABEZA

Por Antonio Extremera Oliván

Introducción

Fracasado el Alzamiento Nacional en la provincia de Jaén, se trasladaron cientos de familiares de la Guardia Civil al Santuario de la Virgen de la Cabeza de Andújar (Jaén), a mediados de agosto de 1936. Su propósito era esperar el final de la contienda o la liberación prometida por los guardias civiles de la Comandancia que habían sido destinados al frente republicano y que, sistemáticamente, se fueron pasando al bando nacional.

Conforme se desvanecía la esperanza de la ansiada liberación, aumentaba el interés del ejército del Frente Popular por la posición, debido a su intención de explotar su conquista con fines propagandísticos. La defensa del Santuario duró más de ocho meses bajo las órdenes del capitán Cortés, cayendo finalmente el 1 de mayo de 1937 después de numerosos combates y acciones heroicas del personal civil y militar asediado.

Inicio del Asedio

En vísperas de la guerra civil, Jaén contaba con una población en torno a 600.000 habitantes, siendo una provincia eminentemente agrícola. La estructura de la propiedad hacía de ella uno de los ejemplos más destacados de la secular crisis del campo español. La opulencia de los ricos hacendados contrastaba con la miseria y hambre de los jornaleros que sólo podían disfrutar del trabajo temporal que daba el campo y del que apenas podían sobrevivir.

El descontento de la clase obrera se reflejaba en una nutrida afiliación sindical, teniendo su reflejo en la militancia en los partidos de izquierda. Ésta acogió de buen grado la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, al pensar que había llegado el momento de la esperada revolución que pusiera fin a la república democrática. De este modo, el clima social se fue radicalizando a lo largo y ancho de la provincia durante la primavera del 36: Alcaudete, Mancha Real, Huesa, Arjonilla, entre otras muchas poblaciones, vieron cómo aumentaban los asaltos a los cortijos, la quema de cosechas y los asesinatos. Esta violencia fue creciendo conforme avanzaba el año, llegando hasta su punto más álgido en la primera quincena del mes de julio.

Por otra parte, la guarnición militar con la que contaba la provincia se basaba esencialmente en la Guardia Civil y el Cuerpo de Seguridad y Asalto, ya que los demás efectivos eran prácticamente testimoniales. La Guardia de Asalto, presente en la capital de la provincia desde el 3 de enero de 1933, estaba constituida por una Compañía formada por 80 hombres bajo el mando del capitán José García Sánchez y que habían sido dirigidos hasta meses antes de la contienda por el capitán de la Guardia Civil José Rodríguez de Cueto, siendo en su mayoría partidarios de secundar la revuelta militar. Por su parte, la Comandancia de la Guardia Civil de Jaén, perteneciente al 18 Tercio de Córdoba, estaba compuesta por 650 hombres distribuidos por los 98 puestos con los que contaba en la provincia y que estaban agrupados en seis compañías (Jaén, Linares, Úbeda, Andújar, Martos y Villacarrillo). Al mando de la Comandancia jiennense se encontraba el teniente coronel Pablo Iglesias Martínez, auxiliado por los comandantes Eduardo Nofuentes e Ismael Navarro. Estos jefes tenían en Jaén un destino reciente, pues buena parte de los mandos militares habían sido trasladados tras las elecciones de febrero de 1936, por lo que desconocían la sensibilidad y pensamientos de los hombres que estaban bajo sus órdenes.

La indecisión de los jefes que dirigían la Comandancia frenó el deseo de la mayor parte de los oficiales y tropa de añadir la provincia a las fuerzas sublevadas. El contacto que los militares rebeldes tenían en Jaén era el capitán de Infantería Eduardo Gallo, adscrito a la caja de reclutamiento y que había comprometido en los días previos al Alzamiento cerca de medio millar de efectivos civiles. Éste contaba con la declaración del Estado de Guerra por parte de la Guardia Civil y la entrega de armas a los paisanos hacia las tres de la tarde del día 18. Pero los titubeos de los mandos de la Benemérita hicieron retrasar la decisión. La última reunión, mantenida en la Comandancia en las últimas horas del mismo día 18, terminó con la clara oposición a la sublevación del teniente coronel Revuelta, gobernador militar de la provincia, y la pasividad del también teniente coronel de la Guardia Civil, Pablo Iglesias. Entretanto, los civiles reclutados esperaban formando pequeños y disimulados grupos el cohete que serviría de contraseña para unirse al Alzamiento militar. En lugar de éste, recibieron la orden de volver a sus casas ante la falta de acuerdo. La sublevación en Jaén había fracasado.

