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LOS TERCIOS: SOLDADOS INMORTALES

  • Escrito por Redacción

23-11-tercios-de-flandes

“Españoles en la mar quiero, y si es en tierra San Jorge nos proteja”...

Así reza un proverbio inglés desde hace siglos al buen hacer de la infantería española y al gran manejo que con las armas hacían los mismos en los combates cuerpo a cuerpo, especialmente con la espada y la daga –llamada vizcaína-, eran manejadas por aquellos infantes españoles con una destreza y bravura como ningún otro soldado de su época...

Los Tercios españoles dominaron los campos de batallas de Europa durante todo el siglo XVI y el primer cuarto del siglo XVII, siendo muy temidos y respetados por todos aquellos adversarios que la joven España tenía por aquellos remotos y controvertidos siglos.

Fue el emperador Carlos V, Rey de España y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, quien creó los Tercios de manera oficial en el año 1534, formando los primeros Tercios en Italia -conocidos como “Tercios viejos”-, pero podemos remontarnos al reinado de los Reyes católicos cuando ya unidades de infantería comparables a los Tercios fueron creadas para defender las posesiones españolas en Italia y realizar las incursiones en el Norte de África en la lucha contra los piratas berberiscos que amenazaban las costas españolas.

Los hombres que nutrían las filas de los Tercios españoles, eran voluntarios en su gran mayoría, contratados para campañas militares concretas o para periodos de tiempo establecidos, eran soldados mercenarios, con el transcurso del tiempo se fueron convirtiendo más en tropas profesionales permanentes, que habían acabado enrolándose en gran parte como salida a una vida de penurias y de hambre, eran gentes de procedencia humilde o hidalgos venidos a menos, pero todos ellos endurecidos por la crudeza de la vida en aquellos tiempos, otros eran simples mercenarios que no sabían otra cosa que no fuera desenvainar su espada y envainarla manchada con la sangre de sus enemigos y donde los futuros botínes que pudieran tomar en los saqueos y capturas al enemigo eran suficientes para reclamar su atención. También el hecho que se pudiera ir ascendiendo dentro de la jerarquía militar, peldaño a peldaño, sin importar la condición social de que se viniera, significaba un gran reclamo, ya que en aquella época daba mucho prestigio y era algo apreciadísimo en la sociedad española la distinción y jerarquía que se tuviera...en definitiva eran hombres endurecidos por la batalla y por la vida que les tocó vivir, pícaros, disciplinados como ningún otro en los campos de batalla, diestros con la espada, enormemente valientes y con un gran sentido del honor que aquella época requería y emanaba.

Los Tercios españoles estuvieron formados por todo tipo de nacionalidades que comprendían por aquellos años las posesiones españolas a lo largo del Continente, por tanto podíamos encontrar; italianos, valones, suizos, borgoñones, flamencos...aunque las tropas españolas, siempre se procuraron que estuvieran en Tercios independientes a los extranjeros, eran la base de aquella máquina perfecta de guerreros que recordaban a las antiguas legiones romanas, eran la flor y nata del ejército.

Los tiempos de gloria de la infantería española estuvieron dirigidos a cargo de generales ilustres y que han pasado con letras de oro a la historia militar española y mundial: Don Gonzalo Fernández de Córdoba “el Gran Capitán” quizás sea su principal precursor y uno de los mas afamados jefes de los ejércitos españoles, pero no el único...Don Juan de Austria, Alejandro Farnesio, Ambrosio de Spínola, Conde de Tilly o el mismísimo Duque de Alba, por poner algunos ejemplos, han dirigido a la infantería española por tierras hostiles y lejanas, infundiendo el temor y el respeto que su solo nombre producía en los enemigos de España.

Los Tercios españoles fueron evolucionando y variando en su organización en gran medida con el paso de los años, pero podemos enfocar el encuadramiento de dicha unidad en tres clases de combatientes: piqueros, arcabuceros y mosqueteros, aunque antes de la evolución que tomaron las armas de fuego, se utilizaban ballesteros y espingarderos junto a los piqueros. Estaban encuadrados en compañías (unos 250 hombres aprox. cada una), y cada cuatro compañías se establecía una coronelía (1000 hombres), y tres de éstas formaban el Tercio, que solía constar de unos 3000 hombres aproximadamente, aunque a la hora de la verdad las filas estaban siempre bastante mermadas y el número real de combatientes distaba mucho de lo que se presuponía

Al frente del Tercio estaba un maestre de campo, establecido por nombramiento real, seguido de un sargento mayor que hacía las funciones de primer ayudante y segundo jefe al frente del Tercio correspondiente. Cada coronelía era dirigida por un Coronel, y las compañías eran dirigidas por los respectivos capitanes, encargados de reclutar a la tropa cuando así se requería y responsables de la formación de la misma

Dentro de los Tercios había una figura muy importante: El Alférez, era el lugarteniente del Capitán a quien sustituía cuando éste se hallaba enfermo, herido o ausente. Era responsable de la bandera, que debía portar en los combates y en las revistas.

