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Los pasaportes, una consecuencia de la Primera Guerra Mundial

  • Escrito por Redacción

Pasaporte

La Sociedad de las Naciones, organismo internacional creado por el Tratado de Versalles el 28 de junio de 1919 y antecedente de la actual ONU, organizó el 15 octubre de 1920 en París la Conferencia sobre Pasaportes y Trámites en Aduana.

En ella se acordaron, por primera vez, los patrones de referencia para todos los pasaportes emitidos por los miembros de la Sociedad. Antes de la Conferencia de París, no había normas acordadas internacionalmente que reglamentasen la expedición de los pasaportes, ya que normalmente no se requerían para viajar… hasta la Primera Guerra Mundial.

Los primeros documentos equiparables a los actuales pasaportes podrían ser los salvoconductos que, firmados o sellados por el regidor de turno, permitían a los viajeros extranjeros entrar al país o reino y viajar libremente por su territorio. En el último tercio del siglo XIX, con el desarrollo de las comunicaciones y el transporte, las restricciones para entrar, viajar o establecerse en los países europeos se suavizaron. A excepción del Imperio otomano y del Imperio ruso que requerían el pasaporte para extranjeros e incluso para controlar los viajes dentro de sus fronteras, el resto de países no lo exigían y las únicas limitaciones se debían más a cuestiones económicas. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, los países beligerantes se vieron en la obligación de emitir pasaportes para controlar los extranjeros que atravesaban sus fronteras y, de esta forma, evitar la entrada de espías e incluso para controlar la posible emigración de la población local.

Como cualquier limitación que coarta la libertad de los ciudadanos, aquellos primeros pasaportes, ya normalizados según la normativa de la Conferencia de París, no fueron muy bien recibidos. Tenía una validez de dos años y en ellos se hacía constar los datos personales, una fotografía, la firma del titular y, lo que verdaderamente molestaba, una descripción de algún detalle particular que lo hiciese reconocible: defecto físico, tic nervioso, obesidad o extrema delgadez… y todo ello según el criterio del funcionario de turno.

Por Javier Sanz

En HISTORIAS DE LA HISTORIA

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