Ante la presión de los gobernantes, el teniente coronel Iglesias dio orden para entregar las armas de los cuarteles a la muchedumbre, siendo desobedecida por algunos puestos, por lo que el diputado socialista Alejandro Peris no dudó en animar a la población a que asaltaran los cuartelillos que se negaran a la entrega. Esta orden ocasionó enfrentamientos en diferentes puntos de la provincia entre la población y la Guardia Civil. Con el fin de evitarlos, se ordenó la concentración de los guardias en la capital. Este repliegue ya se había realizado en la Compañía de Andújar, dirigida por el capitán Antonio Reparaz, y en Úbeda, donde se sumaron los guardias civiles de la tercera Compañía que tenía su cabecera en Linares, evitando los posibles enfrentamientos con la radicalizada población. Esta concentración de las fuerzas del orden dejó a numerosos pueblos de la provincia y sus habitantes a la merced de grupos incontrolados, produciéndose en ellos un auténtico exterminio de los adversarios políticos al verse libres del control de los que tenían la obligación de velar por el orden público.

Pero la concentración de guardias en determinadas ciudades de la provincia fue vista con temor por las autoridades del Frente Popular, dado que podrían servir de catalizador de los que aún confiaban en una sublevación por parte de la Benemérita. Con el paso por la provincia de la columna del general Miaja a finales del mes de julio, comenzó el envío de guardias a los frentes gubernamentales. Así se encuadraron, no sin ciertas tensiones, 80 guardias de los concentrados en Úbeda y 90 más de Andújar con sus respectivos capitanes. En esta ciudad, se puso como condición trasladar a sus familiares, junto a un pequeño grupo de guardias al mando del teniente Ruano, al palacio de Lugar Nuevo. Una vez disueltas las concentraciones en estas ciudades, le tocaba el turno a la capital. A mediados de agosto se enviaron 50 guardias de Jaén al sector de Campillo de Arenas, y días después 150 más, al mando del teniente coronel Iglesias, junto a 500 milicianos, para reforzar el frente de Alcalá la Real. El paso de los primeros a la zona nacional, hizo que el teniente coronel fuera sustituido por el comandante Navarro con el fin de evitar la evasión de los guardias. Pero el plan para pasarse ya estaba ultimado por el capitán Amezcua, llevándolo días después junto a dos oficiales y 132 guardias. El paso de estas unidades aumentó la desconfianza y hostilidad sobre la tropa concentrada que aún quedaba en Jaén y que, junto al millar de presos políticos que abarrotaban tanto la cárcel provincial como la catedral, serían fuerza más que suficiente para hacerse con el control de la ciudad. Para evitar este problema, se enviaron buena parte de los presos a “cárceles más seguras”, en lo que más tarde se llamó “el tren de la muerte”, ya que fueron fusilados en la estación del Tío Raimundo en Madrid. Para las familias de los guardias se propusieron diferentes lugares de la zona republicana, no siendo admitidos por los interesados que pidieron, en cambio, su traslado al Santuario de la Virgen de la Cabeza, cercano a Lugar Nuevo y con capacidad de albergar a toda la población civil gracias a la veintena de casas de cofradías y otras edificaciones que existían en su entorno. De este modo, en la mañana del 18 de agosto salían de la estación de Jaén rumbo a la de Andújar los trenes que transportaban los efectivos.

 

La ruptura de relaciones

Mientras tanto, los guardias civiles de la columna Miaja retrasaron su ya planeado paso a la zona de Córdoba, hasta que sus compañeros del Santuario se abastecieran de los alimentos necesarios para resistir las pocas semanas que, según sus cálculos, duraría el avance de las tropas nacionales desde Córdoba y su consecuente liberación. El capitán Reparaz, en continuo contacto con el capitán Cortés, cruzó el frente el día 25 de agosto, llevando consigo más de 200 guardias civiles. Entre los guardias que no habían participado en los planes de Reparaz, se encontraban 50 procedentes de Linares que fueron desarmados y enviados en dos camiones primero a Jaén para después dirigirse al Santuario. Ya desde el principio de su estancia en el Santuario, el capitán Cortés había ideado junto al capitán Reparaz, un sistema ante una posible defensa. Ésta consistía en una organización a través de cinco sectores que rodeaban todo el cerro, concediendo especial atención a la zona norte por ser la menos abrupta.

