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(323) Pensamientos y pensaciones –en torno al Sínodo

  • Escrito por Redacción

SINODO

–¿Y no se da usted cuenta, a estas alturas, de que nadie va a leer un artículo tan largo?

–Ese juicio es temerario. Yo he tenido artículos breves con pocos visitantes y otros muy largos, como aquellos sobre el filolefebvrismo, que tuvieron muchas visitas, y que las siguen teniendo.

–La apostasía, al perder la fe, hace perder el uso de la razón, al menos en determinadas cuestiones. Esto podemos comprobarlo al considerar que algunos enormes errores, que se van imponiendo en las naciones de antigua filiación cristiana, hoy  apóstatas, no suelen afectar tanto a los pueblos paganos. Corruptio optimi pessima.

Cuando le oímos afirmar a una ministra del Gobierno español socialista, Bibiana Aído, encargada de ampliar las posibilidades legales del aborto, que «el feto es un ser viviente; pero que no sabemos si es un ser humano», pensamos que la pobre no tiene uso de razón –al menos en referencia al asunto que trata–. Pero cuando se generalizan en la calle, en los medios de comunicación, en la cultura general, en las leyes, pensamientos de la misma condición absurda sobre muchas otras cuestiones, llegamos a la conclusión de que estamos viviendo en un mundo irracional, que no se guía por la razón, sino por el sentimiento y por la voluntad. Y ya no hay filósofos que clamen contra las declaraciones irracionales, por graves que se prevean sus consecuencias. Podría, pues, decirse que la filosofía ha muerto. Juvenal: Sit pro ratione voluntas.

Eso es lo que pensaba San Pablo de los intelectuales de su tiempo. Por eso exhortaba a los cristianos: debéis ser «irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha, en medio de esta generación perversa y depravada, entre la cual aparecéis como antorchas en el mundo, llevando en alto la Palabra de la vida» (Flp 2,15-16).

Mayor aún es nuestro espanto cuando la irracionalidad secular invade a no pocos cristianos, que habrían de ser en Cristo «sal de la tierra, luz del mundo» (Mt 5,13-16). Y especialmente nos alarma e indigna cuando graves errores afectan a quienes integran las altas esferas académicas y pastorales. El pueblo sencillo, una de dos, o ha perdido ya la fe, engañado por los falsos doctores, o sigue pensando que dos más dos son cuatro. Ellos, mientras no haya quien los engañe, permanecen en el Credo y el Catecismo de la Iglesia. Y la Iglesia es la Esposa única de la Verdad, que es Cristo.

Pero en cambio, podemos hallar un teólogo, por ejemplo, el profesor Borobio, que tratando de la presencia de Cristo en el pan eucarístico es capaz de afirmar que «el determinante de la esencia de los seres no es otra cosa que su contexto relacional»… Más claro: que «la relacionalidad constituye el núcleo de la realidad material, el en-sí de las cosas». ¿Sabrá este señor lo que está diciendo?… Dios quiera que no. 

O mirando en la Iglesia más arriba, podemos escuchar a un Obispo, el de Orán, Mons. Jean-Paul Vesco, O.P., según el cual,cuando un católico se divorcia y contrae una nueva unión civil, «su elección de comprometerse en una segunda alianza ha creado un segundo vínculo tan indisoluble como el primero» (La Vie 23-IX-2014). Este señor Obispo, genial superador del principio de no contradicción –nunca superado hasta él–, no explica el cómo y el por qué de lo que afirma, y nos deja pensativos. ¿Será que el matrimonio indisoluble, como su misma palabra lo indica, es disoluble? ¿O será, más bien, que admite la bigamia?… ¿Podría él aclararnos? No es probable. El logos está ausente, y aún más el Logos divino.

* * *

Actus humani (actos humanos) y actus hominis (actos del hombre). En el comienzo mismo de la parte que la Summa Theologica dedica a la moral, enseña Santo Tomás esta distinción fundamental.

«De las acciones que el hombre ejecuta, solamente pueden llamarse humanas aquellas que son propias del hombre en cuanto tal». Y el hombre difiere de las criaturas irracionales porque está dotado de razón y voluntad. «En consecuencia, sólo se podrán considerar como propiamente acciones humanas las que proceden de una voluntad deliberada. Y si otras acciones hay en el hombre, no son propiamente humanas, pueden llamarse acciones del hombre, porque no proceden del hombre en cuanto tal» (ST I-II, 1,1). «Tales acciones no son propiamente humanas porque no provienen de una deliberación de la razón, que es el principio propio de los actos humanos» (ib. ad 3m). No significa esto que sean todas inhumanas, por supuesto, pues muchas de ellas  –por ejemplo, las que proceden solamente de la necesidad –respirar– o de la costumbre –mirar el reloj de vez en cuando–, aunque no procedan de un acto de la razón, no son contrarias a ella.  En cambio, sí son inhumanas aquellas acciones que, debiendo proceder de un acto deliberado de la razón, son contrarias a la razón, porque la persona ha preferido guiarse simplemente por el hábito, el sentimiento, la moda, el capricho, el mero estado de ánimo, etc.

