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Una veintena de teólogos españoles lanza una campaña de apoyo al acceso a la comunión de los divorciados

  • Escrito por Redacción

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Ante las "crueles resistencias" y las presiones cada vez más potentes de los rigoristas que está recibiendo el Papa, la mayoría silenciosa comienza a movilizarse para apoyar la "primavera" de Francisco.

El detonante parte de una veintena de teólogos españoles de reconocido prestigio que acaban de lanzar una campaña de recogida de firmas de apoyo a una eventual decisión del Sínodo de permitir el acceso a la comunióin a los divorciados vueltos a casar civilmente.

La campaña en español (a la que seguirán otras en inglés, francés, alemán e italiano) se titula 'Carta al obispo de Roma' y está firmada por 18 teólogos, un informador religioso y el obispo emérito de Palencia, Nicolás Castellanos. Entre los teólogos figuran José Ignacio González Faus, Andrés Torres Queiruga, Luis González-Carvajal, Javier Vitoria, Lucía Ramón, Joaquín Perea o Ximo García Roca.

En la petición, lanzada a través de la plataforma Change.org, pide a todas las "personas de buena voluntad", especialmente a los fieles católicos, que arropen son su firma "al Papa de la misericordia y a los padres sinodales que quieran seguirlo en este camino de una 'misericordia exigente'".

Los firmantes aseguran, en la presentación de la campaña de Change que, "los sectores rigoristas presionan cada vez más al Sínodo y a Roma". Ya en la carte, señalan, en concreto, la recogida de casi medio millín de firmas que piden al Papa que no permita la comunión a los divorciados.

Para completar, que no contrarrestar, esa petición, los firmantes le piden todo lo contrario y quieren que se escuche "el clamor del Pueblo de Dios, hasta ahora silencioso, sobre este tema".

Los teólogos aseguran, en su escrito, que, admitiendo a la comunión a los divorciados, la Iglesia es fiel al espíritu del Evangelio y no a su letra. Como es fiel también al dogma definido en Trento, bien leído.

"En nuestra opinión, la prudencia pastoral no sólo permite, sino que hoy más bien reclama un cambio de postura". Y aducen una serie de razones bíblicas y antropológicas, para sustentar su petición.

La primera es que las palabras de Jesús de "lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre" son "primariamente una defensa de la mujer abandonada.

Pero "no se conocía en tiempo de Jesús la situación de un matrimonio que (quizá por culpa de los dos o por una incompatibilidad de caracteres, antes no descubierta), fracasa en su proyecto de pareja", explican los teólogos.

Además, siguiendo el Evangelio de Mateo, "lo decisivo no es cumplir la letra de la Ley, sino su espíritu. Y el espíritu fundamental de toda la ley evangélica es la misericordia: no una misericordia blandengue, por supuesto, sino una misericordia exigente. Pero de ningún modo una exigencia inmisericorde. Quizá, pues, tengan algo que decirnos aquí aquellas palabras con las que Jesús responde a los escándalos que causa su conducta misericordiosa: 'a ver si aprendéis lo que significa ‘quiero misericordia y no sacrificio'... " (Mt 9,13 y 12,7)".

Por esa fidelidad al espíritu de la Ley, la Iglesia primitiva abandona la circuncisión "tras fuertes discusiones y contra la opinión de algunos que creían ser más fieles a Dios y, en realidad, buscaban su propia seguridad. Gracias a aquella decisión tan discutida, la Iglesia no sólo fue fiel a Dios sino que abrió las puertas a la evangelización del mundo entero. Y hoy aquella decisión nos puede parecer evidente pero entonces les resultó a muchos escandalosa".

Matizan, asimismo, que la Iglesia, según los Evangelios, debe huir de imponer yugos, porque éste es "uno de los peores pecados que puede cometer la Iglesia". En ese sentido reconocen los firmantes que "es muy discutible que personas célibes puedan comprender lo que significa convivir cada día íntima y pacíficamente con otra persona con la que no hay la más mínima sintonía. Como es discutible que personas célibes pudieran abstenerse de mantener relaciones sexuales con una persona con la que se convive día y noche y a la que se ama".

Atender al espíritu de la Ley y no imponer cargas y optar por una "disciplina de misericordia" no significa, como suelen argüir los rigoristas, "abrir las puertas a una relajación moral, o a que la Iglesia acepta los mismos criterios sobre el divorcio que nuestra sociedad pagana".

La disciplina de la misericordia que preconizan los teólogos "sigue siendo una disciplina a la que no todos podrán acogerse: porque reclama arrepentimiento, reconocimiento de culpa y propósito firme de enmienda. De lo que se trata es de no dejar solos y sin ayuda a quienes han fracasado. Como Jesús: que comía con pecadores no porque fuesen buenos, sino para que pudieran serlo".

Por otra parte, como decía Teresa de Ávila y como practica y enseña la propia Iglesia, "la participación en la Eucaristía puede ser una gran ayuda y una fuerza para vivir evangélicamente. Nos tememos que privar de esa fuerza a quienes fracasaron en su primer proyecto matrimonial y han hecho ya penitencia por ese fracaso, podría acabar apartándolos de la fe".

