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Borbones que abdicaron

  • Escrito por Redacción

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En las abdicaciones hay dos cuestiones que resaltan sobre el resto: las razones y las consecuencias; es decir, los factores que provocaron la renuncia al Trono, y si dicho acto mejoró la situación. Solo la Historia nos responderá, como lo ha hecho en las numerosas abdicaciones de la España contemporánea.

Carlos IV era un hombre campechano, amante de los trabajos manuales, la caza y la soledad. No estaba bien casado (la vida paralela de María Luisa de Parma era bien conocida), no tenía habilidad para rodearse de buenos asesores (la segunda etapa de Godoy le perjudicó), tampoco el momento político era el idóneo (con la revolución francesa a las puertas), y el país era dependiente (derrotado por Inglaterra en Trafalgar y sometido a Francia). Además, su hijo Fernando no se contentó con urdir una extraña conjura para acabar con su vida (la conspiración de El Escorial), sino que le organizó el Motín de Aranjuez, en marzo de 1808, coordinando algarada popular y apoyo militar. Carlos IV fue consciente de su desprestigio personal, y de su soledad personal y política, y el 19 de marzo de aquel año abdicó. El decreto ocultaba los auténticos motivos:

Como los achaques de que adolezco no me permiten soportar por más tiempo el grave peso del gobierno de mis reinos...

Napoleón, por boca de Murat, ya con sus tropas en España, convenció a Carlos IV para que revocara la abdicación el 24 de marzo. El Trono quedó en manos del francés, que consiguió que toda la Familia Real se reuniera en Bayona un mes después. Fue allí donde Fernando VII abdicó en su padre, y éste en Napoleón, que a su vez dejó el Trono de España en su hermano José. Un vergonzoso cambalache que acabó en una guerra que asoló España, y que aunque inició nuestra revolución política, sirvió para sentar en el Trono de nuevo al autoritario Fernando VII.

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Isabel II comenzó siendo la "alumna de la libertad"; la esperanza de llevar el país a la modernidad, lo que en parte se consiguió. Sin embargo, la reina no tuvo la educación ni la personalidad adecuadas, y se rodeó de una caterva de aprovechados que hacía negocios a sus expensas. La libertad quedó arrinconada, y la sociedad adelantó a la dinastía Borbón. Tras varias revoluciones, se demostró que Isabel II no valía para asentar un gobierno constitucional, en 1868 fue destronada, y la Familia Real exiliada. Instalada en París, se rodeó de gente que le regalaba los oídos diciéndole que pronto España la llamaría a su Trono.

Sin embargo, María Cristina de Borbón, su madre, le aconsejó que abdicara para salvar la dinastía. Isabel abrió una consulta entre sus partidarios. Solo los más reaccionarios estuvieron en contra, como González Bravo o sor Patrocinio. Los personajes de Estado, como Cánovas o Alonso Martínez, aconsejaron que abdicara en Alfonso para que éste se labrara una nueva imagen, la de hombre liberal y "rey de todos los españoles". Isabel II abdicó el 25 de junio de 1870, en el parisino Palacio de Castilla, tras lo cual dijo a uno de sus generales: "¡Ay Gasset, qué peso me he quitado de encima!". El resultado no fue inmediato, pero sí bueno, porque el marqués de Alcañices buscó una buena educación para el príncipe Alfonso, procurándole una personalidad equilibrada que le granjeó popularidad y le permitió cimentar el régimen de la Restauración.

Amadeo de Saboya –no era un Borbón, pero merece la pena recordarlo–, que había sido elegido por las Cortes el 16 de noviembre de 1870, no abdicó, sino que renunció a la Corona. No hubo una ley que contemplara la abdicación, y el Parlamento proclamó la República. Amadeo I se fue por la imposibilidad de conciliar a los partidos en aras al funcionamiento normal del sistema. Desesperado, hizo las maletas con nocturnidad, y tomó el tren. La consecuencia de esa renuncia fue la República de 1873, el régimen más caótico de nuestra contemporaneidad.

Alfonso XIII fue también víctima de su tiempo, pero también de sus errores. Al separarse del legado constitucional de Alfonso XII y la regente María Cristina, se incluyó entre la "vieja política" que denostaba la sociedad española como propia de la crisis del liberalismo y el auge de los totalitarismos. Fracasada la Dictadura de Primo de Rivera, Alfonso XIII quiso recuperar el timón del gobierno, pero había cometido perjurio al permitir en 1923 la vulneración de la Constitución de 1876. La vuelta a la "normalidad" en 1930 requería demostrar que aún se tenía la confianza de la sociedad. Por eso, las elecciones municipales de abril de 1931 se tomaron como un plebiscito sobre la forma de gobierno. Los republicanos ganaron en cuarenta y cinco capitales de provincia. El rey propuso unas elecciones a Cortes constituyentes para mayo. Era tarde. Romanones fracasó a la hora de convencer a Alcalá-Zamora de que hubiera constituyentes incluso con gobierno republicano, o de la misma abdicación del rey en el infante don Carlos. Alcalá-Zamora exigió que Alfonso XIII abandonara el país esa misma tarde, el 13 de abril.

El rey dejó Madrid con la esperanza de que sus generales adictos proclamaran la ley marcial. Pero no ocurrió. Dirigió un manifiesto el 14 de abril en el que dejaba "suspendido" el ejercicio del Trono. Entonces se rodeó de asesores autoritarios, que le hicieron declarar que la República sería "una tormenta que pasará rápidamente". Lo cierto es que don Alfonso conectó con los militares sublevados en 1936, y les prestó apoyo material y moral. Es más; autorizó la marcha de su tercer hijo, don Juan, a la zona rebelde para legitimar una Restauración. Y así lo creyó don Alfonso, que ante la que creían previsible victoria de Alemania en la guerra, el 15 de enero de 1941 hizo cesión efectiva de sus derechos dinásticos –nunca habló explícitamente de abdicación–.

Juan de Borbón reclamó la restauración en un manifiesto en 1945 en Lausana y dos años después en Estoril. Pero Franco lo tenía claro: quería que su sucesor fuera don Juan Carlos, y así lo estableció en la ley de sucesión de 1969. Tras la muerte del dictador, fue proclamado Juan Carlos I, y el 14 de mayo de 1977, don Juan renunciaba a sus derechos dinásticos en el Palacio de la Zarzuela, en un acto de reconciliación. La figura de Juan Carlos I quedaba reforzada y con ella la Transición a la democracia.

La abdicación de Juan Carlos I, sobre cuyo reinado hay mucho que escribir aún, responderá a múltiples variables que algún día conoceremos, y su consecuencia, la entronización de Felipe VI, augura tiempos que deberían sacarnos de la nueva "vieja política".

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