A partir del paso de las tropas de Reparaz a Córdoba, la situación de la población residente en el Santuario se fue complicando por días. Las autoridades de la provincia desconfiaban de la ambigua actitud mostrada por la Guardia Civil, y que, a pesar de las buenas disposiciones que manifestaban, no dejaba lugar a dudas con el paso de más de 400 efectivos de Jaén a la zona nacional. De este modo, el día 9 de septiembre llegó a Andújar Lino Tejada como delegado especial del gobernador civil para conocer exactamente el grado de lealtad de los refugiados en la sierra y disolver el campamento. La actitud intransigente de ambas partes tensó aún más las relaciones, lo que se puso de manifiesto en la escueta carta que el comandante Nofuentes le envió al delegado el 12 de septiembre en la que le decía “tengo demasiados años y categoría para aceptar consejos de usted que para mí nada es ni representa, omitiendo por tanto toda explicación”.

Comenzó así el lanzamiento de octavillas sobre las posiciones con el objeto de minar la moral de los residentes y provocar una reacción de la tropa contra sus jefes. Las proclamas lograron su objetivo al sembrar dudas en buena parte de los refugiados, decidiendo el comandante Nofuentes convocar a los hombres residentes en el Santuario para consultarles sobre la actitud que debían adoptar. En la asamblea, el grupo de paisanos que allí había, crearon un ambiente de entusiasmo hacia la causa nacional, mientras que los guardias quedaron silenciosos en su mayoría. La reunión volvió a celebrarse el día 14 de septiembre. En esta ocasión sólo fueron convocados los guardias civiles. La actitud de permanecer en el lugar no encontró eco entre la mayor parte de los guardias que optaron por la evacuación del reducto. En ese momento, el capitán Cortés daba todo por perdido, mientras en la explanada del cerro se organizaba el traslado del personal del campamento. Con la partida del primer convoy, el capitán vio cómo unas mujeres que estaban en una fuente, eran forzadas a subir a los camiones. Esto hizo que se abalanzara calzada abajo junto a un reducido grupo de seguidores con el fin de paralizar las expediciones. Provistos de sus pistolas reglamentarias, detuvieron a los guardias de Asalto que allí se encontraban. Asimismo, fue detenido a su vuelta el comandante Nofuentes que había partido con el delegado gubernativo para concretar los detalles de la evacuación. A pesar de la actitud del capitán Cortés, continuaron los intentos de disolver el campamento de forma pacífica mediante el lanzamiento de nuevas octavillas con un lenguaje cada vez más agresivo, siendo acompañadas en esta ocasión de bombas de pequeña potencia con intención disuasoria. A esta campaña, se unió el envío de parlamentarios para convencer a los jefes más destacados para que depusieran su actitud.

Entretanto, dentro del campamento se vivían horas de tensión y enfrentamiento. La actitud tomada por el capitán no convencía a un número elevado de guardias. Los que pudieron franquear los puestos de vigilancia establecidos en torno al cerro, desertaron del campamento, contabilizándose el 15 de septiembre 35 guardias civiles evadidos. Esto hacía crecer en el capitán las dudas sobre la lealtad de sus hombres, por lo que dio orden de disparar a todo el que se alejara del perímetro establecido.

La desconfianza entre los jefes y la tropa se extendía también a Lugar Nuevo. De este modo, quiero referirme en este punto a las difíciles relaciones que existieron a lo largo del asedio entre el capitán Cortés y el teniente Ruano que dirigía el destacamento de Lugar Nuevo. Este último, fue destituido a mediados de septiembre y sustituido en su cargo por un brigada. Este dato, hasta ahora desconocido, se desprende del testimonio de Juan Beltrán, tío del teniente, cuando fue a entrevistarse con su sobrino el 17 de septiembre con el fin de hacerle deponer su actitud, lo cual no pudo realizar por hallarse detenido. Este hecho fue confirmado nuevamente por el propio capitán Cortés en el encuentro que mantuvo dos días después con el sargento de la Guardia Civil José Garrido, enviado de las fuerzas republicanas, al contar entre los detenidos al teniente. Este hecho, nos deja ver las relaciones que existieron entre el capitán Cortés y el teniente Ruano a lo largo del asedio. El teniente Ruano estaba en este año de 1936 recién ingresado en el cuerpo de la Guardia Civil y por tanto no existía una relación anterior entre los dos oficiales. Lo primero que nos hace pensar el conocimiento de su detención es que Ruano no aceptó la dirección marcada por el capitán Cortés, pretendiendo continuar como supremo jefe de la posición que el capitán Reparaz le había confiado en Lugar Nuevo, por lo que Cortés lo destituyó por insubordinación. Según el testimonio de los que lo conocieron, Ruano tenía un carácter altanero. De este modo, cuando el Comandante  Nofuentes hizo un relato manuscrito sobre el asedio con el fin de ser admitido en la Guardia Nacional Republicana, describe el momento en que se encontró con los oficiales sublevados ya detenidos momentos antes de su evacuación. Respecto al teniente Ruano afirma que “cambió su altivez y orgullo ante mi persona, que llegó naturalmente al desprecio, por pasar delante de mí con la vista baja y la cara llena de vergüenza”. La hipótesis de no subordinarse a la dirección marcada por el capitán en el cerro igualmente toma forma con el repliegue sobre el Santuario realizado en la madrugada del día 12 de abril de 1937 sin previo aviso al capitán Cortés. Los primeros en llegar al Santuario de las más de 200 personas con las que contaba la expedición, lo hicieron hacia las cinco y media de la mañana. El capitán Cortés, que se encontraba en esos momentos en el cementerio dando sepultura a los caídos en la jornada anterior, se quedó estupefacto. Al día siguiente envió un parte a Córdoba comunicando la odisea. El día 14 de abril volvió a referirse a la evacuación en otro parte que nunca llegó a su destino. La paloma que lo llevaba cayó fulminada por los disparos de un miliciano y el mensaje fue entregado al teniente coronel Cordón, jefe militar del Ejército republicano establecido en el Santuario. En el mensaje se mostraba la pesadumbre del capitán por el abandono de Lugar Nuevo, pues empeoraba notablemente la situación de los refugiados en el Santuario. En el comunicado, afirmaba Cortés que “si bien existe una desmoralización en las fuerzas (de Lugar Nuevo), no es a éstas ni a las clases a las que considero responsables del trascendental paso que han dado, sino sólo exclusivamente a la falta de energía del oficial que debió oponerse a ello a toda costa”. El mensaje continúa afirmando que “teniendo en cuenta situación campamento, he dispuesto que las fuerzas y clases empiecen a prestar servicios mezcladas entre las que aquí hay que están animadas de mejor espíritu y al oficial le he dejado sin mando con el fin de que se desimpresione, haciéndose al ambiente de la disciplina”.

