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CONDICIONES DE VIDA EN LA GUERRA DE SECESIÓN

  • Escrito por Redacción

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CONDICIONES DE VIDA EN LA GUERRA DE SECESIÓN AMERICANA.

Tomás San Clemente De Mingo

Los soldados tanto del norte como del sur que marcharon a la guerra en 1861 casi ninguno de ellos tenía experiencia bélica: ninguna preparación, ningún manual de armas, y ningún hábito de obedecer órdenes. Y como ya se apuntaba en otro artículo, había pocos instructores, uno o dos oficiales de la milicia en el mejor de los casos, con suerte algún veterano de la Guerra de México o un inmigrante que hubiese combatido en algún ejército europeo. Había que crear soldados partiendo de cero.
la instrucción se iniciaba con aspectos de lo más simple; formar filas, marchar, girar a la izquierda y a la derecha, avanzar, retroceder, etc. Si se disponía de armas, los bisoños procedían a familiarizarse con mosquetes o fusiles en los movimientos básicos, así como lo imprescindible para hacer fuego: cargar y efectuar el disparo.
En las primeras etapas de creación de la compañía tenía lugar el nombramiento de oficiales, usualmente elegidos entre quienes tuvieran alguna experiencia militar o entre los más notables de la localidad que hubiesen tomado la iniciativa en la formación de la unidad.
En el Norte el gobierno pronto comenzó a suministrar el uniforme azul de la unión. Las fuerzas del sur se vestían ellas misma o a expensas del estado y siempre que era posible, de gris cadete; más adelante al agotarse los suministros se abastecieron de una tela de color parduzco.
Al principio, los soldados vivían en cualquier edificio que hubiera disponible. No obstante, los nuevos regimientos procuraron dotarse de tiendas y establecer campamentos bien ordenados. El alojamiento estándar fue un tipo de tienda llamada Sibley, una estructura en forma de campana con capacidad para 16 hombres. Aunque, más común fue la tienda pequeña que se formaba extendiendo el cobertor impermeable del soldado sostenida con un palo a la mitad. Podía cobijar a 6 soldados.

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Para la infantería y caballería ( sobre todo ésta ultima que era la gran depredadora de recursos) los suministros y concretamente los alimentos, eran algo indispensable y fuente de preocupación para el alto mando. Sobre todo, por la naturaleza perecedera de los comestibles. Históricamente los comandantes habían sucumbido a la tentación de "sobrevivir sobre el terreno" abasteciéndose del campo, es decir, saqueando poblaciones y cosechas. Un recurso que terminaba por poner a la población civil en contra, evidentemente.
Los ejércitos de la guerra de secesión, y en especial el de la Unión, se beneficiaron de los recientes adelantos en la preservación de alimentos (el enlatado). Adenás el ejército de la Unión dispuso de una red de suministros extraordinariamente eficiente contando con una ración regular de alimentos básicos. El soldado de la Unión estuvo bien alimentado y diariamente comía 350 g de carne de cerdo o tocino o algo más de 550 g de carne de res (fresca o salada) junto con 170 g de pan blando o harina o medio kilo de pan duro o 550 g de harina de maíz. A cada 100 raciones se añadían casi 7 kilos de fríjoles o guisantes secos, 4 kilos y medio de arroz, la misma cantidad de café, casi 7 kilos de azúcar, casi 4 litros de vinagre, 2 kilos de sal, 13 kilos de patatas y un litro de melaza. El confederado comía peor; aún abundando la comida, el sistema de distribución era muy deficiente y frente al aprovisionamiento regular de la Unión, el confederado era más azaroso y a menudo llegaba en mal estado (esto fue aplicable no sólo al aprovisionamiento regular, también a los paquetes enviados desde los hogares de los soldados). La dieta era parecida a la del soldado de la unión, pero mientras que la dieta del soldado confederado fue disminuyendo según avanzaba el conflicto, el de la unión fue en aumento.


Los soldados se turnaban para cocinar en comedores de seis a ocho individuos. La harina se convertía en tortitas, utilizando como sartén las propias bayonetas, pues los utensilios de cocina además de escasear y ser los primeros elementos en deshacerse en vísperas de una batalla, eran empleados en cavar trincheras.
La mala cocina se tradujo en enfermedades intestinales, siendo una de las principales causas de muerte entre las tropas. Fácil era contraer diarrea o disentería. De hecho el departamento de guerra registró más de 1,000.000 de casos entre 1861 y 1865, de los que más de 57.000 fueron mortales. El tifus y la malaria fueron otras de las enfermedades comunes a las que las tropas tuvieron que hacer frente.
A pesar de la evolución de los tratamientos quirúrgicos y médicos, el costo de la guerra en vidas fue bastante alto; alrededor de 620.000 entre 1861 y 1865, de los que 360.000 fueron bajas de la unión, y 260. 000 confederados.

Escrito por Tomás San Clemente de Mingo. Escrito en Contemporánea

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