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LA ESTRATEGIA DEL DUQUE DE ALBA.

  • Escrito por Redacción

duque-de-Alba

La biografía del duque de Alba ( Fernando Álvarez de Toledo y Pimente 1507-1582) ha pasado a la posteridad como uno de los personajes más despiadados, déspotas, sanguinarios y arbitrarios de toda la historia europea (exagerado y fruto de la peor leyenda negra), y también por ser uno de los mejores estrategas militares de todos los tiempos y hábil político. En ésta entrada nos interesa, sobre todo, la vertiente militar ó estratégica.


No era fruto de la casualidad la envergadura de uno de los soldados españoles más célebres de la historia europea del siglo XVI; sin ir más lejos a la edad de trece años conocía de memoria el De re militari de Vegecio.

Vege

Más tarde, acompañado por  Garcilaso de la Vega, se une en Viena a las campañas del Emperador (1532). Actúa en la guerra como bisoño en Túnez y poco después, brilla en asalto a la Goleta del 14 de Julio de 1535. Incluso en 1535 se atreve a polemizar con el ya conde de Leyva sobre el mejor plan de ataque a Francia, bien hacia Marsella junto al mar, bien hacia Lyon por el interior. Andrea Doria, secunda a Leyva y Carlos V opta por la opción de los veteranos; los hechos le dieron la razón a Alba, pues Marsella era inexpugnable y el ataque a Lyon hubiera servido mejor a la finalidad del emperador.


El duque estará al frente de los tercios de Sicilia y de Lombardía a partir de 1531, reforzados por alemanes y dotado de jinetes que manda directamente el joven Sancho de Leyva. En 1536 muere en Aix-en-Provence muere Leyva, con lo que las ideas del duque ahora tendrán todos los oídos del Emperador.


A sus 28 años muestra una sagaz atención a los detalles, un gran cuidado por la economía de medios y una aptitud logística sobresaliente.Tras la desgraciada acción de Argel (octubre de 1541), Carlos V le destina a pamplona y hará que le acompañe en sus campañas contra los luteranos. Hasta entonces, según Maltby, las tácticas militares del siglo XVI habían sido primordialmente de carácter defensivo: Podía hacerse avanzar una combinación de picas y arcabuces, pero cuando le hacía frente una formación parecida, las bajas eran aterradoras. Si el enemigo ocupaba una posición de antemano, como hizo Gonzalo Fernández de Córdoba en Ceriñola, la fuerza atacante podía ser aniquilada por el fuego arcabucero. Por tanto, según el mismo autor, era una insensatez librar una batalla si, al hacerlo, el ejército victorioso quedaba destruido al mismo tiempo que el vencido. En este sentido, para el duque de Alba la batalla de Cerisoles (1544) fue una pérdida innecesaria de hombres.

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Así, en el futuro, sólo aceptará la batalla si posee una ventaja abrumadora. En Muhlberg, levantó terraplenes, empleando carros como fajinas, y tras dedicar un día a librar escaramuzas aisladas de diversión, atacó y aniquiló a los 3000 suizos que guardaban la reserva de la artillería de la liga de Smalkalda.

En La campaña del Danubio de 1546, el enemigo no pudo soportar la guerra de desgaste acompañada de incesantes ataques nocturnos y de acciones de hostigamiento (las célebres encamisadas).


En 1552 tras el fracaso en el sitio de Metz la reputación del duque se vio resentida. Poco después de la retirada del Emperador a Yuste, pasó a Roma interviniendo con moderación y como paso previo a su destino en Bruselas. En efecto, por orden de Felipe II, Alba pasa a Flandes proponiéndose llevar consigo un ejército de 30.000 hombres. Los prepara minuciosamente (tercios de Nápoles, Lombardía, Cerdeña y Sicilia) y ordena reclutamientos en Alemania y países bajos. La ruta pasará a la historia como el Camino español; iba desde el Piamonte por Saboya, atravesaba el paso del Mont Cenis, buscaba el Franco Condado y se acogía a los territorios diplomáticamente neutralizados del Ducado de Lorena para desembocar en Thionville y Luxemburgo.


En general, con los súbditos de su majestad nunca tuvo un carácter conciliador, sobre todo con los de los Países Bajos, pues tenía la idea de que el soberano debía imponerse siempre a cualquier desvarío de sus súbditos y él se consideraba como el brazo ejecutor para tal imposición. El plan de Alba en Flandes (1567) consistía en crear en pocos meses una impresión de omnipresencia militar. Había que construir ciudadelas en Amberes, Valenciennes, Ámsterdam, Flesinga y Maastricht. Había que contar con Mansfeldt, un aventurero alemán, que pondría los mercenarios necesarios y había que reservar a los mejores capitanes españoles de los tercios: Sancho Londoño, Sancho Dávila, Julián Romero, entre otros. Los rivales eran los holandeses Guillermo de Orange y su hermano Luís de Nassau.

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La clave operativa de Alba era "la disciplina y la paga regular" . Difícil de mantener la primera sin la segunda, y el duque lo tenía bien claro y como algo premonitorio. En efecto, a partir de 1570, tendrá que soportar motines por falta de paga que le amargan la existencia tanto o más que las ejecuciones de los conde de Egmont y Horn.


Cuando llega Luís de Requesens para relevarle en 1573 las circunstancias le han forzado a un despliegue de 62.000 hombres dispersos cuya forma de combatir se había hecho enormemente costosa. Aún así, Alba reformó con tino y regularizó el sistema militar de sueldos y primas.


Felipe II volvería contar con sus servicios para la campaña de Portugal de 1580 donde reincidió en la más meticulosa de las planificaciones y en la queja de falta de profesionalidad de las tropas (33.000 infantes+7.000 jinetes+ 136 cañones). Sabía que el peor enemigo iba a ser la enfermedad y que su única obsesión operativa sería reducir la resistencia de los fuerte de Setúbal, Cascaes, S. Julián de Ocirias y del propio Lisboa.

Tomás San Clemente De Mingo - HISTORIA REI MILITARIS

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