Según esto, debemos reconocer humildemente que gran parte de nuestros actos no son propiamente humanos; son actos del hombre. Aunque, por supuesto, no todos éstos son pecaminosos. Y esto sucede en la naturaleza humana caída por el pecado. La salvación que Cristo nos trae se inicia en la virtud teologal de la fe, que viene a sanar la razón y a elevarla a una participación cualitativamente nueva en la sabiduría de Dios, del cual el hombre es, ha de ser, imagen. Es preciso, sin embargo, reconocer que las acciones de los mismos cristianos, mientras son carnales –la mayoría–, son habitualmente inhumanas, pues no parten de la razón y la fe, sino de la costumbre, la moda, el sentimiento, lo que le agrada.

Por el contrario, en los cristianos plenamente crecidos en la gracia, casi todos los actos son humanos, pues en ellos la voluntad obra según la razón y la fe. Algunos quedan todavía, sin embargo, que sin ser contrarios a la razón, no son propiamente racionales –actos humanos–, sino automáticos e inconscientes –actos del hombre, aunque no inhumanos–. En el año 107 escribe San Ignacio de Antioquía a los romanos, camino del martirio, que no le libren por nada del mundo del martirio: «No tratéis de engañarme con lo terreno. Dejadme contemplar la luz pura. Llegado allí, seré de verdad hombre» (Rom VI,2)… (Ciegos están los filósofos y pedantes que acusan al Cristianismo de deshumanizar a los hombres). En fin, apliquemos esto al ámbito del pensamiento.   

–Las pensaciones son sensaciones y sentimientos según los cuales piensa, habla y obra la persona como si fueran pensamientos, cuando en realidad no lo son. Los pensamientos son producidos por la razón iluminada por la fe. Y, sobre todo en los principiantes, están frecuentemente en contra de sus sentimientos y sensaciones. Pero cuando la persona autoriza que los sentimientos y sensaciones prevalezcan sobre las pensamientos de la razón y de la fe, nacen entonces las pensaciones, por las que se entra en el camino de la mentira y de la perdición. No es entonces el jinete (razón-voluntad) el que domina y guía al caballo (sentimiento-sensación), poniéndolo a su servicio en obras nobles e inteligentes, sino más bien es el caballo el que, siguiendo su instinto animal, lleva al jinete. Veamos un ejemplo:

Una novicia llamada por Dios –realmente llamada por Dios– a la vida contemplativa de clausura sufre mucho en los comienzos de su vida conventual con la soledad y el silencio. Y eso le lleva finalmente a la decisión, fundada en el sentimiento, de volver a la vida secular. «Si el Señor me llamara a la vida de clausura, me asistiría con su gracia para que pudiera vivirla en paz. Como me siento tan mal, después ya de bastante tiempo, esto es signo claro de que no tengo vocación contemplativa». Y siguiendo este pseudo-pensamiento, falso en su caso, abandona su vocación y regresa a su casa… En realidad discierne la voluntad de Dios y el camino de su vida sin seguir propiamente un pensamiento, sino una pensación. Y es posible que la misma Maestra de novicias, coincidiendo en ese discernimiento falso, apruebe su decisión y le recomiende salir.

Por el contrario, es perfectamente posible, y yo he conocido casos bien concretos, en que una vocación contemplativa ha salido adelante, fiel al auxilio de la gracia de Dios, habiendo pasado por unos principios –años a veces– tremendamente dolorosos. Es el caso de la novicia que, auxiliada por la gracia, se mantiene fiel a Dios: no hace su discernimiento vocacional siguiendo el dictado de pensaciones, sino que las vence ateniéndose a los pensamientos generados por la razón y la fe: renunciar a todo, tomar la cruz y seguir a Cristo, ab-negarse a sí misma, morir como grano de trigo en tierra para vivir y dar vida, obedecer incondicionalmente la voluntad del Padre, aunque haya que ir a la muerte, y muerte de cruz. Per crucem ad lucem.

Permítanme poner aún otro ejemplo, más próximo a la experiencia del común de fieles. Un padre católico quiere mucho a su hija, y cuando ella le dice que va a vivir con su novio sin casarse, se dice a sí mismo que debe apoyarla, y haciéndose cómplice del pecado, así lo hace, alegando que «lo que de verdad importa es que ella sea feliz» (pensación). Sólo puede dar ese consejo anticristiano silenciando lo que la razón y la fe (pensamiento) le afirman: que no es posible ser feliz desobedeciendo los mandatos de Dios, y que su hija, contrariándolos consciente y voluntariamente, está poniendo el fundamento para grandes sufrimientos y desgracias en esta vida, y si se descuida, en la vida eterna.

Las pensaciones se expresan siempre en un lenguaje equívoco, lo que es inevitable ya que les falta el logos de la razón o de la fe. Los maestros pensacionistas dicen a veces cosas abiertamente absurdas, sin duda inadmisibles. Otras veces, más veces quizá, emplean una ambigüedad deliberada: dicen una cosa con palabras aceptables, pero expresando por ellas una idea ciertamente falsa, que es la que quieren decir. Y así la entiende el oyente o lector. Podremos comprobarlo en seguida con varios ejemplos tomados del Sínodo o de su entorno.

