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EL CÓLERA (1855)

  • Escrito por Redacción

medicina-del-siglo-xix2

Nuevo relato, que sucede durante el año 1855, que transcribimos tal y como lo encontramos en CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, nuevos servicios de la Guardia Civil, en unos momentos de dificultad y miedo.

EL CÓLERA (1855)

Año terrible fué para muchas provincias de España el de 1855.

Destinado sin duda por Dios para recordar á la humanidad los deberes que con frecuencia olvida, ha sumido en la desolacion á millares de familias y doquiera se veian mujeres enlutadas y rostros macilentos donde la desgracia habia marcado su triste sello.

Azote de Dios, se ha llamado á la peste, porque la cólera del Señor de las criaturas es tan grande como su misericordia.

De tiempos en tiempos el espectro de la muerte pasairacundo sobre la tierra; envenena las aguas y la atmósfera; sorprende á la niña que juega, al adulto que duerme reposado, al poderoso que derrocha sus caudales, y los arrastra á todos tras sí.

Parece decirles:

—Encenagados en vuestros placeres—habíais olvidado que hay un Dios que vigila vuestros hechos y espera siempre vuestras oraciones. Todos, por tal olvido, marchábais á la perdicion hoy os salva Dios recordándoos vuestros deberes para con él y su justicia que tan olvidada teniais.

Entonces, los vecinos de los pueblos paralizan sus faenas diarias; sienten que el miedo hiela su corazon; acuden en masa á los templos para aplacar la iras del Altísimo y la vida siempre activa de las poblaciones se detiene ante el pánico que produce el temor de la total destruccion y cae en un marasmo semejante al de la muerte.

Nadie canta, todo es silencio; nadie presenta alegría en su semblante; el pavor se apodera de los ánimos; tristes lutos cubren los cuerpos y las continuas pérdidas de objetos queridos, hacen que en los ojos asomen sin descanso amargas lágrimas y lleven al alma el insomnio, los dolores y el terror, al par que las oraciones.

Tal era en Junio, y Julio del citado año el estado de los habitantes de la villa de Palma, en la provincia de Huelva; estado semejante al de los de otras muchas provincias de España.

El dia 24 de Junio se sintieron allí los primeros síntomas del cólera morbo-asiático, y al ver que los funestos amagos de este terrible mal estaban ya tan próximos^ la consternacion mas invencible se apoderó de todos los vecinos de aquella poblacion.

Algunos sin embargo, sostuvieron aun su valor; pero la presentacion de varios casos fulminantes echó por tierra el de los mas animosos y nada entonces pudo hacer que siquiera un asomo de tranquilidad apareciese en los corazones.

Se veia á la muerte, se tropezaba con ella, se la sentía en el aire, en los alimentos, en el roce con otras personas aprisionando al hombre con un inquebrantable círculo de hierro que cada vez se estrechaba mas y mas aquello no era ya vivir, era agonizar con la tremenda agonía del que conservando su cabal razon sabe la hora fija de su muerte, cuenta los minutos que faltan para ella y dice:

—Mañana al amanecer iré entre cadáveres hacinados y conducido por ese carro que pasa.

La dispersion fué consiguiente al miedo en los vecinos mas principales de la Palma; abandonaron sus hogares y corrieron á los campos evitando así el contacto de sus semejantes. ¡En estas ocasiones no suele haber hermanos ni amigos!

Pero á muchos sucedió lo que á aquella señora de la catástrofe de Bellver, que habiendo tomado la diligencia por miedo al mar, vino á morir ahogada en el barranco donde se levanta el modesto monumento á la memoria de los heroicos Guardias, Ortega y Jimeno.

Muchos de los que huian á los campos morian allí careciendo de los auxilios corporales y hasta de los sublimes é inefables consuelos de la religion de Jesucristo.

Hemos dicho que no suele haber hermanos ni amigos en estas tremendas circunstancias; nadie pone la mano sobre el pecho del hermano, porque teme que aquel sudor frio de la muerte le inficione.

