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Noticias Guardia Civil

Criminalística, el laboratorio de los casos imposibles

  • Escrito por ABC

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La Guardia Civil halla a los autores de tres asesinatos históricos, a punto de prescribir.

Veinte años. Ese es el plazo para que un asesinato prescriba en España y sepulte en el olvido un caso, a una víctima. Ese es el plazo para sumar más dolor a la pérdida. El antídoto pasa a veces, solo a veces, por la Ciencia: la que se despliega en los laboratorios de Criminalística y es capaz de romper esa frontera temporal con nuevas técnicas y peritos que se dejan los ojos. En los últimos diez meses, la Guardia Civil ha encontrado a través de su ADN o su huella a los autores de tres asesinatos históricos a punto de prescribir: el de Eva Blanco, el de Juan Holgado y el de Eduardo Montori, cuya cabeza nunca apareció. Un perfil genético en la ropa interior de la chica; una huella impregnada en un tetrabrik de Kasfruit y otra huella marcada en sangre en la pared del dormitorio de Montori sirvieron para poner nombre y rostro a los criminales.

Son una muestra de un trabajo complejo, abrumador que engrosa sumarios judiciales y acumula pruebas contra delincuentes de todo tipo. Los tres citados, con sus azarosas historias, representan una esperanza para familias que buscan un hilo en su camino hacia la Justicia. «Somos especialistas en casos imposibles», dice con rotundidad el coronel José Antonio Berrocal, jefe del Servicio de Criminalística de la Guardia Civil.

Eva y la historia del ADN

A través del caso Eva Blanco, asesinada en Algete (Madrid) el 20 de abril de 1997, se puede seguir la historia del ADN en España. Hay detrás un trabajo incansable del Grupo de Homicidios de la Comandancia de Madrid, pero esa es otra pata de una de las investigaciones más exitosas del Cuerpo. Desde el punto de vista científico, transcurrieron 18 años y cuatro meses desde que se extrajo un perfil genético desconocido de la ropa interior y del cuerpo de la menor hasta que en la prueba número 90 del laboratorio saltó un cromosoma Y coincidente, es decir de un hermano o primo del asesino, el pasado 27 de agosto. Se pasó de obtener ocho o diez marcadores en la época del asesinato hasta los veinticinco; de los geles a los secuenciadores automáticos; de no existir almacenes de datos —o ser casi irrelevantes— a contar con la actual base de datos de interés criminal. En ella se almacenan ya 430.000 perfiles genéticos, tanto de individuos con nombres y apellidos que han cometido delitos como otros anónimos, hallados en escenarios criminales.

Gracias a ese marcador Y, obtenido en una muestra donada por el hermano del asesino, se llegó hasta Ahmed Chelh, quien llevaba una apacible vida en Francia mientras los padres de Eva se consumían en la duda y la falta de respuestas. A los tres meses de su detención se suicidó en la cárcel. El ADN demostró que era el culpable.

La prueba desaparecida

«Ahora trabajamos en mejorar los marcadores generales y la secuenciación masiva. En el futuro podremos alcanzar los 400 marcadores desde los veinticinco actuales», detalla el coronel Berrocal. A sus órdenes hay un «miniejército» de guardias civiles repartidos en seis grandes departamentos: Biología, Química y Medio Ambiente, Ingeniería, Identificación, Grafística y por último Balística y Trazas Instrumentales. Es un engranaje que no para de avanzar. «La técnica es importante, pero no podemos olvidar la pericia del perito, cómo se interpretan los resultados», insiste.

Esa pericia conduce al segundo caso imposible: el crimen de Juan Holgado o el caso del «Padre Coraje». La Guardia Civil remitió por fax al Juzgado número 1 de Jerez de la Frontera (Cádiz) un resultado sorprendente el pasado 16 de noviembre: el nombre del dueño de la huella dactilar impresa en un tetrabrik de zumo cuando asesinaron a Juan, durante el atraco a la gasolinera en la que trabajaba. Faltaban seis días para que prescribiera. Diez días antes de ese fax el mismo juzgado pidió a Criminalística que analizaran dicha huella —en realidad la foto de la huella puesto que el tetrabrik se perdió hace años y además el caso es de Policía Nacional—.

«La Policía nos remitió la foto, tratamos un poco la huella y se metió en SAID (Sistema Automático de Identificación Dactilar), pero no dio candidatos. El perito cambió los criterios de búsqueda y a la tercera apareció un candidato». Luego se cotejó con la huella indubitada y era él: Agustín Morales Ruiz-Berdejo, un delincuente y toxicómano que fue procesado por el crimen de Juan pero de quien nunca se obtuvo una prueba. Tras casi 20 años y dos sentencias sin culpables, no llegó el consuelo para estos padres ejemplares: Morales había muerto hace una década en prisión.

Entre rejas, en concreto en Zuera, recibió Pablo Miguel Canales Lahoz hace un mes escaso la noticia de su procesamiento por asesinato. En septiembre de 1996 apareció decapitado y quemado salvajemente en su cama Emilio Montori en Ejea de los Caballeros (Zaragoza). En la inspección ocular se encontró un fragmento de una huella impresa en sangre en la pared, hasta ahora sin dueño. En junio, tres meses antes de la prescripción la jueza del caso envió al laboratorio de Guzmán el Bueno la imagen de esa huella para que se estudiara.

«Hay una zona central con una huella dactilar sobre la que no se habían encontrado suficientes puntos de interés (el estándar es de doce), pero luego ampliando la foto se ve que hay otra zona con un fragmento distinto a la central, más pequeño pero con más puntos. Al cotejarlo se vio que era de este hombre». Canales, delincuente habitual, fue detenido en su día por el crimen pero sin pruebas quedó en libertad. Ahora será juzgado.

ADN y huellas. Biología de la Guardia Civil hizo 5.000 informes genéticos el años pasado. Algunos llevan diez pruebas y otros cincuenta, depende. Son caros, muy caros, pero se han convertido en la estrella de la investigación sobre todo en homicidios y agresiones sexuales. De huellas, los agentes hacen en torno a un millar al año, los casos más difíciles porque las Comandancias se ocupan de la mayoría. Cuando se cierran las demás puertas, acuden al laboratorio central.

En esas dependencias de Guzmán el Bueno coexisten las técnicas más avanzadas en investigación: hay, por ejemplo, una base de datos de calzados que tiene ya 10.000 modelos para cotejar o una de huellas de neumáticos con otro millar, además de la imprescindible IBIS de huellas balísticas de proyectiles y casquillos. La identificación del calzado que ha podido usar un asesino no está en la huella en sí sino en los defectos de la huella, en sus desgastes. «Marca Robusta modelo Encina» son las botas que llevaba el homicida en un crimen de 2015 en Gran Canaria, ya incorporadas a la base.

El departamento de tratamiento de imágenes se ocupó el año pasado por encargo de la Corte Penal Internacional de analizar un vídeo casero de una manifestación en Costa de Marfil en el que se concluyó que los militares disparaban a la población. El informe fue usado en el juicio contra el dictador marfileño Laurent Gbagbo.

Berrocal incide en la habilidad de los técnicos más allá de los equipos. El ingeniero y la máquina. La tozudez del analista, que les llevó por ejemplo a desmontar hace unos meses la picadora hallada en el chalé de los horrores de Majadahonda. Había dos mujeres desaparecidas. La desarmaron pieza a pieza. El autor la limpió a fondo, pero ellos llegaron al interior. Allí estaba el ADN de la tía y la inquilina del presunto asesino. Su único rastro.

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