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Stalin como el Anticristo: las raíces católicas del “Terror Rojo”

  • Escrito por Redacción

STALIN

Los historiadores de la política americana tienden a ser una masa laicista que deja los asuntos religiosos a los especialistas en estos temas. Esto es trágico, porque si no comprendes las motivaciones religiosas, no podrás comprender muchos de los conflictos fundamentales en las naciones, incluso en los tiempos modernos.

Por ejemplo, tomemos el gran fervor anticomunista que floreció entre los años 1946 y 1954, y que expulsó a los comunistas y sus simpatizantes de la vida pública. Referirse a este movimiento como Macarthismo es profundamente engañoso, pues el propio Joe McCarthy se unió a la campaña cuando ya se había prolongado durante varios años, y cuando ya había logrado muchas de sus principales victorias.

Igualmente, identificar al movimiento con un demagogo ignora las amplias raíces del apoyo que la causa movilizó, muchas de las cuales tenían una motivación religiosa.

Los activistas contra el “Terror Rojo” venían de una variedad de tradiciones. Algunos eran protestantes, otros judíos, otros afirmaban no tener religión alguna.

Sin embargo, en la primera plana de muchas campañas, encontramos principalmente a católicos, que fueron fundamentales en las luchas más importantes de la época, contra el poder comunista en las organizaciones sindicales, en la maquinaria política urbana, y en las organizaciones étnicas.

En estas luchas, por otra parte, el clero católico luchó en la línea de frente. Si bien el “Terror Rojo” no era del todo un movimiento católico, no puede empezar a entenderse sin conocer las específicas ideas religiosas, e incluso apocalípticas, subyacentes.

El hecho de que la Iglesia Católica era profundamente anticomunista es poco sorprendente, pero a menudo nos olvidamos de que se trataba de una creencia teológica y mística, en lugar de sólo una postura política.

La Iglesia había visto al comunismo ateo como un enemigo mortal mucho antes de la revolución bolchevique de 1917, y este conflicto agudizó la amenaza. El papado respondió a la crisis con todas las herramientas ideológicas de las que disponía. Central para la nueva devoción mariana era la memoria de Fátima, el pueblo portugués en el que la Virgen se apareció a tres niños campesinos, desde 1917 en adelante.

Ella era la mujer coronada por el Sol, que permanecía de pie ante la amenaza del Dragón Rojo. Los sucesos de Rusia y el Comunismo se convirtieron en un signo apocalíptico, íntimamente conectado con el futuro de la Iglesia y el conflicto final entre la Luz y la Oscuridad. Las Fuerzas Rojas del comunismo estaban en guerra con el Ejército Azul de la Virgen María.

A través de la promoción del Papa Pío XII, la mitología de Fátima se convirtió en el evangelio de la cruzada anticomunista mundial. En 1950, la proclamación del Papa de la Asunción corporal de la Virgen produjo una nueva y ferviente oleada de piedad mariana.

Durante los años 40, los católicos estadounidenses se distinguieron en la denuncia de la agresión soviética, en un momento en que muchos medios de comunicación seculares estaban dispuestos a darle cierto margen al antiguo aliado.

En toda Europa Oriental, la Iglesia sufrió la confiscación de bienes y propiedades, mientras que la persecución del clero comenzó poco después de la creación de la hegemonía comunista.

Solo unas pocas semanas a principios de 1949 produjeron grandes titulares como: “Complot para destruir la Iglesia amenaza en Polonia”; “Los comunistas inauguran el Tiempo de la Persecución”; “Aniquilada la Iglesia en Rumanía” y “Los Rojos asesinan a un abad en un campo de prisioneros”; “Condenado a cadena perpetua un sacerdote por negarse a violar el secreto de confesión” [en Yugoslavia] ; y “El clero polaco sufre una nueva persecución por su Fe”.

ALETEIA

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