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Las momias de Anubis

  • Escrito por Redacción

MOMIAS

Los sacerdotes egipcios que realizaban la momificación de los difuntos se colocaban unas máscaras con forma de chacal, signo del papel que el dios Anubis tenía como protector de los muertos y guía en el viaje que emprendían al Más Allá.

Con su inconfundible forma a medio camino entre un perro y un chacal, Anubis fue uno de los dioses más íntimamente relacionados con el mundo de los muertos en el antiguo Egipto. Adorado desde antiguo como guardián y señor de las necrópolis, Anubis terminó desempeñando un destacado papel en el arte de la momificación.

Anubis, cuyo nombre egipcio era Inpu, surgió en las primeras etapas de la historia egipcia como dios protector del nomo (provincia) XVII del Alto Egipto; los griegos justamente dieron a la capital de este distrito el nombre de Cinópolis, «ciudad de los perros». Su culto pronto se extendió por todo el país, en lugares como Licópolis, Menfis y los santuarios de muchas necrópolis. En los orígenes, Anubis fue identificado asimismo con otra divinidad funeraria arcaica, Imy-wt, «el que está en sus vendas». El fetiche de éste –un poste del que colgaba la piel de un animal sin cabeza, con elementos para el lavado y embalsamamiento de un cadáver– fue adoptado por Anubis.

En la iconografía, a Anubis se le representa con cabeza de chacal y cuerpo humano, o como un perro con pelaje negro recostado y con la cabeza vigilante. El negro se debe a que ése era el color del limo, el oscuro fango arcilloso que el Nilo, al retirarse después de la inundación, dejaba tras de sí en el campo anegado, volviéndolo fértil y listo para ser arado y sembrado. Por ello, el color negro quedó asociado a la resurrección y a la fertilidad, a la vida renovada.

El vigilante de los cementerios

Uno de los epítetos más frecuentes del dios Anubis era el de «Señor de la tierra sagrada», es decir, de la necrópolis, pues se lo adoraba como guardián y vigilante de los cementerios. A los egipcios seguramente les espantaba ver numerosos chacales y perros hambrientos merodeando en torno a las necrópolis mal vigiladas y llenas de tumbas por doquier, pues creían que el cuerpo debía ser preservado para poder sobrevivir en el Más Allá durante toda la eternidad. De ahí que buscaran la protección del dios con cabeza de chacal negro.

A lo largo del Imperio Antiguo (2700 a.C.-2200 a.C.), Anubis ocupó un puesto de privilegio en el panteón egipcio, como el gran dios de los difuntos y juez de los muertos. Aunque en su origen, como dios funerario, estuvo principalmente vinculado al faraón, poco a poco se convirtió en el dios universal de los muertos. En las paredes de muchas tumbas del Imperio Antiguo encontramos oraciones escritas para la supervivencia del difunto tras la muerte, todas ellas dirigidas a Anubis en su calidad de dios encargado de guiar el alma del difunto en su viaje al inframundo.

Esta situación cambió durante el Imperio Medio (2200-1800 a.C.), cuando el papel de divinidad principal del inframundo se otorgó a Osiris. Anubis, por su parte, se limitó a figurar como guía de las almas, guardián de las necrópolis y, particularmente, como dios embalsamador de cuerpos. Esta última función tiene mucho que ver con el mito de la muerte y resurrección de Osiris, en el que Anubis juega también un destacado papel que se reflejó en los rituales de momificación.

El mito narra las peripecias del sabio rey Osiris, quien tuvo que enfrentarse a su celoso y malvado hermano Set, que anhelaba apoderarse del trono de Egipto. Uno de los momentos más trágicos de la narración se produce cuando Set despedaza el cuerpo de Osiris en catorce partes y dispersa los fragmentos por todo Egipto a fin de evitar que Isis, la fiel esposa de Osiris, pueda encontrarlos nunca más. Pero Isis, ayudada y acompañada por su hermana Neftis y el dios Anubis, logra recuperar uno por uno los pedazos dispersos de su amado y difunto esposo, excepto uno, el pene, que se pierde, ya que los peces oxirrincos del Nilo se lo han comido. Isis, con sus poderes mágicos, dota a Osiris de una réplica del órgano.

Una vez reunidos los fragmentos, el dios chacal Anubis los venda uno por uno, juntándolos entre sí y confeccionando una momia; la primera de toda la historia de Egipto. Recompuesto el cuerpo de Osiris, Isis lo hace revivir mágicamente: transformada en un milano, la diosa yace sobre el cuerpo restaurado de su esposo. Fruto de esta unión nacerá un niño llamado Horus que al llegar a la madurez luchará contra su tío Set, vengando la muerte de su padre y apoderándose del trono de Egipto. Por su parte, Osiris, ya renacido, abandona a su familia y se retira al Más Allá, donde a partir de ese momento empezará a gobernar como rey-dios de los muertos.