Edward Pentin, del National Catholic Register,  informando (27-V-2015) sobre el lanzamiento de la obra Vademecum sobre la familia, en la que tres autores –Arzobispo Aldo de Cillo (Brasil), Obispo Robert Vasa (USA) y Obispo Athanasius Schneider (Kazakstán)­– respondiendo a 100 preguntas sobre los temas del Sínodo, declaran la doctrina de la Iglesia, refiere que uno de los capítulos de la obra trata de la «palabras talismán». Según los autores, expresiones como «herir a las personas», «misericordia», «acogida», «ternura» y «profundización», tienen una tal «elasticidad» que las tornan «susceptibles de ser usadas para efectos de propaganda y de ser objeto de abusos con fines ideológicos». De este modo, su utilización puede «llevar a los fieles a reemplazar un juicio moral por uno sentimental [en lugar de pensamientos, pensaciones]… llevándolos a considerar como bueno, o al menos tolerable, lo que antes consideraban malo». Esas palabras, y otras, como «reconocer» ciertas modalidades de parejas, «acompañarlas», etc., expresan muchas veces pensaciones, portadoras del error y la mentira.

* * *

Los pensamientos llevan a la verdad, la libertad y la vida, porque bajo la acción del Espíritu Santo, nacen de la razón y de la fe. En cambio, casi inevitablemente, las pensaciones conducen a la mentira, la cautividad y la muerte, que a su vez llevan a la perdición. En graves cuestiones morales, por ejemplo –«en ciertos casos y circunstancias»; es decir, prácticamente siempre en el hombre caído–, conducen a la aprobación de acciones que son intrínsecamente malas, y que por tanto nunca, en ningún caso o circunstancia, son lícitas: anticoncepción sistemática, aborto, divorcio, adulterio, enriquecimiento injusto, apropiación de lo ajeno, valoración positiva de las uniones homosexuales y bisexuales, restricciones políticas de la libertad, de la objeción de conciencia, de la opción libre en la educación de los hijos, etc.

Es verdad que no todos los pensamientos son verdaderos: algunos son generados defectuosamente al activar la persona la razón y la fe. Pero son pensamientos. Pueden ser discutidos honradamente, por ejemplo, en una disputatio theologica. Las pensaciones no. Una honrada disputatio puede establecer un diá-logo con pensamientos diversos, para buscar una formulación más exacta de la verdad. Pero no puede propiamente dia-logar con las pensaciones, como tampoco es posible, por ejemplo, el diálogo entre las palabras y los gruñidos. 

* * *

La pastoral buenista y permisiva está toda ella fundamentada en pensaciones. Nada tiene que ver con la ortodoxia y la ortopraxis de la Iglesia Católica. Es una pastoral que, orientada por el oportunismo mundano, el miedo a la cruz y la apostasía, entiende las más obvias traiciones a las enseñanzas y ejemplos de Cristo como progresos en la fidelidad al Evangelio. Argumenta sus pensamientos fundamentándolos en el sentimiento o los criterios del mundo, pero no según la razón y la fe.

Una parte de la asamblea del Sínodo 2014-2015 sobre la familia ha celebrado en él un verdadero Festival de Pensaciones, es decir, de graves errores presentados como si procedieran de razón y de fe, cuando en realidad no son más que sentimientos, complejos de inferioridad ante el mundo y deseo de ajustarse a sus modos y modas. Con la misma ocasión sinodal, el Señor ha suscitado en no pocos católicos pensamientos admirables, llenos de clarividencia natural y sobrenatural, que ciertamente confirmarán y desarrollarán la grandes verdades católicas sobre la familia. Al final de este artículo señalo algunos nombres. Siguiendo sus enseñanzas, «el Espíritu de la verdad os guiará hacia la verdad plena» (Jn 16,13).

Pero echemos una mirada al Festival aludido, en el que ciertos Cardenales, Obispos y teólogos han formulado públicamente en torno al matrimonio, la familia, el adulterio, la homosexualidad, enormes errores, que, con el favor de Dios, serán y son ocasiones de radiantes exposiciones de la verdad católica. Oportet hæreses esse (1Cor 11,19). «Todas las cosas colaboran al bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28).

Card. Kasper. En su Ponencia del Consistorio de Cardenales (Roma 20-II-2014), preparatorio del Sínodo de octubre de ese año, dijo: Negar la comunión a los divorciados vueltos a casar aleja de la Iglesia a sus hijos, pues «no ven a sus padres acercarse a los sacramentos… ¿No tendremos en cuenta que perderemos también a la próxima generación?… ¿Nuestra praxis consumada no demuestra ser contraproducente?… A muchas parejas abandonadas les conviene formar una nueva relación por el bien de los hijos, contraer matrimonio civil, al cual no pueden renunciar después sin pecado. Muchos, después de haber vivido amargas experiencias, encuentran en estas nuevos uniones una felicidad humana, y más aún un regalo del cielo» (Verlag Herder, 10-III-2014, Evangelium von der Familie, pg. 55)…  La comunión de los adúlteros, exigida por el bien de sus hijos… El adulterio, santificante don de Dios… El logómetro marca inexorable: logos = 0,00 (cero). Pensaciones. Y lo mismo lo que sigue.

