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El héroe incomprendido

  • Escrito por Redacción

HEROE-INCOMPRENDIDO

El que avisa no es traidor. Eso debió pensar el miembro de la resistencia polaca Jan Karski cuando recorrió Europa en plena guerra para convencer a los Aliados de que pararan la barbarie nazi.

Le tocó ser un mensajero del horror, que informó de la destrucción del gueto de Varsovia y del secreto de los campos de exterminio. Por desgracia, nadie quiso creerle y cuando al fin lo hicieron ya era demasiado tarde, al menos para seis millones de judíos.

Pero sí logró dejar un mensaje de lucha para la posteridad que hoy difunden distintas voces. Una de ellas es la de Marta Kirowska. La periodista polaca acaba de presentar en Berlín su libro Das Leben des Jan Karski. Kurier der Erinnerung (La vida de Karski. Mensajero de la memoria). Se trata de una biografía de cuerpo entero sobre un hombre que dio un paso al frente cuando más falta hacía. La escritora tuvo la suerte de entrevistarle en Múnich en 1997, tres años antes de su muerte. «Todavía estaba lleno de energía, tenía un gran sentido del humor y te contaba cosas que habían pasado hacía un montón de años como si estuvieran ocurriendo ahora mismo. Si hablaba del presidente Roosevelt, gesticulaba y hablaba como si lo tuviera delante en esos momentos».

Kirowska hace en su obra un recorrido por la vida del polaco: desde su niñez en Lodz (Polonia), donde nació hace 100 años con el nombre de Jan Kozielewski y fue educado en un riguroso catolicismo, hasta su última época en Estados Unidos como profesor en Georgetown (Washington). Entre medias estalló la II Guerra Mundial y al protagonista del libro lo capturó el Ejército Rojo en su país. Por entonces era oficial, pero se disfrazó de soldado raso antes de ser atrapado. Gracias a esa precaución, le entregaron a los alemanes durante un intercambio de prisioneros y se salvó de la masacre de Katyn en la que el ejército ruso asesinó a 22.000 ciudadanos polacos.

Torturado por la Gestapo Kozielewski no se dio por vencido. Por eso logró escapar de los nazis y pasó a formar parte de la resistencia polaca a la ocupación germana. En esa época adoptaba varios apelativos de guerra, entre ellos el de Jan Karski, que después se convertiría en su nombre legal. En enero de 1940, organizó misiones de correo con mensajes de la clandestinidad polaca que hacía llegar al Gobierno de Polonia en el exilio, en aquellos momentos con base en París. Ese mismo año fue detenido otra vez por los alemanes en una localidad de los montes Tatras en Eslovaquia y la Gestapo le torturó con extrema brutalidad. Le provocaron graves lesiones durante varios días de interrogatorio, pero se mantuvo en silencio y no delató a ningún compañero. El sufrimiento llegó a ser tan intenso que, en un momento de debilidad, intentó cortarse las venas para acabar con su vida. Por suerte no alcanzó su trágico objetivo. El destino le deparaba una misión importante y consiguió huir del hospital en el que estaba internado.

En 1942 se convirtió en informante de los gobiernos polaco, británico y estadounidense sobre la situación en Polonia. Para reunir pruebas, Karski se introdujo en dos ocasiones de la mano de dirigentes clandestinos judíos en el gueto de Varsovia. Allí se chocó con un panorama desolador que le dejó un recuerdo imborrable: «No era un cementerio porque los cuerpos se movían aunque, aparte de la piel, los ojos y la voz, no existía nada de humano en esas palpitantes figuras. Por todas partes había hambrientos, miseria, la atroz pestilencia de cuerpos en descomposición, los lastimeros gemidos de los niños agonizantes, los gritos desesperados de un pueblo que mantenía una espantosa y desigual lucha por la vida». En aquel inhóspito lugar vio como dos jóvenes de las Juventudes Hitlerianas ejercitaban su puntería disparando contra los judíos. Sin embargo, lo que más le impresionó según Kirowska, fue «la imagen del cadáver de un niño, muerto por el hambre, en medio de la muchedumbre».

Pero aún le quedaban algunas monstruosidades más por contemplar, como cuando se infiltró en las inmediaciones de Izbica, una pequeña localidad cerca de Varsovia. Disfrazado de guardia ucraniano presenció cómo metían a cientos de judíos en un ferrocarril. Los subían a los compartimentos a palo limpio rompiéndoles huesos y causándoles heridas que no paraban de sangrar. Después los rociaban con cal viva lo que dejaba un rastro penetrante de olor a carne quemada. Karski observó la escena impotente, sabedor de que si intervenía acabarían con su vida y su cometido. El tren de la muerte los conducía al campo de exterminio de Belzec donde los asesinarían en las cámaras de gas. En ese funesto sitio fallecieron en torno a 434.500 judíos-sólo dos lograron sobrevivir-, además de un número indeterminado de polacos y gitanos. El polaco tomó resignado buena nota de todo para hacer llegar a las potencias occidentales las salvajadas de los alemanes. Para su labor como informante se sirvió de un microfilme con manuscritos, escondido en una llave, y de su prodigiosa memoria. Sus informes eran minuciosos y muy detallados. Sin embargo, no tuvieron el efecto esperado: al mensajero de la memoria lo tacharon varias veces de exagerado. En su papel de emisario político para Varsovia viajó a París, Londres, Washington y se presentó ante la comisión de crímenes de guerra de las Naciones Unidas. Siempre con el mismo mensaje: hay que salvar a los judíos. «Se parecía mucho a lo que hacía en Polonia, correr de un punto de contacto a otro. Aunque aquí había limusinas y buena comida; allí, terror y hambre», aseguraba.

