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A’Isa Bint Muhammad Ibn Al-Ahmar

  • Escrito por Redacción

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A’Isa Bint Muhammad Ibn Al-Ahmar

Francisco Hervás Maldonado

La madre de Boabdil el Chico, conocida como A’Isa la Horra (la Honesta), fue reina de Granada en el siglo XV, así como madre del último rey moro de las Españas, el famoso Boabdil el Chico, retratado en ese extraordinario cuadro que sobre la rendición de Granada ilustra la Capilla Real de su Catedral, antes de traspasar la verja que da acceso al túmulo magnífico de los Reyes Católicos y de su hija Juana y yerno Felipe el Hermoso, cuyos sarcófagos, debajo de ese bellísimo monumento funerario, aún persisten.

La reina Honesta ayudó a su hijo, que era un mandria, a mantener el trono frente a disputas internas y externas múltiples, hasta que ya no pudo hacer nada, pues en parte por la superioridad abrumadora de los ejércitos cristianos, en parte también por la oposición de su propio pueblo, que veía a Fernando e Isabel como auténticos libertadores (estaban los súbditos granadinos fritos a impuestos y totalmente sojuzgados) y puede que, también en parte, debido al hedor de la camisa de la Reina Católica, que demoró la muda hasta completar la toma, puesto que estos andalusíes eran gentes muy proclives al baño, totalmente partidarios del agua y limpísimos. En realidad se sospecha que Boabdil fue debidamente “untado”, garantizándosele su integridad y seguridad personal, por lo que se dio el dos vía puerto del Suspiro, en donde siguió la ruta de Motril y de las Alpujarras. Probablemente se embarcó y se largó con su séquito, incluida la Honesta. El destierro a Fez de esta nobleza moruna fue un dulce destierro, pues allí se lo pasaron bomba. De todas formas, A’Isa era ya mayor, de manera que al poco tiempo abandonó este pícaro mundo y se reunió con Alá.

La Honesta era una fiera, verdadera alma de la resistencia mora frente a las acometidas de los cristianos, quienes desde Santa Fe, su cuartel general, y alrededores, no escatimaban el gasto en cebar culebrinas y abatir parapetos con machacona insistencia. Pero eran muy brutos (por eso vencieron, probablemente), pues al llegar al Cuarto Dorado, en el Palacio de Comares, lo primero que hicieron es arramplar con todos los grifos (verdad es que rutilaban en forma notable, pues muchos de ellos eran de oro y otros de metales muy nobles), desencolar las ventanas, etc. La Alhambra quedó destrozada y solo algunos años después, durante el reinado de Carlos I, se restauró en parte, merced a los buenos oficios del Conde de Tendilla, que incluso alojó a su propio escudero en una casita muy próxima al Peinador de la Reina (el también conocido como Mirador de Daraxa), desde el que se contempla el Albaizyn y el Sacromonte, con una belleza extraordinaria al amanecer y unas puestas extraordinarias, especialmente bellas cuando fijas la vista en el santuario.

La gente aceptó feliz a los Reyes Católicos. Y al principio fue todo muy lindo, pues se respetaban sus costumbres, se contuvieron los impuestos y se cohabitaba bien. ¡Ah, pero vino el clero! Y las cosas se fueron enrareciendo, de manera que en casi cien años apareció la revuelta de las Alpujarras, con el liderazgo de Don Fernando de Válor, quien se hizo coronar con el nombre de Aben Humeya en el pueblo de Cádiar, bajo un famoso olivo que cada cual dice que es el suyo, de manera que lo más probable es que no exista, pues sería arrasado por las hordas cristianas represoras.

Realmente, la fama de la reina madre de Boabdil se debe a la frase que pronunció frente a su hijo, que lloraba como una magdalena en lo alto de un collado (hoy conocido como el puerto del Suspiro del moro), donde existe un restaurante pasable, desde el que se divisa una bella panorámica de la ciudad de Granada. Dicho altozano está un poco más allá del pueblo de Armilla, camino de Motril. La famosa frase es la siguiente:

“Llora como mujer, por lo que no supiste defender como hombre”.

Parece ser que Boabdil era un hombre débil. Tal vez la madre fuera también culpable de esa debilidad, pues mimó a su hijo bastante más de lo que es recomendable, de manera que su tolerancia al sufrimiento, su capacidad de resistencia y su coraje dejaban bastante que desear. Por otra parte, Aixa (o Fátima, según su cristianizado nombre), madre de Boabdil (Muhammad, en moruno, Boabdil en cristiano), era la esposa sultana de Muley Hazén, el cual la repudió para casarse con una cristiana llamada Zoraida. Aixa era la madre de Boabdil, al cual azuzó contra su padre (Muley Hazén) y su tío (El Zagal), con objeto de alcanzar el trono. Al primero se lo cargó con mucha soltura, hecho relativamente frecuente antaño, cuando la moral se supeditaba al poder. Bueno, eso sigue vigente en nuestros días. El segundo se lo entregó en bandeja a los cristianos, lo que le supuso ceder parte de su reino, facilitando así la entrada de aquellos cristianos hasta Granada y la toma de la ciudad. De manera que el dichoso Boabdil traicionó a su padre y a su tío, con la inestimable ayuda de su madre y de los nobles Abencerrajes, poco proclives a la dinastía nazarí, pero fue rechazado por su pueblo, que lo odiaba, y por sus aliados, los Reyes Católicos.

