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La patrona de la Hispanidad

  • Escrito por Redacción

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El 12 de octubre, se celebra la fiesta de la Virgen del Pilar, fecha que a su vez, según recoge el Real Decreto 3217/1981, de 27 de noviembre, establece en su artículo único: “El 12 de octubre, fiesta nacional de España y Día de la Hispanidad, tendrá con carácter permanente consideración de fiesta laboral de ámbito nacional”. Pero, ¿de dónde viene que la Virgen del Pilar sea declarada patrona de la Hispanidad?, sobre todo teniendo en cuenta que la advocación de esta Virgen tiene nulo predicamento en tierras iberoamericanas.

Es a partir de la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX cuando se gesta el patronazgo hispano de la Virgen del Pilar. Después de un largo debate intelectual sobre el concepto de “hispanidad”, en el que participaron pensadores de la talla de Ramiro de Maeztu, Miguel de Unamuno, el obispo vasco Zacarías de Vizcarra y el propio Cardenal Primado de España Isidro Gomá, cuando en los primeros meses de 1958 se produjeron dos hechos determinantes en el caso que nos ocupa. El primero ocurrió el 10 de enero con la promulgación de un decreto firmado por el jefe del Estado Francisco Franco, mediante el cual, y sin mencionarse a la Virgen del Pilar, se establece la fecha de su festividad, el 12 de octubre, como fiesta nacional y Día de la Hispanidad.

El segundo tuvo lugar el 28 de abril, cuando el papa Pío XII llama a la Virgen del Pilar “Reina de la Hispanidad” en su alocución a los peregrinos que asistieron en Roma al rito de beatificación de la monja española Teresa de Jesús Jornet e Ibars.

No obstante, existieron antecedentes significativos de estos dos hechos. Uno fue la firma del Real Decreto en el Monasterio de Santa María de la Rábida el 12 de octubre de 1892, siendo reina regente María Cristina de Habsburgo y presidente del consejo de ministros Antonio Cánovas del Castillo, por el que se declara “Fiesta Nacional” el aniversario del día en que las carabelas de Palos de Moguer arribaron a las costas de Guanahaní, con el pendón de Castilla en la proa y la Cruz en la vela del trinquete.

Otro tuvo lugar en Argentina, cuando en 1917 el presidente Irigoyen firmó el decreto en el que declara “Fiesta Nacional el 12 de octubre de cada año”, consagrando “esa festividad en homenaje a España, progenitora de naciones…”.

Y el año siguiente, en España, Alfonso XIII, con el refrendo del presidente Antonio Maura, aprueba la Ley de 15 de junio de 1918, en la que se lleva a la práctica el deseo expresado en el Real Decreto del 12 de octubre de 1892.

Por lo que se refiere al papa Pío XII también él, antes de 1958, había realizado una mención especial de la Virgen del Pilar que la unía irrevocablemente con su patronazgo de la Hispanidad, al llamarla el 28 de octubre de 1945 “gran madre de la Hispanidad” en un mensaje a los fieles argentinos en el I Centenario del apostolado de la oración, en el que les recuerda “el ejemplo de tantas naciones, hermanas vuestras de lengua y de sangre, y de la misma gran madre de la Hispanidad”.

La Virgen de Guadalupe, la otra patrona

Sin embargo, existe otra advocación mariana que, gozando de una larga y honda tradición en el Nuevo Continente, ha quedado relegada en España de su dimensión americana. Me estoy refiriendo a la Virgen de Guadalupe. No olvidemos que esta Virgen está íntimamente unida al primer viaje de Cristóbal Colón a las Indias Occidentales, pues fue en el monasterio de Guadalupe donde la reina Isabel la Católica compromete los términos de la expedición colombina. Este hecho, así como la numerosa presencia de extremeños en la aventura del Descubrimiento, favorece la pronta entronización de la Virgen de Guadalupe en la cristianización de los nuevos territorios.

Esta realidad histórica llevó casi cinco siglos después a que la Iglesia católica declarara a la Virgen de Guadalupe (la mejicana) patrona de América. La iniciativa fue obra del papa Juan Pablo II, que la proclamó, con ocasión de su viaje a Méjico de fecha 22 de enero de 1999, mediante su Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in América. Posteriormente, el 12 de diciembre de 2011, este patronazgo fue ratificado por el papa Benedicto XVI.

Sin duda, la Virgen de Guadalupe es una misma advocación para dos devociones diferentes pero estrechamente vinculadas. Por un lado, la devoción española, cuya antigüedad data de 1326, cuando el pastor Gil Cordero descubre la talla escondida de la Virgen negra en los márgenes del río Guadalupe, cerca de la falda sur de la sierra cacereña de Altamira. Bajo su advocación se conquistó el Nuevo Mundo. Siglos más tarde, en 1907, se declaró a Santa María de Guadalupe patrona de Extremadura y en 1928 recibió del rey Alfonso XIII el título de “Reina de las Españas o de la Hispanidad”. Su fiesta se celebra el 8 de septiembre, festejándose también el Día de Extremadura.

Por otro lado, la devoción americana, en especial la mejicana, cuyo fervor incontestable ha llevado a sus creyentes a considerar a Nuestra Señora de Guadalupe (blanca) como la Virgen original y primigenia.

En todo caso, la proclamación del patronazgo americano de la Virgen de Guadalupe por Juan Pablo II fue la consumación de un largo proceso. Un proceso que se inició en 1754 con el Breve Non est equidem, por el que el Papa Benedicto XIV proclama la festividad de la Virgen de Guadalupe un 12 de diciembre y su patronazgo inicial sobre la nación mejicana. Y decimos inicial porque a partir de entonces dicho patronazgo no para de crecer, tanto en intensidad como en extensión, a través de una serie de hitos. El primero fue la solicitud del Concilio Plenario Latinoamericano celebrado en 1900 de extender la fiesta de la Virgen de Guadalupe a toda la América hispana. El 24 de agosto de 1910 el papa San Pío X declara a la Virgen de Guadalupe “celestial Patrona de la América Latina”. Un patronazgo que, el 16 de julio de 1935, amplía también a Filipinas Pío XI.

Para terminar, decir que sólo he pretendido con estas líneas destacar esta singular paradoja. Dos advocaciones marianas que, sin proponérselo, compiten de manera silenciosa en un patronazgo hispánico que deja indiferentes a los creyentes de cada una de las dos orillas del océano Atlántico. Yo estoy seguro que a la Santísima Madre de Dios tampoco le importa.

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