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El niño de 12 años que engaño al Papa Julio II

  • Escrito por Redacción

bramante

La tradición católica sitúa la Basílica de San Pedro sobre la tumba del primer obispo de Roma, San Pedro. La construcción del actual edificio, sobre una basílica del siglo IV en la época del emperador Constantino el Grande, comenzó en 1506 por orden del papa Julio II y finalizó en 1626.

En el haber de Julio II -que era de los que pensaba que la historia le juzgaría por sus obras… de arte que no por su forma de obrar- también hay que añadir el hecho de que ordenase al gran Miguel Ángel la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina. Aunque en un principio se mostró reticente, aceptó el encargo cuando consiguió del Papa libertad creativa.

Harto difícil cuantificar el enorme coste de estas dos emblemáticas obras (la basílica y la decoración) pero, cual político español con sus proyectos aeroportuarios, nada iba a detener los aires de grandeza a la hora de buscar financiación. Para ello se sirvió de la venta de indulgencias, de los cuantiosos botines de las múltiples batallas que libró -se le llamó el Papa Guerrero- y del cobro de ciertos impuestos, como el establecido por su tío el Papa Sixto IV que debían pagar las prostitutas para ejercer su profesión, el que pagaban los miembros del clero por mantener barraganas -hay que puntualizar que el Papa estaba exento- y el que se cobraba a los miembros de la nobleza por tener libre acceso a la cama de alguna joven doncella. Con la financiación asegurada, encargó el proyecto de la basílica al arquitecto italiano Donato d’Angelo Bramante.

No sé si fue para ablandar el duro corazón de Julio II o como una especie de amuleto, pero el caso es que cuando Bramante fue a presentar su proyecto le acompañaba su hijo de 12 años. Un cardenal entregó el proyecto al Santo Padre e hizo esperar en una sala contigua a padre e hijo. Nerviosos, se miraba uno a otro pero eran incapaces de articular palabra en aquella tediosa espera. Cuando el cardenal les hizo pasar a la sala donde estaba Julio II, Bramante cogió de la mano a su hijo. El Papa sonreía y Bramante adivinó que el proyecto le había gustado pero no lo que iba a pasar a continuación…

Muchacho, ven, mete la mano en este cofre de monedas de oro y coge todas las que puedas de un puñado
El niño, asustado y sorprendido, se escondió detrás de su padre. El Papa volvió a insistir y el niño le dijo…
Mi padre me ha enseñado que no puedo coger el dinero que no es mío y menos el de su Santidad. Cójalas vuestra Santidad y déselas a mi padre.
El Papa, entre carcajadas, metió la mano en el cofre y sacó un puñado de monedas que entregó a Bramante. Después de los oportunos agradecimientos y parabienes se despidieron. Ya en la calle, Bramante le preguntó a su hijo por qué no había cogido las monedas…
La mano del Papa es mucho más grande que la mía, así te ha dado más monedas que si hubiese cogido yo el puñado.

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