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El ángel de Pilar

  • Escrito por Redacción

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El cabo que salvó de morir ahogada a una subsahariana embarazada y a su familia se hará cargo de la niña, que nació gracias a su proeza: «Ya tiene preparado su cuarto»

A Pilar le chiflan las patatas fritas, los dibujos de Peppa Pig y el tren de la bruja que descubrió en la última Feria de Melilla. Casi tanto como bajar a la playa, chapotear feliz en la orilla y nadar como un pez en el agua. Son las mismas aguas del Estrecho de Gibraltar que estuvieron a punto de tragarse a su madre, su padre, su hermano y a ella misma, que aún no había salido del vientre materno, hace casi cuatro años, cuando la patera en la que viajaban junto a otras seis personas volcó poco antes de tocar el muelle del Puerto de Melilla.

RECONOCIMIENTO

«El día que llegaron a la comandancia se me partió el corazón»

Aquella fría noche del 10 de noviembre de 2011, el cabo Javier González Ferrón, de 39 años, submarinista de la Guardia Civil en la ciudad autónoma, guardaba luto por la muerte de su abuelo, que había fallecido por la mañana. El desconsuelo y la nostalgia habían hecho mella en el agente. Le correspondían unos días libres por la pérdida de un familiar, pero prefirió ponerse el uniforme y acudir al trabajo. Como una jornada cualquiera. Solo que, aquel día, Ferrón acabó salvando cuatro vidas. «Fue exactamente lo que pensé cuando ya había pasado todo. Qué paradoja. Por la mañana se muere mi abuelo y por la noche salvo a tres personas... ¡y la que estaba por venir!».

Javier González Ferrón no se lo pensó dos veces cuando se percató de que algunas personas no habían alcanzado una de las escalerillas del muelle y habían caído al agua. «Generalmente utilizamos un hilo de guía, linternas... Elementos para nuestra seguridad. Aquella noche solo me quité las botas y me tiré. Estaba muy oscuro. Gracias a la luz del barco que cubre la línea de Motril, pude ver unas burbujas y seguí su rastro. A ocho metros de profundidad encontré a Lydie, que estaba cayendo a plomo, inconsciente y en una zona muy peligrosa que suponía un riesgo para todos», relata todavía emocionado. La abrazó y empezó a subir con ella hacia la superficie. En el trayecto, el hijo de Lydie, Aka, de seis años, también se enganchó al cuello del rescatador. «Logré subir con los dos, aunque Lydie es una mujer alta -mide 1,90- y llevaba encima mucha ropa de invierno, lo que le daba aún más peso. En ese momento también echamos una mano a su marido. La adrenalina te ayuda a no sentir el peso, ni el dolor ni nada. Solo piensas en seguir», explica.

Unos meses después, una mujer se presentó en la Comandancia de la Guardia Civil de Melilla preguntando por su «salvador». Era Lydie, y llevaba en brazos a su recién nacida: «Quiero ponerle su nombre y que usted sea su padrino», pidió a su héroe. «Yo me sentí y me siento muy agradecido. Muy orgulloso. Pensábamos que Javiera no sonaba muy bien -ríe Ferrón-, así que decidimos que se llamaría Pilar, como la Virgen del Pilar, la patrona del Cuerpo».

Más cadáveres que vidas

«La niña es la viva imagen de la labor de la Guardia Civil y por ella me pongo el uniforme todos los días», reconoce el cabo, con casi 20 años de servicio a sus espaldas. Dos décadas en las que Ferrón ha rescatado más cadáveres que vidas. Las historias con final feliz, como la de Pilar, son la excepción de un drama «que no va a parar», se lamenta. «Sacar niños sin vida es especialmente duro», admite. «Y la actitud de aquella reportera pateando a unos refugiados, repugnante».

Javier González Ferrón es todo lo contrario a la periodista húngara. Años después de salvar a toda la familia, sigue tendiendo la mano sin medida. La pequeña vive hoy con su madre en Mondragón, en el País Vasco, aunque el dinero que Lydie gana cuidando a personas mayores no llega para todo. El marido reside en Francia con Aka y en Costa de Marfil aún esperan tres hijos más. Pilar ya pasaba los veranos en Melilla junto al guardia civil, pero a partir del 30 de diciembre vivirá con Javier y con su esposa de forma permanente. Ellos no tienen hijos, pero sí ocho sobrinos. «Ya tiene preparada su habitación», recalca el cabo, que ha iniciado los trámites para convertirse en el tutor legal de la niña, una 'muñequita' que se convierte en el foco de atención allá por donde pisa. Si encima se viste de flamenca, como ocurrió en un reciente concierto de La Húngara, el follón a su alrededor puede ser de órdago. «Me siento responsable de ella. Si tengo medios con los que poder ayudar para que ella pueda ir al colegio y pueda tener una buena vida voy a seguir haciéndolo». Más adelante llegará el día de contarle el «cuento de la inmigración». Aunque, para entonces, Pilar ya se habrá atiborrado de patatas fritas, habrá montado en todos los cacharritos de la feria y seguirá nadando feliz en las aguas de las que un día la salvó Javier.

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