Por último, argumentan que la Iglesia no debe tener una doble vara de medir "para las infidelidades evangélicas que afectan al campo sexual y para las que afectan a otos campos de la moral".

Señalan en concreto el derecho a la propiedad que, según la doctrina eclesial, "no es un derecho absoluto". Y, además, "ésa enseñanza del destino primario de los bienes de la tierra, tantas veces recordada por los últimos papas, la incumple una mayoría de católicos sin mostrar además el más mínimo arrepentimiento ni voluntad de enmienda por ello". Y sin embargo, se les admite a " recibir unos sacramentos que se niegan a los otros casos de pareja fracasada".

En definitiva, "Dios no tiene dos pesos y dos medidas" y, si es parcial con alguien, siempre lo es con los más pobres y con las víctimas y con los transgresores, como enseñan las parábolas del fariseo y el publicno, del hijo pródigo.

Por todo ello, los teólogos concluyen su escrito animando al Papa a resistir los embates de los rigoristas. "Agradecemos mucho tus esfuerzos, en medio de tan crueles resistencias, por dar a la Iglesia un rostro más conforme con el Evangelio y con lo que Jesús se merece".

Lista completa de los firmantes

Xavier Alegre Santamaría
José I. Calleja Saenz de Navarrete
Joan Carrera i Carrera
Lucía Ramón Carbonell
Nicolás Castellanos Franco
Maria Teresa Davila
Antonio Duato
Ximo García Roca
José Ignacio González Faus
Luis González-Carvajal Santabárbara
Mª. Terea Iribarren Echarri
Jesús Martínez Gordo
José Antonio Pagola
Joaquín Perea
Bernardo Pérez Andreo
Josep Mª Rambla Blanch
Andrés Torres Queiruga
José Manuel Vidal
Javier Vitoria Cormenzana
Josep Vives i Solé

CARTA AL OBISPO DE ROMA

Hermano Francisco, "Pedro entrevisto":

Estas líneas quisieran completar, por el otro lado, el escrito de casi medio millón de fieles, en el que te piden con ahínco que "reafirmes categóricamente la enseñanza de la Iglesia de que los católicos divorciados y vueltos a casar civilmente no pueden recibir la sagrada comunión". Por amor a Jesús, quisiéramos pedirte con igual afán que seamos todos fieles al Espíritu del evangelio, más allá de supuestas fidelidades a la letra de unas determinadas enseñanzas de la Iglesia.

Hablamos de supuesta fidelidad no para juzgar la intención de quienes te escribieron sino porque, en realidad, la enseñanza de la Iglesia no es que esos divorciados vueltos a casar "no puedan recibir la sagrada comunión" sino que, según el Concilio de Trento, "la Iglesia no yerra cuando les niega la comunión". Esa formulación, cuidadosamente elegida en aquel concilio, dejaba abierta la posibilidad de que tampoco haya error ni infidelidad en la postura contraria, y que se trate más de una cuestión pastoral que de una cuestión dogmática.

En nuestra opinión, la prudencia pastoral no sólo permite sino que hoy más bien reclama un cambio de postura. Por estas razones.

1.- En la Palestina del siglo I, las palabras de Jesús afectaban directamente al marido que traiciona y abandona a su mujer porque otra le gusta más, o por motivos de este tipo: son primariamente una defensa de la mujer. Ahí sí que resulta inapelable la frase del Maestro: "lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre".

No se conocía en tiempo de Jesús la situación de un matrimonio que (quizá por culpa de los dos o por una incompatibilidad de caracteres, antes no descubierta), fracasa en su proyecto de pareja. Dada la situación de la mujer respecto al marido, en la Palestina del s. I, esa hipótesis era impensable. Y aplicar las palabras de Jesús a otra situación desconocida en su época, donde lo que hay no es el abandono de una parte sino un fracaso de los dos, podría equivaler a desfigurar esas palabras. Estaríamos así manipulando a Jesús en aras de la propia seguridad dogmática, y poniendo la letra que mata por delante del espíritu que da vida, en contra del consejo paulino.
El evangelio debe ser inculturado y, cuando no se le incultura, se le traiciona. Los ejemplos que siguen pueden aclarar esto un poco más.

2.- El evangelista Mateo, que es quizás el que cuenta más transgresiones de la Ley por parte de Jesús, es curiosamente el único que pone en sus labios la frase "no penséis que he venido a derogar la Ley... He venido a cumplirla hasta la última tilde". Se nos da a entender así que, en aquellas transgresiones de la letra, Jesús estaba cumpliendo la Ley hasta el fondo, porque estaba custodiando su espíritu.