Pero volviendo a nuestro relato y disipada toda duda de la actitud rebelde de los campamentos serranos, el delegado gubernativo Lino Tejada consideró concluida y fracasada la misión que se le había encomendado, cesando en su delegación el 25 de septiembre de 1936. Antes de hacerlo, quiso hacer un último intento con el lanzamiento de más de 400 bombas, cada vez de mayor potencia, en los últimos días como responsable. Ahora se hará cargo de la dirección de las operaciones el comandante general de la columna de Andalucía, Hernández Sarabia. Así quedaba oficialmente declarada en rebeldía la población del Santuario y Lugar Nuevo. Una población que se componía en el Santuario de 233 combatientes y 639 mujeres, niños y ancianos; en el palacio de Lugar Nuevo había 85 hombres aptos para el combate y 231 de personal no combatiente. En total existían entre los dos campamentos 318 defensores y una población residente de 870.

 

El desarrollo del asedio

No es objeto de este trabajo el exponer la marcha pormenorizada del campamento en los 7 meses siguientes a los hechos narrados, por lo que expondré el devenir de los factores más destacados del sitio, prestándole especial atención a las últimas y decisivas jornadas. Sería aventurado y siempre impreciso dar una cifra exacta de los combatientes republicanos que en este momento estaban apostados en el cerro. Pero para hacernos una idea de la situación en el momento de declararse en rebeldía la Guardia Civil de la provincia, podemos afirmar que las fuerzas sitiadoras, bajo las órdenes del capitán de la Compañía de Asalto de Jaén, Agustín Cantón, contaban en este momento inicial con 1.500 personas aproximadamente. En su mayoría eran milicianos, por lo que su efectividad en el campo de batalla era mucho menor que la de los 350 combatientes sitiados. Estas cifras hay que tomarlas con cautela al no existir un registro oficial de fuerzas y porque éstas fueron cambiando a lo largo del asedio. De este modo, respecto a los sitiados, hubo deserciones desde los inicios de las hostilidades. El día 15 de septiembre, al día siguiente del golpe de mano dado por Cortes, eran ya 35 los guardias que habían logrado evadirse delSantuario. Este número decreció durante el desarrollo del asedio, aunque no dejaron de existir casos aislados, aumentando nuevamente en el mes de abril con el recrudecimiento de las acciones bélicas.