Así, no es mucho de estrañar (y nosotros lo hacemos constar aquí porque escribimos una historia) que el general conflicto se agravase con la dispersion de las personas que aun se hallaban sanas; dispersion que dejaba á los enfermos en casi un completo abandono.

Las autoridades judiciales, las del orden administrativo, hasta las eclesiásticas huyeron de la villa!

Y en la villa quedaban centenares de invadidos entregados á la mas cruel de las desesperaciones.

Nada bastó á contener aquella dispersion. Para conocer á que punto habia llegado el terror, bastará decir que desoyendo todas las exhortaciones de los Guardias Civiles de aquel puesto, hubo personas que en la precipitacion de su fuga, dejaron abandonados á parientes enfermos ó impedidos por males crónicos, y hasta padres que dejaron abandonados á sus hijos de la mas tierna edad.

Este solo detalle bastará para dar á nuestros lectores una idea aproximada de la alarma y desconcierto que reinaban en la villa de la Palma.

La Guardia Civil tomó como era de esperar en los sucesos de aquellos dias, la activa parte que la gloria de su instituto reclamaba y agena á la influencia del miedo general, cumplió en tan apremiantes circunstancias sus altos deberes para bien de la humanidad y honra del Cuerpo y de los individuos de que luego haremos mencion.

En la mañana del 24 de Junio y á hora de las nueve, llegó á la Palma D. Francisco Aguado Aldama, jefe de la línea.

Impresionado vivamente por el estado lastimoso de la poblacion, se esforzó en devolver á los ánimos alguna tranquilidad y dispuso tambien que se redoblase la vigilancia sobre los cuantiosos intereses que los vecinos en su dispersion habian dejado en total abandono.

Buscó á las autoridades locales y solo halló á un regidor del Ayuntamiento; conocidas las circunstancias porque el pueblo atravesaba se puso de acuerdo con aquella persona y dispusieron la inmediata formacion de un Ayuntamiento provisional entre los vecinos que no habian dejado la villa.

Así se realizó; al dia siguiente recayó en los nombrados la aprobacion de la superioridad, el Sr. Aguado formó parte de la junta de sanidad y sin pérdida de tiempo se tomaron las mas prontas medidas que la catástrofe exigia con tanta urgencia.

No necesitamos ahora encomiar la importancia de la iniciativa que el Sr. Aguado tomó en aquella circunstancia al disponer la creacion de un Ayuntamiento que remediase en mucho, como remedió, los males de que era víctima aquel vecindario.

Su conducta es tal que bien claramente se comprende el mérito contraido por ella y el realce que da al poder y beneficio de la Guardia Civil.

Pronto haremos descripcion mas minuciosa del humanitario trabajo á que se dedicaron los individuos de aquel puesto.

Ahora reclama por breves momentos nuestra atencion un patético episodio que ha conmovido á aquellos vecinos que lo recuerdan aun hoy sin poder dominar la profunda tristeza que tal recuerdo les causa.

Solitarias como las calles de esas poblaciones arruinadas desde la antigüedad, estan las de la Palma.

El dia declina pausadamente y su luz indecisa y triste viene á aumentar la tristeza de aquellos sitios.

Donde antes habia animacion, contento y bullicio, solo hay ahora soledad y silencio sepulcral.

Parece que aquella poblacion está deshabitada y tal se la creería si de vez en cuando alguna persona de rostro macilento no atravesara las desiertas calles y si los dolientes gritos de los que en las casas fallecen y los llantos de algunos deudos no dieran indicio de que varias de aquellas moradas estaban habitadas por moribundos.

Las tiendas todas estan completamente cerradas á escepcion de una de carpintero en la que un mozo jóven y robusto trabaja en dicho arte haciendo ataudes.

Ocupado se hallaba en su trabajo cuando una mujer, apareciendo en la puerta de su tienda, le hizo apartar la vista de su obra y dirigirla á la recien llegada.