Anubis, el dios momificador

El importante y destacado papel de Anubis en la momificación mítica de Osiris lo convirtió a ojos de los egipcios en el embalsamador por antonomasia. Uno de sus principales epítetos es «Señor de los secretos del embalsamamiento», ya que él desarrolló los rituales de la momificación para preservar a Osiris. Desde entonces fue el responsable de preocuparse del difunto durante el proceso de embalsamamiento. En la iconografía egipcia se le suele representar de pie junto al lecho del difunto, encorvado sobre la momia y manipulándola.

Anubis se convirtió, de este modo, en el patrón de los embalsamadores y recibió los títulos de «Jefe del Pabellón Divino» o «Jefe de la Casa de la Purificación» –donde se llevaba a cabo el proceso de momificación de un cadáver– y «El que está sobre las vendas de la momia». Además, en la práctica de la momificación los egipcios atribuyeron al dios una participación simbólica no menos destacada.

Sobre las técnicas y procesos de momificación del antiguo Egipto contamos con la información que nos proporcionan Heródoto, el gran historiador griego del siglo V a.C., y Diodoro de Sicilia, quien cuatro siglos después hizo una descripción de la casta de sacerdotes dedicados a la tarea. Heródoto informa de que había distintos tipos de embalsamamiento en función de la importancia del muerto y de su poder adquisitivo. Cuando fallecía una persona, sus familiares llevaban el cuerpo a la «Casa de la Purificación», donde se le sometía, durante 70 días, a un meticuloso proceso de momificación ajustado a ritos muy bien regulados. Las personas encargadas de dicha tarea eran sacerdotes especializados que procedían a la preparación del cadáver con arreglo al dispendio que la familia del difunto estaba dispuesta a sufragar.

Máscaras de Anubis

Durante el proceso de embalsamamiento, los sacerdotes debían llevar puestas unas máscaras de chacal, con el fin de personificar a Anubis, y repetían invocaciones al dios. Durante la parte final del proceso, que consistía en el vendaje y colocación de amuletos protectores, los sacerdotes de Anubis recitaban unos textos de carácter mágico-religioso. Finalmente, la momia era colocada en el interior de un féretro de madera para proceder a la ceremonia de enterramiento.

Una vez embalsamado el cadáver, familia, amigos y plañideras acompañaban al difunto en su último viaje hacia la tumba por una vía ceremonial. Es muy probable que el sacerdote que oficiara esta ceremonia de enterramiento también personificara al dios Anubis, ya que en distintos papiros funerarios aparece representado mientras sostiene la momia en la entrada de la tumba. El sacerdote sem (sacerdote funerario) purificaba entonces el cadáver y procedía al ritual de la «Apertura de la boca». Pronunciaba unas palabras mágicas e iba tocando, con la ayuda de un instrumento (una azuela), la boca, los ojos, la nariz y los oídos de la momia. El difunto podía así recuperar los sentidos para contemplar el mundo de los vivos y recibir las ofrendas que le estaban destinadas.

El último paso consistía en colocar la momia en el interior de la cámara funeraria y sellar la tumba, donde ya se había dispuesto el ajuar funerario necesario para la otra vida. Así se llegaba al momento definitivo: el juicio final. El alma del difunto era conducida por Anubis hacia la sala del tribunal de Osiris, donde tenía lugar un juicio. El difunto debía pasar la prueba de la «psicostasia» o «pesaje del alma». En el centro de la sala se alzaba una balanza, en uno de cuyos platos Anubis colocaba el corazón del difunto, sede de la conciencia y la memoria, mientras que en el otro depositaba la pluma o una figurilla de Maat, la diosa de la justicia y la verdad. El tribunal estaba compuesto por 42 dioses, ante los cuales el difunto procedía a recitar lo que se conoce como «la confesión negativa», en la que enumeraba, uno a uno, los 42 pecados que no había cometido: «¡Aquí me tenéis! ¡Yo os conozco! Yo no he causado hambre. No he matado. No he maltratado...». Si la balanza se desequilibraba a causa de sus pecados, y el corazón pesaba más que la pluma, el difunto era tragado por la «Devoradora», Ammit, un terrible monstruo mitad cocodrilo mitad hipopótamo que le negaba la deseada eternidad. Si, en cambio, era «justificado», Osiris permitía que esa persona fuera admitida en el Más Allá, el reino del que era indiscutible señor.

Por Maite Mascort. Arqueóloga. Vicepresidenta de la Sociedad Catalana de Egiptología, Historia NG nº 125

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