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GONZALO FERNÁNDEZ DE CÓRDOVA. EL GRAN CAPITÁN

  • Escrito por Redacción

ELGRANCAPITAN

“Doscientos mil setecientos treinta y seis ducados y nueve reales en frailes, monjas y pobres, para que rogasen a Dios por la prosperidad de las armas españolas. Cien millones en palas, picos y azadones, para enterrar a los muertos del adversario.[…] Cien millones por mi paciencia en escuchar ayer que el Rey pedía cuentas al que le había regalado un reino.”

PRIMEROS AÑOS

Nació en Montilla probablemente en septiembre de 1453, en una familia de buena cuna, hijo de Pedro Fernández de Aguilar, V señor de la casa de Aguilar y Alcalde Mayor de Córdoba, y Doña Elvira de Herrera, nieta de los Enríquez, Almirantes de Castilla. Su padre murió siendo él todavía un niño, por lo que fue criado por el caballero Pablo Cárcamo, que ejerció de un segundo padre. La fortuna familiar recayó en su hermano mayor don Alonso de Aguilar, por lo que debió buscarse la suya propia bien por méritos o por servicios prestados a algún notable. Recibió una educación esmerada, ya que en aquella época no sólo servía caballero sino que además había que demostrarlo, hablaba árabe y desde muy pequeño fue instruido en el oficio de las armas.

Reinaba en Castilla Enrique IV “el impotente”, un rey débil en un territorio donde la nobleza incluso se permitía la soberbia de destronarle en la farsa de Ávila, proclamando rey a su hermano el infante don Alonso. En 1465 Gonzalo, que contaba con 12 años, se dirigió allí a presentarse a su servicio como paje, pero la temprana muerte de este le hizo regresar a Córdoba. Intentó ingresar en la orden de los Jerónimos, afortunadamente cuando se entrevistó con el prior de la misma, Fray Antonio de Hinojosa este, tras mirarle detenidamente le dijo: “Vete enseguida, hijo, que para mayores cosas te tiene Dios guardado”. Poco después era armado caballero.

No tenía ni 20 años cuando ingresó al servicio de la princesa Isabel, que encabezaba una facción contraria a su hermano Enrique IV y la hija de este, Juana “la Beltraneja”. Allí destacó casi de inmediato hasta tal punto de ser llamado el príncipe de la mocedad, ocurrente, excelente en el manejo de la espada y la lanza, alegre, culto y francamente generoso, tal vez hasta en demasía, según su tutor Pablo Cárcano. De regreso a Córdoba contrajo matrimonio con su prima Isabel de Montemayor y su hermano les regalaba la alcaldía de Santaella. La casa de los Aguilar y la casa de los condes de Cabra, pese a ser familiares, mantenían continuas disputas, en una de ellas Gonzalo y su esposa, al poco de casarse, fueron raptados por la familia rival, la cual asaltó el castillo de Santaella. Ambos fueron liberados en 1476 tras llegarse a un acuerdo entre ambas familias por mediación de la reina Isabel I.

La situación política en Castilla era muy complicada, un rey débil como Enrique IV y una heredera como Juana la Beltraneja en manos de una nobleza cada vez más poderosa. En esas circunstancias Isabel, hermana de Enrique, negoció en secreto su matrimonio con Fernando de Aragón, en ese momento rey de Sicilia y futuro heredero de Juan II, además de ser su primo. Finalmente se casaban en 1469. A la muerte de Enrique en 1474 comenzaba una guerra civil entre Isabel apoyada por parte de la nobleza, villas del Duero y el Tajo y su esposo, es decir, la corona de Aragón, la cual se enfrentaban a Juana, prometida del rey de Portugal Alfonso V, y las tropas francesas y portuguesas.

La guerra se prolongó por espacio de 5 años y Gonzalo participó al mando de una compañía de caballería, pagada por su hermano, estando bajo las órdenes de don Alonso de Cárdenas, maestre de la orden de Santiago. Al contrario de otros oficiales, los cuales en combate preferían vestir armas comunes para no destacarse y llamar la atención del enemigo, él prefería todo lo contrario y con el deseo de ser claramente reconocible se presentó en la batalla de la Albuera, el 24 de febrero de 1479, con un ostentoso tocado de plumas en el morrión y vestido de encendida grana. Evidentemente El Gran Capitán se distinguió en el combate, tenía 25 años, y el maestre de Santiago así lo reconoció al día siguiente. Ese mismo año moría Juan II de Aragón y Fernando era proclamado rey.

LA GUERRA DE GRANADA

El ejército de los reyes actuaría en asuntos que afectaban a ambas coronas y la política internacional se orientó a unir fuerzas. Su primer objetivo sería el reino nazarí de Granada. Gonzalo fue nombrado adalid de la frontera y al frente de las tropas de su hermano como capitán se dispuso a participar en una nueva guerra que duraría 10 años. El conflicto comenzó cuando los musulmanes granadinos tomaron la villa de Zahara, respondida por el marqués de Cádiz con la toma de Alhama.

Se trató de una guerra llena de pequeños combates, asedios, escaramuzas y golpes de mano. En muchas de estas acciones estuvo presente Gonzalo Fernández de Córdova, como cuando marchó de noche para reforzar a la guarnición de Alhama. Su primera victoria al mando de una tropa fue en la toma de la torre de Tájara, donde las tropas cristianas habían tomado la localidad, pero los musulmanes seguían dominando la torre, de muy difícil acceso. Para proteger a sus hombres hizo construir una especie de máquinas de asedio y parapetos con las puertas de las casas, mantas y corcho, gracias a lo cual se pudo aproximar a la muralla. El gobernador musulmán de la plaza solicitó condiciones para capitular, presentadas estas fueron rechazadas por la guarnición, así que Gonzalo Fernández de Córdova al frente de sus soldados asaltó la plaza, fueron pasados a cuchillo todos aquellos que llevasen armas y los que se rindieron fueron hechos esclavos, además, como era costumbre, las pertenencias de todos los defensores fueron repartidos entre la tropa. Posteriormente el rey Fernando ordenó prenderle fuego a la villa y demoler la ciudadela. Todavía nos encontrábamos en la Edad Media y los usos de la guerra eran muy distintos, además la guerra de Granada se caracterizó por su extrema dureza.

Tras esta acción el Rey le encomendó la toma de la plaza de Illora, para ello le fue suministrada artillería de asedio, a fin de batir las murallas, y un cierto número de mosqueteros, para cubrir la brecha, que rápidamente abrieron los cañones españoles. El gobernador de la plaza sabiendo que el asalto era inminente solicitó parlamentar. Las condiciones fueron bastante benévolas, siendo ratificadas al poco tiempo por el rey Fernando, el cual en agradecimiento nombró a Gonzalo como gobernador de la plaza, en 1486. Desde esta base de operaciones comenzaría a hostigar los alrededores de Granada, asaltando aldeas, incendiando alquerías e impidiendo en todo lo posible la llegada de suministros a la ciudad. Incluso llegó hasta las puertas de la ciudad, incendiando una de ellas y destruyendo los molinos que alimentaban a la misma. Por todas estas acciones los musulmanes granadinos comenzaron a denominarle como Gran Capitán para diferenciarle del resto de oficiales castellanos.