Esta era una jóven que aunque de clase proletaria, vestía con singular decencia y cuya fisonomía era expresiva y agraciada.

—¿Eres tú, Agapita?—dijo el carpintero al verla con acento triste.

La jóven se apoyó en el quicio de la puerta y miró al carpintero con dolorosa expresion.

—¿Qué te sucede?—preguntó el mozo corriendo alarmado hácia ella.

—Sebastian—dijo la jóven—mi señora se muere, tiene el cólera fulminante y hay que sacarla inmediatamente de casa, asi que sea cadáver. Vengo á que hagas pronto una caja porque el amo no quiere que vaya la señora en el carro....

—¡Pobre Doña Clara! ¡Quién habia de decir....

—¡Si esta mañana estaba tan buena!

—Y tú ¿te has acercado á ella?

—¿Quién habia de cuidarla sino yo? mi amo parece loco y el otro criado aunque tiene valor no sirve para cuidar enfermos, porque es muy sordo. El ama no quiere que me separe de ella ni un momento.

—¿Sientes tú algun mal?

—No, nada mas que un poco dolor de cabeza, pero esto se pasará.

—Quiera Dios que no tenga alguno de nosotros que llorar al otro. En pasándose la peste nos casaremos como tenemos pensado, no es verdad?

—Hágalo la Virgen!

—Tú me quieres bien, segun dices; yo te quiero, eso si; te quiero mas que á mi vida, tanto como á mi madre! Dejemos que pase el cólera y ya verás qué feliz va á ser tu Sebastian!

Hubo despues de estas afectuosas palabras algunos momentos de silencio que por fin interrumpió el carpintero diciendo:

—Vuelve á cuidar los últimos momentos de tu ama, porque hasta hoy has comido de su pan y es bueno que las personas sepan ser agradecidas. Pero procura que no por socorrer á quien se muere de fijo, vayas á morir tú que estás hasta ahora en cabal salud, porque entonces... El joven carpintero se detuvo y asomaron dos gruesas lágrimas á sus ojos; lágrimas que eran visible testimonio de cuanto sentiría la pérdida de su prometida esposa.

Esta se sintió tambien conmovida por el mudo dolor del hombre á quien quería casi desde niña.

—Si muere tu ama—le dijo este—ven en seguida á mi casa; aquí tendras un sitio al lado de mi madre y ya no nos separaremos, si Dios quiere oir nuestras oraciones. ¿Me prometes hacerlo así?

—Te lo prometo—dijo la jóven—pero déjame ahora que vuelva al lado de la moribunda.

—Yo voy á hacer en pocos momentos la caja, y Dios quiera que no sirva para Doña Clara! Esto es lomas triste que tiene mi oficio.

Se separó la jóven del quicio de la puerta en que se hallaba apoyada y el pobre jóven salió á la calle, no entrándose en la tienda hasta que vió desaparecer tras una esquina á su prometida.

Asi que la hubo dirigido la postrer mirada que revelaba el mucho y puro cariño que por la jóven sentía, volvió ásu trabajo, hizo una medida en las tablas que estaba cortando y con un lápiz puso en una de ellas la inicial C, pues esto era necesario para que no se confundiesen los ataudes que allí habia construidos y en construccion.

Enumerar en detalle los servicios que aquellas semanas prestó la Guardia Civil en la Palma, fuera muy prolijo trabajo. Diremos sin embargo cuanto á nuestro objeto es necesario, porque servicios de tanta valia bien merecen que les consagremos algunas páginas.

No habia en la Palma mas que una persona que ejerciera la medicina, y ya á la sazon no podia auxiliar álos atacados porque él mismo se habia visto precisado á guardar cama.

Los enfermos, pues, estaban totalmente abandonados por la ciencia.

Todas las tiendas de comestibles estaban cerradas; no se hacia pan; y en fin, hasta habia llegado el caso de faltar enterrador.

Adivínese, conocido esto, cual seria el grado de desolacion á que habían llegado los infelices atacados por la peste y las pocas familias ilesas que no habian dejado á la Palma.

