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VALDEPEÑAS; UN PUEBLO EN ARMAS

  • Escrito por Redacción

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VALDEPEÑAS; UN PUEBLO EN ARMAS

MANUEL P. VILLATORO

Contienda de Valdepeñas

Las batallas no siempre las ganan los soldados. Sin duda, esta es la frase que mejor define lo sucedido en Valdepeñas, un pequeño pueblo de la Mancha donde –el 6 de junio de 1808-, unos campesinos armados con aperos de labranza y una heroicidad desmedida lograron poner en jaque al ejército francés que intentaba viajar hacia Andalucía. Y es que, aunque aquel día no se logró arrasar al contingente galo como en otras contiendas, si se demostró a Napoleón que cada español, fuese militar o no, estaba dispuesto a dar su vida por expulsar al invasor.
Corría por entonces una época dura para España, pues sus tierras intentaban ser conquistadas por el autoproclamado emperador de los franceses Napoleón Bonaparte (pequeño de estatura pero, por contra, inmensamente molesto). Y es que, ansioso de convertir nuestra rojigualda en una bandera más «bleu», más «blanc» y más «rouge», este gabacho había atravesado los Pirineos y entrado en la Península a finales de 1807 con multitud de sus casacas azules y, por extraño que parezca, con la aprobación de Manuel Godoy, un valido muy poco válido de Carlos IV que, como un niño con un caramelo, se dejó engañar por el «pequeño corso» y su promesa de que su ejército solo necesitaba un permiso de paso para invadir Portugal.

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                                                                                                    El arribista Manuel Godoy


Grave error del español, pues lo que realmente buscaba el emperador galo no era otra cosa que, «oh la las» por aquí y «comment allez-vous» por allá, situar a sus tropas en la Península de forma estratégica para, al final, dar el golpe de gracia y tomar España de improviso y por las armas. Sin embargo, con lo que no contaba el gabacho era con que los ciudadanos españoles eran bastante más avispados que sus representantes de entonces y, cuando se percataron del truco, se levantaron en armas contra la ocupación. Había comenzado, en definitiva, la Guerra de la Independencia.
La primera comunidad en levantarse fue Madrid durante el 2 de mayo de 1808 y, aunque la población fue aplacada por el experimentado ejército galo, un sentimiento patriótico contra el invasor creció entonces a lo largo y ancho de la Península. Así pues, y con la ayuda de unos improvisados aliados británicos (ansiosos por dar algún espadazo que otro a los galos fuera donde fuese), el pueblo logró poner en jaque a las soldados gabachos en una buena parte de España.
¡Ayuda… pour l'amour de dieu!
De hecho, tal fue la resistencia con la que se encontraron los franceses que uno de sus contingentes llegó a quedarse aislado en el sur ante la superioridad de tropas hispanas. Temeroso de pasar a mejor vida, este ejército no dudó en pedir ayuda a sus compañeros del norte para poder salvarse. «En este ambiente sobrecargado y confuso, con tropas francesas en marcha sobre todas las regiones de la mitad Norte de España, el Emperador ordenó desde Bayona el 10 de mayo la salida para Cádiz del General Dupont para liberar a la escuadra francesa del almirante Rossilly bloqueada por los ingleses en la bahía» explica el historiador José Antonio García Noblejas en su obra «Valdepeñas. 6 de junio de 1808», ubicada en el Instituto de Historia y Cultura Militar de Madrid.
Dupont se calzó entonces las botas de montar y se dispuso a atravesar Castilla la Mancha en dirección a Andalucía espada en ristre. Sabía que aquella misión le podía granjear su ascenso a Mariscal de Campo, por lo que no podía arriesgarse a fallar. «Dupont comenzó su marcha el 23 de mayo (…) Su primera división estaba formada por 6.200 hombres de infantería (…) 2.000 caballos, 18 piezas de artillería, 2 regimientos suizos al servicio de España, 2 Batallones de la Guardia de Paris y otro de Marinos de la Guardia Imperial», completa el experto español en su obra.

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                                                                                                          General Dupont


Por Valdepeñas pasaba uno de los Caminos Reales en dirección a Andalucía


En los días posteriores, Dupont atravesó Castilla la Mancha y llegó a un pequeño pueblo llamado Valdepeñas (ubicado en Ciudad Real). Por él pasaba uno de los Caminos Reales más directos para dirigirse al sur de la Península, una carretera, en definitiva, vital para que Napoleón llevara a cabo sus conquistas. «El largo recorrido hasta Cádiz no era desconocido para el mando francés, que lo había hecho reconocer por un oficial, cuyo informe se refiere (…) dice de Valdepeñas “5 leguas de Manzanares a Valdepeñas, pequeña villa de cinco a seis mil almas, la llanura de la misma naturaleza la precede comienza a estar rodeada sobre la izquierda por una cadena de montañas poco elevadas rodeada de viñas. La carretera sigue estando sin calzada”», destaca García Noblejas en su obra.
En las siguientes jornadas, el general francés rebasó este pueblo con su gran contingente sin encontrar resistencia. Una vez cruzado, el oficial gabacho decidió dejar también un destacamento de aproximadamente 500 soldados cerca de Santa Cruz de Mudela (una villa a menos de 15 Km. de Valdepeñas). Su objetivo estaba claro: proteger los suministros del contingente principal, el cual, bandera francesa alzada, se dirigió hacia tierras andaluzas para cumplir su misión y salvar a sus compañeros.