P. Adolfo Nicolás, S. J., superior general de la Compañía de Jesús. «Puede haber más amor cristiano en una unión canónicamente irregular que en una pareja casada por la Iglesia» (entrevista, G. Galeazzi, 10-VII-2014). Es decir, pecar puede ser más cristiano que cumplir fielmente los mandamientos de Dios. «Si me amáis, guardaréis mis mandatos» (Jn 14,5). Más pensaciones.

Relatio post disceptacionem, Sínodo (13-X-2014). En las uniones homosexuales «hay casos en que el apoyo mutuo, hasta el sacrificio, constituye un valioso aporte para la vida de las parejas» (n. 52). No debe, pues, la Iglesia ignorar el posible valor santificante de la vida sodomítica. Sin acudir a la pensación es imposible concebir que el mutuo apoyo en un pecado pueda resultar valioso.

Arzobispo de Cali, Mons. Monsalve. Las parejas homosexuales «expresan algo constructivo y positivo de lo humano, que es el afecto… La Iglesia puede ayudar a entender esas manifestaciones como válidas, es decir, que se dan, y ayudar a las personas a construir sus vidas. No debemos crear conflicto con esas relaciones» (El Tiempo 15-X-2014). Confundir lo válido, lo lícito con lo que se da es una pensación que ahuyenta totalmente al logos, al pensamiento.

Card. Marx, arzobispo de Munich, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana. «Yo no he sido invitado [al Sínodo] para repetir las mismas cosas de antes» (17-X-2014). «Hay diversas posiciones. Algunos obispos en el Sínodo dijeron: “Están viviendo en pecado” [los adúlteros]. Pero otros dijeron: “No podemos estar diciendo cada día que alguien está en pecado. Esto no es posible”» (Revista América, 16-II-2015). Cuánta razón tiene: es imposible. Si llevamos tantos siglos diciendo que dos y dos son cuatro, ¿por qué no tener hoy el coraje y la creatividad suficientes para afirmar que dos y dos son cinco?…

Y aún ha dicho más: «El Sínodo no puede prescribir en detalle lo que tenemos que hacer en Alemania… No somos sólo una filial de Roma. Cada Conferencia Episcopal es responsable de la pastoral en su cultura, y tiene como deber anunciar el Evangelio. No podemos esperar hasta que un Sínodo establezca algo» (Il Foglio 26-II-2015). La misma palabra griega Sin-odo lo expresa: syn (reunión, acción conjunta) y odos (camino, viaje). ¿Qué busca, pues, un Sínodo de la Iglesia? Según el Cardenal Marx está claro: que cada Episcopado camine por donde mejor le parezca. Sínodo puro y duro.

Card. Damasceno Assis, uno de los tres presidentes del Sínodo 2014. «Tanto se habla críticamente de lo negativo de la sexualidad fuera del matrimonio, que la misma sexualidad dentro del matrimonio parece haberse convertido en una imperfección permitida» (debate Sínodo X-2014). Pensación magnífica: no denunciemos el pecado, porque podemos hacer odiosa la virtud.

Card. Coccopalmerio, presidente del tribunal constitucional del Vaticano. Favorable a dar la comunión en casos excepcionales a los divorciados vueltos a casar, manteniendo la actual norma disciplinar sobre el asunto. «¿Quién de vosotros, si se le cae al pozo un hijo o un buey, no lo saca enseguida en día de sábado?… Las opciones son: no hacer nada y dejar que se ahogue, o actuar y salvar la vida, sin negar por ello la ley del descanso sabático» (prensa 10-X-2014). Identificación rechinante de algo que es intrínsecamente malo, como el adulterio, con una ley disciplinar que puede cambiar o modificarse en sus exigencias. Pensación.

Obispo Cortés, San Feliu de Llobregat: «El mismo Jesucristo afirmó: “por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió divorciaros de vuestras mujeres” (Mt 19,8). Así pues, somos muchos los pastores y teólogos que pensamos que, dado el endurecimiento de corazón de nuestros contemporáneos, que desconocen la ley de Dios y la moral, podría permitirse entonces el divorcio mosaico» (encuentro en Casa de la Iglesia, 11-XI-2014). Otra analogía altamente creativa. En tiempos de gran oscuridad y tormenta, la mejor manera de vivir el Evangelio, al menos en algunas cuestiones, es olvidarlo y volver al Antiguo Testamento. Obvio.

Arzobispo Agrelo, Tánger. En algunas circunstancias los divorciados que se vuelven a casar hallan así «un crecimiento, un desarrollo… ¡un acercamiento personal a Dios! ¡Estoy seguro de ello! ¡Un acercamiento personal a Dios!» (20-XI-2014). Un pecado mortal, el adulterio, queda convertido en camino de santificación y de perfección evangélica. Verdad arzobispal grandiosa, desconocida en la Iglesia durante veinte siglos. Gran pensación, difícilmente superable.