Las nuevas autoridades, despues de contener un tanto el general desaliento, dispusieron el embargo de granos y algunas reses, procuraron facultativos é hicieron que las tiendas fuesen seguidamente abiertas logrando por estos medios que un estado de cosas mas activo y normal sustituyese al de anarquía y terror que venia aumentando con sus efectos los ya bastante dolorosos de la peste.

—¿Podian los Guardias de aquel puesto, al mando del comandante de este el sargento 1.º D. Antonio Rodríguez Vega (1) permanecer inactivos, cuando tan demandados eran sus auxilios? ¿Podian concretarse estrictamente á su deber, como máquinas movidas ciegamente por un reglamento?

No; habia en los corazones de todos aquellos individuos mucha fé, mucho fervor humanitario, mucha caridad y mucha conciencia del deber, para que no obrase entonces cual á Guardia Civiles correspondia en tan terrible catástrofe.

¿Cuáles, sino los suyos eran allí los ánimos que no se habian doblegado al miedo?

Acostumbrados á luchar con la muerte, á verla muchas veces el rostro, no la temían; confiando á los designios de Dios sus vidas, socorrían á los coléricos corno un hermano lo hiciera con un hermano, un padre con un hijo.

Ellos se multiplicaban en todas partes donde era necesaria su presencia; y en los dos meses que duró tan aflictiva situacion su valor permaneció siempre inalterable, su caridad fué siempre la misma y el mismo siempre el cumplimiento de sus deberes: que así saben obrar los que con verdadera fé se comprometen á ser buenos Guardias Civiles.

Ellos hacian su servicio de parejas por la demarcacion; volvian despues á la Palma y sin darse reposo vigilaban los intereses abandonados, visitaban á las personas enfermas, las consolaban, las procuraban y hacian medicinas....

¿Qué mas? como el estado de penuria y escasez era grande y desolador en muchas familias, los Guardias partieron sus mismos alimentos con los infelices de la Palma.

El alma se siente gozosa al contemplar estos rasgos del corazon humano. ¿Habrá aun despues de esto quien se atreva á decir que el hombre no conoce la virtud?

Los Guardias alimentaron con sus propios alimentos á las familias que yacian en la miseria, pagaron medicamentos que algunos inficionados habian menester, amortajaron y enterraron cadáveres!

.     .     .     .    .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .

¡Grande y humanitaria institucion, que has venido á derramar un rayo de luz en las tinieblas de este siglo de corrupcion y falsías!

Al contemplar tu historia, hierve en el pecho el sentimiento que guia á las grandes acciones que inmortalizan la memoria de los hombres heroicos; al comtenplar tu historia, el hombre se siente orgulloso de serlo; al contemplar tu historia, en fin, se exclama con el corazon:

—¡Tú vivirás tanto como el mundo!

Al anochecer del dia á que concretamos el suceso de esta Crónica, el carpintero Sebastian tenia concluida la caja mortuoria encargada por su prometida.

No tardó mucho en entrar en la tienda un anciano, que despues de darle tristemente las buenas noches, le dijo:

—Sebastian, quiero una caja para la casa de Doña Clara.

—¡Pobre señora!—dijo Sebastian—su muerte ha sido bien pronta. Ahí tienes la que me ha encargado.

Sebastian señaló la marcada con la inicial C—y el anciano cargó con ella á tiempo que decia:

—¿Puedes ir á clavarla tu mismo? Sebastian, queriendo traer consigo á Agapita aprovechó la ocasion de verla que se le proporcionaba y contestó al viejo con un movimiento afirmativo.

El viejo salió llevándose la caja y sin decir una palabra mas.

Los sordos suelen ser económicos de palabras y el anciano criado era sordo si recordamos lo que Agapita habia dicho á Sebastian.

Concluyó este de aserrar una tabla y subió á ver á su madre y á noticiarla que se ausentaba momentáneamente de la casa para traer á ella á la que muy luego debería habitarla como esposa.