La guerra continuó y en el asalto a la plaza de Montefrío volvió a destacarse Gonzalo Fernández de Córdoba. Los defensores habían rechazado varios intentos de asalto previos, así que El Gran Capitán se puso al frente de un destacamento de soldados y tras arengarles se puso el broquel a la espalda, se aseguró el casco y se lanzó al asalto de la muralla, siendo el primero en escalarla matando a los defensores que se presentaron a rechazar el asalto.

La situación en Granada era muy complicada, el reino nazarí se encontraba en una casi guerra civil y Boabdil se encontraba enfrentado a su tío Mohamed XIII, llamado por los cristianos “El Zagal” (el valiente). Conocedor de las tensiones en la capital Fernández de Córdova envió emisarios a Boabdil a Granada ofreciéndole su ayuda, se fijaría una entrevista en la ciudad y los musulmanes enviarían varios rehenes. Así Gonzalo, junto a uno de sus oficiales, una columna de soldados, cargados de monedas de oro, plata, telas de seda, lanas de Segovia y cuanto pudiese ser utilizado para sobornar a la corte granadina se presentó ante él. Para intentar que El Zagal abandonase la ciudad ordenó que se atacase la localidad de Alhendín, casi funcionó la estratagema, ya que el rey decidió defender la ciudad, aunque persuadidos por sus Alfaques (clérigos musulmanes) finalmente regresó a la misma, las tropas de Gonzalo de Córdoba le atacaron pero este consiguió regresar al interior de las murallas. El castellano regresó a Illora donde siguió colmando de regalos y presentes a los musulmanes consiguiendo que el gobernador de la ciudad de Modéjar se la entregase sin luchar y posteriormente algunas otras plazas.

Finalmente, las tropas españolas se presentaron ante las murallas de Granada para el asedio final de la ciudad. El 25 agosto de 1491 se produjo una escaramuza en la cercanía de la ciudad que estuvo a punto de costarle la vida. Por la mañana la reina Isabel se había acercado con una escolta a contemplar la ciudad, una salida de los nazaríes se saldo con un sangriento combate. Por la noche El Gran Capitán tendió una emboscada a los sitiados, cuando estos salieron fueron atacados, pero en el tumulto perdió su caballo y puede que también la vida si uno de sus soldados no le hubiese cedido el suyo para salir de la refriega. Al final Boabdil se preparó a negociar. El designado por los Reyes para las conversaciones no fue otro que Gonzalo Fernández de Córdoba, conocedor de la lengua árabe, admirado por sus enemigos y habiendo previamente negociado con el rey granadino años antes. La suerte estaba echada, las condiciones fueron suaves tanto con Boabdil como con los granadinos. El 2 de enero de 1492 las tropas cristianas entraban en Granada y su Alhambra, terminaba así una Reconquista de casi ocho siglos. Por este hecho el papa Inocencio VIII les concedería el título de Reyes Católicos.


PRIMERA EXPEDICIÓN A ITALIA

Desde el comienzo de su reinado en 1479 los Reyes Católicos llevaron a cabo una intensa y agresiva política exterior. A la conquista de Granada en 1492 sucedía ese mismo año el descubrimiento de América y en 1496 se terminaba la conquista de las islas Canarias iniciada en 1477. El siguiente objetivo sería Italia donde Fernando tendría como principal rival al rey de Francia Carlos VIII el cual intentó ocupar el reino de Nápoles con la ayuda de otros estados italianos como el ducado de Milán.

Durante las guerras de Remença, una revuelta anti señorial en Cataluña, Juan II, padre de Fernando el Católico, tuvo que ceder los condados del Rosellón y la Cerdaña, a cambio de la ayuda del rey de Francia. En 1493 mediante el Tratado de Barcelona Carlos VIII restituía los condados asegurándose la neutralidad aragonesa en Italia. Durante varios meses los ejércitos franceses pasarían a través de Italia sin casi oposición, sin embargo la toma de Roma en diciembre y la marcha sobre Nápoles al año siguiente legitimó a Fernando a no cumplir con su acuerdo.

Reinaba en Nápoles Alfonso II, primo de Fernando, que le solicitó ayuda ante el avance francés, pero las condiciones impuestas por el aragonés impidieron el acuerdo, el rey napolitano abdicó en su hijo Ferrante, duque de Calabria. Pero el avance enemigo era imparable y en febrero de 1495 las tropas de Carlos entraban en la capital. Perdida esta el rey se refugió en Sicilia, donde pidió ayuda a su tío, a cambio de correr con todos los gastos de la contienda y de ceder cinco plazas en el sur de Calabria el rey prestaría su ayuda. Eran las mismas condiciones puestas anteriormente. El nuevo duque de Milán, ahora temeroso del poder francés en Italia inició negociaciones secretas para formar una coalición anti-francesa. En marzo de 1495 se creó la Liga Santa o Liga de Venecia, en la cual también participó Fernando de Aragón. Se reunió un ejército en España y el designado para comandarlo no fue otro que Gonzalo Fernández de Córdova.

Se concentraron las tropas, 5.000 infantes y 600 jinetes, en Málaga, para posteriormente embarcar en Cartagena y Alicante, tras un azaroso viaje, incluida una tempestad que les obligó a refugiarse en Mallorca, llegaba la expedición al puerto siciliano de Mesina, el 24 de mayo de 1495. Allí tras reunirse con los dos reyes destronados de Nápoles decidió pasar con sus hombres a Italia, pero en vez de dirigirse directamente sobre la capital prefirió desembarcas en Calabria, en el Sur, donde la ciudad de Reggio era favorable a Ferrante y las plazas estaban poco protegidas. Junto con tropas reclutadas en la isla los españoles cruzan el Estrecho y desembarcan en Italia, acompañados por una flota de más de 80 naves al mando de Galcerán de Requesens.

Temeroso de quedar aislado con su ejército en Nápoles Carlos VIII decide marchar al Norte, dejando como virrey al duque de Montpensier y un ejército de 6.000 infantes y 4.000 jinetes.

