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“Matar el gusanillo”… o zampárselo sin reparos en pos del tipín

  • Escrito por Redacción

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Matar el gusanillo” es frase hecha para la ya poco usual pero otrora muy extendida costumbre de desayunarse con una copa de aguardiente para matar el gusanillo que se creía vivía en el estómago y que no solía ser más que un reflejo del hambre canina que en España ha sido cosa cotidiana y común durante siglos.

El gusanillo del hambre reclamaba algo de comer tras el sueño nocturno y, a falta de más y mejor sustancia, el aguardiente, si no lo mataba por lo menos lo dejaba noqueado.

Arma para "matar el gusanillo"

Arma para “matar el gusanillo”

La creencia venía de antiguo y, a mayor abundamiento de la presunción, en 1880 el gran sabio Louis Pasteur afirmó, sin pestañear y ante los miembros de la Academia de Medicina de París, que un hombre en ayunas debería figurar entre los animales venenosos, ya que en su saliva y antes de desayunar se alojaba un parásito mortal.


En Francia ya estaba acrisolada la tradición de “matar el gusanillo” con pan empapado en vino o a base de rebanada con mantequilla y ajo, pero en España la genuina y acrisolada virilidad del macho ibérico exigía un potente aguardiente cuya fórmula canónica se fijó durante el pasado siglo en el anís Machaquito, apodo de Rafael González Madrid, uno de los cinco califas cordobeses del toreo, un diestro corto, nervioso, de gran voluntad y matador muy efectivo, que, además de con novillos y toros, hubo de lidiar con “Bombita“, Vicente Pastor y Rafael “El Gallo“.


En Madrid, donde a pesar de ser una ciudad tan grande sale el sol por la mañana y se pone por la tarde, al potente aguardiente “matagusanos” se le llamaba “suave” en la misma línea de humorada con la que Fernando de Magallanes bautizó como Pacífico a un océano donde tifones, huracanes y seismos son el pan de cada día.


Con el desarrollismo y posterior nuevoriquismo el hábito de matar el gusanillo a las claras del día se fue echando a perder, a punto tal que el uso se ha venido a sustituir en parte por la práctica en femenino de comerse el gusano para que campe a sus anchas por el intestino delgado. La cosa, como tantas otras demencias paralelas, viene a cuento de perder peso y proporcionarse un tipo acorde con el look de campo de exterminio nazi que desde hace años hace furor entre cierta parte de la parroquia. La cosa la inventaron en Hong Kong y en 2009 a base de píldoras con huevos de lombrices intestinales que una vez desarrolladas en el nicho ecológico de la llamada biota o flora intestinal, son capaces de comerse todo lo que ingiera el hospedero u hospedera. El disparate fue formalmente prohibido por las autoridades sanitarias de Brasil, Estados Unidos y Gran Bretaña, pero en 2013 la doctora Patricia Quinlisk, directora médica del Departamento de Salud Pública del Estado USA de Iowa, denunció que a través de alguna de sus pacientes había descubierto que en Internet se vendían pastillas con cabezas de tenia o solitaria, un gusano que puede llegar a medir más de cuatro metros en su apartamento intestinal humano.

Cierto es que el alojador o alojadora adelgazan, aunque con dolores abdominales y estomacales y serios problemas para el apéndice, la vesícula biliar y los conductos pancreáticos. Cierto es otrosí que el caso y la cosa se solucionan desparasitando con praziquantel o niclosamida, para recuperar el peso inicial y unos kilos más, pero ahí está la gracia de la cosa, que ¿cómo íbamos a vivir sin “efecto yo-yo” y sin biografías de Belén Esteban?

“Matar el gusanillo”… o zampárselo sin reparos en pos del tipín escrito por Javier Sanz en: Historias de la Historia

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