Además dentro de cada compañía había una figura, los sargentos, que ayudaban a mantener la disciplina en las filas y velar por que se cumplieran y realizaran adecuadamente las ordenes recibidas por el capitán.

Además en todos los Tercios había capellanes, cirujanos, pífanos, tambores, que realizaban las labores propias de su cargo. Especialmente la religión estaba muy inculcada en los ejércitos españoles donde la función de los capellanes era fundamental para inculcar la fe y la fuerza divina en los bravos guerreros españoles.

Junto a los Tercios en las campañas militares, les seguía un tropel de personas vinculadas a los mismos sin pertenecer a la estructura militar, como familiares, prostitutas, vivanderos...etc, en cierta medida recuerda a todo el séquito que seguía a las legiones de Roma en sus campañas y que formaban auténticas ciudades en torno a los campamentos militares.

Evidentemente los mandos intentaban mantener una férrea disciplina en sus hombres para que todo este conglomerado social no se convirtiera en un desmadre.

En los siglos que tratamos no había una uniformidad establecida, sino que cada cual vestía conforme su condición económica y social se lo permitía, sus ropas iban convirtiéndose con las inclemencias del tiempo y las duras condiciones de los combates, en harapos y mas bien en muchas ocasiones como consecuencia de la indebida reposición de vestimenta, tenían mas aspecto de vagabundos que de los soldados de uno de los mas grandes Imperios que el mundo ha conocido.

Para su identificación con las armas españolas, aparte de los estandartes propios de cada unidad, los ejércitos españoles de la época abanderaban la Cruz de Borgoña – según los manifiestos se empezó a utilizar por primera vez en la batalla de Pavía en Febrero de 1525-, los componentes de los Tercios solían llevar un aspa en el pecho o bien lazos o trozos de tela en el cuerpo siempre de color rojo. Contaban con el mejor acero de la época y con la mejor formación que los expertos veteranos iban inculcando en los nuevos reclutas que iban sumándose a las filas de los ejércitos españoles.

Durante la época que tratamos de los Tercios, principalmente durante el siglo XVII, las guerras solían llevarse acabo estableciendo sitios a plazas principalmente, pero era en campo abierto donde la infantería española marcaba su supremacía absoluta, era una fuerza de choque de amplia autonomía y gran capacidad de maniobra y de potencia de fuego, debido a la acertada combinación entre armas blancas y de fuego.

La gran cohesión existente entre cada una de las clases de combatientes que antes se han expuesto hacía que los Tercios se convirtieran en una magnífica máquina de guerra, se establecían formando un cuadro de formación cerrada, llamado escuadrón de picas, en el que los piqueros -con lanzas que superaban los 4 metros de longitud- formaban una barrera infranqueable y tras la cual se refugiaban los mosqueteros y arcabuceros, una vez que hacían fuego sobre el enemigo, éstos estaban apostados en las esquinas del cuadro dando protección al mismo y mezclados entre las líneas de picas.

Los Tercios eran apoyados por artillería y en algunas ocasiones contaban con pequeñas unidades de caballería para proteger sus flancos o perseguir al enemigo una vez eran derrotados.

Estas técnicas innovadoras en el arte militar durante el siglo XVI y magistralmente llevadas acabo por los grandes generales con que contó la infantería española fueron copiadas por los enemigos del Imperio español y perfeccionadas a lo largo del siglo XVII por enemigos tan brillantes como Gustavo Adolfo II de Suecia.

En aquellos tiempos para el Imperio de los Austrias, en que poseían tierras a todo lo ancho y largo del mundo, donde decían que en sus territorios “nunca se ponía el Sol”, mantenía una poderosa flota con la que proteger sus posesiones y rutas con América, de la cual procedía principalmente la riqueza que costeaba las guerras en las que estaba España inmersa. Ingleses y holandeses fueron superando poco a poco a la Armada española en cuanto al control de los mares e incluso superándola en tácticas navales y el adiestramiento de los marineros que ocupaban las embarcaciones, por lo que los galeones españoles procuraban abordar las naves enemigas, sabiéndose de la enorme superioridad en el cuerpo a cuerpo de su infantería, hasta en la mar eran temidos los infantes españoles cuando de manejar la espada y el arcabuz se trataba...

Las victorias españolas de Ceriñola (1503), Garellano (1503), Orán (1509), Bicocca (1522) Pavía (1525), Mühlberg (1547), San Quintín (1557), Gravelinas (1558), Gemmingen (1568), Lepanto (1571), Mock (1574), Maastrich (1579), Amberes (1585), Ostende (1604), Breda (1625), Nördlingen (1634), han pasado a la historia como grandes gestas de nuestros Tercios en los campos de honor, en esos campos llenos de la sangre derramada por aquellos hombres que sin ser ejemplo del momento histórico que les toco vivir en lo social y humano, si fueron los mejores soldados de su tiempo.