La primera ciudad en caer en manos españolas fue Reggio, cuya guarnición francesa fue pasada a cuchillo, ya que tras solicitar una tregua de ocho días emplearon ese tiempo en reforzar las murallas, Santa Ágata y Seminara se entregaron sin combatir. Pero el gobernador francés de Calabria, el señor de Aubigni salió al encuentro de españoles y sicilianos. El Gran Capitán no era partidario de plantear una batalla campal, ni estaba acostumbrado a las tácticas francesas ni se fiaba de las tropas sicilianas, además los españoles estaban más acostumbrados a la guerra de Granada, escaramuzas y golpes de mano. Sin embargo, se impuso la opinión del rey Ferrante y se presentó batalla en Seminara. Los franceses eran inferiores en número pero su caballería pesada y sus mercenarios suizos compensaban con creces la inferioridad. Gonzalo con las tropas españolas consiguieron contener la carga de la caballería francesa y la infantería suiza pero los sicilianos enseguida se desbandaron. El rey Ferrante combatió con gran valentía y siempre en primera línea y allí hubiese dejado su vida si el español Juan Andrés de Altavilla no le hubiese cedido su caballo, fue el castellano el que allí quedó. Por su parte el Rey se trasladó a Sicilia y Fernández de Córdova quedó en Calabria con sus tropas. A continuación volvió a poner en práctica las tácticas que tan buen resultaron dieron en la guerra de Granada, estratagemas, fintas y mucha astucia. Junto a esto Requesens se presentaba en el mismo Nápoles teniendo los franceses que encerrarse en los dos castillos de la ciudad.

Montpensier forzó el sitio navegando hasta Salerno. Ante esta circunstancia el Rey llamó a Gonzalo de Córdova y sus tropas a que se reuniesen con él en Atella, donde estableció su cuartel general. El español contaba con 3.000 infantes y 1.500 jinetes, teniendo que atravesar una provincia montañosa, llena de plazas fuertes y castillos en manos francesas o de sus partidarios, desconocedor del terreno y sin una base de operaciones. Y los españoles pasaron, Cosencia capituló tras recibir tres asaltos en el mismo día, Grimaldi fue tomada e incendiada hasta los cimientos como mensaje claro al resto de ciudades que quisiesen mostrar resistencia. Cerca de Morano, sabiendo que los pobladores de varios puebles esperaban a sus tropas para sorprenderlas, decidió dividir su ejército en tres columnas y rodear a los pobres infelices que sufrieron una auténtica matanza, campesinos ante soldados profesionales no era un buen negocio. Luego caería Laino, ciudad bien fortificada, pero nuevamente se impuso la estrategia de El Gran Capitán, dividió a su ejército en dos, mientras una columna atacaba el castillo la otra a su mando atacaba el puente, sorprendiendo a los dormidos franceses pasándolos a cuchillo, incluido el gobernador de la plaza que se presentó al combate semidesnudo. Los veteranos de la guerra de Granada demostraron su enorme eficacia en un tipo de guerra y terreno que recordaba al del antiguo reino nazarí y franceses e italianos comenzaron también a llamarle Gran Capitán, las noticias de sus hazañas habían traspasado ya hasta los Alpes.

La siguiente empresa fue la toma de Altea. En esta ocasión venció la estrategia. Gonzalo en vez de atacar directamente la ciudad decidió dar un golpe de mano atacando un puesto fortificado que protegía a los sitiados, suministrándoles agua y donde se encontraban los molinos para la producción de harina. Al frente de sus castellanos atacó a los mercenarios suizos que tuvieron que huir, tras eso incendió los molinos y arrasó la zona. Privados de estos suministros la guarnición con el mismo duque de Montpensier a la cabeza tuvo que capitular en 1496. De regreso a Calabria el señor de Aubigni prefirió retirarse de la provincia, donde apenas unas pocas plazas presentaron resistencia a las tropas españolas, rindiéndose y abriendo sus puertas la mayoría de ellas. Además el Gran Capitán había aumentado tanto su fama que muchos italianos decidieron enrolarse en sus tropas. De nuevo volvió sobre sus pasos y Gaeta se rendía, sabedora que no iba a recibir ayuda alguna, al nuevo rey de Nápoles, Federico I de Trastamara, tío del difunto rey Ferrante. El reino de Nápoles quedaba libre de la presencia de tropas francesas. El jubiloso nuevo gobernante se ofreció a colmar de dinero, presentes, posesiones y estados al Gran Capitán, pero este rehusó elegantemente con el argumento de tener que ser previamente autorizado por el rey Fernando el Católico.

El siguiente objetivo iba a ser recuperar el puerto romano de Ostia de poder de los franceses desde la toma de Roma. Corría el año 1497 y Gonzalo Fernández de Córdova se presentó ante la ciudad en nombre del papa Alejandro VI. Los intentos de rendición no consiguieron nada, así que decidió abrir brecha en las murallas con la artillería, cosa que se consiguió al cabo de cinco días. Pero para el asalto final el astuto capitán ingenió una nueva estratagema. Ordenó a sus soldados que se concentrasen, con calma, ante la brecha y que avanzasen despacio, permitiendo así a los enemigos concentrar el mayor número de tropas. Por su parte un pequeño grupo se situó en la parte contraria de la muralla con escalas, su asaltó sorprendió del todo a los defensores que viéndose rodeados decidieron rendirse. Los prisioneros fueron llevados a Roma donde el Papa en persona agradeció la toma de la ciudad al Gran Capitán. De vuelta a Nápoles el nuevo rey le nombró duque de Sant Angelo concediéndole en propiedad algunas ciudades. Tras lo cual embarcó a Sicilia, donde los habitantes le mostraron sus quejas por el mal gobierno del virrey, oídas estas y considerándolas fundamentadas dictó nuevos reglamentos para el gobierno de la isla. Su última intervención fue nuevamente en Nápoles rindiendo la última guarnición francesa que resistía en la ciudad de Diano. En 1498 los reyes firmaban la paz y Gonzalo regresaba con sus tropas a España.

LA REBELIÓN DE LAS ALPUJARRAS

Durante dos años disfrutó de paz y tranquilidad el Gran Capitán, pero en 1500 estallaba una revuelta, la primera guerra de las Alpujarras, y algunos musulmanes del reino de Granada retomaban las armas. Junto al conde de Tendilla, Capitán General de Granada dirigió sus tropas a la localidad de Guejar, en poder de los amotinados. Los defensores habían empantanado el llano frente a la ciudad dificultando el avance de las tropas, así que, otra vez, el Gran Capitán predicó con el ejemplo, marchando en vanguardia fue el primero en escalar el muro de la ciudad. Sin embargo, la rebelión se extendió y el mismo rey tuvo que acudir con el ejército. Se exigió a los musulmanes la entrega de 32 rehenes para garantizar el cumplimiento de la rendición, el encargado de custodiarlos fue Fernández de Córdova.

