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Los ambientes agradables y estimulantes potencian el sistema inmune

  • Escrito por ABC

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Tras dos semanas en jaulas más espaciosas y llenas de ‘juguetes’, los sistemas inmunitarios de los ratones aumentaron su capacidad para combatir las infecciones.

A día de hoy es bien sabido que la contaminación afecta de manera muy negativa sobre nuestro sistema inmune y, por tanto, sobre nuestro estado de salud general. Un efecto pernicioso que también se ha observado en aquellos casos en los que las personas se ven abocadas a vivir en un entorno que consideran ‘poco adecuado’. De hecho, se ha sugerido que el estatus social o psicológico puede condicionar el riesgo de un individuo de desarrollar una enfermedad autoinmune. Sin embargo, y si bien los ambientes ‘hostiles’ merman la capacidad de nuestro sistema inmune, aún no se ha podido demostrar que los entornos propicios o benévolos lo potencien. O así ha sido hasta ahora, dado que un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad Reina María de Londres (Reino Unido) muestra que vivir en un ambiente afín mejora la eficacia de los linfocitos T. O así sucede, cuando menos, en modelos animales –ratones–. Y para ello, tanto solo hay que darles juguetes.

Como explica Fulvio D’Acquisto, director de esta investigación publicada en la revista «Frontiers in Immunology», «tras únicamente dos semanas de un entorno enriquecido con gran cantidad de juguetes y espacio, los sistemas inmunes de los ratones eran completamente diferentes y parecían mejor preparados para combatir las infecciones».

Ambientes ‘propicios’

Para llevar a cabo el estudio, los autores utilizaron un modelo animal –ratones– al que sometieron a dos hábitats diferentes: uno ‘normal’, consistente en una jaula estándar con serrín y materiales para que fabricaran sus nidos; y un ambiente ‘enriquecido’, con jaulas mucho más amplias y juguetes –como una caja de colorines para su uso como nido, una red de tubos de plástico, una rueda para correr y ‘columpios’.

Transcurridas dos semanas, los investigadores extrajeron linfocitos T de los animales y los trataron con un agente infeccioso. ¿Y qué pasó? Pues que los linfocitos T de los ratones del hábitat estándar ofrecieron una respuesta igualmente estándar. Sin embargo, los linfocitos T de aquellos que disfrutaron del entorno ‘estimulante’ mostraron un patrón único caracterizado por la secreción de moléculas de señalización específicas que juegan un papel muy importante en la respuesta inmune. Es el caso de la secreción de mayores niveles de interleucinas 10 y 17, lo que conlleva una mejor respuesta a las infecciones.

¿Qué pasaría si los médicos tuvieran la capacidad de cambiar el entorno de sus pacientes y prescribirles dos semanas de vacaciones? Fulvio D’Acquisto

Es más; los autores también observaron que los linfocitos T de los ratones ‘privilegiados’ también tenían una huella genética única: la potenciación de 56 genes que no tenía lugar en el entorno normal. Y muchos de estos genes confirieron una mejor respuesta a la infección.

Como indica Fulvio D’Acquisto, «el efecto resultó especialmente destacable porque no les dimos ningún fármaco. Lo único que hicimos fue cambiar las condiciones de sus hábitats. Podríamos decir que les pusimos en un hábitat equivalente a un resort de vacaciones y les dejamos disfrutar de un ambiente nuevo y estimulante durante dos semanas».

Tómese unas vacaciones

Entonces, y una vez observado lo que sucede en los ratones, ¿puede sugerirse que este ambiente idílico también mejore la respuesta inmune de los seres humanos y, por ende, nuestra capacidad de combatir las infecciones? Pues, teóricamente, sí, pero primero hay que desarrollar ensayos clínicos para confirmarlo.

De hecho, los propios autores reconocen que su estudio fue llevado a cabo con un modelo animal ‘sano’, por lo que no pudo analizarse si estas mejoras ambientales también potencian la capacidad del sistema inmune de los animales que ya padecen una enfermedad grave. Y asimismo, solo evaluaron un tipo de célula –los linfocitos T–, por lo que no se puede descartar que la mejora del entorno no tenga un efecto diferente –e incluso nocivo– sobre otras células del sistema inmune. Es decir, hay que realizar más estudios.

Sea como fuere, concluye Fulvio D’Acquisto, «desde luego que nuestros hallazgos requieren ser evaluados en los humanos. Pero también nos muestran unas posibilidades muy interesantes. ¿Qué pasaría si los médicos tuvieran la capacidad de cambiar el entorno de sus pacientes y prescribirles dos semanas de vacaciones? O quizás también podríamos potenciar los efectos de los actuales tratamientos farmacológicos que actúan sobre el mecanismo de las infecciones. Y para ello solo tendríamos que ofrecer al paciente un entorno que mejore su estado de bienestar general. Este sería un enfoque muy prometedor para tratar las enfermedades crónicas».

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