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El gran emperador mogol Akbar

  • Escrito por Redacción

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Tras apoderarse de todo el norte de la India, Akbar construyó una espléndida capital y se reveló como un emperador tolerante con todas las religiones.

 Mientras Felipe II de España e Isabel I de Inglaterra ejercían su gobierno absolutista en Europa, un monarca no menos poderoso que ellos reinaba sobre el inmenso territorio de la India. Akbar, que en árabe significa «el grande», gobernó gran parte del subcontinente indio durante cincuenta años, entre 1556 y 1605, y llevó al Imperio mogol a su máximo apogeo. Sus conquistas y los tesoros de sus palacios hicieron que, incluso en España, numerosos autores realizasen descripciones de aquel mundo lejano y misterioso y de su poderoso emperador. Lope de Vega, por ejemplo, escribió sobre su imperio: «Las riquezas que le adornan / muchos palacios soberbios / nunca Darío, Alejandro, / Ciro ni Jerjes los vieron. / Oro, piedras, perlas, plata, / cubren paredes y techos / y el suelo que va pisando / brocados persas y medos».

Procedentes de Afganistán, los mogoles entraron en la India a principios del siglo XVI. Babar, un descendiente de Tamerlán, marchó en 1525 sobre Delhi con un ejército de 12.000 hombres y venció a los diversos gobernantes musulmanes e hindúes del norte de la India para fundar allí el Imperio mogol. Su hijo Humayun, desplazado durante un tiempo por un rival afgano, retornó a la India en 1545 para continuar las conquistas con un ejército moderno, provisto de artillería y de temibles arqueros a caballo. Pero fue Akbar, el hijo de Humayun, quien hizo del Imperio mogol la potencia dominadora en la India. Accedió al trono a los trece años, después de que su padre muriera al caerse de una escalera en su ciudadela de Delhi, y bajo la guía de su regente, Bairam Khan, combatió a los príncipes hindúes insumisos del este y el oeste de sus dominios. En 1560, el joven rey mandó asesinar a su regente para poder gobernar con independencia, y continuó su expansión por la meseta del Decán, donde en 1567 logró someter Vijayanagara, el reino hindú más importante.
En permanente conflicto dentro de sus fronteras, el Imperio mogol se caracterizó por su cultura guerrera; no en vano nueve décimas partes de los ingresos estatales se dedicaban a gastos militares. Se trataba de un Estado muy centralizado, como se deduce de la facilidad con que se recaudaban impuestos y de las importantes reformas que Akbar llevó a cabo, como la construcción de puertos y la mejora de carreteras y sistemas de comunicación. Akbar creó también un servicio estatal unificado de funcionarios. Logró el apoyo de las clases militares y los terratenientes, y atrajo a su corte a nobles persas e hindúes, asegurándose los servicios de los hombres más capaces.

Un musulmán heterodoxo

En la India, Akbar se enfrentó a una situación religiosa muy compleja. La mayoría del país era de religión hindú, pero desde el siglo XIII estaba gobernado por grupos de conquistadores musulmanes de origen extranjero. Sólo el pacifismo tradicional hindú evitó sangrientas revueltas contra este dominio. Además, el Islam y el hinduismo eran dos fes aparentemente irreconciliables, pues el panteísmo hindú –la concepción según la cual todo el universo es una sola esencia divina, un único dios que asume múltiples representaciones– era considerado sacrílego por los musulmanes.
Sin embargo, Akbar quiso ser justo con todos sus súbditos. Autorizó de nuevo la construcción de templos hindúes, prohibida por sus antecesores, y suprimió los impuestos especiales que recaían sobre los no musulmanes. Asimismo, permitió a los clanes rajputs hindúes, vasallos de su imperio, mantener sus costumbres e incluso participar en las tareas de gobierno. En vez de malgastar sus esfuerzos en interminables guerras, estableció alianzas matrimoniales con princesas hindúes para mantener buenas relaciones con sus reyes vasallos. Él mismo se desposó con una princesa hindú, lo que le aseguró la lealtad de muchos pequeños reinos de Rajastán. Akbar marchó en peregrinaje a un lugar santo hindú para pedir a los dioses que le dieran un hijo, lo que le valió el aprecio del pueblo. Incluso corrió la voz de que el emperador, disfrazado, recorría las calles de su ciudad para enterarse de los problemas de sus súbditos y poner remedio, como se dice que hacía Harun-al-Rashid, el famoso califa de Bagdad. En su afán por lograr un entendimiento entre las distintas confesiones, Akbar convocó reuniones de teólogos no musulmanes –hindúes, mazdeístas, cristianos, sufíes, jaínes y budistas– y de las diferentes corrientes del Islam, desde los suníes y chiíes hasta los ismailíes.
En los últimos años de su reinado, Akbar se alejó incluso de las prácticas islámicas convencionales; por ejemplo, dejó de enviar peregrinajes oficiales a La Meca y empezó a adorar al Sol en una serie de innovadores rituales. Rodeado de maestros espirituales de todo signo, diseñó una nueva religión, denominada Din-i-Ilahi, la «Fe divina». Se trataba de una forma de sincretismo destinada a unificar a hindúes y musulmanes, tomando lo mejor de ambas religiones, con una marcada influencia del sufismo, una variante mística del Islam. Esta forma religiosa desapareció con la muerte del emperador, aunque supuso un precedente muy positivo en la integración posterior entre hindúes y musulmanes.