Valdepeñas, en armas


Aquella fue la última vez que un soldado gabacho atravesó Valdepeñas durante la Guerra de la Independencia. Y es que, hastiados por la presencia gala en la Península y motivados por el levantamiento del 2 de Mayo, los 8.000 vecinos de este pueblo decidieron tomar las armas y cerrar su villa al ejército de Napoleón. Concretamente, el detonante del alzamiento fue el expolio de una iglesia ubicada en un pueblo cercano. Los militares del águila imperial no sabían que acababan de despertar a un gigante dormido.
«El día 31 de mayo, después de conocerse que, en Santa Cruz, algunos soldados habían destrozado los ornamentos sagrados de su Iglesia y que, en la Ermita de las Aberturas también había habido un pequeño saqueo por parte de algunos soldados de las tropas francesas, las autoridades locales deciden trasladar la imagen de su patrona, la Virgen de la Consolación, a Valdepeñas y así, con una procesión de salves y gritos patrióticos, la Virgen es llegada a la parroquial de la Asunción en previsión de posible expolios y saqueos», se destaca en la obra conjunta «Valdepeñas: Guerra de la Independencia (seis de junio de 1808)», editada por el Ayuntamiento de este Municipio en 2003 y cedida a ABC por el Instituto de Historia y Cultura Militar.
Tras poner a salvo a su patrona, los valdepeñeros acordaron, a riesgo de morir ante los experimentados soldados franceses y sólo con algunos trabucos y aperos de labranza, cerrar el camino real y combatir contra cualquier gabacho que osara acercarse a su villa. Para ello, constituyeron una Junta Local de Defensa formada por diez habitantes del pueblo. Entre ellos se destacaron el sacerdote local Juan Antonio León (conocido también como el «cura Calao»), un joven de apenas 20 años llamado Manuel Madero Candelas (alias «el Contrabandista» por su antigua ocupación), Miguel de Gregorio (llamado «el Mercader») e, incluso, y según ha trascendido en la cultura popular, una veinteañera que tenía de nombre Juana Galana («la Galana»). La premisa estaba clara: morir protegiendo sus creencias, sus bienes y una España independiente de Napoleón.

No pasarán


Mientras, y paralelamente a Valdepeñas, varios pueblos cercanos decidieron también organizarse para dar un buen puntapié en el trasero a los franceses. Ese, precisamente, fue el caso de Santa Cruz de Mudela, donde sus ciudadanos se armaron con rastrillos, hoces y algún que otro arcabuz para –el día 5 junio- asaltar a los menos de 500 hombres que Dupont había dejado en retaguardia para proteger sus víveres. Curiosamente, aquel día de nada sirvió a los casacas azules el haber combatido en centenares de batallas, pues cayeron a cientos tras una sangrienta lucha y terminaron huyendo hacia Valdepeñas.
Craso error, pues los habitantes ya habían cerrado su villa cruzando varios carromatos a modo de empalizada y, como era de esperar, no tuvieron piedad con los franceses. Así pues, los primeros gabachos en llegar se vieron superados por una intensa lluvia de balas que les obligó a rodear la villa y continuar su carrera, fusil entre las piernas, hasta un campamento cercano. Ya era oficial: los valdepeñeros estaban en guerra contra Napoleón.

Liger-Belair, hacia el pueblo rebelde


Con todo, el reto de los ciudadanos de Valdepeñas no hacía más que empezar, pues los soldados franceses supervivientes no tardaron en informar a sus mandos de lo acontecido en Santa Cruz y Valdepeñas. Tras conocer la mala nueva, a los oficiales franceses no les tembló el pulso e hicieron llamar al general Liger-Belair, el cual disponía de una considerable fuerza para mantener la zona libre de revueltas y facilitar las comunicaciones con Madrid.
La respuesta fue inmediata y, asombrado ante la actitud de Valdepeñas, Belair gritó unos cuantos «viva lŽEmpereur» y se dirigió, con más rabia que cabeza, hacia la pequeña villa manchega dispuesto a poner orden. «El general Belair quedó enterado de la (…) obstinada disposición de Valdepeñas y (…) adoptó las medidas militares correspondientes. Las fuerzas reunidas bajo su mando eran las siguientes, según el general manifestó en su parte del 7 de junio: Regimiento Auxiliar de Cazadores a Caballo, 500 hombres; Regimiento reducido de Dragones, 260 hombres; Infantería dispersa de diferentes unidades, 131 hombres», destaca, en este caso, García Noblejas en su obra. A la contienda sólo le quedaban entonces unas pocas horas para sucederse.