Sobre el papel que jugaron los presidentes de Reino Unido y de Estados Unidos, consideró que miraron para otro lado: «Churchill fue más culpable, pero Roosevelt más perjudicial», sentenció. Con el mandatario inglés no logró hablar nunca a pesar de sus numerosos intentos, pero con el americano sí tuvo éxito. A Karski le sorprendió que el jefe de la Casa Blanca estuviera «sorprendentemente bien informado sobre Polonia». El presidente le pidió que le confirmase las historias que se contaban sobre el Holocausto y el informante asintió. El polaco llegó a la cita sudoroso por los nervios y con el corazón latiendo a toda velocidad. Cuando le preguntó, con 28 años y un inglés macarrónico, al hombre más poderoso del mundo qué mensaje debía transmitir a su pueblo, la respuesta del político norteamericano resultó contundente: «Dígales que vamos a ganar esta guerra y que en la Casa Blanca tienen un amigo».

Sin embargo, la intervención de EEUU llegó tarde y no evitó la solución final: «Fue muy sencillo matar a los judíos porque habían sido abandonados por todos. Los Aliados consideraron imposible y demasiado costoso acudir en su rescate. Ahora muchos gobiernos y la Iglesia dicen: intentamos ayudarles, pero nadie hizo nada», lamentó en una entrevista con la periodista Hannah Rosin en 1995. Tras sentirse ignorado se desahogó plasmando sus vivencias en un libro, Historia de un Estado clandestino, publicado poco antes del final de la II Guerra Mundial, en 1944.

En cuatro meses se vendieron 400.000 ejemplares en EUUU y todavía hoy se sigue traduciendo a varios idiomas. En España, fue editado por Acantilado en el año 2011 y pocos supieron valorar la trascendencia de su testimonio.

Su única heredera, Kaya Mirecka Ploss, achaca el éxito actual de la obra a la situación de ahora en el mundo donde «la gente lo está pasando muy mal y necesita héroes» como Karski. Además, la que fue la última pareja en vida del informante, da testimonio del desencanto de su amigo con los Aliados: «Sufrió mucho cuando vio que no le hacían caso, la gente no quería saberlo. Era tan horrible que preferían no creerlo. Podían haber bombardeado las líneas de tren por las que llevaban a los judíos a los campos, pero no lo hicieron».

Silencio desencantado

Después de la guerra marchó a Estados Unidos donde consiguió la nacionalidad americana y pasó 30 años sin decir una sola palabra de las matanzas que había presenciado, ni de su labor como correo. De ahí que el escritor francés Yannick Haenel escribiese un libro publicado en 2009 con el nombre de El silencio de Jan Karski. En 1977 el director Claude Lanzmann consiguió que rompiera su mutismo con Shoah, un documental de 10 horas de duración sobre el Holocausto. En el filme se puede ver al entonces profesor de políticas con semblante serio, derrumbándose cuando le cuenta a la cámara entre lágrimas las atrocidades de las que fue testigo: «Yo informé de lo que vi. Dios me ha permitido ver y decir lo que he visto», relataba en una de las escenas. El cineasta francés le llamaba El gran Karski y la cinta ganó numerosos premios. El héroe de la II Guerra Mundial había decidido alzar su voz después de tres décadas de secretos, seducido por el carisma de Lanzmann. Sin embargo, no terminó satisfecho con la experiencia cinematográfica. Escribió un artículo (publicado en inglés, francés y polaco) titulado: Shoah, una visión sesgada del Holocausto, donde exigía la producción de otro documental. Le había indignado que su labor como mensajero no saliera reflejada en la película.

Lejos de Polonia

El emisario nunca más volvió a pisar Polonia a pesar de que le costó mucho adaptarse a la vida estadounidense. Al principio se veía como un completo extraño, sin familia, ni amigos. No se acostumbraba a no tener que correr, ni huir de nadie. Cambió el chip una noche memorable de juerga en Nueva York cuando saboreó la sensación de ser completamente libre. Durante 30 años impartió clases de Ciencias Políticas en la Universidad de Georgetown y entre sus alumnos aventajados se topó con Bill Clinton.

En 1965 se casó con la bailarina y coreógrafa de 54 años Pola Nirenska, una judía polaca cuya familia entera murió en el Holocausto. La vida le deparaba un último varapalo: su mujer se suicidó tras 27 años de matrimonio. Karski murió en Washington en el año 2000, a los 86 años, después de haber hecho del dolor de otros el suyo propio. El final de la guerra no le consoló ni un ápice: «Aquel día me convertí en judío. Soy polaco, norteamericano, judío cristiano, católico practicante y aunque no soy un hereje, declaro que la humanidad ha cometido un segundo pecado original: por ignorancia autoimpuesta o por insensibilidad, por egoísmo o por hipocresía o incluso por frío cálculo. Ese pecado la atormentará hasta el fin del mundo».

Al final de su libro, Karski añadió un post scriptum en el que afirmó que no había hecho otra cosa más que contar su historia. Además, recordó que en esos momentos era el primer miembro activo de la resistencia polaca con la oportunidad de publicar lo que sabía de ella y de su trayectoria. Como colofón final anima a otros a seguir sus pasos. Su mensaje llegó tarde para millones de judíos, pero todavía hay tiempo para que muchos le tomen de ejemplo.

EL MUNDO

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