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Noticias Guardia Civil

Caso Eva Blanco: dos décadas de cacería policial tras el asesino

  • Escrito por Redacción

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Los agentes de Homicidios de Tres Cantos, para los que el caso se llegó a convertir en una obsesión, nunca perdieron la esperanza de encontrar al asesino

 Guionistas del mundo entero: he aquí una impresionante historia de superación policial, de ingredientes imbatibles. Por ejemplo: 400 sospechosos, un asesinato a punto de prescribir después de 18 años y medio, centenares de pruebas de ADN recogidas semana tras semana, todo tipo de cortapisas judiciales para poner en valor el resultado de esas pruebas, un pueblo movilizado y, en el centro del guión, como protagonistas, un grupo de guardias civiles incansables, sin duda heroicos, finalmente obsesionados con la resolución de un crimen que estuvo a punto de escurrírseles, como agua, entre los dedos.

Eso, y lo inesperado, que sucedió ayer: el final feliz. La detención, ahora sí, del presunto asesino de Eva Blanco. Sonaba quijotesco cómo el grupo de Homicidios de la Comandancia de Madrid contaba que seguían investigando la muerte de la chica de Algete, día a día, hora a hora, aunque habían pasado casi 20 años y ellos mismos se confesaban perdidos, palpando aún en la oscuridad.

Agarrándose a cada resquicio, apenas media docena de guardias seguía invirtiendo sus horas muertas, los intervalos entre caso y caso, a veces incluso el tiempo libre, en desmontar un rompecabezas ya polvoriento, compuesto de archivos manoseados y leídos mil veces: «Nunca hay que perder la esperanza, pero es verdad que...», admitían, encogiendo los hombros, bajando la mirada, mientras el reloj iba descontando días y el asesino acariciaba, poco a poco, la exculpación definitiva en su refugio francés.

Los guardias, en su pequeña oficina en Tres Cantos, te sacaban entonces unos sobres de color plateado de un archivador: «Mira, créetelo, seguimos en ello... Cada semana tomamos muestras de ADN». Parecía la locura de quien no se conforma con la realidad, con la evidencia de que el asesino, además de libre, estaba a un paso de ser inatacable. Y, sin embargo...

El ADN. Toda su fe se concentraba en él. En recoger saliva, pelos o cualquier cosa con cromosomas entre cientos, tal vez miles de personas. ¡Parecía imposible!

Y el juzgado, que tuvo la investigación prácticamente congelada durante nada menos que 13 años al prohibir a los agentes la recogida de muestras masivas de ADN voluntarias en Algete. Los guardias, incluso, veían posible llegar al asesino a través del perfil genético de un familiar. Esto es: el ADN no sólo servía para descartar sospechosos, sino para incriminar a algún familiar que tuviera un perfil genético relacionado.

Cuatro veces los guardias creyeron tener en el objetivo al verdadero asesino. Y otras tantas se desengañaron. Escrutando en los propios diarios de Eva, repitiendo una y otra vez sus rutinas por Algete, los agentes esperaban el milagro: la prueba definitiva en ese lugar por el que habían pasado ya, en las pesquisas, un millón de veces.

El caso llegó a convertirse en una obsesión, en una espina clavada para los que incluso se jubilaron o se marcharon por el camino a otros destinos. Y pese a que algunos ya no están en la Comandancia, y todos han envejecido con el caso estos 18 años, siempre mantuvieron la esperanza: «Algún día saldrá, al final tendremos que sacarlo», respondían cada vez que les preguntabas, ya casi como el que pregunta por la familia: «Qué, ¿seguís con lo de Eva?».

Y no es que siguieran.

Es que nunca se olvidaron de ella.

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