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Muere Imre Kertész, Nobel de Literatura de 2002 y penúltimo testigo de Auschwitz

  • Escrito por Redacción

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Su obra ha sido uno de los grandes registros de la crueldad y de la dignidad humana durante el siglo XX.

Imre Kertész, novelista y superviviente del campo de concentración de Auschwitz, ganador del Premio Nobel de Literatura de 2002, ha muerto a los 86 años según ha informado la agencia Reuters.

Primo Levi, Thomas Mann, Camus, Franz Kafka... Los nombres con los que ha dialogado el escritor húngaro a lo largo de su carrera son los de los gigantes de las décadas centrales del siglo XX. Como el italiano Levi, Kertész tuvo que cargar con el peso de haber vivido y, sobre todo, haber sobrevivido a los campos de concentración nazis. Sin destino (1975), la obra que le dio fama, se basa en su experiencia en Buchenwald y Auschwitz, campos a los que Kertesz llegó con 14 años. Aunque su texto, en realidad, no era sólo un registro de la barbarie escrito en primera persona como Si esto es un hombre. Kertesz, al contrario, convirtió su memoria en ficción e incidió en la indiferencia que propició el desastre y en el olvido colectivo que siguió después.

"Hoy no he ido a la escuela; mejor dicho, sólo fui para pedir permiso a la tutora y volver a casa. Le entregué la carta de mi padre, en la cual pedía que me dispensaran, alegando "razones familiares". Ella me preguntó cuáles eran esas razones familiares, y yo le contesté que a mi padre lo habían asignado a trabajos obligatorios. Dejó de incordiarme."

Así empezaba Sin destino, y así, con un "dejó de incordiarme", muchos entraron en el mundo de Kertész. "Con esta novela yo mismo descubrí a un personaje: el hombre sin destino, un individuo que ha vivido bajo una dictadura y al que no se le ha permitido tener una biografía continua. Este libro no es una autobiografía, sino una novela. Mi deseo como escritor fue reflejar el estado de ánimo no de una persona, sino de seis millones de personas sin nombres ni apellidos, ni destino", expresó Kertesz en una entrevista publicada por EL MUNDO en 2001.

Maestros y obsesiones

Camus y Mann habían sido sus maestros: "¿De quién aprendí más? Creo que de Thomas Mann (la audacia y la postura del escritor, la diligencia y la dignidad, y para no olvidarlo: la cultura), así como de Camus (el aferrarse de manera implacable a un solo tema como única posibilidad). Desde entonces apenas leo a ninguno de los dos", escribía Kertesz en el último tomo de sus diarios, La última posada, publicados por Acantilado esta misma primavera.

Y Kafka era su espejo literario y moral. Lo descubrió "tarde, ya de adulto", hastiado por su lugar marginal en la literatura oficial de la Hungría soviética. Durante esos años de soledad, Kertész se dedicó a traducir literatura alemana. Y así se topó con El castillo. "El castillo no es más que la imagen universal de la servidumbre del consenso; es genial, y por eso señala más allá de su objeto, pero no deja de ser la imagen universal de la servidumbre del consenso. Todos los europeos del Este lo saben perfectamente y lo callan, aterrados. Repiten, aterrados, lo que dice Occidente (que no entiende la novela): que El castillo es algo trascendental", escribió el húngaro en otro tomo de sus diarios (Diario de la galera).

Angustias y esperanzas

Las preocupaciones y la vida de Kertész también pertenecen al viejo núcleo duro del siglo XX. Cuando recibió el Nobel, alertó de que "la cultura del individuo" estaba en peligro en Europa. Por entonces, la frase sonó a viejo intelectual existencialista. Hoy, de alguna manera, parecen palabras muy actuales.

Kertész había llegado a los campos nazis por ser judío aunque, según la fórmula habitual, él no tenía mucha conciencia de su religión ni de su cultura hasta que fue discriminado por ella. Gyürgy Küves, el protagonista de Sin destino, era un adolescente que se preocupaba, más que de ninguna otra cosa, de los besos que le daba su vecina. Entonces, un día, la guerra cargaba sobre sus espaldas con la categoría de judío, que no era "una diferencia innata, sino una distinción impuesta por los otros", según explicó una vez el crítico Rafael Narbona.

Hungría no había sido un mal refugio para los judíos durante los primeros años de la guerra. Por eso, la deportación de Kertész fue tardía. Sólo pasó tres días en Auschwitz; después, lo mandaron a Buchenwald, donde las expectativas de los reclusos eran algo mejores. Del campo de exterminio al campo de trabajo.

Salió vivo. Volvió a Budapest. Se empleó como periodista. Y perdió su trabajo cuando el diario en el que trabajaba, Világgoság, se adhirió a la ortodoxia comunista. Se refugió en el idioma alemán, el de sus antiguos verdugos, y se convirtió en un disidente pasivo. Publicó Sin destino con 46 años y se fue a vivir a Berlín. Escribió Kaddish por el hijo no nacido, su otro referente clásico, donde la memoria del horror se convertía en angustia vital. Durante años se convirtió en un personaje incómodo para sus compatriotas. Para sus compatriotas y para todos sus lectores, que pasan por sus libros con la esperanza de encontrar, al final, algún consuelo lejano.

EL MUNDO

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