Obispo Bonny, Amberes. «Debemos buscar en el seno de la Iglesia un reconocimiento formal de la relación que también está presente en numerosas parejas bisexuales y homosexuales. Al igual que en la sociedad existe una diversidad de marcos jurídicos para las parejas, debería también haber una diversidad de formas de reconocimiento en el seno de la Iglesia… Demasiada gente ha sido excluida por mucho tiempo» (De Morgen 27-XII-2014). Como es sabido, la Iglesia debe pensar y actuar a semejanza del mundo, si no quiere perder el tren de la historia. Y si el mundo se tira por un precipicio, la Iglesia, por solidaria caridad, debe arrojarse también por él.

El Comité Central de los Católicos Alemanes (ZdK) exige que se creen formularios para la bendición tanto de las parejas del mismo sexo como de las parejas de divorciados. Ya estas celebraciones existen en algunas Iglesias locales, en la que se da un reconocimiento positivo de las uniones homosexuales o adúlteras. El Obispo de Passau, Alemania, Mons. Stefan Oster, rechaza en un escrito público éstas y otras tesis semejantes, con el apoyo público de otros cinco Obispos alemanes. «Si tenemos que organizar celebraciones litúrgicas para bendecir relaciones de todo tipo, distintas del matrimonio sacramental, se me ocurre la pregunta: ¿por qué sólo para dos? Si, por ejemplo, tres o más personas, de sexos iguales o distintos, a la vez que comparten la cama, quieren formar un marco acogedor y fiable para los niños ¿por qué no bendecimos también esta unión?». Las Iglesias locales que ya realizan este tipo de celebraciones pueden ir ya preparando más formularios rituales; por ejemplo, para «bendecir» uniones poligámicas. Tal como va el Occidente apóstata, en cualquier momento puede ser aceptada en la legislación civil la poligamia. O la poliandria. ¿Cómo la Iglesia no reconocerá, no acompañará y no bendecirá  todas las formas de unión sexual que la sociedad civil reconozca y ampare en sus leyes?… Maremágnum de pensaciones.

P. Timothy Radcliffe, O. P., inglés, apologista notable de la homosexualidad. «¿Cómo abordar la cuestión de la sexualidad gay? ¡No podemos comenzar con la pregunta de si está permitida o prohibida! Debemos preguntar lo que significa, y en qué medida es eucarística. Ciertamente puede ser generosa, vulnerable, tierna, mutua y no violenta. Por lo que, de muchas formas, pensaría que puede ser una expresión de la autodonación de Cristo. También podemos observar cómo puede ser una expresión de fidelidad mutua, una relación de alianza en la que dos personas se unen el uno al otro para siempre». Son las ideas que ya expresaba en su articulo «Afectividad y Eucaristía», de 2008, las mismas de su conferencia en las XXXIV Jornadas Nacionales de Pastoral Juvenil Vocacional (Madrid, X-2014), organizadas por la CONFER. «Quiero hablar de la Última Cena y la sexualidad. Puede que suene un poco extraño, pero pensad en ello un momento. Las palabras centrales de la Última Cena fueron “éste es mi cuerpo y os lo doy”. La eucaristía, como el sexo, se centra en el don del cuerpo… Comprendemos la eucaristía a la luz de la sexualidad, y la sexualidad a la luz de la eucaristía»… El Rv. P. Radcliff, O.P. colaboró en 2013 en la comisión episcopal anglicana, que elaboró el Informe Pilling, favorable al matrimonio homosexual. Fue Maestro general de la Orden de Predicadores (¡1992-2001!). Y recientemente ha sido nombrado consultor del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz. 

Bendito sea Cristo Salvador, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

* * *

Mala doctrina.Es de notar que nada de lo que esos altos eclesiásticos enseñan y propugnan tiene base alguna en Escritura, Tradición y Magisterio apostólico, la triple fuente de la fe católica. Pero toda consideración teológica y pastoral, si ha de elaborarse a la luz de la fe, como señala el concilio Vaticano II, ha de brotar necesariamente de esas tres fuentes complementarias (Dei Verbum 10). Cuando se ignoran, o más aún, cuando se les contra-dice, todo lo que se afirme y argumente son palabras vacías, falsas, anti-cristianas, que no valen nada. Les falta el splendor veritatis que siempre está presente en los escritos verdaderamente católicos. Sus autores, como son fieles a la triple fuente,  pueden decir con San Pablo, “nosotros tenemos el pensamiento de Cristo” (1Cor 2,16).

Tampoco las pensaciones tienen nada que ver con la razón, pues implican grandes contradicciones internas y carecen de fuerza argumental. Así pues, esas palabras son inhumanas, no son propiamente pensamientos, ya que no han sido generadas por la razón ni por la fe. Son pensaciones, esto es, sentimientos, deseos y voluntades carnales, que operan como si fueran pensamientos, y pensamientos cristianos. Quienes así hablan, piensan como los hombres, no como Dios (Mt 16,23; cf. Is 55,8-9).