Dos, españoles y cobardes


Por su parte, y mientras el general Belair partía hacia Valdepeñas, los habitantes de la villa iniciaron los preparativos para la defensa. No obstante, y a pesar de que en un principio parecía que todos los vecinos se unirían a la lucha contra el francés, hubo varios que se negaron. El primero de ellos fue el Alcalde Mayor del vecindario,Francisco María Osorio, quien, temeroso de la fuerza del ejército imperial, trató de convencer a los vecinos de que era una locura enfrentarse con palos y rastrillos a todo el poder de Napoleón. De hecho, afirmó que se mantendría escondido y no combatiría cuando hicieran su aparición los soldados galos.
Tampoco combatió junto a los lugareños un oficial del ejército español que, desde hacía varios días, se hallaba en la villa reclutando soldados, como bien explica el Ayuntamiento de Valdepeñas en la obra que editó en 2003: «En principio, todos los habitantes se sumaron a la defensa a pesar de que su Alcalde Mayor intentó disuadirlos. (…). También lo intentó Pedro de Alesón que, al mando de una tropa del ejército español, se encontraba en esos días en la ciudad reclutando soldados. Este tampoco les disuadió con sus planteamientos militares. (…) Don Pedro, asustado por la envergadura de la pelea, les abandonó y huyó camino de la Alhambra, haciéndoles creer que atacaría a los franceses por la retaguardia».

Preparando la batalla


No obstante, y a pesar de la huida del militar y la negativa de su alcalde a combatir, la Junta Local de Defensa no estaba dispuesta a rendirse, por lo que, a sabiendas de que no podrían acabar con los franceses en un combate frontal, los lugareños usaron todo lo que tenían a mano para crear trampas con las que sorprender a sus enemigos. Para empezar, aseguraron las barricadas que habían fabricado el día anterior con carromatos y prepararon su defensa en la calle principal de Valdepeñas, donde se ubicaba el camino Real que usarían los franceses para pasar hacia Andalucía.

Los valdepeñeros concibieron la batalla como una emboscada

Otra de las medidas fue repartir los escasos trabucos que había entre los ciudadanos, los cuales se parapetaron en las viviendas con órdenes de hacer fuego sobre cualquier francés que se acercara a la villa. El resto de los lugareños, por el contrario, hizo acopio de hoces, azadas, cuchillos e, incluso, algún que otro garrote. A su vez, buscaron entre sus enseres cualquier objeto de cierto peso que pudiera arrojarse desde los tejados de las viviendas.
Además, los habitantes de Valdepeñas enterraron en la arena de la calle principal todo tipo de rastrillos y clavos para que las monturas de los franceses, al pincharse y caer, derribaran a su jinete. Una vez en el suelo, serían los propios valdepeñeros los que se encargarían de acabar con la vida de aquellos soldados con sus armas. Por su parte, las mujeres se encargaron de esconder a los niños y ancianos en las bodegas de las casas y situarse en las ventanas de las viviendas con cazos de agua y aceite hirviendo.
«La batalla estaba concebida como una emboscada a las fuerzas de caballería, que serían duda serían las primeras que entrarían, en el desfiladero de la calle central, en el que nada más entrar el batallón de Cazadores a lomos de sus fieros animales, caerían víctimas de las trampas que habría bajo sus casos, escondidas entre la arena y la calzada.(…) A falta de fusiles, se utilizarían todo tipo de objetos contundentes y aperos de labranza para rematar directamente en el suelo a los sorprendidos enemigos», se añade en «Valdepeñas: Guerra de la Independencia (seis de junio de 1808)».

Llegan los franceses


El 6 de julio de 1808, el general Belair hizo su aparición frente al pueblo de Valdepeñas, donde 2.000 hombres y mujeres hábiles –de los 8.000 habitantes- se habían preparado a conciencia para la defensa. Convencido del temor que infligía su ejército, el galo quiso dar una última oportunidad a la villa española y se ofreció a entrevistarse con la máxima autoridad del pueblo: el «cura Calo» y «el Contrabandista».
Al parecer, durante el encuentro Belair sugirió la rendición del pueblo para evitar un baño de sangre. No obstante, a cambio los españoles deberían dejar atravesar la villa a los franceses. La respuesta de los españoles, como no podía ser de otra forma, fue negativa. En contrapartida, ofrecieron a los gabachos cruzar el pueblo desarmados y sin monturas, las cuales llevarían alrededor de Valdepeñas dos de sus habitantes y se las entregarían posteriormente a los galos. Desesperado, el oficial no dio crédito al poco terror que sus tropas insuflaban en aquellos campesinos y, rojo de ira, rompió las negociaciones y se dispuso al ataque.

Comienza la batalla


Deseoso de derramar sangre española, Belair dio la orden de ataque a las 9 de la mañana (a las 12 del mediodía según García Noblejas). Al instante, y según la versión más extendida por los historiadores de la época, el general francés ordenó a varias patrullas de jinetes rodear el pueblo y cerrar sus entradas. A continuación, Bouzat –uno de los oficiales galos- fue seleccionado para entrar en el pueblo bayoneta en ristre con la infantería disponible.
Mientras, desde Valdepeñas repiquetearon las campanas avisando de la llegada de los franceses. «Los centinelas de la (…) torre del templo (…) acusan los movimientos del enemigo y hacen tocar a rebato todas las campanas. Contestan nuevos gritos de  “Mueran los franceses” y “Viva la Virgen de la Consolación”, de cuya imagen son muy devotos los valdepeñeros», señala Antonio Merlo Delgado en «Estudios de la Guerra de la Independencia».

