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Viva la Guardia Civil

  • Escrito por Redacción

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Juan Carlos y Eduardo cenaban poco antes de las doce de un miércoles de octubre en el bar El Puente del barrio donostiarra de Eguía. Dos encapuchados, desde fuera, tras romper los cristales de la ventana del establecimiento, les dispararon por la espalda. Murieron en el acto, abatidos sobre la mesa. Eduardo era de Vigo y tenía 33 años; Juan Carlos, manchego de sólo 25.

                        Un domingo por la tarde, alrededor de las seis, Luciano, Luis, Andrés y Carlos volvían del campo de fútbol de Gobelas, en Las Arenas. Dos comandos de ETA, formados por cuatro individuos armados con metralletas y escopetas, esperaban tras una tapia. Dos de ellos dispararon contra los más próximos: Luciano y Luis. Inmediatamente, sin darles tiempo a reaccionar, el segundo comando ametralló a Andrés y Carlos. Los terroristas huyeron en dos coches que les esperaban. Antes, remataron a los guardias que yacían en el suelo.

                        A Manuel lo acribillaron a balazos por la espalda en Zaráuz, un sábado por la tarde. Unos minutos después, un adolescente y su novia apartaban, con el corazón acelerado, a quienes se arremolinaban en torno a su cuerpo sin vida. El muchacho era el mayor de sus seis hijos.

                        Angel vivía en el barrio de Larratxo, en San Sebastián, desde hacía más de diez años. Un catorce de junio, a las siete y cuarto de la tarde, una bomba adosada a la rueda delantera de su coche hizo explosión cuando accionó el contacto. El coche voló por los aires, envuelto en llamas. Angel murió abrasado ante los ojos incrédulos y aterrados de un chiquillo del barrio.

                        Ricardo fue tiroteado una tarde de junio cuando esperaba a sus hijos a la salida del colegio de las Franciscanas de Trápaga (Vizcaya). Un individuo, al que acompañaban otros dos, se bajó de un taxi robado y disparó contra el coche de Ricardo, que no pudo reaccionar. El asesinato fue presenciado por muchos alumnos, incluidos Carolina y Ricardo, sus hijos, a los que acababan de dar las notas de fin de curso.

                   Hace unos días asistí, por casualidad, en Guadix, a una jornada de puertas abiertas que se desarrolló en la Plaza del Ayuntamiento, con motivo de las celebraciones de la Patrona de la Guardia Civil, la Virgen del Pilar.

                Más de una treintena de agentes mostraron al público, mayoritariamente integrado por escolares, cómo trabaja el Instituto Armado en distintas situaciones: simularon un accidente de tráfico, la detención de unos narcotraficantes y hasta la detección y desactivación, con un perro y un robot, de un paquete-bomba.

                  Los niños (y los mayores), encantados, aplaudían a rabiar.

                 Vi en las caras de los guardias jóvenes reflejadas las de aquellos veinteañeros de la Plaza de la República Dominicana. Y en las de los escolares accitanos, las de los niños cruel y prematuramente arrebatados a la vida en Vic o Zaragoza.

                  Y me acordé de cuántos guardias como ellos, muchachos de familias humildes, que en Guadix recibían el cariño de la gente, habían sufrido el rechazo, la soledad y el odio en el norte opulento; cuántos habían encontrado la muerte, de la forma más cruel, por defender la libertad y la seguridad de todos nosotros. Y cuántos no habían podido descansar en paz ni después de muertos: velados clandestinamente por sus familias, homenajeados de urgencia en los patios traseros de los cuarteles electrificados, “la muerte no es el final”, el himno nacional, el coche fúnebre y a toda prisa para el sur, como apestados…

                        Me acordé de todo eso mientras confraternizaban con la gente del pueblo y, como los escolares de Guadix, emocionado y agradecido, grité “viva la Guardia Civil” y aplaudí hasta que me dolieron las manos.

* Publicado en IDEAL

http://elvendedordecrecepelo.blogspot.com.es/2013/10/viva-la-guardia-civil.html?m=1

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