LA SEGUNDA EXPEDICIÓN A ITALIA

Tras la muerte del rey francés Carlos VIII le sucedió su hijo Luis XII, el cual volvió a fijar sus ojos en Italia. Primero ocupó el ducado de Milán y tras firmar una cuerdo con el papa se dispuso a la conquista de Nápoles. Con Fernando el Católico firmó el tratado de Granada por el cual ambas naciones se repartirían el reino quedando el norte para los franceses y el sur para los españoles. El 5 de junio de 1500 salía desde el puerto de Málaga un nuevo ejército con destino a Italia, 5.000 infantes, 300 lanzas y 300 jinetes. Acompañando al Gran Capitán, don Diego de Mendoza, Diego García de Paredes y Gonzalo Pizarro, el padre del conquistador del Perú, y don Antonio de Leyva, futuro vencedor en Pavía.

Llegado a Mesina, en Sicilia, unió su flota a la veneciana, a petición de estos, para defender las islas y costas del Adriático amenazadas por una flota turca. Tras obligar a esta a retirarse a Constantinopla desembarcó en la isla de Cefalonia donde los turcos se refugiaron en el castillo de San Jorge. Su gobernador rechazó amablemente la invitación a rendirse y se dispuso a combatir hasta el último de sus 700 hombres. Los turcos eran muy diestros en el manejo del arco, con los que causaron numerosas bajas, además de usar una máquina denominada “Lobo” que permitía asir a los soldados por su armadura y elevarles hasta la muralla, así capturaron a García de Paredes, el cuál protagonizó una de las primeras anécdotas de la campaña, ya que lejos de ser apresado o muerto consiguió, él solo, defenderse de cuanto turco le atacase durante ¡tres días!, al final cansado, sin dormir ni comer ese tiempo tuvo que rendirse, prefiriendo los otomanos hacerle prisionero en espera de algún canje. Las salidas de los defensores eran constantes y los combates cada vez más duros. Se utilizaron minas para abrir brecha en las murallas pero los turcos supieron defender las mismas, fracasó un asalto español y otro posterior veneciano. 50 días llevaban de asedio y los defensores mostraban una ferocidad muy superior a franceses o napolitanos, los españoles y el Gran Capitán comenzaron a valorar en su justa medida a este rival, con el cual abría que luchar durante más de dos siglos por el control del Mediterráneo, no desmerecían en absoluto a los españoles. Tras un asalto general, minas, artillería, españoles y venecianos entraron en la plaza, su gobernador murió peleando y solamente 80 turcos fueron hechos prisioneros. Los venecianos en gratitud le nombraron Gentilhombre de la república y le obsequiaron con un rico botín que él se encargó de repartir entre sus tropas enviando una parte al rey Fernando.

A principios de julio de 1501 desembarcaba de nuevo en Calabria, contaba con 4.500 infantes, 300 lanzas y 300 jinetes. La provincia fue conquistada casi sin resistencia, el desdichado rey de Nápoles Fadrique ante la invasión de los españoles por el Sur y franceses por el Norte vendía a Luis XII las pocas plazas que le quedaban, así como sus derechos dinásticos. Comenzaba el juego de la diplomacia y la intriga. El Gran Capitán devolvió los estados que le había concedido Ferrante a la familia de los Sanseverinos, tradicionales aliados franceses para ganarse su favor, luego consiguió la adhesión de los hermanos Colonna, una de las más prestigiosas familias romanas. Posteriormente tomaría las ciudades de Menfredonia y Taranto. La primera resistió hasta que la artillería de asedio abrió brecha en las murallas. La segunda resultó más difícil de conquistar. En ella se había refugiado el duque de Calabria con sus mejores tropas, unas 6.000. La ciudad era una isleta unida al continente por dos puentes muy fortificados. Fernández de Córdova decidió no tomar al asalto la ciudad con sus 12.000 y prefirió someterla a bloqueo. El poco espíritu combativo de los sitiados hizo más fácil su toma, tras una tregua de cuatro meses decidían rendir la ciudad al no recibir refuerzos.

Poco después El Gran Capitán debería hacer frente a un motín. En aquella época, al igual que en siglos posteriores, los soldados profesionales luchaban por una paga, que como suele ser costumbre siempre se retrasaba. Además, las penalidades propias de los asedios y las campañas agriaban el carácter de las tropas. En esas circunstancias una flota francesa llegó a aquella zona después de ser derrotados por los turcos y dispersados por una tormenta. Ante la llegada de los náufragos ordenó que fuesen ayudados y socorridos con todas las vituallas que fuesen necesarias. El descontento de las tropas se materializó en un conato de motín. Se presentaron los soldados frente a su capitán en demanda de las pagas atrasadas e incluso uno de ellos le llegó a colocar su pica en el pecho, Gonzalo Fernández de Córdova la apartó con serenidad y le dijo que tuviese cuidado no sea que hiriese a un camarada. La situación se torció cuando un capitán vizcaíno le respondió de muy malas maneras y mencionando que tal vez si faltase dinero podría comerciar con su hija Elvira (fruto esta de su segundo matrimonio solía acompañar a su padre en campaña) Tuvo que apaciguar el motín prometiendo la entrega de media paga y sin castigas en ese momento al capitán. A la mañana siguiente amanecía ahorcado en una ventana del castillo, ya que una cosa era reclamar la paga y otra insultar a la familia. Afortunadamente unos días después pudo requisar una galera genovesa y pagar a sus tropas vendiendo la carga.

A finales de 1501 la campaña parecía que tocaba a su fin pero la disputa en el reparto de las provincias centrales del reino de Nápoles terminó con la paz entre españoles y franceses, el más fuerte se quedaría con todo el reino. El duque de Nemours contaba con unos 15.000 hombres y los españoles ni con la mitad, así que decidieron ponerse a la defensiva y pedir refuerzos a España, por su parte El Gran Capitán se refugiaba con parte de sus tropas en la ciudad de Barleta, bien fortificada y comunicada con Sicilia. Pese a reforzar algunas villas los franceses fueron conquistando las ciudades más importante reduciendo el dominio de los españoles a unas pocas plazas costeras. Un primer intento del duque de Nemours de tomar Barleta fue rechazado en una salida de los españoles y otro posterior de ocupar Taranto fue contrarrestado por la anticipación de Gonzalo que envió a Pedro Navarro con socorros a proteger la ciudad. El tiempo pasaba en escaramuzas y pequeños combates, los dos generales acordaron un sistema de intercambio de prisioneros y El Gran Capitán para elevar la moral de sus tropas favorecía los desafíos individuales entre caballeros. Uno de ellos ocupó a once caballeros por cada bando durante seis horas, destacando en el combate nuevamente García de Paredes, que pese a estar herido participó en el combate y aún así reprendió a sus compañeros por no luchar con más ahínco por la victoria. Esta actividad de combates singulares y razias mantenía a las tropas ocupadas mientras los españoles esperaban la llegada de refuerzos.