Representación artística de «la Galana»


De esta forma, entre gritos de «¡En avant!» y vítores a Napoleón, los soldados de Bouzat iniciaron la marcha hasta llegar a la entrada de Valdepeñas. Fue entonces cuando los lugareños lanzaron sobre ellos tejas, ladrillos, maceteros y cualquier elemento lo suficientemente pesado como para acabar con la vida de aquel desgraciado que tuviera la mala suerte de interponerse en su caída. En este desconcierto, los campesinos ubicados en los portales atacaron con sus hoces y rastrillos a los desconcertados franceses. La lucha duró breves minutos y, para sorpresa de Belair, el asalto fue rechazado.
Asombrado por haber sido vencido en esta primera escaramuza, Belair ordenó, desesperado, el ataque de aproximadamente medio centenar de caballeros ligeros (jinetes armados con sables). Al galope tendido y con el arma desenfundada, estos soldados cargaron contra la calle Ancha del Valdepeñas deseosos de vengar a sus compañeros. Para desgracia española, esta embestida fue más efectiva, pues los caballeros lograron acabar con varios vecinos. No obstante, y según señala Merlo, finalmente las tretas utilizadas por el pueblo surtieron su efecto y los gabachos acabaron desmontados y rajados de arriba abajo.
Por entonces, la lucha ya se había generalizado y, aunque habían caído multitud de franceses, los vecinos luchaban ya cuerpo a cuerpo y fusil contra fusil por defenderse del que, hasta ese momento, era conocido como uno de ejércitos mejor entrenado de Europa. Fue precisamente en esa encarnizada lucha donde se destacaron varios héroes hispanos. «Algunas mujeres participan también en el ataque, distinguiéndose notoriamente, por su arrojo y valentía, la agraciada y bella joven Juana Galán “la Galana”, que, desafiando el peligro,armada con una cachiporra a la puerta de su casa, dio muerte a no pocos soldados al caer estos de sus caballos», añade Merlo.

El cruel incendio de Valdepeñas

Después de varias horas de combate, la desesperación cubría la mente de Belair, quien no llegaba a comprender como era posible que el ejército francés estuviese siendo derrotado por campesinos con azadas. Irritado por no haber acabado de un plumazo con aquella villa –cosa que había considerado en un principio- ordenó incendiar Valdepeñas para acabar de una vez, y para siempre, con sus defensores.
Los franceses quemaron Valdepeñas para obligar a los defensores a salir de las casas. Sus hombres, sin siquiera rechistar, cargaron sus fusiles con unos pequeños cohetes incendiarios que, durante varios minutos, lanzaron sobre los tejados de las casas del pueblo español. Para desgracia de los hispanos, el plan les salió a la perfección y el humo comenzó a abrirse camino entre ellos. Ahora, también luchaban contra las llamas. A su vez, el general francés estableció que sus soldados rodearan la villa y, casa por casa, fueran acabando con todos aquellos que, despavoridos, salieran a la calle para huir de las llamas.
Finalmente, el paso del tiempo y la llegada de las llamas acabaron con la energía de los defensores. Y es que, como se señala en varios escritos, además de la voracidad del fuego, también se hacía casi imposible poder respirar desde las casas que, con valor, llevaban defendiendo desde aquella mañana. Finalmente, los ánimos terminaron por decaer y, aproximadamente a las seis de la tarde, la Junta solicitó una tregua y un encuentro con la máxima autoridad gala. Los franceses, cansados, extenuados y asombrados ante tal férrea defensa, aceptaron sin dudar la interrupción del combate y dispusieron la entrevista con su general. La contienda había acabado, de mutuo acuerdo, y con cientos de cadáveres franceses copando la calle Ancha de Valdepeñas.

Contando los muertos

Nueve horas después de iniciarse el ataque, varios representantes de la Junta Local de Defensa (entre ellos «el Mercader», como prisionero) se entrevistaron con Belair, quien seguía sin dar crédito a lo sucedido. «”La lucha concluyó por mutuo acuerdo”. Las proposiciones de los naturales de la valerosa villa (…) fueron aceptadas y (…) decían así: “Que las tropas francesas se retiren a una legua de la población, donde el pueblo (les) llevará raciones y demás auxilios”. (…) Con esas condiciones y la solemne promesa de respetarse mutuamente, quedó concertada la paz. (…) Un testigo presencial de los hechos (…) afirma que el general Belair “dejó a esta villa una carta de seguridad para que, aunque viniesen otros franceses, no se metiesen con sus moradores», añade el autor español.
Al día siguiente hubo que contar los cadáveres, una tarea que resultó enormemente difícil y dolorosa para los habitantes de la villa, pues los restos mortales que recogían no eran sólo sus compañeros de armas; eran sus hermanos y hermanas, padres y madres e hijos e hijas. Aquella infausta jornada, los franceses tuvieron que llenar más de 300 ataúdes y atender a casi 50 heridos. Los valdepeñeros, por su parte, se vieron obligados a enterrar a una treintena de sus vecinos y amigos. No obstante, estos aguerridos manchegos no sólo se habían ganado el agradecimiento de España, sino, también, el respeto del altivo ejército galo y, para siempre, un hueco en la Historia eterna de nuestro país.

