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LOS CONTRABANDISTAS (9 de Diciembre de 1856).

  • Escrito por Redacción

fundacion-guardia-civil

Querido lector, te traemos un nuevo relato de nuestra Guardia Civil de sus vicisitudes y sus servicios en los primeros y dificiles años de andadura del benemérito Cuerpo, nuevamente la fuente ha sido CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, y como siempre respetando a su autor lo dejamos como lo encontramos, sin corregir lo que en su día fue una ortografia exquisita.

LOS CONTRABANDISTAS (9 de Diciembre de 1856).

El hecho que vamos á relatar brevemente, merece por un concepto toda la atencion de nuestros lectores.

Son muy contados los casos semejantes; los casos en que la Guardia Civil por cumplir con su deber tiene que hacer frente á las iras de todo un pueblo.

Este es uno de esos; quizás el mas culminante y por esta razón el que hemos preferido para ponerlo bajo la sensata reflexión de todos nuestros lectores.

Mucho se ha hablado por personas científicas acerca del contrabando; y hay muchas que proponiendo el libre comercio quieren hacerlo desaparecer.

Esta cuestion es ajena al objeto de nuestro libro y si la tratarámos nos separaríamos del plan que tenemos marcado.

Nos basta saber que en España hay una ley que prohibe el contrabando y nadie ignora que la Guardia Civil se ha instituido para hacer que las leyes se respeten y capturar á los que falten á ellas.

Con conocer esto, que es bien sabido de todos, no necesitamos mas.

Si por un lado los contrabandistas faltan á las leyes, por otro son perenne motivo de grandes perturbaciones en los pueblos; hacen que los habitantes de estos se acostumbren á aquel tráfico; hacen que muchas personas se acostumbren tambien á una vida de sobresalto, luchas y ocultaciones; y como, en fin, los contrabandistas emplean para ocultar su tráfico iguales medios que cualquier otro criminal para ocultar sus delitos y su cuerpo, muchos son los contrabandistas que sin notar en su vida diferencia alguna pasan de tales á verdaderos malhechores.

La vida de pandilla, el vino, cien repugnantes ideas que son su alimento moral, y sobre todo la lucha con las leyes, hacen que aquel cambio sea muy fácil; y así se vé por la estadistica criminal que donde hay contrabando hay muchos crímenes y que habiendo pueblos enteros que á él se dedican, salen de ellos para diseminarse, en los contornos, hombres que habiendo combatido ya con una ley, van á decididos á combatir con todas las leyes.

Estas dos principales razones bastan para que se reconozca verdadera y legítima importancia en los servicios que la Guardia Civil presta impidiendo eju cuanto está de su parte el contrabando, aun que este tiene además un cuerpo de tropas especiales destinadas á, luchar con él y domarle.

Reconocida pues esa importancia que nadie pondra en duda, podemos pasar á reconocer la que tiene el servicio que nos ocupará en este ligero relato.

En la mañana del 9 de Diciembre de 1856, salian de la casa-cuartel que la Guardia Civil ocupa en Canjayar, y de la cárcel de este pueblo, siete personas, las cuales tomaban la direccion de Almería, capital de la provincia.

De las siete personas dos eran Guardias Civiles y se llamaban Juan Martos Recha, el uno Guardia 1.° y Ramon Pin y Pin su compañero, de 2.a

Las cinco restantes eran presos que por diversos delitos los mencionados Guardias debian conducir á la capital.

Andada una corta jornada llegaron todos á las inmediaciones de la villa de X.— (1)

Allí vieron los Guardias que adelantaban por el camino algunos mulos con cargas y llevados del diestro por sus conductores.

Ver estos á los Guardias y darse sin mas á precipitada fuga, fueron cosas de un instante.

Los Guardias corren sin abandonar sus presos y en el primer momento capturan tres cargas de contrabando [pólvora) con sus conductores.

Conociendo entonces que la conduccion de los presos no les permitiera lograr mas, marchan aceleradamente hacia X.—con el objeto de dejar allí los delicuentes y continuar en la persecucion de las diez cargas restantes de contrabando.

Al poner los Guardias con sus prisioneros los piés cerca de las primeras casas del pueblo, una persona que era en él mismo funcionario civil, se acercó á los Guardias y separándose con ellos de los demás, les ofreció considerables sumas de dinero por la libertad de los tres contrabandistas, que segun habia yá llegado á su noticia habian aquellos aprehendido. (1)

Bien se adivinará que los Guardias, aunque con mesuradas palabras, rechazaron indignados la proposicion, sin que la poco prudente persona que les proponía aquella falta, pudiera lograr de ellos la menor cosa que fuese contraria al deber de buenos Guardias Civiles.

Pero estos, que sin embargo preveian algo de lo que en efecto debia suceder, acudieron incontinenti á buscar la primera autoridad del pueblo.

No hallaron á ninguna.

Raro es el caso porque no obran así las autoridades españolas; pero si una vez ha sucedido, nada prueba eso en contra de las demás que como hornos visto en otras Crónicas son dignísimas intérpretes del poder gubernativo en sus ramificaciones.

Unióse á la ausencia de las autoridades locales, un sério motin levantado por todos los vecinos.

Los tres contrabandistas eran tambien de aquel pueblo y sus amigos parecien decididos á liberlos á toda costa.

El pueblo en masa rodea á los pundonorosos Guardias Martos y Pin; los acosa y arroja sobre ellos tantas injurias, denuestos y escarnios, que los valientes Guardias se ven en la necesidad de hacer inmediato uso de sus armas.

Dos Guardias, custodiando á ocho presos y haciendo frente á los desatinados rencores de todo un pueblo, es un cuadro al que nadie podrá negarle incuestionable valía.

