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LA DESGRACIA.

  • Escrito por Redacción

Servicio humanitario marrzo 1865

Un nuevo relato traemos hasta ti, querido lector, una vez mas sacado del libro CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, publicado en 1865 y una vez mas te lo presentamos tal y como lo recogemos, sin correcciones para salvaguardar el lenguaje, la época en que se escribió y por supuesto el enfásis que el autor D. ELISARDO ULLOA, quiso imprimirle.

LA DESGRACIA.

Estamos en Piedra-Buena.

Subid á aquella miserable casa; abrid una puerta y os hallareis delante del cuadro mas desgarrador.

Nada pregunteis á los seres que allí yacen; con solo verles conocereis cuánto sufren y por qué sufren.

Valencianos son por su dialecto y segadores por su traje; pero ni segadores ni valencianos son en aquel momento; pertenecen, sí, á otra clasificacion mas grande en la humanidad: son desgraciados.

La desgracia que les aqueja no puede ser mas cruel, mas conmovedora, mas mortal.

Grandes infortunios, conocidos ú ocultos atenazan á la humanidad; porque el hombre ha venido á este mundo á ser feliz y desgraciado; si no sufriera dolores no gozaría placeres.

Al crearle Dios, le dijo: vive, trabaja y muere, y en estas tres palabras está toda la historia humana.

Trabaja, he ahí la gran ley, he ahí por donde Dios pone á prueba á la humanidad, su hija querida.

La dió un alma, la dió placeres y dolores, la dió la muerte y la dió un grande y sublime consuelo para los segundos: la Religion.

¿Qué fuera el hombre solo, ante los grandes padeceres que le acosan? Si no pudiese defenderse de ellos mas que con su débil ser, bien pronto caería vencido.

Pero tiene en su alma la religion, tiene la fé y con ellas afronta torios los vaivenes de la suerte y sabe resignarse á ella sin llegar al tremendo límite de la total desesperacion.

Por eso algunos de los seres que tendidos yacen en aquella estancia, elevan al cielo su alma y mitigan su honda pena dejando resbalar por los cárdenos labios las santas frases de una oracion á Dios.

¿Quién sino él, inagotable fuente de consuelo y misericordia, podría dar lenitivos á tanto dolor?

Ved allí, cubierta por débiles harapos y recostada sobre la mugrienta pared á una infeliz mujer que siente en su pecho la boca de su tierno hijo hambriento y no puede darle una gota de leche!

Preguntad, preguntad á una madre cuanta seria su pena si se hallase en situacion tal; si viese que su hijo se retorcia en sus brazos con la agonía terrible de una muerte por hambre; que estendia hácia ella sus manos, que la miraba con mirada tristísima, suplicante, apagada y moribunda; y verle agonizar asi, minuto por minuto, verle mordiendo con las angustias de la muerte el materno pecho y no brotar este un solo y benéfico átomo de lo que aquel pobre y desfalleciente ser necesita!

Preguntad, preguntad á todas las madres, y quizás adivinando las penas de esta, no podran articular una palabra y solo os contestarán con lágrimas!

Aquella madre no llora ya, porque ni lágrimas tiene; no grita porque la faltan fuerzas; yace lívida estenuada, como insensible á todo lo que la rodea; por su color y por su inmovilidad, si aquella habitacion fuese el estudio de un escultor, se la hubiera creido una antigua estátua de mármol.

Ved mas allá tambien á un hombre tendido, que exala cóncavos y angustiosos gemidos.

Es de alta estatura, grueso y fornido: pero está enfermo y ademas... tiene hambre.

Sus miembros sufren violentísimas contracciones, su respiracion es cavernosa, una tos seca y aguda rasga su pecho; y su estómago, como el de aquel á quien falta aire para respirar, se contrae y dilata con fuerza y rapidez inconcebibles.

¿Qué dolores físicos no sufriría aquel desgraciado?

No eran menores los morales; á su lado tenia cuatro hijos que inertes tambien yacían en el suelo.

Uno de ellos, niña de siete años, estaba tendida de modo que uno de sus brazos venia á descansar sobre el robusto cuello de su padre.

Este en uno de sus movimientos convulsivos encontró aquella mano y la llevó rápidamente á la boca; movimiento muy natural en quien tiene hambre.

La mano de la niña estaba abrasada á veces por la calentura y helada otras como la de un cadáver.

El padre, que nada conocia ya, no vió en la mano de su hija mas que un objeto frio y la llevó á la boca comenzando á saborearla con deleite, porque sus fauces estaban secas y quemadas por mi cavernoso hálito.

Pero pronto la mano entró en calor y entonces el padre apretando sus mandibulas, la mordió con rabiosa desesperacion.