También entre las filas republicanas se produjeron deserciones con la intención de unirse a la suerte de los sitiados. Así, el 13 de octubre se incorporaron al Santuario dos sargentos y tres guardias civiles, y el 23 dos guardias de Asalto, comunicando al capitán que había otros 20 compañeros en las líneas enemigas dispuestos a evadirse. Pero conforme pasaba el tiempo la situación de la población del Santuario se agravaba aún más, por lo que Cortés no estaba dispuesto a asumir más personas en el campamento. A partir de noviembre fueron rechazadas las propuestas de evasión del campo republicano. De este modo, el día 2 un cabo y un guardia de Asalto, pasaron a entrevistarse con Cortés y comunicarle que estaban esperando el momento oportuno para pasarse una parte de sus fuerzas al Santuario. Cuando volvieron a entrevistarse un mes más tarde en representación de 50 compañeros, Cortés les disuadió de hacerlo, proponiendo que dirigieran sus esfuerzos en tomar Jaén. Ese mismo día, Cortés acogió a un vecino de Fuencaliente (Ciudad Real) que huía de la persecución que padecía. El día 14, llegaron otros cuatro paisanos de dicha localidad que venían en representación de más de 300 personas de su comarca pidiendo asilo. Cortés no pudo concederles permiso para ingresar en el campamento por la precaria situación en la que vivían y que aún la agravarían más. Y es que desde el mes de septiembre, la situación de la población asediada empeoraba por momentos. El primer objetivo de las fuerzas republicanas fue romper toda comunicación con la zona nacional. Esta se realizaba mediante un receptor de radio debido a que la radio de la Comandancia fue entregada a finales de agosto a las fuerzas republicanas. El receptor se abastecía de electricidad mediante un generador que estaba situado en el lado noreste del templo y que fue uno de los primeros objetivos de las fuerzas leales. Incomunicados, la única esperanza que albergaban los sitiados era la llegada de los 400 guardias civiles de la comandancia de Jaén que habían logrado pasarse a la zona nacional y, que muchos de los cuales, tenían sus familias en el cerro. Pero los planes inmediatos del Ejército sublevado era la conquista de Madrid, lo que hubiera supuesto el final de la contienda. Esto hizo que se desplazara al centro de la península la mayor parte de las fuerzas y que los guardias de Jaén fueran dispersados en diversos frentes. El general Queipo de Llano quedó desprovisto de fuerza suficiente para acometer una rápida conquista del valle del Guadalquivir. Sus mermados efectivos sólo podían avanzar lentamente. A pesar de ello, logró importantes objetivos, como la conquista de Lopera y Porcuna dentro de la denominada “campaña de la aceituna”. La población de Porcuna, visible desde el Santuario, hizo posible la comunicación mediante heliógrafo. Para las comunicaciones secretas, el capitán Cortés utilizaba como método el envío de palomas mensajeras que llevaban sus encriptadas comunicaciones hasta Córdoba desde finales del mes de septiembre. Otro de los principales problemas de los asediados durante los meses que duró el mismo fue el aprovisionamiento de víveres. Estos debían de hacerse por vía aérea desde Córdoba y Sevilla, por lo que tenían que internarse en campo enemigo durante buena parte de su recorrido. Asimismo, el elevado número de personas a las que alimentar (más de 1.000) y lo agreste del terreno dificultaba sobremanera esta labor. En este sentido se ha de destacar la labor realizada por el capitán Carlos Haya. De los 157 servicios de aprovisionamiento realizados al Santuario, el capitán Haya realizó con su Douglas DC-2, 70 de estos auxilios. Gran renovador de la técnica aérea, supo idear sistemas para rentabilizar al máximo la eficacia de sus envíos mediante la utilización de dobles sacos, tubos metálicos e incluso la utilización de pavos para lo más delicado. Su heroísmo en el abastecimiento de los sitiados le valió la concesión de la Laureada de San Fernando, máxima distinción del Ejército español, en septiembre del 42. A pesar de la voluntad de auxiliar a la población asediada con alimentos y medicinas, el sistema era insuficiente para alimentar a un millar de personas. Según los cálculos que realizó el capitán Cortés, se necesitaría diariamente 750 kgr. de pan y 300 más de legumbres o patatas. Ante la imposibilidad de alimentar a toda la población vía aérea, individualmente completaban la escasa ración con animales y frutos silvestres. A medida que pasaron los días, estos alimentos fueron desapareciendo en las inmediaciones del cerro. La situación se complicó aún más con la llegada del invierno, por lo que muchos comenzaron a experimentar con hierbas desconocidas, lo que motivó el envenenamiento del guardia Miguel Chamorro y dos de sus hijas en febrero del 37. Igualmente hay que advertir que, conforme el invierno avanzaba, las enfermedades aumentaron considerablemente debido principalmente a las precarias condiciones en las que vivían y la falta de ropa de abrigo. La población del Santuario se había trasladado desde la capital en pleno mes de agosto con la confianza de que su estancia en el cerro sería corta, por lo que en el básico equipaje que pudieron transportar no había mucho sitio para ropa de abrigo. A esto hay que sumar la destrucción, total o parcial, de aquellas construcciones que los albergaron en el primer momento, debiéndose hacinar en las escasas edificaciones que mantenían su cubrición. Hay que hacer notar que el invierno del 36-37 fue bastante lluvioso, por lo que la falta de vivienda, se convirtió en otro de los graves problemas de los sitiados.