EDITADO: Tomás San Clemente de Mingo

MANUEL P. VILLATORO

VALDEPEÑAS; UN PUEBLO EN ARMAS

Contienda de Valdepeñas

Las batallas no siempre las ganan los soldados. Sin duda, esta es la frase que mejor define lo sucedido en Valdepeñas, un pequeño pueblo de la Mancha donde –el 6 de junio de 1808-, unos campesinos armados con aperos de labranza y una heroicidad desmedida lograron poner en jaque al ejército francés que intentaba viajar hacia Andalucía. Y es que, aunque aquel día no se logró arrasar al contingente galo como en otras contiendas, si se demostró a Napoleón que cada español, fuese militar o no, estaba dispuesto a dar su vida por expulsar al invasor.
Corría por entonces una época dura para España, pues sus tierras intentaban ser conquistadas por el autoproclamado emperador de los franceses Napoleón Bonaparte (pequeño de estatura pero, por contra, inmensamente molesto). Y es que, ansioso de convertir nuestra rojigualda en una bandera más «bleu», más «blanc» y más «rouge», este gabacho había atravesado los Pirineos y entrado en la Península a finales de 1807 con multitud de sus casacas azules y, por extraño que parezca, con la aprobación de Manuel Godoy, un valido muy poco válido de Carlos IV que, como un niño con un caramelo, se dejó engañar por el «pequeño corso» y su promesa de que su ejército solo necesitaba un permiso de paso para invadir Portugal.

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                                                                                                    El arribista Manuel Godoy


Grave error del español, pues lo que realmente buscaba el emperador galo no era otra cosa que, «oh la las» por aquí y «comment allez-vous» por allá, situar a sus tropas en la Península de forma estratégica para, al final, dar el golpe de gracia y tomar España de improviso y por las armas. Sin embargo, con lo que no contaba el gabacho era con que los ciudadanos españoles eran bastante más avispados que sus representantes de entonces y, cuando se percataron del truco, se levantaron en armas contra la ocupación. Había comenzado, en definitiva, la Guerra de la Independencia.
La primera comunidad en levantarse fue Madrid durante el 2 de mayo de 1808 y, aunque la población fue aplacada por el experimentado ejército galo, un sentimiento patriótico contra el invasor creció entonces a lo largo y ancho de la Península. Así pues, y con la ayuda de unos improvisados aliados británicos (ansiosos por dar algún espadazo que otro a los galos fuera donde fuese), el pueblo logró poner en jaque a las soldados gabachos en una buena parte de España.
¡Ayuda… pour l'amour de dieu!
De hecho, tal fue la resistencia con la que se encontraron los franceses que uno de sus contingentes llegó a quedarse aislado en el sur ante la superioridad de tropas hispanas. Temeroso de pasar a mejor vida, este ejército no dudó en pedir ayuda a sus compañeros del norte para poder salvarse. «En este ambiente sobrecargado y confuso, con tropas francesas en marcha sobre todas las regiones de la mitad Norte de España, el Emperador ordenó desde Bayona el 10 de mayo la salida para Cádiz del General Dupont para liberar a la escuadra francesa del almirante Rossilly bloqueada por los ingleses en la bahía» explica el historiador José Antonio García Noblejas en su obra «Valdepeñas. 6 de junio de 1808», ubicada en el Instituto de Historia y Cultura Militar de Madrid.
Dupont se calzó entonces las botas de montar y se dispuso a atravesar Castilla la Mancha en dirección a Andalucía espada en ristre. Sabía que aquella misión le podía granjear su ascenso a Mariscal de Campo, por lo que no podía arriesgarse a fallar. «Dupont comenzó su marcha el 23 de mayo (…) Su primera división estaba formada por 6.200 hombres de infantería (…) 2.000 caballos, 18 piezas de artillería, 2 regimientos suizos al servicio de España, 2 Batallones de la Guardia de Paris y otro de Marinos de la Guardia Imperial», completa el experto español en su obra.

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                                                                                                          General Dupont


Por Valdepeñas pasaba uno de los Caminos Reales en dirección a Andalucía


En los días posteriores, Dupont atravesó Castilla la Mancha y llegó a un pequeño pueblo llamado Valdepeñas (ubicado en Ciudad Real). Por él pasaba uno de los Caminos Reales más directos para dirigirse al sur de la Península, una carretera, en definitiva, vital para que Napoleón llevara a cabo sus conquistas. «El largo recorrido hasta Cádiz no era desconocido para el mando francés, que lo había hecho reconocer por un oficial, cuyo informe se refiere (…) dice de Valdepeñas “5 leguas de Manzanares a Valdepeñas, pequeña villa de cinco a seis mil almas, la llanura de la misma naturaleza la precede comienza a estar rodeada sobre la izquierda por una cadena de montañas poco elevadas rodeada de viñas. La carretera sigue estando sin calzada”», destaca García Noblejas en su obra.
En las siguientes jornadas, el general francés rebasó este pueblo con su gran contingente sin encontrar resistencia. Una vez cruzado, el oficial gabacho decidió dejar también un destacamento de aproximadamente 500 soldados cerca de Santa Cruz de Mudela (una villa a menos de 15 Km. de Valdepeñas). Su objetivo estaba claro: proteger los suministros del contingente principal, el cual, bandera francesa alzada, se dirigió hacia tierras andaluzas para cumplir su misión y salvar a sus compañeros.