Los desafíos eran mutuos, así mientras el duque de Nemours se acercaba Barleta y enviaba a un trompeta a que aceptase el desafío él sólo o todo su ejército, el español respondía que esperase a que afilase sus espadas, cuando el francés se replegaba era el Gran Capitán el que le retaba, respondiendo este que estaba ya demasiado avanzado el día. Lo mismo ocurrió con el señor de La Motte, un francés que menospreciando a los caballeros italianos les desafió, se trabó un duelo entre 13 caballeros de cada nación, venciendo los italianos. Pero costumbres de la época, caballeros de ambos campos compartían cenas al final de estos desafíos e incluso demostraban el reconocimiento del valor de sus oponentes, era una época en que ser caballero equivalía a toda una forma de vida, distinta y muy por encima de la chusma.

Pero no todo eran duelos caballerescos y la guerra continuaba. La localidad de Castellaneta cambió de bando apresando a su guarnición francesa y el duque de Nemours salió con sus tropas a recuperar la ciudad. Aprovechando esto el Gran Capitán realizó una marcha nocturna y al amanecer del día siguiente aparecían sus tropas frente a la villa de Ruvo, guarnecida por un buen número franceses. Tras abrir brecha la artillería en los muros se lanzaron los españoles al asalto, incluido Gonzalo Fernández de Córdova, sabiendo que lo mejor que puede hacer un general es predicar con el ejemplo. El combate se prolongó durante 7 horas y el botín fue de importancia, caballos, joyas, los defensores con su comandante incluido y todos los vecinos de la localidad. Las mujeres fueron liberadas sin rescate y los varones mediante un pequeño pago, sin embargo los franceses fueron enviados a los remos de las galeras españolas; y aún podían considerarse afortunados de no ser pasados por las armas.

Siete meses pasó El Gran Capitán en Barleta, al fin llegó un cargamento de trigo desde Sicilia que permitió alimentar a tropas, población y prisioneros, otra nave veneciana llegaba con armas y municiones, el señor de Aubigni era derrotado y hecho prisionero en Seminara y las galeras españolas derrotaban a las francesas en Otrantor, finalmente 2.000 mercenarios alemanes llegaban como refuerzo. Las cosas volvían a sonreír a los españoles y demostraban que la prudencia mostrada por su capitán en todo ese tiempo había merecido la pena. Pero las tropas no podían permanecer en Barleta por más tiempo, así pues tras consultar con sus oficiales se decidió a trasladarse a Cerignola, de camino hicieron noche en Cannas. Era abril de 1502.

CERIÑOLA

Para avanzar con mayor rapidez ordenó que cada caballero llevase en su grupa a un infante, ante las protestas él mismo montó a uno para dar ejemplo. Esto permitió llegar a Ceriñola con el tiempo suficiente para poder preparar la defensa. La ciudad estaba en un pequeño cerro, así que ordenó ampliar el foso y con la tierra formar un pequeño parapeto donde situó estacas afiladas de madera y garfios y puntas de hierro. Los españoles eran 9.500 infantes, destacando la presencia de 1.000 arcabuceros y 2.000 ballesteros, y 1.700 jinetes, además de 13 cañones. Los franceses contaban con 6.000 infantes y 3.500 jinetes, además de 26 cañones. Precisamente esta distribución de tropas fue determinante, mientras los españoles eran mayoritariamente infantería con potencia de tiro, los franceses seguían dependiendo de su caballería, especialmente la pesada.

Los arcabuceros, en primera línea, estaban dispuestos en dos grupos de unos 500 hombres cada uno tras el talud que seguía al foso excavado y en varias trincheras situadas delante del foso. Tras ellos, y en el centro se agrupaban unos 2.500 piqueros alemanes. A ambos lados de los piqueros se habían situado sendos grupos de unos 2.000 coseletes y ballesteros cada uno, al mando uno de Pizarro y el otro de García de Paredes y Pedro Navarro. Tras los coseletes y hacia los flancos, se colocaron los dos grupos de unos 400 hombres de caballería pesada, mandados por Próspero Colonna y Diego de Mendoza. Finalmente, en la colina en la que se encontraba la artillería, se situó un grupo de 850 hombres de la caballería ligera, dirigidos por Fabrizio Colonna y Pedro de Pas, ambos bajo mando inmediato del Gran Capitán, que tenía desde allí una visión completa del campo de batalla. Gonzalo Fernández de Córdoba había conseguido muchas ventajas estratégicas gracias a su cuidadosa preparación de la batalla, pues había ocupado las alturas de Ceriñola, y atrincherado sus soldados con empalizadas, fosos y estacas. Además, también su artillería estaba mejor situada que la francesa. El duque de Nemours era partidario de descansar las tropas y atacar al día siguiente, ya que la marcha de todo el día había agotado a sus tropas, peros sus oficiales le persuadieron a presentar batalla ese mismo día a un ejército que pensaban marchaba en retirada.

Los franceses se agrupaban en cuatro grandes bloques. En vanguardia, estaba la caballería pesada, separada en dos grupos de unos 1.000 jinetes cada uno al mando del propio duque de Nemours. Tras ellos se situaron 3.000 piqueros suizos e inmediatamente después, en otro gran grupo de 3.000 hombres, se situó la infantería gascona. Al frente de la infantería se situaron las 26 piezas de artillería de las que disponían. Finalmente, la caballería ligera.

Una de las características más sorprendentes de la batalla, fue la extrema rapidez con la que se desarrolló. Desde la primera carga francesa hasta la rendición, apenas transcurrió una hora. El Gran Capitán, sabiendo la predilección de los franceses por las cargas de caballería, ideó una estratagema para atraer a la caballería enemiga hasta el alcance de la artillería y los arcabuceros españoles, para infligir desde el primer momento el mayor daño posible al enemigo con el mínimo coste. Así, cuando la tarde empezaba a caer, la caballería española salió a campo abierto y simuló una carga contra los franceses.

Tras una breve escaramuza, los españoles fingieron la retirada, y el duque de Nemours ordenó a la caballería pesada francesa cargar. Pero antes de llegar al foso y el talud se encontró repentinamente con las trincheras de vanguardia en las que se escondían parte de los arcabuceros, los cuales abrieron fuego al igual que hizo la artillería. Esto provocó un repliegue momentáneo de la caballería francesa, que se lanzó entonces en paralelo al talud y hacia la izquierda, tratando de buscar una vía de entrada a los parapetos del flanco derecho español. Durante este recorrido, la caballería francesa fue destrozada por el fuego de los arcabuceros españoles, muriendo el duque de Nemours que fue alcanzado por 3 disparos. Todo el ejército francés se lanzó entonces a la batalla, emplazando su artillería en vanguardia de la infantería, y disponiéndose los 3 grandes bloques restantes en posición diagonal con respecto al foso y al talud que protegían a las tropas españolas.

En plena batalla, la artillería española quedó inutilizada al explotar accidentalmente toda la pólvora. El Gran Capitán, testigo del desastre de su artillería arengó inmediatamente a sus tropas diciendo “¡Buen ánimo, amigos, esas son las luminarias de la victoria!”