La niña dió un grito penetrante que helaría de espanto al mas fuerte.

La madre, al oirlo, sufrió un estremecimiento en todo su cuerpo..., despues continuó en su fatidica inmovilidad. Las entrañas de la madre habian respondido estremeciéndose, al grito dado por el ser que habia nacido en ellas.

Pero la razon y las fuerzas faltaban ya allí y la madre no separó sus miradas de donde las tenia clavadas ni llamó á su hija.

Esta, escitada por el dolor de la mano, se incorporó un tanto.

El padre, aguijado tambien por un secreto horror tuvo un momento de lucidez y aunque con grandes dificultades y acento bronco acertó á decir:

—¡Eusebia!...

La niña miró á su padre sin contestarle porque el estupor y la atonía la dominaban aun.

—Eusebia—continuó el padre—¿y tu madre?

—Allí está sentada...

—¿Han muerto tus hermanos? yo no puedo ver...

—No se, padre; pero Juanito no quita su vista de mí, véalo usted! parece como que me habla porque mueve los labios, pero no me dice nada.... ¡padre! ¡yo me muero!

El acento con que la niña pronunció esta terrible palabra no puede expresarse con las frias frases de una narracion.

Sí, hija, sí; todos estamos enfermos de un mismo mal y todos tenemos hambre.

—¿No teníamos pan anteayer?

—Sí.... pero hasta un perro nos ha robado el poco que nos quedaba!

—¡María!—exclamo llamando á su mujer. Esta no contestó.

—¡María! ¡María! ¡Dios mio, no contesta! ¡ha muerto!

—No, padre; no ha muerto, está sentada—dijo la niña que como siempre habia visto tendidos á los cadáveres, no se la alcanzaba mas acerca del tremendo Andelos humanos.

—Oye, Eusebia mia, puedes andar?

—No, padre, no.... se me abre la cabeza, siento dolores en todo mi cuerpo y me parece que tengo fuego y llamas dentro de él me muero.

—No, no, pobre hija mia, tú no mueres, ten valor para salvar á tus padres.... haz un esfuerzo, sal, y....

El padre se interrumpió: la pena le aniquilaba el corazon. Pero dominando pronto sus vacilaciones concluyó su interrumpido pensamiento con esta frase:

—Sal.... y pide limosna.

—No me daran nada!

—Sí, hija, sí.

—Yo no sabré pedir, padre....

—Oye—dijo este con voz que encerraba en su acento una amenaza al destino—procura recorrer las calles, di que dejas aquí cinco enfermos, que no tienen medio alguno de aliviar su mal, que se mueren de hambre tus padres y tus tres hermanos... si vuelves aquí como ahora vas, sin traernos alguna limosna, cerraremos la puerta y quien venga despues nos encontrará á todos muertos. (1)

¡Cuanto no pueden estas palabras de un padre en el corazon de una niña!

Eusebia se levantó penosamente y al ponerse en pié estuvo á punto de caer.

Se aseguró, sin embargo, y pudo dar algunos pasos muy vacilantes. Diriase que sus músculos habian perdido la elasticidad característica de la vida.

—¡Adios, madre mia! dijo la niña dirigiéndose á la puerta.

La madre no contestó á la cariñosa despedida de su hija; ni se apercibia tampoco de las convulsiones agonizantes del tierno niño que espiraba sobre su amante regazo.

Eusebia abrió lentamente la puerta y apoyándose en las paredes avanzó algunos pasos mas, hasta llegar al portal.

El padre la siguió con sus ojos hasta que la vió desaparecer; despues volvió á tenderse, subyugado por sus penas y dolores, aunque un tanto aliviado por la esperanza.

Hay agonías terribles, pero ninguna lo es tanto como la de la muerte por hambre.

En ella el hombre cuenta por instantes su vida; y sobre todo le causa desesperacion el conocer con cuan poco remediaría su mal; el pensar que en los momentos en que él se muere de hambre, rueda el pan en la vecina morada.

Recuerda entonces con profunda pena las veces en que él lo ha desperdiciado y por un pedazo de aquellos que en otros tiempos despreció, ofrece él en aquel supremo momento del hambre la libertad de toda su existencia futura, y por un dia mas de vida la vida de los demas dias que aun pudiese vivir.

Probad á un hombre con todos los tormentos imaginables y podrá resistir ó morirá; probadle con el hambre, y si resiste como los españoles la resistieron por su independencia, será un héroe como lo son los españoles!

Eusebia llegó á la calle y arrimándose á las tapias anduvo algunos pasos.

Vió á un hombre que por su trage parecia ser rico y pensó en acercarse á él cuando llegase hasta ella, para pedirle una limosna.