Valdepeñas, en armas


Aquella fue la última vez que un soldado gabacho atravesó Valdepeñas durante la Guerra de la Independencia. Y es que, hastiados por la presencia gala en la Península y motivados por el levantamiento del 2 de Mayo, los 8.000 vecinos de este pueblo decidieron tomar las armas y cerrar su villa al ejército de Napoleón. Concretamente, el detonante del alzamiento fue el expolio de una iglesia ubicada en un pueblo cercano. Los militares del águila imperial no sabían que acababan de despertar a un gigante dormido.
«El día 31 de mayo, después de conocerse que, en Santa Cruz, algunos soldados habían destrozado los ornamentos sagrados de su Iglesia y que, en la Ermita de las Aberturas también había habido un pequeño saqueo por parte de algunos soldados de las tropas francesas, las autoridades locales deciden trasladar la imagen de su patrona, la Virgen de la Consolación, a Valdepeñas y así, con una procesión de salves y gritos patrióticos, la Virgen es llegada a la parroquial de la Asunción en previsión de posible expolios y saqueos», se destaca en la obra conjunta «Valdepeñas: Guerra de la Independencia (seis de junio de 1808)», editada por el Ayuntamiento de este Municipio en 2003 y cedida a ABC por el Instituto de Historia y Cultura Militar.
Tras poner a salvo a su patrona, los valdepeñeros acordaron, a riesgo de morir ante los experimentados soldados franceses y sólo con algunos trabucos y aperos de labranza, cerrar el camino real y combatir contra cualquier gabacho que osara acercarse a su villa. Para ello, constituyeron una Junta Local de Defensa formada por diez habitantes del pueblo. Entre ellos se destacaron el sacerdote local Juan Antonio León (conocido también como el «cura Calao»), un joven de apenas 20 años llamado Manuel Madero Candelas (alias «el Contrabandista» por su antigua ocupación), Miguel de Gregorio (llamado «el Mercader») e, incluso, y según ha trascendido en la cultura popular, una veinteañera que tenía de nombre Juana Galana («la Galana»). La premisa estaba clara: morir protegiendo sus creencias, sus bienes y una España independiente de Napoleón.

No pasarán


Mientras, y paralelamente a Valdepeñas, varios pueblos cercanos decidieron también organizarse para dar un buen puntapié en el trasero a los franceses. Ese, precisamente, fue el caso de Santa Cruz de Mudela, donde sus ciudadanos se armaron con rastrillos, hoces y algún que otro arcabuz para –el día 5 junio- asaltar a los menos de 500 hombres que Dupont había dejado en retaguardia para proteger sus víveres. Curiosamente, aquel día de nada sirvió a los casacas azules el haber combatido en centenares de batallas, pues cayeron a cientos tras una sangrienta lucha y terminaron huyendo hacia Valdepeñas.
Craso error, pues los habitantes ya habían cerrado su villa cruzando varios carromatos a modo de empalizada y, como era de esperar, no tuvieron piedad con los franceses. Así pues, los primeros gabachos en llegar se vieron superados por una intensa lluvia de balas que les obligó a rodear la villa y continuar su carrera, fusil entre las piernas, hasta un campamento cercano. Ya era oficial: los valdepeñeros estaban en guerra contra Napoleón.

Liger-Belair, hacia el pueblo rebelde


Con todo, el reto de los ciudadanos de Valdepeñas no hacía más que empezar, pues los soldados franceses supervivientes no tardaron en informar a sus mandos de lo acontecido en Santa Cruz y Valdepeñas. Tras conocer la mala nueva, a los oficiales franceses no les tembló el pulso e hicieron llamar al general Liger-Belair, el cual disponía de una considerable fuerza para mantener la zona libre de revueltas y facilitar las comunicaciones con Madrid.
La respuesta fue inmediata y, asombrado ante la actitud de Valdepeñas, Belair gritó unos cuantos «viva lŽEmpereur» y se dirigió, con más rabia que cabeza, hacia la pequeña villa manchega dispuesto a poner orden. «El general Belair quedó enterado de la (…) obstinada disposición de Valdepeñas y (…) adoptó las medidas militares correspondientes. Las fuerzas reunidas bajo su mando eran las siguientes, según el general manifestó en su parte del 7 de junio: Regimiento Auxiliar de Cazadores a Caballo, 500 hombres; Regimiento reducido de Dragones, 260 hombres; Infantería dispersa de diferentes unidades, 131 hombres», destaca, en este caso, García Noblejas en su obra. A la contienda sólo le quedaban entonces unas pocas horas para sucederse.