Pero Aixa o A’Isa o la Honesta o la Horra, posee un significado altamente femenino y altísimamente pícaro y ambicioso. La Honesta se dedicó realmente a dos tareas muy femeninas: la defensa y promoción de la prole, por una parte, y la reprensión del varón infiel, por muy moruno y rey que éste fuera. Sin mujeres como Aixa, hoy en día no estaríamos en el mundo, pues el varón – que rima con cabrón algunas veces – es más bien partidario de su propio deleite y solaz, no derivando – al menos otrora – en la crianza y exultación de la descendencia. Es así que los varones de aquellos días solamente se preocupaban de cuatros cosas, además por el siguiente orden:

1º) Comer cuanto de masticar hubiere sobre la faz de la tierra.

2º) Beber caldos fermentados con cualquiera alcoholización que se lograre.

3º) Goder y retozar con hembras que por su cercanía moviéranse.

4º) Hacer la guerra en los inviernos para entrar en calor.

Sin embargo, nada de preocuparse por la prole, la juventud venidera o la promoción de sucesores. La mujer, mucho más práctica y directa, ocupábase de continuo en otras cuatro nobles tareas, igualmente priorizadas en ordinal. A saber:

1º) Vivir en ayuno perpetuo en los momentos oficiales de la ingesta, comiendo siempre a traición y deshora, fuera de las vistas de varón.

2º) Disponer rotaciones permanentes de ropas y enseres domésticos, con objeto de garantizar el poder de acceso a los bienes y despistar al cónyuge.

3º) Procrear generalmente con el cónyuge y gozar generalmente con seres apócrifos que se arrimaban.

4º) Hacer la guerra, en toda estación y lugar, al marido y familia política.

La moruna Aixa es un caso de libro en estas cuestiones. Por eso, el lema de la familia Nazarí, profusamente expuesto por doquier en la Alhambra, es claro y contundente al respecto: “Solo Alá es vencedor”. Claro, no iban a reconocer que sus mujeres les toreaban y mataban a estoque cual cornúpetas desavisados, sino que sus derrotas las encomendaban al bueno de Alá, contra quien ni se puede ni se debe uno oponer. Así están las cosas.

Es una intrigante la muy puñetera de Aixa, pero eso es la sal de la vida, el qué se yo que yo que se. No se le puede acusar de nada: son los tiempos que le tocó vivir. Lo que no me gusta tanto es eso de azuzar al niño y luego llamarle gallina, después de haberse liquidado a su papá, su tío, los nobles Abencerrajes, el pueblo (primero fiel y luego infiel) y no se cargó al servicio de tranvías por su inexistencia, aunque sí se cepilló al servicio postal, según cuentan las crónicas:

Paseábase el rey moro por la ciudad de Granada, / desde la puerta de Elvira hasta la de Bibarrambla. / Cartas le fueron venidas de que Alhama era tomada, / ¡ay de mi Alhama! / Las cartas al fuego echó y al mensajero matara, / ¡ay de mi Alhama!

Mala puñalá le dieran al moro, que no a su madre, quien no hiciera otra cosa que defender a la prole. Mas cuando no se sabe filtrar el coraje con la razón es porque poco amor existe al progenitor, pues no ha de ser igual un padre que un marido, que al primero lo da Dios – y eso se ha de respetar – mientras que al segundo lo da el diablo vestido de azar.

Aixa tiene razón, pues no ha sabido defender como hombre a su bella tierra, sus fuentes y aguas cantarinas, la belleza de sus jardines, el esplendor de sus techos y paredes, la dulce acogida de sus tapices, los claroscuros de sus rincones y, sobre todo, esa sinfonía de las aguas corriendo y jugando, mansas y juguetonas, por entre las gentes, en la fuentes y acequias, en los chorros y aljibes, casi al pie de los neveros, siempre entre los aromas de las flores y siempre bajo las hojas protectoras de los castaños, arces, chopos, pinsapos y demás árboles maravillosos que por los jardines de la Alhambra moran. Y ese Generalife, bellísimo palacio de verano, manto de flores y gran profusión de ideas de amor.

Mil veces que paseemos por el palacio de Comares, las torres, el mirador de Daraxa e incluso la Alcazaba, amén del citado Generalife, mil veces entraremos en el síndrome de Sthendal, que casi nos puede matar si no lo sabemos integrar con calma. Allí, en la puerta de la Torre de la Vela, unas humildes letrillas lo dicen todo:

Dale limosna, mujer, / que no hay en la vida nada / como la pena de ser / ciego en Granada.

¡Cómo no iba a llorar Boabdil! ¡Cómo no iba a rabiar Aixa

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