Han perdido el respeto a la Palabra divina y, consiguientemente, el sentido del pecado. En referencia a la homosexualidad, por ejemplo –no a las personas homosexuales–, apoyan la rebeldía contra los mandamientos de Dios, de Cristo, de los Apóstoles, de la Iglesia (Catecismo 2357). La práctica de la homosexualidad es la sodomía, el pecado que San Pablo describe con crudas palabras como una de las más horribles perversiones del mundo de su tiempo (Rm 1,26-28): «no heredarán el reino de Dios» (1Cor 6,9-10; cf. 1Tim 1,10). Y el apóstol Judas: «Sodoma y Gomorra, con las ciudades circunvecinas, por haberse prostituido como aquellas y por haber practicado vicios contra naturaleza, quedan ahí como muestra, padeciendo la pena de un fuego eterno» (Jud 7; cf. Gén 19,1-29)… Pero los animadores del Festival de Pensaciones desprecian la Palabra de Dios. Prefieren atenerse a la palabra de los hombres, «más caritativa, más misericordiosa». Y con rituales ad hoc bendicen en templos católicos el vicio nefando.

Perdida la fe, se pierde la razón, que se vuelve imbécil, más inclinada al error todavía que la mente de los pueblos paganos. La mente del cristiano apóstata queda capaz de tragarse ruedas de molino. Su cabeza está como devorada por las termitas del error. No es una torre, gloriosa verticalidad ascendente, coronada por una cruz; es un pozo seco, sucia verticalidad descendente, llena de humedad y basura. Ya cesó en la persona la búsqueda sincera de la verdad por medio de la razón y de la fe. Las pensaciones se han hecho habituales e incluso exclusivas en su mente. Le basta «pensar» con la voluntad y el sentimiento, o ateniéndose a la ortodoxia indiscutible del «pensamiento» mundano y de las ideologías predominantes (mainstream). Pero muy al contrario: quiere Dios, al crear el hombre nuevo, renovarlo y elevarlo en todos los planos del ser humano: razón, voluntad, memoria, sentimientos, subconsciente. Veámoslo.

Cristo Pantocrator vidriera

* * *

–«El Padre nos ha predestinado a configurarnos plenamente a su Unigénito, para que venga a ser Primogénito de muchos hermanos» (Rm 8,29). Esa configuración, que se inicia sacramentalmente en el Bautismo, ha de crecer a lo largo de la vida cristiana, y debe afectar a todos los planos de nuestra personalidad: no sólo al entendimiento y la voluntad, sino también a la memoria, los sentimientos y el subconsciente.

Esta obra del Espíritu Santo, que nos va configurando con Cristo, sigue normalmente un orden: comienza en el entendimiento (por la fe), sigue en la voluntad (por la caridad), más tarde llega a ordenar la memoria (por la esperanza), aún más tarde evangeliza el sentimiento, integrándolo plenamente en la vida de la fe operante por la caridad; y por último hasta el subconsciente viene a ser santificado por la gracia.

Según indica ese orden, se explica que muchos buenos cristianos, aunque ya han recibido la evangelización en el entendimiento y la voluntad por la fe y la caridad, tienen la memoria bastante caótica, absorta en la selvática realidad de su mundo personal y circundante, y sobre todo padecen unos sentimientos en buena medida paganos. Y lo más grave es que no pocos piensan en el fondo que los sentimientos no son evangelizables, pues por su propia naturaleza escapan al dominio de la razón y de la voluntad. Pero se equivocan: la gracia de Cristo sana y eleva al hombre entero, en todos sus niveles personales. No es, pues, una exhortación quimérica la de San Pablo cuando nos dice que tengamos «los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5). Hasta el mismo subconsciente ha de llegar a ser integrado por obra del Espíritu Santo en la vida de fe y caridad del cristiano. Concretamente, hasta los mismos sueños de los santos son santos.

Así las cosas, quienes no piensan y actúan según la fe operante por la caridad son personas que en gran parte de su vida se mueven aún por el sentimiento y el subconsciente; es decir, piensan y actúan según les da la gana, palabra peculiar del español… Toda esta cuestión la desarrolla San Juan de la Cruz en modo difícilmente superable (Subida del Monte Carmelo), y de ella hacemos un resumen José Rivera y yo (Síntesis de Espiritualidad Católica, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 2008, 7ª ed, 216-237).  

El hombre carnal-viejo y el hombre espiritual-nuevo conviven en cada uno de nosotros, incluso después del Bautismo. Uno es terreno, pecador y viene del primer Adán. El otro es celestial, santo y vive del segundo Adán, nuestro Salvador Jesucristo. Según eso, el hombre vive la vida cristiana, la nueva, en la medida en que se libera de la vieja, de sus propios pensamientos, voluntades y deseos. El Maestro lo enseña muy claramente: «sólo el espíritu da vida, la carne no sirve para nada» (Jn 6,63). «El espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26,41). El hombre tiene que negarse a su ser carnal, para afirmar en su vida al hombre espiritual. Y eso Jesús «lo decía a todos», no a un grupo mínimo de ascetas (Lc 9,23-24; Mt 16,24-25; Mc 8,34-35). Gracias a la Pasión de Cristo puede morir el hombre adámico, y gracias a la Resurrección de Cristo puede llenarse del Espíritu Santo en una vida sobrehumana, divina, sobrenatural, celestial. Toda la vida cristiana es, pues, participación continua del Misterio Pascual.