Y el espíritu fundamental de toda la ley evangélica es la misericordia: no una misericordia blandengue, por supuesto, sino una misericordia exigente. Pero de ningún modo una exigencia inmisericorde. Quizá, pues, tengan algo que decirnos aquí aquellas palabras con las que Jesús responde a los escándalos que causa su conducta misericordiosa: "a ver si aprendéis lo que significa ‘quiero misericordia y no sacrificio'... " (Mt 9,13 y 12,7).

3.- La iglesia primera ofrece otro ejemplo palmario de esa fidelidad al espíritu por encima de la letra, con el abandono de la circuncisión. La circuncisión tenía algo de sagrado como símbolo expresivo de la unión entre Dios y su pueblo; podría haber valido también de ella la citada palabra de Jesús: "lo que Dios ha unido no lo separe el hombre". Sin embargo, la Iglesia abandonó esa práctica tras fuertes discusiones y contra la opinión de algunos que creían ser más fieles a Dios y, en realidad, buscaban su propia seguridad. Gracias a aquella decisión tan discutida, la Iglesia no sólo fue fiel a Dios sino que abrió las puertas a la evangelización del mundo entero. Y hoy aquella decisión nos puede parecer evidente pero entonces les resultó a muchos escandalosa.

El mismo Pedro, en su discurso en defensa de aquella decisión, que hoy nos parece tan fiel al Espíritu de Jesús, habló de "no imponer un yugo que ni nuestros padres ni nosotros somos capaces de soportar" (Hchs 15,10). Este es uno de los mayores pecados que puede cometer la Iglesia. Y es muy discutible que personas célibes puedan comprender lo que significa convivir cada día íntima y pacíficamente con otra persona con la que no hay la más mínima sintonía. Como es discutible que personas célibes pudieran abstenerse de mantener relaciones sexuales con una persona con la que se convive día y noche y a la que se ama.

4.- Tememos que los defensores del rigor piensen que instalar en la Iglesia una "disciplina de misericordia" equivaldría a abrir las puertas a una relajación moral, o a que la Iglesia acepta los mismos criterios sobre el divorcio que nuestra sociedad pagana. En realidad no es así: no se cuestiona en absoluto la indisolubilidad del matrimonio; y la disciplina de misericordia sigue siendo una disciplina a la que no todos podrán acogerse: porque reclama arrepentimiento, reconocimiento de culpa y propósito firme de enmienda. De lo que se trata es de no dejar solos y sin ayuda a quienes han fracasado. Como Jesús: que comía con pecadores no porque fuesen buenos, sino para que pudieran serlo.

Teresa de Ávila, cuyo centenario estamos celebrando, recuerda en su autobiografía, que cuando se sentía pecadora o infiel recurrió algunas veces a abstenerse de la oración porque no se sentía digna de ella. Hasta que descubrió que aquel remedio era peor que su mal. La misma Iglesia ha enseñado siempre (y la práctica lo confirma) que la participación en la Eucaristía puede ser una gran ayuda y una fuerza para vivir evangélicamente. Nos tememos que privar de esa fuerza a quienes fracasaron en su primer proyecto matrimonial y han hecho ya penitencia por ese fracaso, podría acabar apartándolos de la fe.

5.- Finalmente queda la pregunta de si ha de tener la Iglesia una doble medida para las infidelidades al evangelio que afectan al campo sexual y para las que afectan a otros campos de la moral.

Por ejemplo: la iglesia ha enseñado siempre que el único propietario de los bienes de la tierra es Dios y que los hombres somos sólo administradores de aquello que creemos poseer. Esa condición de administrador pide al hombre poner todos los bienes que tiene de más, al servicio de los que tienen menos: de los pobres y de los carentes de medios.

Precisamente por eso, la Iglesia no reconoce un derecho absoluto a la propiedad privada, sino sólo en la medida en que éste sea un medio para satisfacer el derecho primario y absoluto de todos los hombres a los bienes de la tierra. Esa enseñanza del destino primario de los bienes de la tierra, tantas veces recordada por los últimos papas, la incumple una mayoría de católicos sin mostrar además el más mínimo arrepentimiento ni voluntad de enmienda por ello.

Porque esa enseñanza de la Iglesia es también muy contraria a la mentalidad de este mundo pagano. Pero ¿no es una palmaria injusticia que ésos católicos sean admitidos a recibir unos sacramentos que se niegan a los otros casos de pareja fracasada, cuando en éstos haya un arrepentimiento y voluntad de enmienda que no se dan en aquellos?

Dios no tiene dos pesos y dos medidas, o mejor aún: su parcialidad es siempre a favor de los más pobres y de las víctimas. En las parábolas que cuenta el evangelio del fariseo y el publicano o del hermano mayor del pródigo, Jesús estuvo sorprendentemente de parte de los transgresores: porque a quienes los acusaban, todas sus obras buenas no les habían servido para tener un corazón bueno, sino para tener un corazón duro.

Nada más, hermano Pedro. Sólo hemos querido exponer una opinión. Pero agradecemos mucho tus esfuerzos, en medio de tan crueles resistencias, por dar a la Iglesia un rostro más conforme con el Evangelio y con lo que Jesús se merece.

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