La infantería francesa entabló combate entonces con las tropas españolas, pero fueron diezmados por el fuego incesante de los arcabuceros. El jefe de los piqueros suizos cayó también muerto. Cuando la proximidad de la infantería francesa fue demasiado peligrosa para los arcabuceros, el general español les ordenó retirarse, a la vez que ordenaba avanzar a los piqueros alemanes, que se enfrentaron en combate cerrado a los suizos y gascones, rechazándolos finalmente.

Por último, y ante el desastre francés, el Gran Capitán ordenó a todas sus tropas abandonar las posiciones defensivas y lanzarse al ataque. La infantería francesa fue rodeada entonces por los ballesteros, arcabuceros, coseletes y por la caballería pesada española, sufriendo un gran número de bajas. La caballería ligera española se lanzó a su vez contra la caballería ligera francesa que se vio obligada a huir. Ante esta circunstancia, la caballería ligera española también cargó contra la infantería francesa. Las tropas enemigas sufrieron 4.000 bajas, 500 prisioneros, además de perder toda la artillería, banderas, provisiones e impedimenta, los españoles apenas tuvieron 100 bajas.

A la mañana siguiente El Gran Capitán inspeccionó el campo de batalla donde se encontró el cuerpo del duque de Nemours, ordenándose que fuese trasladado a Barleta para que se celebrasen unas exequias fúnebres dignas de su valentía y condición.

Como consecuencia de la victoria española las provincias de Cerignola, Canosa y Melfi se rindieron y lo mismo pasó con la misma capital, Nápoles, que ante la cercanía del victorioso ejército prefirió enviar a una delegación que se ofreció a abrir las puestas de la ciudad. Gonzalo Fernández de Córdoba entraba en ella el 16 de mayo de 1503. Paralelo a estos acontecimientos otro ejército castellano sometía la región de Calabria derrotando a los franceses en Seminara, capturando a su general, el señor de Aubigni. Pero los franceses, ahora liderados por el señor de Alegre, se dispusieron a defender los castillos Nuevo y del Ovo, en Nápoles capital, ordenando el general español que Pedro Navarro se dispusiese a asaltarlos. También dispuso tropas para la toma del castillo de Salerno, que García de Paredes tomase el de San Germán.

Comenzaron las operaciones con el asalto del Castillo nuevo, Pedro Navarro, experto en el arte de abrir minas para volar las murallas, dispuso la construcción de varias de ellas. Cuando estuvieron concluidas conminó a la guarnición a rendirse, cosa que rechazaron, así pues volaron las minas abriendo grandes brechas en la muralla. Atacaron los españoles por la brecha, mientras los napolitanos poblaron torres y azoteas para contemplar el espectáculo. Se luchó con fiereza, los españoles lograban tomar el adarbe obligando a los franceses a retirarse sobre los dos puentes que defendían el castillo. El primero de ellos no pudieron izarlo antes de la llegada de los castellanos, el segundo estaban levantándolo pero un gentilhombre de Gonzalo, llamado Peláez Berrio consiguió colgarse a una mano de los maderos del puente, y colgando en el aire con la otra mano cortar con una espada las amarras consiguiendo que cayese. Junto con dos soldados repelió el ataque francés mientras llegaban los refuerzos y se penetraba en la fortaleza. Pese a su valentía dejaría su vida en esta hazaña. El combate se recrudeció, replegados los franceses en la ciudadela, nuevamente El Gran Capitán, olvidando que era un general se puso a la cabeza de sus tropas en el asalto final. La fortaleza cayó y la guarnición fue pasada a cuchillo, salvos unos pocos franceses que se rindieron. Además, Fernández de Córdova dio licencia a sus tropas para pasar a saco el castillo. Era el premio a tantas pagas atrasadas y desde luego que las tropas se esmeraron en ser compensadas por ello, no dejaron ni la tapicería ni siquiera la pólvora. Luego seguiría el mismo trágico final para el castillo del Ovo.

El siguiente objetivo sería la ciudad de Gaeta, donde se habían refugiado los restos del ejército francés y los notables napolitanos que todavía defendían la causa francesa. Durante la marcha de aproximación a la plaza García de Paredes desalojó un destacamento francés de unos 500 hombres que intentaba cerrarles el paso en un estrecho desfiladero, tras lo cual la guarnición de Roca Guillermá huyó dejando el paso libre a los españoles. Durante una semana se procedió al bombardeo de las murallas de la ciudad, pero la llegada de una flota francesa con refuerzos y el anuncio de la llegada de un nuevo ejército enemigo hicieron levantar el sitio a los españoles y replegarse a las cercanías. El propio Gran Capitán rechazó una salida de la guarnición francesa de la plaza de Mola y luego socorría a los españoles de Roca Guillerma, traicionados por la población, por su parte García de Paredes contestaba a cualquier escaramuza o intento de salida desde Gaeta. En estas circunstancias Luis XII de Francia decidió hacer un último esfuerzo para ganar la guerra. Reunió tres ejércitos, dos atacarían España desde Vizcaya y el Rosellón, mientras un tercero al mando de Luis La Tremouille entraría en Italia a través del milanesado. Además, dos flotas completarían el esfuerzo, una apoyando al ejército francés en Italia y la otra impidiendo la llegada de refuerzos desde España. Todas las victorias españolas durante los años anteriores no servirían de nada si no se conseguía derrotar a las armas francesas.

Es probable que si en ese momento los franceses con un ejército de casi 30.000 hombres hubiesen atacado el reino de Nápoles hubiesen derrotado a los españoles, pero la fortuna empezó a darles la espalda. En primer lugar el general francés enfermaba, teniendo que ceder el mando del ejército al duque de Mantua, un italiano que se puso al servicio del rey de Francia. Por otra parte moría el papa, así que las tropas francesas prefirieron acampar cerca de la ciudad eterna para influir en el cónclave, el nuevo papa moriría apenas unos días después y su sucesor fue Julio II, más guerrero que evangelizador. Además, mientras esto sucedía bastante de las tropas romanas, que habían servido con Cesar Borgia se pasaban al campo español.

Comenzaba el invierno de 1503, las lluvias hacían de los caminos barrizales y el teatro de operaciones era demasiado extenso para unas fuerzas tan reducidas, por lo que los primeros combates volvieron a consistir en la toma de castillos, plazas y ciudades. Los españoles ocupaban el Castillo de Montecassino, plaza que fue saqueada, teniendo los oficiales españoles que defender con sus propias espadas la integridad de los tesoros del monasterio. A su vez los franceses sitiaban Roca Seca, donde los españoles, al mando de Pizarro, aguantaron los asaltos. En Roca Guillerma la guarnición española fue capturada a traición y Gonzalo Fernández de Córdova tuvo que volver a retomarla. Finalmente los franceses consiguieron penetrar en el reino de Nápoles. Ambos ejércitos se encontraron a orillas del río Garellano, unos kilómetros al Sur de Gaeta sobre la antigua vía Apia romana, los franceses dispuestos a cruzarlo y los españoles a evitar tal circunstancia.