Y es que la aviación y la artillería fueron los protagonistas de los hostigamientos durante todos estos meses. Ya vimos cómo el bombardeo de la posición comenzó desde el inicio del sitio. Si éstos tuvieron al principio la misión de lanzar comunicados a la población para que depusieran su actitud y se enfrentasen a sus jefes, con el lanzamiento de bombas disuasorias, pronto los vuelos se convirtieron en demostraciones de fuerza sobre la población. Ya he hecho mención a los bombardeos que mandó realizar Lino Tejada entre los días 16 y 24 de septiembre con el lanzamiento de más de 400 bombas, utilizando para ello aparatos procedentes de los aeródromos de Baeza, y sobre todo, de Andújar. Estos bombardeos, ocasionaron el primer muerto en combate, el brigada de Carabineros Juan Molina. Su cadáver fue enterrado con la solemnidad que los medios permitían bajo una bandera española bicolor en el improvisado cementerio, siendo el primero en ser inhumado en este lugar que acogería durante el asedio a todos los difuntos. Debido al tiempo y al desarrollo de la guerra, los bombardeos por aire nunca fueron regulares. Tras días de relativa calma, se iniciaban otros de continuo e intenso bombardeo aéreo, reforzado por la artillería. Desde el aire, ningún refugio era seguro para los centenares de personas que ocupaban el cerro. A pesar de la destrucción de inmuebles que realizaba la aviación, fue la artillería republicana la que ocasionaba el mayor hostigamiento de la posición. Las piezas de artillería destacadas en el cerro no siempre se mantuvieron constantes, trasladándose a otros frentes según las necesidades bélicas. El avance de las tropas nacionales del general Queipo de Llano, hizo interpretar a los mandos republicanos que su objetivo era liberar el Santuario, por lo que reforzaron la posición con importantes piezas de artillería. A finales de octubre se instalará una batería de 10’5 junto a la caseta de peones camineros que castigará durante el asedio el lateral norte de la iglesia hasta convertirla en escombros. Tras el fracaso del ataque del día 1 de noviembre, en el que llegaron a participar 9 aviones además de la fusilería y la artillería, se refuerza aún más esta última por el alto grado de rendimiento que se obtiene en la destrucción. El día 5 de noviembre se sitúan dos piezas más de 12’40 en la casa de Orti. A pesar de cumplir con su función, estas se ven insuficientes para una toma rápida de la posición, por lo que el día 9 de noviembre llegó una nueva batería de 7’5 para redoblar el castigo artillero. Un despliegue de medios desproporcionado frente a los sitiados que tan sólo contaban con fusiles. De los duros ataques de noviembre, las fuerzas republicanas sólo pudieron ocupar escasas avanzadillas, produciéndose, en las dos primeras semanas del mes más de una veintena de muertos entre los asediados. Pobres resultados para la demostración de fuerza realizada y la población que se trataba de reducir. Lo que sí puso de manifiesto fue que, para tomar la posición, era necesario neutralizar previamente el cerro que ocupaba la cuarta sección.

Pero las necesidades de otros frentes hicieron que se redujeran los dispositivos allí desplazados. De este modo, en enero del 37 la tropa republicana destacada en el Santuario se componía de 2 capitanes, 4 tenientes, 8 suboficiales, 185 milicianos y un capitán con 240 guardias de Asalto. Asimismo la artillería quedó reducida a una batería de 11,5.