Bajó nuevamente al taller, recogió algunos clavos y un martillo, entornó la puerta y se dirigió á casa de Doña Clara.

Penetrando en ella vió ya en el portal de la casa el ataud y á su lado el sordo que le dijo:

—La he bajado aqui porque corre mas aire. El cuerpo está dentro, voy á bajar una luz y podrás clavar mas pronto.

Sebastian subió con él y mientras la vela se encendia le preguntó por Agapita.

—Ha salido—dijo el viejo.

—Cumplió su palabra—pensó Sebastian ya sin temor alguno estará tal vez en mi casa como me ha prometido.

Bajaron, dicho esto, al portal y Sebastian clavó en dos minutos la tapa del ataud.

—Despues ajustarás cuentas con el amo—dijo el sordo.

—Ya lo sé; no digo nada ahora porque demasiado conozco cuanto será en este momento su dolor.

Salió á la calle el carpintero y se encaminó rápidamente á su casa. Ya en ella le informó su madre de que nadie en tan corta ausencia habia venido á preguutar por él.

No se inquietó por esto el honrado mozo y haciendo luz tornó á continuar su incesante trabajo.

No se ocupaba en otra cosa desde la terrible invasion que en hacer cajas para difuntos. ¡Triste tarea!

Al cabo de media hora, sintió que le llamaban desde la calle; abre la entornada puerta y vé á un Guardia Civil que conducia sobre sus hombros un ataud, el mismo que el jóven acababa de clavar.

—¿Qué sucede, señor Guardia?—le preguntó con tono afectuoso que demostraba lo dispuesto que se hallaba á servirle.

—Al pasar, he visto luz y por eso he llamado—contestó el Guardia—llevo aqui un cadáver al que nadie quiere dar sepultura y voy á dársela, pero para que no se caiga de la caja tengo que sujetar con una mano la tapa.

—¿Se ha desclavado? espere usted un momento, traeré el martillo.

Y un momento tardó el carpintero en unirse al Guardia y bajar ayudado por él el ataud en la calle.

—¡Pues si es el de Doña Clara y acabo de clavarlo! no aé cómo no se le ha caido á usted el cuerpo de la buena señora, que Dios haya perdonado, porque pesa bastante.

El Guardia entró en la tienda, trajo la luz y arrodillándose en los guijarros rogó á Sebastian que concluyese cuanto antes porque otros seres vivientes aun, necesitaban de los auxilios de la Guardia Civil.

Así lo conocia tambien Sebastian y para asegurar mas el trabajo quiso volver á clavar por entero la tapa.

El Guardia le aconsejó que no aspirase los miasmas que del frretro salían y el carpintero, alejando su cabeza convenientemente, puso manos á la obra ayudado por el Guardia que le alumbraba y ievantó dos clavos que aun estaban algo asegurados.

—¡Qué buena y honrada era esta Doña Clara! voy á verla por última vez.

Levanta Sebastian la tapa, mira al cadáver.

No sabemos con que palabras expresar lo que Sebastian sintió en aquel supremo instante... porque no Doña Clara, sino su querida Agapita era la que yacia tendida en el ataud.

El jóven artesano cayó como una masa inerte sobre el cadáver y allí hubiera permanecido sin dar la menor señal de vida si el Guardia no se hubiese apresurado á separarle del infestado cuerpo de su prometida esposa.

No exhaló Sebastian un solo grito al encontrarse de pronto con tan inesperado y terrible espectáculo, porque hasta fuerzas le faltaron para gritar.

Sufrió uno de esos sacudimientos nerviosos que tantas veces han producido la muerte repentina. Se quebrantaron todas las articulaciones de su cuerpo, se agolpó la sangre á su cabeza y si el desmayo no le hubiese privado de sentir, hubiera seguramente muerto de dolor.

—Quiera Dios que esta caja no sirva para Doña Clara!—habia dicho él jóven,—sin poder adivinar que este deseo habia de verse cumplido..., pero á costa de una existencia querida.