Dos, españoles y cobardes


Por su parte, y mientras el general Belair partía hacia Valdepeñas, los habitantes de la villa iniciaron los preparativos para la defensa. No obstante, y a pesar de que en un principio parecía que todos los vecinos se unirían a la lucha contra el francés, hubo varios que se negaron. El primero de ellos fue el Alcalde Mayor del vecindario,Francisco María Osorio, quien, temeroso de la fuerza del ejército imperial, trató de convencer a los vecinos de que era una locura enfrentarse con palos y rastrillos a todo el poder de Napoleón. De hecho, afirmó que se mantendría escondido y no combatiría cuando hicieran su aparición los soldados galos.
Tampoco combatió junto a los lugareños un oficial del ejército español que, desde hacía varios días, se hallaba en la villa reclutando soldados, como bien explica el Ayuntamiento de Valdepeñas en la obra que editó en 2003: «En principio, todos los habitantes se sumaron a la defensa a pesar de que su Alcalde Mayor intentó disuadirlos. (…). También lo intentó Pedro de Alesón que, al mando de una tropa del ejército español, se encontraba en esos días en la ciudad reclutando soldados. Este tampoco les disuadió con sus planteamientos militares. (…) Don Pedro, asustado por la envergadura de la pelea, les abandonó y huyó camino de la Alhambra, haciéndoles creer que atacaría a los franceses por la retaguardia».

Preparando la batalla


No obstante, y a pesar de la huida del militar y la negativa de su alcalde a combatir, la Junta Local de Defensa no estaba dispuesta a rendirse, por lo que, a sabiendas de que no podrían acabar con los franceses en un combate frontal, los lugareños usaron todo lo que tenían a mano para crear trampas con las que sorprender a sus enemigos. Para empezar, aseguraron las barricadas que habían fabricado el día anterior con carromatos y prepararon su defensa en la calle principal de Valdepeñas, donde se ubicaba el camino Real que usarían los franceses para pasar hacia Andalucía.

Los valdepeñeros concibieron la batalla como una emboscada

Otra de las medidas fue repartir los escasos trabucos que había entre los ciudadanos, los cuales se parapetaron en las viviendas con órdenes de hacer fuego sobre cualquier francés que se acercara a la villa. El resto de los lugareños, por el contrario, hizo acopio de hoces, azadas, cuchillos e, incluso, algún que otro garrote. A su vez, buscaron entre sus enseres cualquier objeto de cierto peso que pudiera arrojarse desde los tejados de las viviendas.
Además, los habitantes de Valdepeñas enterraron en la arena de la calle principal todo tipo de rastrillos y clavos para que las monturas de los franceses, al pincharse y caer, derribaran a su jinete. Una vez en el suelo, serían los propios valdepeñeros los que se encargarían de acabar con la vida de aquellos soldados con sus armas. Por su parte, las mujeres se encargaron de esconder a los niños y ancianos en las bodegas de las casas y situarse en las ventanas de las viviendas con cazos de agua y aceite hirviendo.
«La batalla estaba concebida como una emboscada a las fuerzas de caballería, que serían duda serían las primeras que entrarían, en el desfiladero de la calle central, en el que nada más entrar el batallón de Cazadores a lomos de sus fieros animales, caerían víctimas de las trampas que habría bajo sus casos, escondidas entre la arena y la calzada.(…) A falta de fusiles, se utilizarían todo tipo de objetos contundentes y aperos de labranza para rematar directamente en el suelo a los sorprendidos enemigos», se añade en «Valdepeñas: Guerra de la Independencia (seis de junio de 1808)».

Llegan los franceses


El 6 de julio de 1808, el general Belair hizo su aparición frente al pueblo de Valdepeñas, donde 2.000 hombres y mujeres hábiles –de los 8.000 habitantes- se habían preparado a conciencia para la defensa. Convencido del temor que infligía su ejército, el galo quiso dar una última oportunidad a la villa española y se ofreció a entrevistarse con la máxima autoridad del pueblo: el «cura Calo» y «el Contrabandista».
Al parecer, durante el encuentro Belair sugirió la rendición del pueblo para evitar un baño de sangre. No obstante, a cambio los españoles deberían dejar atravesar la villa a los franceses. La respuesta de los españoles, como no podía ser de otra forma, fue negativa. En contrapartida, ofrecieron a los gabachos cruzar el pueblo desarmados y sin monturas, las cuales llevarían alrededor de Valdepeñas dos de sus habitantes y se las entregarían posteriormente a los galos. Desesperado, el oficial no dio crédito al poco terror que sus tropas insuflaban en aquellos campesinos y, rojo de ira, rompió las negociaciones y se dispuso al ataque.

Comienza la batalla


Deseoso de derramar sangre española, Belair dio la orden de ataque a las 9 de la mañana (a las 12 del mediodía según García Noblejas). Al instante, y según la versión más extendida por los historiadores de la época, el general francés ordenó a varias patrullas de jinetes rodear el pueblo y cerrar sus entradas. A continuación, Bouzat –uno de los oficiales galos- fue seleccionado para entrar en el pueblo bayoneta en ristre con la infantería disponible.
Mientras, desde Valdepeñas repiquetearon las campanas avisando de la llegada de los franceses. «Los centinelas de la (…) torre del templo (…) acusan los movimientos del enemigo y hacen tocar a rebato todas las campanas. Contestan nuevos gritos de  “Mueran los franceses” y “Viva la Virgen de la Consolación”, de cuya imagen son muy devotos los valdepeñeros», señala Antonio Merlo Delgado en «Estudios de la Guerra de la Independencia».