Hacia el combate final

El Santuario no poseía interés estratégico para ninguno de los bandos combatientes al estar aislado en Sierra Morena, a más de treinta kilómetros de Andújar, con la que lo unía una carretera sin asfaltar que terminaba en el cerro. Además se conocía la población allí residente, compuesta en su mayoría por personal civil, siendo el grupo de combatientes numéricamente escaso e insuficiente como protagonizar ningún hostigamiento a la ciudad de Andújar o cualquier otra posición republicana. Cabe pues preguntarse qué interés suscitaba este enclave para el bando republicano. Para entender el interés de unos y otros por hacerse con el Santuario hay que tener en cuenta que el desenlace obtenido en el Alcázar de Toledo y el uso propagandístico que de él hizo el Ejército sublevado fue motivo más que suficiente para tratar de contrarrestarlo con la toma definitiva de la posición del Santuario. A esto habría que añadir, la difusión que estaba tomando la odisea vivida entre aquellos riscos en la prensa nacional e internacional, por lo que la finalización del mismo podía ser explotada como propaganda. Desde este punto de vista, quiero llamar la atención sobre las palabras del historiador británico Hugh Thomas que afirmó que “más aún que las defensas del Alcázar y de Oviedo, que terminaron felizmente, (el asedio al Santuario) había ganado la admiración de los españoles de todos los bandos”. A esto habría que añadir que en este mes de marzo, el Ejército republicano había cosechado una importante victoria militar en Guadalajara frente a las tropas italianas que trataban de hacerse con la ciudad. Este hecho sirvió para insuflar ánimo a sus combatientes que hasta este momento de la guerra sólo habían visto retroceder sus posiciones. Dentro de este ambiente de optimismo, el Ejército republicano deseaba sumar esta nueva conquista que, más que por su valor estratégico, se convertiría en símbolo de la eficacia de la nueva organización militar que se había producido en los primeros meses del año con la creación primero de las Brigadas Mixtas y más tarde de las Divisiones, y con el nombramiento del coronel Gaspar Morales como jefe del Ejército de Andalucía. Será a partir del mes de marzo cuando comienza a estudiarse entre los mandos republicanos la idea de terminar definitivamente con el Santuario, reforzando aún más el cerco tanto con nuevas piezas de artillería como de personal combatiente, apuntándose por primera vez la idea de trasladar una unidad de tanques. El día 24 se le comunicó al teniente coronel Gazzolo que “el Ministro encarga con particular interés que se liquide el asunto de Santa María de la Cabeza”. Como primera medida se reforzará el uso del denominado “altavoz del frente” con el fin de desmoralizar a la castigada población asediada. Ante él hablarían a los sitiados corresponsales extranjeros, poetas, artistas, comisarios políticos, evadidos y presos pidiendo la rendición de la posición.

Una de las primeras consecuencias del funcionamiento del altavoz fue la deserción de cuatro guardias y un paisano de Lugar Nuevo con la intención de pasarse al bando nacional, aunque con tan mala fortuna que fueron apresados. Sus declaraciones mostraron al Ejército contrario la desmoralización que existía en el campamento del palacio. Conocido el desánimo de esta tropa, el capitán Cortés reforzó dicha posición con el envío de 14 guardias civiles del Santuario con el fin de elevar la moral de los combatientes. El envío de nuevos efectivos republicanos comenzó a sentirse desde los primeros días del mes de abril. Aumentando considerablemente hasta la definitiva toma de la posición el 1 de mayo. Es difícil calcular el número de milicianos destinados a la toma del Santuario en este último mes de enfrentamientos. Las cifras varían según las fuentes que se utilicen y que van desde los 6.000 hombres propuestos por Antonio Cordón, hasta los 12.000 que plantean algunos escritores de la postguerra. Buscando un equilibrio entre las mismas, la mayoría de los autores proponen entre 8.000 y 10.000 soldados, cifras más que desproporcionadas para la población asediada. Asimismo los sitiadores se reforzaron con una Compañía de tanques compuesta de 10 ó 12 carros y que fueron los protagonistas de la última jornada de asedio. Se trataba del carro de infantería T-26 B que tan buenos resultados había cosechado en las batallas de Seseña y Guadalajara. De fabricación rusa, el T-26 B contaba con un cañón de 37 mm., el más versátil de aquellos momentos, y una ametralladora coaxial. El día 17 de abril arreciaron los ataques, comenzando a bombardear de forma continua incluso por la noche. Ese día, se contaron 37 muertos entre los sitiados. Pero será dos días más tarde, el 19 de abril, cuando los tanques comiencen su actividad. El ataque de ese día se inició a las dos de la madrugada con fuego intenso. A las 7 de la mañana ya eran 16 las víctimas mortales entre los defensores. Con la primera luz del día los tanques comenzaron su marcha. Primero ocupan los muros de tres casas, para encaminar su rumbo hacia la calzada de ascenso. La intervención de la aviación nacional y el valor de los defensores, frustraron el despliegue de los carros, inutilizando dos de los seis que participaron en la operación. A pesar del optimismo que el enfrentamiento de esta jornada dio a ambos bandos, la situación de los defensores era insostenible. El aumento de los ataques y la reducción del cerco hacían inaguantable por muchos días aquella situación.

Así lo entendió el general Franco que a estas alturas de abril contactó con la Cruz Roja Internacional para que intercediera en la evacuación de las mujeres y los niños del Santuario, y garantizara sus vidas. Así se lo trasladó Queipo de Llano a Cortés. Ante los titubeos de éste, el general insiste y ordena el cumplimiento de la orden de evacuación, apuntando la idea de que una vez realizada, podrían aprovechar la oscuridad nocturna para intentar alcanzar las líneas nacionales. A las 9 de la noche, se anunció por el altavoz la llegada de los representantes de la Cruz Roja. Los mandos republicanos no dieron permiso para que fueran hasta el Santuario, por lo que pidieron por el altavoz que una delegación de sitiados se reunieran con ellos. Entre las condiciones pactadas se encontraba que los evacuados salieran hacia zona nacional en grupos de 40, no saliendo otro convoy hasta que el anterior hubiera llegado a su destino y comunicado por heliógrafo desde Porcuna.

