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  • Escrito por Redacción

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Los que solemos ser muy activos en las redes sociales, concretamente en Twitter, últimamente hemos podido ser testigos de las constantes ocurrencias y desvaríos de Eduardo Garzón respecto a temas de inflación, deuda y soberanía monetaria.

El economista, afín a las ideas intervencionistas que defienden formaciones como Podemos o Izquierda Unida, llegó a afirmar en sus tweets que "un Estado con soberanía monetaria no necesita recaudar impuestos para aumentar su gasto público". Evidentemente, esto suena utópico y surrealista, pero procedamos a explicar por qué.

Lo que Eduardo Garzón propone como su gran solución a la actual crisis económica que sufre España es aumentar la masa monetaria con el fin de generar inversión y, de este modo, incentivar el consumo o, dicho de otra forma, estimular la demanda interna, además de incrementar así las exportaciones y el saldo de la balanza comercial. Su teoría tiene dos fallos principales.

Devaluar la moneda no aumenta las exportaciones

Uno de los primeros efectos que supondría la impresión masiva de dinero es la inmediata devaluación o pérdida de valor adquisitivo de la moneda nacional. Teóricamente, con esta medida nuestras exportaciones podrían incrementarse considerablemente, dado que los precios de los productos que nuestras empresas ofrecerían al exterior resultarían enormemente atractivos; sin embargo, las importaciones se encarecerían. Ahora mismo nos encontramos en una situación en la que, entre nuestros principales socios comerciales, el 66,21% de nuestras exportaciones van dirigidas a la Eurozona y el 57,37% de las importaciones que recibimos provienen de esta zona comercial. Dicho de otra forma, esto significaría que si devaluáramos la moneda solo el 33,79% de nuestros productos exportados disminuiría su precio frente al 42,23% de los productos importados que aumentarían el mismo debido a que, al comerciar con la misma moneda, las transacciones en la Eurozona no tendrían efecto sobre la balanza comercial.

Claro, esto suponiendo que sea el BCE el encargado de devaluar el Euro. Sin embargo, la situación más probable y realista en el caso de que nuestros gobernantes insistieran en estas políticas inflacionistas sería una salida de España de la zona Euro, lo que derivaría en una pérdida de valor adquisitivo de nuestra hipotética moneda frente al Euro (se calcula un 50% del valor). Esto significaría que, para empezar, nuestra deuda contraída en euros desde el año 2000 se doblaría. España entraría entonces en default o suspensión de pagos ante la insostenible situación. El inversor extranjero, ante el riesgo que esto generaría, decidiría retirar sus inversiones en nuestro país, lo que conllevaría una disminución del crédito a las empresas e individuales y una fuga masiva de capitales, concluyendo con un cierre de empresas generalizado, como ha pasado en Venezuela con casi 300.000 negocios y empresas. Debido al encarecimiento de las importaciones, nuestra inflación alcanzaría cifras récord. Y, por supuesto, al disminuir el valor adquisitivo de nuestra moneda nacional, esto repercutiría otra vez en un aumento de la inflación.

Pero, claro, esto suponiendo también que nuestros productos exportados tengan un bajo margen de valor añadido. Devaluar la moneda sirve para estos casos. Y no es este el nuestro. España exporta mayoritariamente bienes de medio y alto margen, lo que quiere decir que nuestras exportaciones podrían llegar incluso al extremo de resentirse mientras continúan aumentando las importaciones y el precio de estas. La forma que tiene nuestro país de competir se basa en la calidad de sus productos y no en el precio de estos, por lo que una devaluación, además de ser completamente inútil, resentiría la economía en gran medida. Sería un suicidio económico.

Imprimir dinero genera pobreza

Supongamos que mañana aumentamos la masa de dinero de nuestro país que tiene una total soberanía monetaria. Todavía es pronto para que el efecto de esta medida genere devaluaciones en la moneda. Este dinero se reparte en forma de subvenciones, becas, contrataciones de obra pública, etc. Es decir, unos pocos privilegiados van a tener acceso al capital recientemente imprimido y se van a poder aprovechar de los precios antiguos sin inflación mientras son poseedores de un mayor poder adquisitivo. De repente, la moneda se empieza a devaluar debido a la creciente oferta monetaria existente y la inflación aumenta. El dinero se va distribuyendo por toda la sociedad por oleadas mientras que cada una de estas reparte menos poder adquisitivo que la anterior. De esta forma, los sectores más beneficiados por las inyecciones de capital atraerían más inversión y, por lo tanto, una mayor oferta que, en la mayoría de los casos, no está correspondida con la demanda existente. Después de un tiempo inflando la burbuja nos encontramos con un escenario de redistribución de riqueza muy desigual que únicamente ha generado pobreza, perjudicando a los que menos tienen, y una oferta agregada muy superior a la demanda agregada del país que implicará, en un futuro no demasiado lejano, recortes de gasto público y aumentos de impuestos con el fin de devolver la oferta agregada a las cifras anteriores a la burbuja.

Como conclusión, podemos sacar en limpio que si crear riqueza fuera tan fácil como darle a la impresora, tal y como predica Garzón, nos encontraríamos en un mundo económicamente liderado por Venezuela y Zimbabue (que llegó a imprimir hace unos años billetes de un trillón de dólares), siendo estos los ejemplos más recientes de la catástrofe que la hiperinflación puede generar. Aun así, no hemos tenido en cuenta ni la escasez ni el aislamiento internacional que suelen sufrir estos países. Por todo esto, proponer tales ideas en nuestra sociedad actual resulta, como mínimo, preocupante.

Gonzalo Pisabarro García (www.librtario.es)

Miembro del Club de los Viernes

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