El pueblo, dominado por la bizarra resistencia de los Guardias, no logra como quería dar libertad á los contrabandistas presos; Martos y Pin, obrando con la esquisita prudencia que el caso requería, se deciden á seguir su camino contestando con un silencio despreciativo y digno á los que los insultaban y moviendo sus armas contra aquellos que querian pasar de palabras á hechos, salen de X y siguen la ruta de Almería.

Media legua anduvieron sin que nadie les inquietara en el rigido cumplimiento de su deber.

Los contrabandistas presos no decian una palabra porque tenían sin duda esperanza de salvarse; y en los otros cinco delicuentes se notaba ciertos sintomas de una rebelion que estallaria en el primer momento en que los Guardias fuesen por segunda vez ofendidos.

Se les ofrecia aquella ocasion para salvarse y querian aprovecharla puesto que dificilmente se les presentaría otra mejor.

Los Guardias, con el ánimo sereno y la conciencia bien tranquila, continaaban su camino dispuestos á hacer frente á todo lo que pudiese sobrevenir.

Esto no se hizo esperar mucho.

De repente saltan de un barranco al camino hasta cincuenta paisanos, armados todos, y se dirigen hácia los Guardias á quienes estaban esperando.

Estos comprenden al punto lo que aquello significaba; y Ramon Pin y Juan Martos, forman el cuadro con los presos y caballerías disponiéndose á hacer una desesperada resistencia.

¡Resistencia! ¿Cuál cabia allí?.

Aquellos dos Guardias, colocados entre cinco presos que querian fugarse, tres contrabandistas que querian lo mismo y haciendo frente á la enorme masa armada que se les presentaba, tenían que sostener á la vez tres distintas luchas y una de ellas con cincuenta hombres entre los que se hallaban los contrabandistas huidos.

Y ellos ¡eran dos!

Dificilmente se hallará una situacion mas verdaderamente apurada. Podrá decirse ya lo que allí iba á suceder.

Los contrabandistas aprehendidos quedarían libres; los otros delicuéntes lo quedarían tambien; y los dos, Guardias, luchando con cincuenta Y ocho hombres en campo abierto, no podrían prolongar un minuto su heroica resiscía y morirían.

Pero esto último lo sabian ya ellos, que habian arriesgado la vida en otras oeasiones y que en aquella, anhelando solo morir como mueren los Guardias Civiles, miraban á la muerte cara á cara, despreciando todo temor, con valor sereno y como si fuera una antigua conocida que en lugar de traerles dolores y males les traia renombre, honra, y eterno lauro militar.

Morir allí era vivir para siempre en una gloriosa página de la historia de tan grande Institucion!

Apenas los Guardias formaron el cuadro decididos á vender bien caras sus vidas, cuando una nutrida descarga cayó sobre ellos.

Toda la cara de Ramon Pin apareció bañada en sangre.

Los tres contrabandistas quieren huir: los Guardias los sujetan.

Los cinco de la primera conducta valiéndose de la ocasion, intentan lo mismo: los Guardias logran tambien detenerlos.

Los cincuenta hombres caen sobre los Guardias: estos les hacen frente, hieren á varios y al mismo tiempo mantienen á su lado á los contrabandistas y á los presos.

Aquellos Guardias no parecían dos: eran diez, veinte, ciento, porque se multiplicaban parando los golpes é hiriendo, haciendo resistencia á los cincuenta y conservando bajo su mano á los presos.

Si como hemos dicho es difícil hallar situación mas apurada, lo es tambien hallar otra en que, no con tanta, sino con mas brillantez aparezca el brío y sangre militar que atesora el honrado corazon de los Guardias Civiles.

Hacen los enemigos nueva, mas cercana y mas nutrida descarga.... los Guardias quedan ilesos, y sin duda la Providencia de los buenos en aquel momento ponia ante Marios y Pin su invisible mano; porque la puntería del contrabandista suele ser muy certera.

La nube de humo que rodeó á los Guardias, fué en tanto grado espesa, que no distinguían ni los colores de su uniforme.

La confusion entonces llegó á su colmo; el estrépito ensordecia.

La lucha se renueva con mayor ensañamiento por ambas partes.

Los tres contrabandistas presos fueron separados del lado de los Guardias mientras luchaban estos con los demas y metidos entre la masa de enemigos.

Era ya imposible recobrarlos y los Guardias tampoco conocieron hasta que vieron huir á los cincuenta hombres, que el azar les robaba aquellos tres prisioneros.

Pero antes sostuvieron nueva lucha con los enemigos que querían sus vidas; y con los presos que se les escapaban de las manos.

La resistencia de aquellos dos valientes Guardias fué tan grande, tan inmensa, tan heroica que al ver los paisanos que ya iban siendo muchos los heridos que contaban, abandonaron el campo huyendo.

Si esto se nos hubiera dicho á nosotros antes de pensar en formar este libro, acaso no lo hubieramos creido.

Pero hoy que conocemos por sus hechos al benemérito Cuerpo de la Guardia Civil, no dudaríamos de ello aunque todo lo que hemos dicho no lo estuviéramos viendo apoyado en los naturales relatos y comprobaciones oficiales que nos sirven de guia.

Los Guardias entonces, sin darse un momento de reposo, vuelven á la alborotada poblacion de X; depositan á los presos en la cárcel; y ardiendo en deseos de dar á aquellas gentes una severa leccion corren en busca de los amotinados, luchan de nuevo y capturan diez.

Llega despues el Jefe que debia instruir las oportunas diligencias y aquellos diez como otros mas que fueron nuevamente capturados sufrieron el condigno castigo de su contravencion y alevosía.

Los Guardias Martos y Pin obtuvieron el ascenso al inmediato grado.

Sus nombres, vivirán de hoy mas, cuanto este libro viva.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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