De Fatehpur al Fuerte Rojo

Para reforzar su imagen de poder, en 1571 Akbar decidió crear una nueva capital, Fatehpur, «La ciudad de la victoria», a un día de marcha de Agra, la antigua capital mogola. Fatehpur era un gran complejo de edificios de arenisca roja, con su mezquita, sus palacios y aposentos para la numerosa corte. Sin embargo, en 1585 Akbar hubo de abandonarlo, según algunos por falta de agua, más probablemente porque el Fuerte Rojo de Agra era un refugio más seguro ante los ataques de su hijo rebelde, Jahangir.
La jornada típica en la corte de Akbar, ya fuera en Agra o en Fatehpur, se iniciaba temprano. La mañana se dedicaba a las audiencias públicas y privadas, para las que había salones diferentes. Los miembros de la familia real comían por separado, generalmente en sus aposentos. Tras la comida era habitual la siesta, durante las horas de más calor. Las mujeres tenían sus propias habitaciones y presenciaban las audiencias ocultas tras celosías. Las visitas del emperador al harén no tenían hora fija, a diferencia de los rezos, que detenían la actividad en el palacio. Un gran número de criados se ocupaba de las tareas de limpieza y un grupo de ellos se dedicaba exclusivamente a tirar de las cuerdas que movían los grandes abanicos situados en el techo para hacer circular el aire.

La gloria del Rey de Reyes

En Fatehpur eran cotidianos los bailes y a  los cortesanos les gustaba mucho pasear por los jardines y hacer volar cometas. Uno de los espectáculos favoritos de Akbar eran los combates de elefantes, pero el emperador sentía también un gran respeto por el saber, pese a ser analfabeto, y en su corte eran muy frecuentes los certámenes poéticos, los juegos de mesa (ajedrez, variedades del parchís) y los juegos de naipes. Akbar se convirtió en un gran mecenas de las artes. Acogió en su corte a nueve grandes artistas, conocidos como Navratna, «Las nueve joyas», entre los que estaban el cronista Abul Fazl, el astrólogo Abdul Rahim Khan-i-Khana, el poeta Faizi y el músico Tansen. El primero de ellos escribió una crónica laudatoria y extremadamente detallada del reinado de Akbar, el Akbarnama, considerado el documento más importante sobre la India del siglo XVI. Akbar había ordenado a Abul Fazl: «Escribe la relación de estos gloriosos sucesos y nuestras crecientes victorias con la pluma de la sinceridad». Y el cronista dedicó nada menos que 4.000 páginas a glosar las gestas del gran emperador mogol, Shahinshah, el «rey de reyes», aquel que «con la ayuda del favor eterno y la asistencia de las huestes secretas, ve su propia felicidad en dar paz a la humanidad y pugna día tras día por controlar y remediar la locura de los malvados».

Por Enrique Gallud Jardiel. Historiador y escritor, autor de Historia Breve de la India, Historia National Geographic nº 125

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