Nuestros Tercios combatieron en África, Italia, Europa central, a lo largo de todo el Mediterráneo e incluso muchos de esos primeros hombres soldado que estuvieron a las ordenes del “Gran Capitán”, cruzaron el inmenso mar del Atlántico en busca de fortuna y aventuras hacia el Nuevo Mundo, pero es en tierras flamencas, en tierras de Flandes, donde nuestros afamados Tercios sostenían a sangre y fuego los territorios que los Austrias se negaban a dejar en manos de protestantes y herejes flamencos, donde las guerras de religión se llevaban hasta las mas terribles consecuencias y donde la sangre y el odio sembraban unas tierras que tardarían en ver la paz, allí es donde se originó la leyenda de tan bravos soldados.
Fue allí, en Flandes, donde nuestros ejércitos lucharon contra todas aquellas potencias que estaban destinadas a relevar en la supremacía mundial a las armas españolas; franceses, ingleses y holandeses, todos ansiaban desposeer de aquellas tierras de los Países Bajos a la poderosa pero exhausta España, por allí nos desangrábamos, allí se fundieron principalmente las riquezas que llegaban de América, en las interminables, costosas y sangrantes guerras de Flandes.

Allí España se veía rodeada y amenazada de enemigos por todos lados, en tierra hostil, donde cada vez se hacía mas difícil establecer rutas para el suministro y abastecimiento de las tropas que allí estaban acantonadas, o bien para los nuevos refuerzos que se solicitaban, de ahí el dicho “poner una pica en Flandes”, dando a entender un hecho que conlleva bastante dificultad para llevarse acabo, en alusión al grave problema que ocasionó a España durante el siglo XVII la recluta y formación de buenos soldados y el poder enviarlos en rutas seguras hasta tierras de los Países Bajos.

La grandeza y efectividad de los Tercios fue decreciendo con el paso del tiempo y con la llegada a la corona española de reyes ineptos y despreocupados de las tropas que tantos títulos, súbditos y tierras les habían otorgado. Atrás quedaron reyes vinculados a sus hombres de armas como fueron el gran Carlos V y su hijo y sucesor Felipe II, que sin tener el carisma de su padre, fue un monarca de buen hacer. Con la llegada al trono de reyes como Felipe III y Felipe IV, despreocupados de los problemas que acuciaban al Imperio y a las tropas españolas que lo sostenían, establecidas en la interminable y desmoralizante guerra de Flandes, crearon un descuido imperdonable en los ejércitos españoles, que yacían mal vestidos y alimentados, descuidados, y en las ocasiones en que permanecían ociosos se dedicaban al saqueo y al pillaje, provocando motines, en muchas ocasiones producidos por la falta o retraso en las pagas, la escasez de alimentos y las duras condiciones de vida, conocido es el tremendo castigo y terror que producía en las poblaciones la llamada “furia española”, como ocurrió por ejemplo en el saqueo de Amberes en 1576.

Este horror y odio que sembraban los soldados españoles fue en detrimento de España que veía como la causa protestante en los Países Bajos se hacía cada vez mas enconada y conseguía mas afectos.

Todas estas desavenencias unidas al estancamiento en las tácticas militares y el avance que sus enemigos habían llevado acabo en el campo militar, provocaron la decadencia paulatina de los Tercios españoles, que fueron dejados a su suerte por unos monarcas despreocupados de sus responsabilidades y que dejaron en manos de validos como en el caso del Duque de Lerma, que bien solo se preocuparon de desangrar aún mas las arcas del Estado para su propio beneficio, y que sin estar capacitado lo mas mínimo para una empresa tan difícil y necesaria como requería España, se comportó mas como enemigo de la Nación que como un soberano del Imperio. En otros casos hubo gobernantes como el Conde-Duque de Olivares que a pesar de tener buenas intenciones en sus actos y de intentar por todos los medios mantener los territorios españoles, las continuas guerras a las que el Imperio estaba sometido, la quiebra económica producida por los enormes gastos de la corona y los continuos levantamientos ya vinieran de fuera o dentro de nuestras fronteras provocaron el descalabro del Imperio español en Europa y su supremacía del Continente en detrimento de Francia.

Siempre se ha hecho creer que la batalla de Rocroi acontecida en Mayo de 1643, frente a los ejércitos franceses, fue la sepultura de los Tercios españoles, pero su ocaso fue paulatino y progresivo y no podemos establecerlo de repente en esa fecha fatídica para las armas españolas y en las que el desenlace de la batalla estuvo muy cerca de ser una victoria para los ejércitos imperiales.

Atrás quedan tiempos de gloria y tiempos de ocaso para nuestros Tercios, que grabaron con el filo de sus picas y espadas y el tronar de sus arcabuces y mosquetes la furia española, la bravura de los hombres de Castilla, de Aragón y de tierras vascongadas, esos gritos de: Santiago! y Cierra España! que aún retumban por tierras de Europa, de África o América donde los infantes españoles lucharon y quedaron imperecederos ante el paso del tiempo, junto a las antiguas legiones de Roma, como los mejores infantes que los campos de batalla han conocido.

 

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