Eso es lo que, igual que Cristo, enseñaron los Apóstoles.

–«No somos deudores de vivir según la carne, pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis» (8,12-13). La carne y el espíritu son irreconciliables: difieren siempre y totalmente en pensamientos, voluntades y deseos (Rm 8,1-13).

Tampoco somos deudores de vivir según el mundo, obligados a seguir sus pensamientos y caminos. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo (Jn 15,18-19; 17,6-19), ni de ningún modo debemos configurarnos a él (Rm 12,2). Por el contrario, el Espíritu Santo, que renueva la faz de la tierra, quiere que nos despojemos de las obras de las tinieblas, vistiendo las armas de la luz (Rm 13,12). «Adúlteros. ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemiga de Dios? Quien pretende hacerse amigo del mundo se hace enemigo de Dios» (Sant 4,4). «Si alguno ama al mundo, no está en él la caridad del Padre. Todo lo que hay en el mundo», pensamientos, deseos, costumbres, «no viene del Padre», sino del mundo, del príncipe de este mundo, que es pasando (1Jn 2,15-17).

Y si vivimos según la carne y el mundo, vivimos bajo el imflujo del diablo. En Efesios 2,1-3 lo dice San Pablo muy claramente.

* * *

Razón, sentimientos y voluntad en la formación de pensamientos y decisiones

Razón y fe. En el hombre es la razón la que genera pensamientos verdaderos. En un cristiano esos pensamientos vienen generados por la recta razón iluminada por la fe. En uno y otro caso, para que el proceso mental lleve realmente a la verdad debe estar libre de los posibles influjos negativos que puedan proceder de los sentimientos o de la voluntad o de ambos. Por ejemplo, una persona debe mantenerse fiel a su vínculo conyugal, debe abstenerse de robar, etc., aunque quizá el sentimiento o la voluntad le exijan el adulterio y el robo. Es posible que no siempre el hombre, dada la fragilidad de su condición, obre en conformidad con su pensamiento, es decir, con la razón y la fe. En  todo caso, de suyo, a pesar de las fallas y caídas conductuales, el pensamiento debe mantenerse en la verdad, porque eso hace posible el arrepentimiento, la conversión y la superación de la conducta mala.

El pensamiento  de la razón, y más si está sanado e iluminado por le fe, es «logos», es adhesión a la verdad, y puede ser expresado con precisión y claridad. Por otra parte, solo si hay pensamiento real es posible el dia-logo. Por el contrario, no es posible el diálogo con el hombre que piensa dominado por sus sentimientos, sujeto a atracciones o repugnancias sensibles, filias o fobias, o a merced de su voluntad no razonable, sino arbitraria: sit pro ratione voluntas. No hay en él propiamente logos, sino sentimientos y voliciones autónomas.

Nótese también que lo que una persona piensa según la recta razón suele tener una estabilidad grande, y más si piensa a la luz de la fe. Son entonces firmes y estables sus criterios sobre lo verdadero o falso, lo bueno o malo, lo conveniente o no. Y para poder pensar así, necesariamente ha de ser la persona muy consciente y muy libre del mundo.

Sentimientos. Los pensamientos que nacen de sentimientos, ganas, sensaciones, apetencias, afectos, pulsiones, repugnancias, atracciones, emociones, filias y fobias, modas ambientales, propiamente no son pensamientos, aunque a veces la persona los estime como si lo fueran. Ya he señalado que más exacto es llamarles pensaciones. Seamos muy conscientes de que el sentimiento no es logos, y por eso no puede, ni quiere ser expresado con precisión y claridad. Por eso es imposible dia-logar con quien piensa según lo que siente o lo que quiere.

El mundo de las pensaciones, de suyo, suele ser muy variable, según los días, estados de ánimo, modas ideológicas cambiantes, y vicisitudes exteriores ocasionales. Pero puede recibir de la voluntad una estabilidad indudable, cuando la persona siente según quiere. Por ejemplo, si una persona quiere vivir en un marco injusto de riqueza, piensa y siente que su vida es justa, y que no debe estropearla con limosnas y beneficencias innecesarias. O en otro supuesto: el que quiere vivir según el mundo, sin entrar en contraste con él, puede sentir agrado en asimilar constantemente sus modelos ideológicos predominantes o sus pautas conductuales. Se podría decir que el sentimiento, en casos como éstos, tiene la fidelidad equívoca que día y noche mantiene la veleta, pues señala permanentemente de dónde viene el viento.

Conviene advertir que la persona que vive cautiva de sus pensaciones no es libre, y suele ser muy poco consciente de su cautividad. Estima normalmente que vive según lo que piensa su razón y lo que quiere libremente su voluntad; pero en realidad no piensa con su cabeza, sino con su corazón, y quizá con su vientre. La vida del sentimiento embarga de tal manera a la persona que le está sujeta, que ésta ignora casi por completo que sus pensamientos y su conducta proceden en realidad de su sentir y de su querer. Por eso mismo no puede ejercer sobre sus sentimientos un dominio directo y seguro, no le es posible el diá-logo, ni tampoco el auto-examen.