¡Pobre Sebastian! él habia construido la caja, él la habia clavado cerrando en ella á la mujer que era su cariño, su alma! ¡Pobre Sebastian! aunque hoy vive, aunque ha mudado de pueblo para evitar los recuerdos, nunca desde entonces ha visto nadie la sonrisa en sus labios; es jóven y tiene arrugas en el rostro y presenta su cabello casi del todo encanecido!

Brevemente puede esplicarse el trágico suceso que presenciaba en tal ocasion el Guardia.

El dolor de cabeza que sentía la jóven al presentarse en casa del carpintero era un síntoma del cólera; llegó á la casa de sus amos y cayó en las escaleras como unapaloma herida por un certero disparo.

Se la socorrió; el Guardia que á la sazon pasaba por la calle la prestó algunos auxilios; en vano todo, todo ineficaz: Agapita era cadáver á las dos horas.

El criado sordo salió á buscar el ataud y Sebastian se lo dió creyendo que era para Doña Clara. Esta se habia mejorado algo y su esposo conservaba alguna esperanza de verla salva.

Cuando Sebastian preguntó en la casa de esta por Agapita, el sordo le contestó con un ademan, significándole que se hallaba fuera; y lo hizo así porque creyó que el carpintero preguntaba por otra mujer, sirvienta tambien de la casa.

El Guardia que presenciaba la escena de la calle y adivinaba proximamente sus causas se dió prisa á separar al jóven del entreabierto ataud y conducirle á su taller.

Allí llamó á las personas de la casa y bajó la madre del carpintero.

—¡Mi hijo ha muerto!—exclamó al ver la apariencia cadavérica de su Sebastian.

—Sospecho que no, buena mujer; pronto traeré un médico y él nos lo dirá.

Volvió el Guardia al lado de la caja mortuoria, recogió el martillo y clavos que el carpintero habia dejado allí y clavó en un minuto el ataud.

Media hora despues Sebastian volvia á la vida en manos de un médico y de su madre; pero parecia un idiota; no daba la menor señal de tener inteligencia ni sentidos. No podia hablar, ni hoy puede, porque aquella tragedia le dejó mudo.

A los pocos momentos dirigíase el Guardia al cementerio, abria una fosa, colocaba en ella un cadáver, y echaba tierra á tiempo que por sus labios resbalaban las consoladoras palabras de una oracion que, partiendo de un pecho virtuoso, recomendaba á Dios el alma que habia habitado en aquel cuerpo de mujer que iba á convertirse en sucio polvo.

Haya Dios perdonado á Agapita.

Breves momentos despues cuando el Guardia se alejaba de aquel triste sitio para acudir á otras partes donde eran necesarios nuevos cuidados, un carro cargado con siete cadáveres desnudos entraba en el cementerio, cuyas cruces y losas iluminaba la luna.

La blanca luz de este satélite, reflejando sobre los cadáveres hacinados en el carro, producia un espectáculo que helaba el corazon.

¡Terrible azote de Dios es la peste!

La abnegacion de los Guardias de aquel puesto con su sargento Rodriguez de Vega y el jefe de la línea, no tuvo límites y ha dado á la historia de este cuerpo una envidiable página.

Nada puede probar mejor cuantos servicios hizo allí la Institucion que decir:

—En los dos meses que duró aquel desastre, todos los Guardias fueron atacados del cólera y sucumbieron dos.

Sigan, sigan los hijos de esta heroica y humanitaria Institucion, siendo la mano de la Providencia que salva y castiga; ellos darán á la España del siglo diez y nueve una historia de virtud que será leida con admiracion en los tiempos futuros.

La nobleza de los padres obliga á los hijos á ser nobles; inmarcesibles glorias de la Guardia Civil obligan á todos sus individuos á imitarlas, á ser dignos de poseerlas y de poder decir ante la faz de todos, con la frente erguida:

—Yo soy ó he sido Guardia Civil!

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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