Estas condiciones no fueron aceptadas por el teniente coronel Cordón, exigiendo que los evacuados fueran llevados a zona republicana. El gobierno de Valencia fue aún más radical, pues el ministro Largo Caballero ordenó que no se admitiera ninguna evacuación si no iba precedida de la rendición incondicional de los combatientes, dejando expresada su intención de sancionar al coronel Morales si no cumplía la orden. El 25 de abril Cortés envió a dos parlamentarios a entrevistarse con los delegados de Cruz Roja. Al no aceptar las condiciones establecidas, quedaron rotas las negociaciones. Como último recurso, el general Franco contactó de nuevo con la Cruz Roja para evacuar a las mujeres y niños del Santuario. Estos permanecerían agrupados hasta que se concertara un canje de prisioneros con el gobierno de Valencia. Pero este último intento no llegó a realizarse, por lo que la población del Santuario se preparó para el ataque definitivo.

La toma definitiva

A las cuatro y media de la madrugada del 1 de mayo, se inició el fuego de artillería sobre la posición. Hacia las seis comenzaron a movilizarse los tanques. El plan, expuesto por el teniente coronel Cordón, consistía, según sus palabras, en “un ataque frontal realizado por la casi totalidad de las fuerzas y medios con que podamos contar, y un ataque auxiliar demostrativo para fijar alguna fuerza a los sitiados”. De este modo, parte de los efectivos se destinaron a atacar las secciones I, III y V con el fin de fijar los combatientes que había en ellas, mientras que los tanques avanzaron hasta la explanada donde se iniciaba la calzada para batir por la retaguardia la sección II y IV. La noticia de la caída de la sección IV tras un duro enfrentamiento llegó al capitán Cortés mientras, fusil en mano, defendía los muros del destruido Santuario. Él como nadie sabía que la pérdida de esta posición era la antesala de la caída de todo el campamento, por lo que a partir de conocer esta noticia, adoptó una actitud desafiante ante el peligro, exponiéndose sobremanera al fuego enemigo. Parecía con su comportamiento que había decidido morir entre aquellos riscos. Y así prácticamente sucedió. En las primeras horas de la tarde, fue alcanzado por la metralla de una granada de artillería que lo herirá gravemente en el vientre. No satisfecho con ello, pedirá agua insistentemente a sus acompañantes para acelerar su muerte mientras las tropas republicanas tomaban las posiciones del recinto.

Una vez concentrados en la lonja del Santuario los combatientes, se procedió a la evacuación de todo el personal: las mujeres y los niños se mandaron concentrar en la explanada al pie del cerro, mientras que los combatientes fueron conducidos a la casa de peones camineros. Mientras que esperaban la evacuación, el alférez Carbonell contó los hombres ilesos: 42 combatientes. A lo largo de la carretera se fueron situando las camillas de los heridos, para ser examinados por los médicos que establecían el orden de evacuación según su gravedad. En la primera ambulancia que se improvisó, se trasladó al capitán Cortés, dos milicianos y la hija del brigada Jiménez que llegó cadáver al hospital de sangre establecido en las Viñas de Peñallana. La ambulancia llegó a su destino hacia las 8 de la tarde, siendo interrogado el capitán y sometido durante la noche a una operación quirúrgica por el doctor Santos Laguna.

Al día siguiente, 2 de mayo, poco después del mediodía, moría el capitán como consecuencia de sus heridas. El resto de combatientes fueron conducidos al antiguo cuartel de la Guardia Civil en Andújar, hoy casa de la cultura, primero, para trasladarlos al día siguiente hasta el presidio de San Miguel de los Reyes en Valencia, donde permanecieron buena parte de ellos hasta su liberación por las fuerzas del general Aranda el 29 de marzo del 39. La población civil, fue llevada hasta el Viso del Marqués en donde quedó alojada en un primer momento en el palacio del marqués de Santa Cruz y, pocos días después, entre las familias de esta población, recibiendo un trato amable por parte del vecindario.

Con esto se pone fin al relato de los hechos llevados a cabo durante los cerca de los nueve meses que duró el asedio al Santuario. Acciones que ponen de relieve el sacrificio y heroísmo de sus protagonistas, mostrándonos a la par el dramatismo y la sinrazón del enfrentamiento entre hermanos que supuso la última Guerra Civil en España.

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