LA BATALLA DE GARELLANO

Las primeras fases de la batalla consistieron en el intento por parte francés de situar un puente sobre barcazas para cruzar el río Garellano. Varias tentativas habían fracasado pero finalmente se consiguió colocar uno tras derrotar a la vigilancia española. Al tener noticia de ello el mismo Gonzalo Fernández de Córdova se puso al frente de sus tropas para rechazar al enemigo al otro lado del río. Ya habían cruzado el puente un buen número de franceses, pero no habían conseguido situarse en formación de combate, en tales circunstancias los españoles, con su Capitán a la cabeza, y los italianos de Fabricio Colonna se lanzaron al ataque. La artillería francesa dominaba el campo, causando terribles bajas en las tropas españolas, pero una vez que el combate se volvió una autentica melee dejó de ser efectiva, los españoles y sus aliados consiguieron hacer retroceder a los franceses por el estrecho puente, el combate entre ambas infantería fue brutal dándose el caso del Alférez Fernando de Illescas, el cual perdió una mano por un disparo de cañón, teniendo que sostener la bandera con la que le quedaba sana, amputada esta también por otro disparo la sostuvo con sus codos hasta que terminó el combate. Después de esto los españoles recibían refuerzos y los franceses cambiaban de comandante, a partir de ahora mandaría sus tropas el marqués de Saluzzo.

El puente quedó echado y consecuencia de ello se produjo una nueva anécdota de García de Paredes. Ofendido este por un comentario de El Gran Capitán sobre dicho puente montó en su caballo, se cubrió con un yelmo y tomó un montante, una espada larga que debe usarse a dos manos, se lanzó al puente y desafió a un destacamento de franceses, pero que al tener que cruzar uno a uno no podían hacer uso de su ventaja. Se produjo una escaramuza, al acercarse también un grupo de españoles, García de Paredes causó un gran número de bajas enemigas y poco más que tuvo que ser arrastrado por sus compañeros a sus propias posiciones dispuesto a acometer el campo enemigo él solo.

Pero los franceses consiguieron fortificar el paso del puente, ante ello los españoles se desplegaron de tal forma que les resultaba imposible forzar el paso. Durante 27 días los españoles resistieron a lo largo de una estrecha cañada las acometidas francesas, por su parte El Gran Capitán, con unas tropas al borde de la rebelión, por la falta de paga, las malas condiciones de vida, las tiendas tuvieron que ser asentadas sobre maderos y piedras para evitar el campo encharcado, la mala alimentación y otras tantas penalidades, se dedicó a mantener la moral, recolectar todos los suministros en las aldeas cercanas, apaciguar los ánimos y repeler los intentos franceses por quebrar la línea. Los franceses también soportaban las inclemencias, pero tenían la ventaja de estar en un suelo más elevado y poder usar las aldeas cercanas para que descansasen las tropas. No pensaban que los españoles intentasen nada hasta la llegada de la primavera y se dispusieron a pasar el tiempo.

El plan trazado por El Gran Capitán había comenzado unos días antes, su estrategia inicial consistía en hacer que los franceses pensasen que los españoles pensaban retirarse a sus cuarteles de invierno en espera de que mejorase el tiempo, para ello ordenó días antes movimientos de tropas hacia la retaguardia que fuesen visibles para el enemigo. Después de ello acordó una tregua para el 25 y 26 de diciembre con motivo de la navidad. La estratagema surtió efecto y el marqués de Saluzzo, confiando en que los españoles esperarían a la primavera replegó a parte de sus tropas a retaguardia para que descansasen en mejores cuarteles y relajó las guardias y vigilancias, convencido que en todo caso serían ellos los que rebasasen el Garellano pero en ningún caso los castellanos. Mientras, llegó al campo español un refuerzo de unos 3.000 hombres de la casa de los Ursinos, hasta entonces rivales de España y el papado. El general español les ordenó tender un puente por encima del francés y cruzar el río. Cuatro millas más arriba, en la localidad de Suio, formado por ruedas de carros, barcas y toneles consiguieron construir un puente en la noche del 27 de diciembre de 1503.

Al alba del 28 de diciembre de 1503 comenzó el cruce del puente y el despliegue de las tropas de Gonzalo Fernández de Córdova. Dividió su ejército en tres cuerpos, el primero de ellos principalmente de caballería, unos 3.000 jinetes, sería el primero en vadear el río por el puente recién construido, su misión sería envolver el ala izquierda de los franceses, con ellos iba Pizarro. Luego cruzaría el mismo general español con el grueso del ejército, dividido en tres grupos, el primero al mando de García de Paredes y Pedro Navarro, con 3.500 rodeleros y arcabuceros, luego la caballería pesada y ligera con Próspero Colonna, unos 250 jinetes y finalmente la infantería alemana, al mando del mismo Gran Capitán. En retaguardia y frente al puente tendido por los franceses quedaba el tercer cuerpo con Diego de Mendoza y Fernando de Andrade, con la orden de atacar el mismo, tomarlo y reunirse con el resto del ejército al otro lado del Garellano.

Los franceses fueron sorprendidos completamente, en Suio la guarnición de 300 ballesteros normandos fue puesta en fuga ante la avalancha de tropas enemigas, Vallefredda cayó casi sin resistencia y Castelforte fue fijada como lugar para que pernoctase el general español. Las tropas pasaron todo ese día 28 consolidando sus posiciones y hostigando al enemigo que se retiraba de forma desordenada sobre el campamento del general francés. El marqués de Saluzzo tuvo noticia casi a la par del tendido del puente, el cruce del Garellano por los españoles y el ataque, así que decidió convocar a sus oficiales en consejo de guerra, en el cual se acordó la retirada a Gaeta. Esta maniobra ya la había contemplado previamente el francés, el problema fue tener que hacerla de noche, sin preparación previa, en medio de una gran tormenta y con los españoles hostigando la retaguardia. El resultado fue una retirada en buen orden pero muy acelerada, lo que obligó a abandonar parte de la impedimenta, bagajes e incluso los heridos, además hubo que desmontar varias piezas de artillería para que por medio de barcazas llegasen hasta Gaeta, naufragando varias de ellas en el mar y siendo capturadas otras por los españoles.