Representación artística de «la Galana»


De esta forma, entre gritos de «¡En avant!» y vítores a Napoleón, los soldados de Bouzat iniciaron la marcha hasta llegar a la entrada de Valdepeñas. Fue entonces cuando los lugareños lanzaron sobre ellos tejas, ladrillos, maceteros y cualquier elemento lo suficientemente pesado como para acabar con la vida de aquel desgraciado que tuviera la mala suerte de interponerse en su caída. En este desconcierto, los campesinos ubicados en los portales atacaron con sus hoces y rastrillos a los desconcertados franceses. La lucha duró breves minutos y, para sorpresa de Belair, el asalto fue rechazado.
Asombrado por haber sido vencido en esta primera escaramuza, Belair ordenó, desesperado, el ataque de aproximadamente medio centenar de caballeros ligeros (jinetes armados con sables). Al galope tendido y con el arma desenfundada, estos soldados cargaron contra la calle Ancha del Valdepeñas deseosos de vengar a sus compañeros. Para desgracia española, esta embestida fue más efectiva, pues los caballeros lograron acabar con varios vecinos. No obstante, y según señala Merlo, finalmente las tretas utilizadas por el pueblo surtieron su efecto y los gabachos acabaron desmontados y rajados de arriba abajo.
Por entonces, la lucha ya se había generalizado y, aunque habían caído multitud de franceses, los vecinos luchaban ya cuerpo a cuerpo y fusil contra fusil por defenderse del que, hasta ese momento, era conocido como uno de ejércitos mejor entrenado de Europa. Fue precisamente en esa encarnizada lucha donde se destacaron varios héroes hispanos. «Algunas mujeres participan también en el ataque, distinguiéndose notoriamente, por su arrojo y valentía, la agraciada y bella joven Juana Galán “la Galana”, que, desafiando el peligro,armada con una cachiporra a la puerta de su casa, dio muerte a no pocos soldados al caer estos de sus caballos», añade Merlo.

El cruel incendio de Valdepeñas

Después de varias horas de combate, la desesperación cubría la mente de Belair, quien no llegaba a comprender como era posible que el ejército francés estuviese siendo derrotado por campesinos con azadas. Irritado por no haber acabado de un plumazo con aquella villa –cosa que había considerado en un principio- ordenó incendiar Valdepeñas para acabar de una vez, y para siempre, con sus defensores.
Los franceses quemaron Valdepeñas para obligar a los defensores a salir de las casas. Sus hombres, sin siquiera rechistar, cargaron sus fusiles con unos pequeños cohetes incendiarios que, durante varios minutos, lanzaron sobre los tejados de las casas del pueblo español. Para desgracia de los hispanos, el plan les salió a la perfección y el humo comenzó a abrirse camino entre ellos. Ahora, también luchaban contra las llamas. A su vez, el general francés estableció que sus soldados rodearan la villa y, casa por casa, fueran acabando con todos aquellos que, despavoridos, salieran a la calle para huir de las llamas.
Finalmente, el paso del tiempo y la llegada de las llamas acabaron con la energía de los defensores. Y es que, como se señala en varios escritos, además de la voracidad del fuego, también se hacía casi imposible poder respirar desde las casas que, con valor, llevaban defendiendo desde aquella mañana. Finalmente, los ánimos terminaron por decaer y, aproximadamente a las seis de la tarde, la Junta solicitó una tregua y un encuentro con la máxima autoridad gala. Los franceses, cansados, extenuados y asombrados ante tal férrea defensa, aceptaron sin dudar la interrupción del combate y dispusieron la entrevista con su general. La contienda había acabado, de mutuo acuerdo, y con cientos de cadáveres franceses copando la calle Ancha de Valdepeñas.

Contando los muertos

Nueve horas después de iniciarse el ataque, varios representantes de la Junta Local de Defensa (entre ellos «el Mercader», como prisionero) se entrevistaron con Belair, quien seguía sin dar crédito a lo sucedido. «”La lucha concluyó por mutuo acuerdo”. Las proposiciones de los naturales de la valerosa villa (…) fueron aceptadas y (…) decían así: “Que las tropas francesas se retiren a una legua de la población, donde el pueblo (les) llevará raciones y demás auxilios”. (…) Con esas condiciones y la solemne promesa de respetarse mutuamente, quedó concertada la paz. (…) Un testigo presencial de los hechos (…) afirma que el general Belair “dejó a esta villa una carta de seguridad para que, aunque viniesen otros franceses, no se metiesen con sus moradores», añade el autor español.
Al día siguiente hubo que contar los cadáveres, una tarea que resultó enormemente difícil y dolorosa para los habitantes de la villa, pues los restos mortales que recogían no eran sólo sus compañeros de armas; eran sus hermanos y hermanas, padres y madres e hijos e hijas. Aquella infausta jornada, los franceses tuvieron que llenar más de 300 ataúdes y atender a casi 50 heridos. Los valdepeñeros, por su parte, se vieron obligados a enterrar a una treintena de sus vecinos y amigos. No obstante, estos aguerridos manchegos no sólo se habían ganado el agradecimiento de España, sino, también, el respeto del altivo ejército galo y, para siempre, un hueco en la Historia eterna de nuestro país.

EDITADO: Tomás San Clemente de Mingo

Publicado en "HISTORIA REI MILITARIS"

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