Voluntad. La voluntad es humana y libre solamente cuando procede de la razón, cuyo dictamen sigue. En otras palabras: la voluntad ha sido creada para ser razonable. Por eso son inhumanas aquellas voluntades que quieren atenerse a los sentimientos o sensaciones, que están esclavizadas por lo que apetecen o repugnan. En realidad, una persona que no vive guiada por la razón y por la voluntad ajustada a esa razón, sino que está a merced de sus sentimientos, apenas se distingue de un animal o de un niño pequeño que no tiene uso de razón. Como en el caso del alcoholismo, de la adicción  a las drogas y de tantas otras degradaciones, el que se guía no por la razón, sino por el sentimiento o, lo que viene a ser semejante, por una voluntad no razonable, va destruyendo progresivamente su vida y su libertad personal, hasta quizá destruirla, al menos en ciertos campos de su vida.

El justo vive de la fe, no a merced del sentimiento

«El justo vive de la fe» (Rm 1,17; cf. Hab 2,4; Gál 3,11; Heb 10,38), de «la fe operante por la caridad» (Gál 5,6). Es decir, vive de lo que piensa en razón y fe, y de lo que ama en voluntad y caridad. Dicho en otras palabras: vive por obra del Espíritu Santo en él.

El hombre carnal, por el contrario, vive normalmente de lo que siente: está «abandonado por Dios a los deseos de su corazón» (Rm 1,24). Es ésta una expresión terrible, que aparece con cierta frecuencia en la Biblia: «los entregué a su corazón obstinado, para que anduviesen según sus antojos» (Sal 80,13).

Como he indicado, el comienzo de la salvación del hombre está en la fe, en ese cambio radical que el Evangelio de Cristo, por obra del Espíritu Santo, obra en la mente del hombre nuevo (meta-nous). Prosigue en el ejercicio de la caridad y de todas las virtudes a la luz de la fe. Y alcanza la perfección cuando llega a afectar a los mismos sentimientos y hasta el subconsciente. Muchos, sin embargo, no creen ni aspiran a la evangelización de lo que ocupa la memoria y persiste en los sentimientos: no lo creen posible. Pero es perfectamente posible por obra del Espíritu Santo, si bien requiere normalmente un tiempo más o menos largo. Esta transición guerra–paz–gozo puede expresarse con el ejemplo más arriba aludido.

Guerra. Una novicia, que se sabe llamada por Dios a la vida contemplativa de clausura, ha de combatir a veces con sus sentimientos, que le exigen compañía, acción, exterioridades cambiantes del mundo, a todo lo cual estaba habituada. Para ser fiel a su vocación se afirma en actos intensos de la fe operante por la caridad, aunque a veces falla: «per crucem ad lucem».  –Paz. Al paso del tiempo, las victorias de la fe y de la caridad sobre el sentimiento van siendo cada vez más seguras y fáciles; comienza a amar al silencio y la soledad; se van pacificando sus guerras interiores, porque el sentimiento va siendo evangelizado. –Gozo. Finalmente, por obra de la gracia, su vida de clausura silenciosa, orante y penitente, transcurre en su monasterio como la de un pez en el agua. Todo se le hace cada vez más fácil, grato y alegre. Vendrán, sí, según Dios lo disponga, noches oscuras en las que esos gozos sensibles falten, que ocasionarán con el auxilio divino actos sumamente intensos de la fe y de la caridad, que produzcan la plena purificación de la persona, un desarrollo espiritual acelerado y su total transfiguración en Cristo.

* * *

Más arriba he escrito que, con ocasión del Sínodo sobre la familia, el Señor ha suscitado en no pocos católicos pensamientos admirables, llenos de clarividencia natural y sobrenatural, que ciertamente confirmarán y desarrollarán la grandes verdades católicas sobre la familia. Si visitan ustedes el baner que InfoCatólica tiene en portada hace tiempo, Sínodo sobre la familia, podrán comprobarlo:

Cardenales como Gerhard Müller, Carlo Caffarra, Kurt Koch, Wilfrid Fox Napier, Walter Brandmüller, George Pell, Robert Sarah,  Paul Josef Cordes, Timothy Dolan, Jorge Medina, Angelo Scola, Raymond Burke, Velasio de Paolis, Fernando Sebastián, Camilo Ruini, Marc Ouellet, Renato Martino… Arzobispos y Obispos como Stanislaw Gadecki, Lucio Andrice Muandula, José H. Gómez, Athanasius Schneider, Stefan Oster… Profesores como Juan José Pérez Soba, John Rist, un equipo de ocho teólogos dominicos norteamericanos…

En el discurso de todos ellos, aunque a veces haya diferencias en ciertas cuestiones y matices, se aprecia sin duda que hay logos y que es común, que hay pensamiento de razón y de fe, que tienen un nous ciertamente cristiano, una forma mentis católica, que totalmente difiere de la mente de quienes convierten una parte de la asamblea del Sínodo en el Gran Festival de las Pensaciones.

José María Iraburu, sacerdote

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