El hombre adelantó hasta estar próximo á la niña y esta entonces, estendiendo hácia él su mano tímida se separo de la tapia.

Se separó.... y al articular la primera palabra de su peticion, sus piernas se doblaron y cayó sobre la arcillosa arena, hiriéndose en la cara y sin exhalar un solo quejido de dolor ó súplica.

Al llegar al suelo, habia ya perdido completamente el sentido.

El hombre que llegaba, corrió á ella llevado por un natural impulso hácia hacer el bien, y el horror se pintó en sus facciones al ver el rostro de la niña.

Aquel rostro era todo un drama de infortunios y decía acerca de las penas que los seres humanos sufren mas que pudieran decir todos los libros de los sabios.

Aquel suceso llamó la atencion de otros transeuntes y pronto algunos hombres y mujeres rodearon á la niña adivinando algo de lo que esta sentía y no podia decirles en su profundo desmayo.

A la sazon se hallaba en la puerta de la cercana casa cuartel de la Guardia Civil el sargento 2.° Comandante de aquel puesto Manuel Tarazaga.

Vió el grupo tan repentinamente formado y se dirigió á conocer la causa que á él había dado motivo.

Llega, le abren paso todos y vé á la niña moribunda.

La toma seguidamente en sus manos y corre hácia la casa-cuartel donde llamando á sus Guardias deposita á la infeliz Eusebia y dispone los mas urgentes auxilios secundado por las esposas de los Guardias.

Pronto la niña volvió á la vida.

Pregúntala entonces el caritativo sargento el motivo de su caida y abatimiento; Eusebia, con acento que conmovió el honrado corazon de aquellos bravos, les contó cual era la desgracia que amenazaba de muerte á sus padres y hermanos.

Deja el sargento á la niña al cuidado de los demás y corre apresuradamente á la casa señalada por aquella.

Hay hombres que quisieran tener el mundo para darlo á los necesitados; hombres que no pueden dormir tranquilamente si piensan en que quizás á su lado hay otros que demandan socorro, que les necesitan.

En un corazon así ¿qué fuerte impresion no producirá la vista de aquella escena de desolacion y agonía, mas terrible si cabe que la del Pescador de las Roquetas?

Abierta por el sargento Tarazaga la desvencijada puerta y visto al primer golpe aquel cuadro, no pudo contener un estremecimiento de .profundo dolor y sintió que su sangre se le agolpaba toda al corazon.

Corrió á la madre y vió que el niño tendido sobre su regazo, boqueaba como el pájaro al que se aprieta el pecho progresivamente.

Levanta al niño, y le encuentra frio y con las piernas rígidas ya como un cadáver.

Pone sus manos en la cabeza de la madre y al tocarla cae como insensible hácia el opuesto lado.

Se arrodilla el sargento, acerca su rostro al de la exánime mujer y exclama:

—¡Respira aun! la salvaremos.

Corre hacia el padre, á los tres hijos que allí yacen hacinados sobre unos harapos y en todos halla igual inmovilidad y síntomas de una próxima muerte.

Tiende una mirada por la estancia y el corazon se le oprime al ver tanta miseria y desgracia.

Y en medio de ellas el uniforme de la Guardia Civil que tiene el privilegio de aparecer en todos los desastres, era lo que un rayo de sol benéfico que rasga en un punto la espesa sombra de un subterráneo.

Llama el sargento á sus Guardias Gonzalez, Iglesias, Ocaña y Arroyo, y entonces....

¿Qué mas necesitaremos decir?

Desde el momento en que la Guardia Civil toma parte en este suceso ya está sabido todo porque se adivina lo demás.

A costa de los Guardias se dieron alimentos y medicinas á los moribundos; los Guardias los cuidaron y lograron que muchos vecinos del pueblo les apoyasen con algunas cantidades, en relacion á los recursos de cada uno.

¿Describiremos ahora las exclamaciones de reconocimiento, las lágrimas de inmensa gratitud de los moribundos (que felizmente se salvaron todos) al saber y admirar la caritativa conducta de la Guardia Civil que lleva allí donde está cualquiera de sus buenos individuos el valor y la caridad?

Bien se dejan adivinar esas demostraciones y algunos de nuestros lectores las habrán oido muchas veces.

Ellos como sus compañeros entonces en Piedra-buena, sabrán cuanto valen y sabrán tambien que decimos bien al asegurar que esos hechos aunque sencillos parecen, hacen que se vea á la Guardia Civil bajo una nueva faz de su instituto:

Sembrando en los pueblos las mas selectas y fructíferas semillas de la civilizacion cristiana.

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