Al día siguiente, 29 de diciembre, Mendoza y Andrade asaltan el puente tendido por los franceses, aunque estos lo han desmontado parcialmente los españoles pudieron reconstruirlo cruzando las tropas a la otra orilla, donde se reúnen con el grueso del ejército en el campamento abandonado por los franceses la noche antes. Estos prosiguieron su repliegue sobre Gaeta, primero la artillería, luego la infantería y en retaguardia la caballería, presentando combate cuando así era necesario. Un grupo de hombres de armas, caballería pesada, francesa decidió plantar cara a los perseguidores españoles aprovechando que se llegaba a un estrecho desfiladero en las cercanías de Gaeta. Cuando llegaron los jinetes italianos de Colonna cargaron contra ellos, obligándoles incluso a retroceder, pero la llegada del grueso del ejército acaba con esta última resistencia. El marqués de Saluzzo viendo que la situación empeora lejos de tratar de elevar la moral de sus tropas o resistir el ataque de los españoles decide picar espuelas y al grito de sálvese el que pueda sale a la carrera en dirección a la ciudad. El desorden en el ejército enemigo va en aumento, se abandona cualquier cosa que dificulte la marcha, armas, bagajes e impedimenta. Además, El Gran Capitán ordena a Alviano marchar por el Norte del desfiladero y tratar de copar a los franceses en su salida. Algunos consiguen llegar hasta Gaeta y otros, perseguidos por los jinetes españoles huyen rumbo norte por la vía Apia. El desastre francés es completo. A costa de unos 900 hombres los españoles mataron o capturaron a 8.000 franceses, armas, pólvora, bagajes y la artillería.

Al día siguiente el 30 de diciembre Gaeta amanecía sitiada. Se emplazó la artillería y se comenzó a batir la muralla. Evidentemente la moral de los sitiados era inexistente y solicitaron condiciones para la capitulación. A cambio de entregar la plaza, con víveres, munición y artillería, dejar los caballos y entregar los prisioneros españoles e italianos, los franceses podrían abandonar la ciudad y regresar a su nación. El 1 de enero de 1504 El Gran Capitán tomaba posesión del puerto de Gaeta. De las tropas francesas apenas un tercio sobrevivió a la campaña y a la marcha de regreso.

La guerra casi estaba concluida, ya que eliminado el grueso del ejército francés apenas resistían unas pocas plazas y partidarios de estos. Así que Gonzalo Fernández de Córdoba entró victorioso en Nápoles donde como lugarteniente del reino se dedicó a la reorganización administrativa y al reparto de los territorios de los que habían sido despojados los partidarios del rey Fernando, así como a premiar a muchos de sus capitanes por la campaña realizada. Alguno de ellos como Pedro Navarro o García de paredes todavía realizaron alguna expedición para rendir las pocas localidades que se negaban a reconocer al nuevo rey. Finalmente Fernando el Católico y Luis XII de Francia firmaron un acuerdo en Lyon por el que se reconocía lo soberanía del aragonés sobre el reino italiano.

EPILOGO

El Gran Capitán permaneció en el puesto hasta 1507, fecha en la que regresaría a España. Las circunstancias habían cambiado mucho en la política internacional. Isabel la Católica moría en 1506 y la sucedía su hija Juana y el archiduque Felipe, que sería reconocido como rey efectivo de Castilla. Esto hizo que Fernando el Católico se casase con Germana de Foix, emparentada con el rey de Francia. Quedaba la duda de a quien reconocería como su legítimo señor, al archiduque o al rey. Además, en el acuerdo de boda se especificaba que si Fernando y Germana no tenían descendencia el reino de Nápoles retornaría a la casa de los anjevinos, es decir, a Francia. Si bien la temprana muerte de Felipe aclaró un poco la situación no impidió que las relaciones entre ambos se deteriorasen. Así mismo, un grupo de oficiales, nobles e intrigantes se encontraban descontentos con el reparto de territorios, títulos y mercedes, con lo que comenzaron a conspirar en la corte en contra del castellano.

Fernando decidió trasladarse a Nápoles, encontrándose con el general en Génova en 1506. Como era costumbre en la época todo funcionario, independientemente de su rango o título, tenía que someterse a un Juicio de residencia, una especie de auditoría referente no solamente a los gastos realizados, sino también a su comportamiento, observación de las órdenes realizadas, etc. Durante el juicio, que era de carácter público parece ser que se le exigieron cuentas de los gastos realizador durante la campaña y el tiempo que había sido lugarteniente del reino. En ese momento es cuando sacando un papel El Gran Capitán respondió:

Doscientos mil setecientos treinta y seis ducados y nueve reales en frailes, monjas y pobres, para que rogasen a Dios por la prosperidad de las armas españolas.
Cien millones en palas, picos y azadones, para enterrar a los muertos del adversario.
Cien mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres de sus enemigos tendidos en el campo de batalla.
Ciento sesenta mil ducados en poner y renovar campanas destruidas por el uso continúo de repicar todos los días por nuevas victorias conseguidas sobre el enemigo.
Cien millones por mi paciencia en escuchar ayer que el Rey pedía cuentas al que le había regalado un reino.”

Tras lo cual Fernando decidió dar por finalizado el mismo, consciente de lo ridículo del asunto.

Pero el reconocimiento a sus hazañas, prudencia y buen arte de la guerra no le llegaron solamente de España. En 1507 estando en Saona coincidió con Luis XII de Francia, el cual le invitó a su mesa durante una cena de gala para poder hablar sobre los hechos de armas que tanto le habían impresionado. Poco después llegaba a Valencia y se trasladaba a Burgos, donde estaba la corte y el rey Fernando que había regresado de Italia hacía poco tiempo. Estábamos en 1508. Pasó varios meses en la corte, sin recibir encargo alguno y envuelto en la atmósfera intrigante de la corte. Los problemas con el matrimonio de su hija Elvira, un incidente de su sobrino que se saldó que la destrucción del castillo de Montilla, donde había nacido El Gran Capitán, el que no se entregase el Mayorazgo de Santiago, etc. Finalmente el rey le concedió la villa de Loja e incluso se la ofreció para sus sucesores si renunciaba a la encomienda de Santiago.

No volvería a tomar el mando directo de tropas pese a que fue requerido a tal servicio varias veces por el Papado y Venecia en primer lugar. Luego sería el cardenal Cisneros el que solicitó sus servicios para la expedición de Orán, y aunque no lo permitió el rey su gestión en los preparativos de la expedición favoreció el éxito de esta. En 1511 sí que Fernando el Católico recurrió a él y se le encargó que preparase una expedición que partiese en ayuda de los aliados italianos, derrotados en Ravena por las tropas francesas y del emperador. Como en otras ocasiones se dispuso todo lo necesario en el puerto de Málaga pero al final la expedición no partió, ya que mientras tanto la diplomacia fernandina consiguió romper la alianza entre Francia y el Imperio, terminando con la guerra.

No volverían a ser solicitados sus servicios, se agravó su enfermedad y el 2 de diciembre de 1515 moría en la ciudad de Loja uno de los más grandes generales que ha tenido la historia de España.


Escrito por Rafa Rodrigo

EL GRAN CAPITAN

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